Dios restaura lo que pasó: Afflicción por el pecado (3ª parte)
3 enero, 2026Descansar
6 enero, 2026Autor: Eduardo Cartea
Para confrontarnos con el pecado hoy el Espíritu Santo está y obra el arrepentimiento en nosotros. También puede usar a hermanos que comuniquen y acompañen en el proceso. Pero en el Antiguo Pacto, los profetas de Dios tuvieron la responsabilidad de denunciar, aconsejar y alertar a que no se desviarse o permaneciese en el camino de la rebeldía contra el Creador. ¡Cuán necesaria es la valentía y la fe para anunciar el mensaje de Salvación!
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PE3173 – Dios restaura lo que pasó: Mensajes de arrepentimiento (4ª parte)
Mensajes de arrepentimiento
Hola amigos, cómo están. Continuamos conversando sobre un gran tema de la Biblia, la Palabra de Dios: Dios restaura lo que pasó, en el Salmo 51, que describe la confesión de David después de un grave pecado.
Alguien dijo: “El pecado siempre será una mala noticia en todas las dimensiones de la vida, y sin importar la medida de su longitud, sus consecuencias son patentes: tristeza, tragedia, incertidumbre, angustia, turbación, vergüenza, frustración, rechazo, inseguridad, desprecio, humillación, ira, abatimiento, traición, irritación, desesperanza, remordimiento, amargura, bochorno, desamparo, desaliento, fastidio, soledad, castigo, temor, abandono, miedo, preocupación, dolor y muerte… El pecado nunca podrá ser una buena noticia…”
Pecado y todo lo que representa es una palabra que no existe para el hombre común. Se habla de fallas, de errores, de equivocaciones, pero no de pecado. Es una expresión bíblica y que pertenece al lenguaje cristiano. Sin embargo, lamentablemente aún en círculos cristianos ha desaparecido bastante. Se piensa que es un término teológico, por lo tanto, se trata solo en ámbitos académicos, pero no en los púlpitos. No se denuncia el pecado. No se habla de sus consecuencias.
Para gran cantidad del pensamiento actual –y no solo del mundo, sino de gran parte de la cristiandad– es un concepto agraviante, estigmati-zante, discriminatorio. Según este modo de pensar podría, en tal caso, admitirse para identificar situaciones extremas, pecados groseros, graves, pero no “sencillas” faltas que son “normales”. Como dice Jerry Bridges, “pecados respetables”, aquellos que, incluso toleramos. Agrega este autor: “La gente ya no comete adulterio, ahora tiene una aventura. Los ejecutivos de las compañías no roban, solo cometen fraudes”.
Debemos admitir, sin embargo y no sin pena, que el pecado es una triste realidad en nuestra vida cristiana. El apóstol Juan lo explica muy bien en su primera epístola. En 1Juan 2.2 habla de “nuestros pecados” y “los de todo el mundo”. Por “nuestros” se refiere, obviamente, a los que los hijos de Dios cometemos. Es el mismo pecado, aunque sus efectos eternos sean diferentes. Hemos sido salvos para siempre y nuestra salvación está asegurada por la gracia de Dios, por los méritos de la sangre de Cristo, el poder del Espíritu Santo y las promesas fieles de la Palabra divina. Pero esa verdad no se puede soslayar. Juan emplea varias frases aplicables solo a cristianos, como una realidad para aquellos que tienen la vida de Dios, pero no viven la vida de Dios: “andamos en tinieblas” (1Jn. 1.6); “si decimos que no tenemos pecado…” (1.8); “si decimos que no hemos pecado” (1.10).
Dios no autoriza a nadie a hacer distinción de pecados, ni a minimizar sus efectos y consecuencias. No hay pecados aceptables, tolerables, respetables, normales. Pecado es… pecado. Ni más, ni menos.
Nuestra pobre lógica nos dice que, una vez salvos, hubiera sido bueno que el creyente fuera eximido de su pecado. No más tentaciones, no más conflictos, no más luchas, no más caídas. Pero no es así. La naturaleza pecaminosa existe y acompaña al creyente toda su vida aquí en la tierra. Y como bien dijo un escritor y entrañable amigo, Horacio Alonso, ya con el Señor: “Esa naturaleza caída nunca se convierte”. La vida cristiana es el periodo entre la conversión y la glorificación, en el cual Dios en su sabiduría disciplina al creyente para conducirle a la madurez espiritual, y en el cual aprenderá lo que es la superabundante gracia de Dios asistiéndole en sus luchas y dándole posibilidades ciertas de victoria. Dios concede un poder sobrehumano para vivir una vida de exigencias sobrehumanas, como lo es la vida cristiana.
