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¿Cuáles son las actitudes que agradan a Dios y son como olor fragante delante de Él? Y, ¿podemos nosotros entenderlas? Este programa trata la importancia de la misericordia como acción de devoción al Señor.
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PE3200 – Dios restaura lo que pasó: Misericordia agradable (31ª parte)
Misericordia agradable
Hola. En nuestra última reflexión vimos que Dios no quiere sacrificios que nosotros hagamos para alegrar su corazón. Lo que Dios quiere es un corazón obediente a sus leyes, a su Palabra, a su voluntad.
Hay una historia en la Biblia que ilustra mucho este asunto. Y es la que protagonizó Saúl, el rey Saúl cuando Dios había dado orden de destruir todo lo perteneciente a Amalec, ese enemigo acérrimo del pueblo del Señor. Saúl, con poco discernimiento y mucho de desobediencia, reservó el ganado de aquel pueblo enemigo para sacrificar a Dios. Tal vez, buenas intenciones, pero sin obedecer.
Ante la presentación de Saúl, Samuel, el profeta de Dios le dijo: “¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros”.
Algo semejante a lo que Caín hizo al principio. Trajo de lo mejor de su trabajo en la tierra, pero vulnerando el principio establecido del derramamiento de la sangre para ser aceptado ante Dios.
Era también la intención de los fariseos, en tiempos de Jesús, que seguían los mandamientos de la ley, pero, no con un corazón sincero, sino por mera tradición, para ser vistos, pero que no revelaba un corazón obediente a la voluntad divina.
Ni aún la iglesia del Señor escapa a esa forma de pensar y hacer. El reproche del Señor a la gran iglesia de Éfeso en las cartas de Apocalipsis les recuerda que eran muy correctos en doctrina y muy llenos de trabajos y obras, pero habían dejado el amor principal, el primer amor.
Somos propensos a “hacer” para compensar nuestra falta de amor hacia el Señor. David podría haberlo hecho. Pero se daba cuenta que no era eso lo que esperaba el Señor. Lo dice con toda claridad: “No quieres sacrificio, que yo lo daría; no quieres holocausto”. “No quieres… no quieres”.
Jesús dice: “Id pues y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio”.
Los sacrificios aceptables al Señor provenían siempre de oferentes limpios. En el Tabernáculo los sacerdotes debían pasar por el lavacro antes de oficiar en el lugar Santo y el Santísimo. Y aquí David menciona los holocaustos, que eran ofrendas totalmente dedicadas a Dios y que significaban una total consagración. Sería solo un acto externo y sin valor dedicar a Dios un sacrificio sin dedicarle primero la vida. Y no hay dedicación posible mientras no haya un corazón limpio y una voluntad rendida.
Entonces escribe, como conclusión: Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado.
Durante un año, David había vivido con un corazón lleno de soberbia. Su poder y astucia le habían servido para lograr sus propósitos carnales. Pero bastó una parábola para que impactara su mente y corazón y derribara el pedestal a donde había subido. Así como una sola piedra alisada del arroyo certeramente había echado por tierra al gigante, una sola palabra había quebrantado su corazón. Y con ese corazón herido vino a la presencia de Dios a reconocer su pecado, confesarlo y buscar el perdón que la gracia de Dios le extendía.
El espíritu quebrantado que se siente humillado en la presencia de Dios es el mejor sacrificio. Notemos que, a pesar de haber sido perdonado, David habla de un “corazón contrito”. El gozo, la dicha del perdón no excluye un corazón dolido, sinceramente humillado, inclinado reverentemente, aunque haya sido restaurado. Un corazón honesto, veraz. Dios olvida nuestros pecados, pero el creyente no podrá sino recordar con gratitud y reconocimiento la bondadosa misericordia de Dios para con él. Y esto producirá un sentimiento de contrición.
No podemos venir a Dios con un corazón orgulloso. No seremos aceptados delante del trono de la gracia. En Isaías 57, la Biblia nos dice: “Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados”.
El concepto de “quebrantado” es interesante, porque algo quebrantado significa roto, quebrado. Así ocurre con aquellos que viven de espaldas a Dios, desobedeciendo sus leyes. Así lo dice Proverbios 6.15, hablando del hombre malo, que anda en perversión: “Por tanto, su calamidad vendrá de repente; súbitamente será quebrantado, y no habrá remedio”. O en 10.9: “El que camina en integridad anda confiado; mas el que pervierte sus caminos será quebrantado”.
