Dios restaura lo que pasó: Nuevo pacto (19ª parte)

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Autor: Eduardo Cartea

Un repaso del significado de “un nuevo pacto” cuando el Señor instituye la cena, teniendo en cuenta la dignidad, comunión y cercanía que contiene. Pero también, la condición de quien, practicando el pecado abusa de la Gracia sin remordimiento.


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PE3188 – Dios restaura lo que pasó: Nuevo pacto (19ª parte)



Nuevo pacto

¿Cómo está? Me gustaría considerar con usted un tema que ya comenzamos en nuestro último encuentro y que puede ser una inquietud que pese sobre la conciencia de alguno de mis estimados oyentes. Y es esta: El Señor me ha perdonado una falta, pero he vuelto a caer en ella. Y de nuevo le he pedido perdón. Acaso ¿no es una hipocresía? ¿Es lícito pedirle perdón nuevamente cuando he faltado a mi promesa de no volver a cometerlo más?

Bueno, si pienso que no tengo derecho alguno a volver a pedir perdón sobre una misma falta, es posible que deje de confesarla y “amontone” pecado sobre pecado. Esto es grave, porque lo único que logra es apartarnos del Señor cada vez más. (¡Es lo que nuestro enemigo quiere!).

Erwin Lutzer dice: “A diferencia de un padre terrenal, Cristo nunca nos dirá: ´¡Yo nunca esperaba que hicieras eso´!”.

El hecho de arrepentirnos de nuestros pecados, si es sincero arrepentimiento –como debe ser– implica una decisión: no desear cometerlos otra vez y abandonarlos para siempre. Pero, nuestra naturaleza es caída. Nuestro corazón es engañoso y perverso. Pablo dice en Romanos 7. lo que cada uno de nosotros podría decir igualmente: “Yo soy carnal, vendido al pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago”.

Así que, muchas veces nuestras mejores intenciones se ven frustradas por la incapacidad de dominar los impulsos de la carne. ¿Y qué haremos?

Recordamos lo que Pedro preguntó a Jesús: “Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí?”. Y acto seguido, hasta arriesgó una cantidad que le pareció “razonable” y aun generosa: “¿Hasta siete?”. Creo que el pensamiento del impulsivo discípulo pudo haber sido algo así: “Si mi hermano me ofende una vez, le perdono. Y si otra vez, también le perdono. Y si una tercera, también. ¿No es un abuso de mi condescendencia? ¿Es que no aprende a no hacerlo más? ¿Hasta cuándo va a seguir haciendo lo que promete no volver a hacer? Y ¡aún me quedan cuatro!”. Pero la contestación del Salvador fue –parafraseando el concepto– “¡No, Pedro! Si lo hace ocho, nueve, diez, veinte, cuarenta, setenta, cien veces más, debes perdonarle. O sea, siempre. Sin límite. Cuántas veces sea necesario”.

Ahora, si el Señor lo enseñó para nosotros, ¿no hará él lo mismo, y aun infinitamente más?

Es cierto que la voluntad de Dios es que no volvamos más a caer en el mismo pecado. Cuando Jesús se encontró con aquella mujer a quien querían apedrear y, haciendo caer las piedras de sus manos, uno a uno se fue retirando, redargüidos en sus conciencias –como dijo Agustín de Hipona– “quedaron solos una gran miseria y una gran misericordia». Jesús, entonces, le dijo: “Ni yo te perdono; vete y no peques más”. No le dijo: Vete y trata de no hacerlo, sino “no peques más”, es decir “no sigas pecando, deja para siempre esta vida de pecado”. Esa es la voluntad de Dios. No podría ser de otro modo.

Sabe el Señor que en este mundo no estaremos nunca exentos de pecado. Por eso, si humildemente buscamos su perdón, su gracia es infinita y a través del poder de la sangre derramada de Cristo en la cruz, nos perdonará vez tras vez. Pero ningún creyente verdadero vivirá una vida de pecado, una experiencia de continua práctica de pecado. “Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios”, dice 1Jn. 3.9.

