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Autor: Eduardo Cartea

Un repaso del significado de “un nuevo pacto” cuando el Señor instituye la cena, teniendo en cuenta la dignidad, comunión y cercanía que contiene. Pero también, la condición de quien, practicando el pecado abusa de la Gracia sin remordimiento.


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PE3187 – Dios restaura lo que pasó: Nuevo pacto o veredicto (18ª parte)



Nuevo pacto o veredicto

    Hola amigos. Una vez más con ustedes para continuar en nuestro estudio del Salmo 51. Estamos viendo las consecuencias de vivir alejados de la comunión del Señor, mientras se mantienen pecados sin confesar y sin obtener el perdón y la paz espiritual.

¿Es grave? ¡Sí, lo es! ¿Tiene consecuencias en la vida? ¡Sí, las tiene!

Conozco algunos casos de hermanos que se apartaron del camino del Señor y su vida carece de vigor. Débiles, sin proyectos, sin vida espiritual. Hasta envejecieron en su aspecto físico.

El apóstol Pablo escribe a los Corintios y en su primera epístola, capítulo 11, versículos 26 a 32 les da serias recomendaciones sobre la participación en la Cena del Señor. Leemos: Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga. De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor. Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa. Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí. Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen. Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados; mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo”.

Notemos que la falta de confesión, que hará participar “indignamente” de los símbolos del cuerpo y la sangre de Cristo, conduce a comer “juicio” para el creyente. Y los resultados son: “muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen”, es decir, han sido llevados por el Señor. ¡Solemne advertencia!

En Santiago 5.14 tenemos un caso paradigmático. El apóstol exhorta a alguno que esté enfermo a llamar a los ancianos de la iglesia para que oren por él y sea sano. Pero agrega en el versículo 15: “si hubiere cometido pecados, le serán perdonados”. Lo que destacamos es que es muy probable que la causa de esta enfermedad –ya sea física o no– es posible que sea el pecado no confesado.

 

William Wiersbe dice en sus Bosquejos Expositivos de la Biblia:

 

“Algunas personas que acuden al médico para atender sus síntomas deberían acudir al Señor para que se haga cargo de sus pecados. Esto no significa que toda enfermedad se debe al pecado, pero sí significa que el pecado sin confesar puede causar aflicción física”.

En el v. 16, el apóstol Santiago sugestivamente concluye con este concepto: “Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados”. Muchas veces nuestras ofensas (y recordemos que “todos ofendemos muchas veces”, dice Stgo. 3.2) no solo hieren a nuestros semejantes, sino también a nosotros mismos. El salmista escribió en el referido Salmo 32.4: “Se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano”. Agravar, aquí, es sentir sobre el alma y la conciencia el peso de la mano de Dios.

Sin dudas, es saludable “hacer cuentas con el Señor” y estar “al día” en su comunión, andando en la luz de Su presencia.

Charles Stanley comenta:

“La confesión es esencial, no para recibir perdón, sino para experimentar el perdón que Dios ha provisto por medio de la muerte de Cristo y para quitar el impedimento de la comunión con él. Pero esto no es todo. En la confesión experimentamos liberación de la culpa y de la tensión emocional que resulta de nuestro pecado. El no confesar nuestros pecados nos asegura la continua presencia de esos sentimientos negativos innecesarios”.

 

  • ¿Hay algún pecado que NO me perdona el Señor?

No. Terminantemente, no. La Biblia habla de un “pecado imperdonable” en Mateo 12.31, 32: Por tanto, os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero”. ¿De qué se trata este pecado? El mismo contexto de esos versículos nos da la respuesta. Es atribuir a Satanás las obras de Dios, hechas a través del poder del Espíritu Santo, que no es otra cosa que negar la deidad de Jesucristo y ser incrédulo a él.

Indudablemente hay pecados que tienen consecuencias funestas para quien los comete, siendo cristiano. Pero eso no quiere decir que un pecado, por grave que sea, si es confesado ante el Señor, no reciba el perdón divino.

Tampoco el pecar una vez y otra vez, si es confesado con sinceridad y verdadero arrepentimiento. No hay pecado alguno que nos prive de la salvación, de ser llevados cuando Cristo venga a buscar a su Iglesia. Si el pecado hiciera perder la salvación, nos preguntamos ¿cuál de ellos? ¿hay alguna lista, categoría de pecados? ¿serán todos? Entonces, o estamos permanentemente todo el día, y a cada instante confesándolos al Señor, o bien podemos perder nuestra salvación por cualquier pecado no confesado. Esto, sin duda, trae angustia, falta de paz en la vida.

 

Pero otros dirán: entonces tenemos “licencia para pecar”. ¡En ninguna manera! Es cierto que el creyente no está sujeto a la ley, sino que vive en la libertad de Cristo. Pero esta libertad es una ley mucho más estricta que la de los mandamientos y los creyentes en Cristo seremos juzgados, no por la ley de Moisés, sino por esa ley.

Vivir en la libertad no nos da permiso para vivir de cualquier manera. La gracia nos exige. Pablo escribe a los corintios y les dice en su segunda epístola 2.14, 15: “Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos”. No es el juicio que pueda venir sobre nosotros, sino el amor de Cristo el que nos constriñe, apremia, urge, domina nuestras vidas a vivir, no como manda nuestra carne, para nuestros propios apetitos, sino para aquel que murió y resucitó por nosotros.

En Gálatas 5.13, el apóstol agrega este gran concepto: “A libertad fuisteis llamados, solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne”.  

Por su parte, el apóstol Juan dice en 1Juan 2.3-6: “Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos. El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él; pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él. El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo”.

La seguridad de nuestra salvación no depende de nuestra fidelidad, sino de la fidelidad de Dios.

Ni el mismo suicidio de un creyente –si verdaderamente lo era– puede arrebatar la salvación que tenemos por la obra de Cristo.

Hay creyentes que han tenido un pasado muy triste, experiencias profundas de pecado, muchas de las cuales, como abortos, infidelidad conyugal, crímenes, y tantos otros, han dejado imborrables huellas de angustia y fracaso; pero la Biblia es clara cuando nos asegura que “la sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado”.

 

  • ¿Cuántas veces me perdona el Señor el mismo pecado?

Esta pregunta se instala muchas veces en la mente de los creyentes y puede ser causa de intranquilidad y hasta de zozobra. Si ya he pedido perdón por un pecado, pero vuelvo a caer, ¿hasta cuándo me seguirá perdonando el Señor? ¿Cuántas veces oirá mi ruego? ¿Cuántas veces escuchará mi voz sin decirme: ¿Es la última?

Cuando éramos niños y mamá o papá nos pescaban en alguna travesura pesada y nos anunciaban su lógico castigo, había una frase que sonaba a promesa, sincera, pero difícilmente cumplible: “No lo voy a hacer más”. No pasaba mucho tiempo, por lo general, y volvíamos a hacerlo nuevamente. Cosas de niños…

No es muy distinto a lo que ocurre cuando ya somos absolutamente conscientes de nuestros errores y pecados, pero no ya ante los hombres, sino ante Dios. Podríamos decir en términos bíblicos: “El espíritu está presto, pero la carne es enferma”. Palabras de Jesús que conoce nuestra frágil condición humana.

Seguiremos, si Dios lo permite, en nuestro próximo encuentro. Hasta entonces y deseo que el Señor le bendiga abundantemente. 

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