Debemos conocer lo que somos y cómo somos. Dios nos provee una nueva naturaleza cuando creemos por fe en la obra de Cristo, y nacemos de nuevo. 2Corintios 5.17 lo dice: “De modo que, si alguno está en Cristo, nueva criatura es, las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas”. La Biblia en Lenguaje Sencillo, en su paráfrasis nos ayuda a entender el concepto de este precioso versículo: “Ahora que estamos unidos a Cristo, somos una nueva creación. Dios ya no tiene en cuenta nuestra antigua manera de vivir, sino que nos ha hecho comenzar una vida nueva”.
Esta nueva naturaleza, sin embargo, no elimina la vieja. Esto solo sucederá cuando venga el Señor a buscar a su iglesia, y seamos transformados, como lo promete la Palabra en 1Corintios 15.
Es tan complejo el concepto de pecado, que necesita de varias expresiones para definir su esencia, manifestación y consecuencias.
El término más usado, tanto en el Antiguo cuanto en el Nuevo Testamento; sale más de 500 veces en el Antiguo y en sus variadas formas unas 230 veces en el NT. Significa “errar el blanco”, o “no dar en el blanco” es decir, el propósito divino para el hombre ya sea voluntaria o involuntariamente.
Esta palabra tan antipática, no describe simples actos pecaminosos, sino la condición del cual surgen esas acciones. Indica, no solo los efectos de la naturaleza caída, sino esa misma naturaleza. El hombre es pecador y hace pecados. Job declara en 14.4: “¿Quién hará limpio a lo inmundo?”. David mismo dice en el salmo que vamos a considerar, el 51.5: “En maldad he sido formado y en pecado me concibió mi madre”.
Dice William Barclay:
“El pecado no es como una de esas enfermedades que algunos hombres contraen y otros no. Es algo en lo que todo ser humano está envuelto y de lo que todo ser humano es culpable. El pecado no es una simple erupción esporádica, sino el estado, la condición universal del hombre”.
Así que es un verdadero poder que somete y controla a los hombres y mujeres a pecar, como si fuera un amo con sus esclavos.
El pecado es, también, algo maligno. Es como un óxido que corrompe, como un cáncer que carcome. Se extiende como la corrosión, como una metástasis que va descomponiendo, degenerando, hasta que, al fin, produce muerte. Muerte en el sentido moral y espiritual, como separación.
El peligro del pecado es su sutileza. Actúa en forma engañosa, solapada, traicionera.
Ahí está la sutileza. El diablo nunca va a mostrarnos el final de un acto pecaminoso. Nunca va a mostrarle al drogadicto que va a arruinarle física, moral y económicamente. Nunca va a mostrarle al bebedor, lo que le ocurrirá cuando esté totalmente ebrio y fuera de sí. Nunca va a mostrarle al infiel que esos minutos de placer van a acarrearle un desastre moral, o una enfermedad, o un divorcio, y muchas veces a hipotecar su vida para siempre.
Lo peor es, pues, que el pecado siempre se ve como algo atractivo. Proverbios 9.17 dice: “Las aguas hurtadas son dulces, y el pan comido en oculto es sabroso”. Agrega en 23.31: “No mires al vino cuando rojea, cuando resplandece su color en la copa”. Es agradable para aquel que es tentado por él. Pero, agrega el sabio en el versículo 32: “Se entra suavemente; pero al fin como serpiente morderá, y como áspid dará dolor”.
Ch. Swindoll escribe en uno de sus preciados libros:
“El diablo jamás deja ver su mano en la tentación; él solo muestra la belleza, el éxtasis, la diversión, la excitación y la aventura estimulante de los placeres indebidos, pero nunca le dice al bebedor: Mañana por la mañana tendrás la resaca, y al fin terminarás por arruinar a tu familia; nunca le dice al drogadicto: “Este es el comienzo de un largo y doloroso callejón sin salida”; tampoco le dice al ladrón: te van a atrapar, amigo, y terminarás tras barrotes; tampoco al adúltero: el embarazo es una posibilidad real, o puedes contraer una enfermedad mortal. El diablo no aparece. Sonríe cuando caes”.
Para el creyente, el peligro sutil que presenta el pecado detrás de la tentación es cuando el blanco y el negro se vuelven gris. Cuando no hay convicciones firmes. Cuando se invierten los valores. Cuando decimos: “No hay que exagerar”, “no es tan malo como parece”, “yo sé hasta dónde debo llegar”, y tantas otras frases altamente peligrosas.
Tengamos en cuenta lo que dijo alguien: “El pecado te llevará a dónde no planeas ir. Te mantendrá muy alejado de dónde habías planeado estar. Y te costará más de lo que podrías pagar”.
El pecado en el creyente no puede ser destruido, pero sí puede ser dominado. Pablo escribe a los Romanos y dice en 6.12: “No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis conforme a sus deseos”.
En nuestro próximo encuentro entraremos de lleno en nuestra meditación sobre el salmo 51. Le espero, si Dios quiere.