Como Pablo, la respuesta de cada creyente es odiar el pecado, arrepentirse de ello y pedir la gracia divina para superarlo y no caer nuevamente. Pero la gracia de Dios es infinita. No tiene límites. Su amor y paciencia se extiende hacia nosotros y nos perdona siempre.

 

Otra pregunta:

Ya que él me perdona ilimitadamente, si sigo pecando y pidiéndole perdón, ¿no es abusar de Su gracia?

No, si mi arrepentimiento es genuino, y mis pecados son consecuencia de mi fragilidad y debilidad. Por eso, si un creyente cae vez tras vez en el mismo pecado, está corriendo el riesgo de que su corazón se endurezca y su arrepentimiento no sea genuino, sino falso. Cuando es así, se cae en un círculo vicioso: caer en pecado, arrepentirse, ser perdonado, volver a caer y así sucesivamente. Esto no significa en él un cambio real, sino una vida dominada por el pecado, donde este se transforma en una perversa costumbre, como un hábito malsano.

Y entonces, es posible llegar a lo que dice Hebreos 10, en una epístola escrita para cristianos: Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia? Pues conocemos al que dijo: Mía es la venganza, yo daré el pago, dice el Señor. Y otra vez: El Señor juzgará a su pueblo. ¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!”.

Notemos que se trata de pecados cometidos “voluntariamente”. Es decir, a sabiendas, con pleno conocimiento.

¿No nos embarga el temor a Dios al leer estas palabras? ¿No debemos tener en cuenta esta admonición antes de cometer pecados voluntarios?

Dios nos perdona en el deseo de que nos apartemos del pecado y tengamos un corazón dispuesto a cambiar.

 

Otra cuestión:

  • ¿Cuántas veces debo pedir perdón por el mismo pecado? ¿Basta con hacerlo una sola vez?

Ocurre a algunos cristianos que, tan pesada es la culpa por el pecado, o los pecados cometidos, que piden vez tras vez al Señor que los quite, los limpie, los perdone. Es verdad que las consecuencias del pecado persisten o pueden persistir aun después de ser perdonado por Dios, y muchas veces, la carga de esa culpa sigue lacerando la conciencia del cristiano.

La culpa –en términos morales, no jurídicos– es ese sentimiento que se alimenta del recuerdo de un pecado, ya sea de acción u omisión. Ese recuerdo culposo, de profunda y permanente indignidad, que suele ser recurrente, impide la libertad, la paz, el crecimiento espiritual, y produce estancamiento en la vida cristiana.

Dijo alguien:

“La culpa ata al pasado haciendo perder las bendiciones del presente. La peor de las consecuencias de la culpa es que nos hace sordos a la voz del Espíritu Santo y sensibles a la voz de Satanás. Es el instrumento más poderoso que los demonios tienen para hacer que una persona nunca crezca. Le dice al cristiano que Dios lo rechaza y Satanás se lo afirma. Hace sentir indigno de la gracia de Dios a un cristiano y Satanás le ayuda a creerlo. El usa la culpa para apartar al cristiano de toda posibilidad de cambio”.

 

Por lo tanto, si tenemos la certeza de haber confesado nuestro pecado a Dios con genuino arrepentimiento y haber recibido la paz del perdón, no es necesario volver a hacerlo. El hecho de “re confesarlo” indica que no creemos que Dios es “fiel y justo para perdonarnos”.

Una frase de Erwin W. Lutzer es muy oportuna:

En última instancia, los pecados perdonados solo tienen tanto poder como el que les permitamos tener.

 

Se dice que el diablo tentaba permanentemente a Martín Lutero mostrándole una lista enorme de sus pecados, que llegaban a atormentar al célebre reformador. Hasta que una vez tomó su tintero de sobre su escritorio y lo arrojó con fuerza diciendo: “La sangre de Cristo me limpia de todo pecado”. La paz llenó su corazón. Nunca más hubo dudas sobre el perdón divino.

Espero que esta meditación haya sido de bendición para su vida.

Mientras nos volvamos a encontrar, deseo que el Señor le guarde cada día.

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