Pero también es posible que un creyente que no ande en el temor de Dios, que desoiga los llamados, los clamores del Espíritu Santo, sea quebrado. Leemos en Proverbios 29.1: “El hombre que reprendido endurece la cerviz, de repente será quebrantado, y no habrá para él remedio”.
Por eso, el Salmo 90.3 nos dice lo que hace Dios para hablar al corazón de aquellos que están descarriados, viviendo al costado del camino de la fe, de la obediencia: “Vuelves al hombre hasta ser quebrantado, y dices: Convertíos, hijos de los hombres”.
Cuando venimos a Su presencia con un corazón quebrantado, llorando nuestros pecados, el Alto y Sublime, el Eterno, el Santo, desciende en su gracia a nuestra miseria y nos levanta.
Escribe F. B. Meyer:
“No hay sacrificios tan caros a Dios como los corazones quebrantados; no hay ofrendas tan preciosas como los espíritus contritos. Sería imposible computar todos los muros que se han construido; todas las Jerusalén que han sido bendecidas, todas las congregaciones que han sido conmovidas, todos los avivamientos que han resultado porque hombres y mujeres pecadores han sido amados y sacados del pozo de la corrupción y reintegrarlos al claro resplandor del perdón y el favor de Dios. No te conformes con el perdón; busca la restauración del antiguo lugar y luego lucha por uno mejor”.
Agrega Sir Richard Baker:
“¿Algo roto, es útil para algo? ¿Podemos beber en un vaso roto? ¿Podemos apoyarnos en un cayado roto? Aunque otras cosas puedan quedar peores por haber sido rotas, con todo, el corazón nunca está en mejores condiciones que cuando está quebrantado o partido, porque si no está partido no podemos ver lo que hay dentro; aunque Dios ama un corazón entero en su afecto, pese a ello, ama el corazón quebrantado en el sacrificio”.
“Este versículo nos enseña también el deleite que Dios tiene en esta actitud espiritual. Dios no se deleita en sacrificios, ni da valor de los mayores sacrificios externos que se le presentan. Su sacrificio es un espíritu quebrantado. Es en el interior de la persona, que El mira. Es en espíritu y verdad que quiere que le adoren. El sacrificio que desea es un sacrificio vivo, espiritual. Y si el que busca salvación, o ya ha hallado la gracia, siente que tiene tan poco que ofrecer al Señor de lo que El desea y requiere razonablemente: amor, celo, entrega personal voluntaria, acción de gracias ferviente, en esa crisis presente, el versículo le ofrece un consuelo inmenso: “Al corazón contrito y humillado, no lo desprecias tú, oh Dios”. Le recuerda que el Señor nunca encuentra tanto deleite en nada como en el sentimiento de pobreza y humillación que hace inclinar al alma. Eta actitud hace que el corazón pueda recibir y apreciar debidamente la maravillosa gracia de Dios. Enseña a dirigir la mirada más allá de uno mismo y buscarlo todo sólo en Dios y darle sólo gloria a El. Hacia este creyente Dios se inclina con ternura inefable y deleite para cumplirle las innumerables promesas de su Palabra”.
“Los pensamientos de Dios no son como nuestros pensamientos y cuánto más nos apropiamos y aplicamos sus pensamientos y su palabra por medio del Espíritu, tanto más experimentamos lo íntimamente que están unidas nuestra profunda miseria y la gracia de Dios”.
Así que, el versículo termina con una frase dicha con toda convicción. David lo ha experimentado, y ahora lo deja para todos aquellos que hayan pasado o pasen por una experiencia semejante a la suya: “Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh, Dios”. Un corazón hecho pedazos, arrepentido, dolorido por haber faltado, pero abierto y sincero ante Dios, es el mejor sacrificio.
“Al que a mí viene –dijo Jesús en Juan 6.37– yo no le echo fuera”.
David había cambiado de rumbo. Antes, en un rumbo equivocado. Ahora nuevamente iba en el correcto.
Bueno, hasta aquí llegamos con el salmo 51 por hoy. Pero aún nos quedan algunas frases que debemos examinar. Le espero en nuestro próximo encuentro.
