Dios restaura lo que pasó: Limpieza total (22ª parte)

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Autor: Eduardo Cartea

Estamos compartiendo acerca de nuestro Dios como el gran Restaurador que es. Y una de las características de algo restaurado es la limpieza. Bueno, el Señor tiene la capacidad de limpiar de manera absoluta más allá de lo que el hombre ve.


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PE3191 – Dios restaura lo que pasó: Limpieza total (22ª parte)



Limpieza total

    En nuestro último encuentro oímos a David escribir en su Salmo 51, luego de reconocer su pecado ante Dios, frases que revelan su ruego sincero y profundo para que Dios le perdonara su grave falta, sus graves pecados.    En el v. 6 le dice al Señor: “He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría”. Es en el secreto de la presencia del Señor, de rodillas y arrepentido, cuando un cristiano llega a dimensionar la gravedad de su pecado. De ese pecado que ha ofendido a Dios y ha dañado a sus prójimos.

Ahora, en el v. 7 agrega un concepto más, que quiero meditar con usted hoy:

Purifícame con hisopo… (v. 7a).   

Esta segunda expresión, es un tanto extraña para nosotros, pero no lo era para el pueblo de Israel, pues provenía de los ritos que ordenaba la ley de Dios dada por medio de Moisés en su aspecto ceremonial.

¿Qué era el hisopo? El hisopo era una planta aromática de la familia de la menta. Un arbusto de unos 30 a 45 cm. de altura que se aferra a los muros y a las rocas y se usaba, entre otras cosas, para rociar la sangre en algunos sacrificios.

Se usó en el día de la Pascua en Egipto, cuando con él pintaron el dintel y los postes de las casas con la sangre del cordero pascual (Éx. 12.22). También se usaba en dos ocasiones más: cuando se hacía la purificación del leproso y cuando se hacía la purificación de aquel que se hubiera contaminado tocando un muerto. Y es notable la enseñanza que se desprende de estos dos ritos de la ley de Dios, en el marco de nuestro versículo del Salmo 51.

  • La purificación del leproso y de la casa en la que se hubiera hallado lepra, Levítico cap. 14.

Cuando un leproso se hallaba limpio, se debía presentar ante el sacerdote. Recordamos cuando el Señor sanó a los diez leprosos y les dijo:  Id, mostraos a los sacerdotes. Y mientras iban, fueron limpiados y de los diez, solo uno volvió a darle las gracias (y era samaritano). El Señor le preguntó: ¿No eran diez? ¿Y los nueve, dónde están?

Así que el leproso limpio, se presentaba al sacerdote y este tomaba dos avecillas vivas, limpias, madera de cedro, grana –o escarlata– e hisopo. Y mataba una avecilla en una vasija de barro llena de agua de manantial y luego mojaba en la sangre el ave viva, la madera, la escarlata y el hisopo y rociaba siete veces sobre el leproso declarado limpio.

Lo mismo ocurría con una casa. Dice el v. 35 de Levítico 14, que, si alguno descubría en su casa indicios de infección de lepra, debía dar aviso al sacerdote diciéndole:  Algo como plaga ha aparecido en mi casa.  Debían desocupar la casa, y esta quedaba bajo inspección. Si la infección continuaba, debían destruir la casa, pero si no, la declaraban limpia y repetían el rito que mencionamos.

Algo como plaga ha aparecido en mi casa, fue la experiencia de David. Una plaga de pecado, de corrupción apareció en su casa y lo infectó. Lo contaminó. Y necesitó la limpieza de su alma por parte de Dios y luego entonces, la purificación. Por eso dice: “Purifícame con hisopo y seré limpio”.

¿Puede ser que “algo como plaga” haya aparecido en nuestra casa, en nuestra vida? ¿Necesitaremos que el Señor la limpie y nos purifique con el hisopo impregnado en la sangre preciosa de Cristo?

  • La purificación de aquel que tocaba un muerto, Números 19.

Si alguien lo hacía, quedaba inmundo o impuro.  Por esa razón, (y

sin justificarlos) es que probablemente, el sacerdote y el levita no se acercaron al hombre que en la parábola de Lucas 10 fue dejado medio muerto a la vera del camino y sí fue atendido por el buen samaritano.

Cuando alguien tocaba un muerto no solo quedaba él impuro, sino todo lo que había en su casa y todos sus componentes.  Pero más, se mencionan dos veces en ese capítulo que el impuro debía ser alejado del Santuario y aún de la congregación del pueblo.  Hasta no ser limpio, todo lo que tocaba quedaba contaminado.

Miremos lo delicado del asunto, que aún pequeñas cosas quedaban contaminadas. Hay un versículo muy interesante en este capítulo 19 de Números, el v. 15 que dice que aún toda vasija abierta, cuya tapa no esté bien ajustada, será impura. ¡Cuántas veces las tapas de nuestro ser no están bien ajustadas: oídos abiertos para oír lo que no corresponde; bocas abiertas para hablar lo que no debemos; ojos abiertos para ver lo que nos daña! Y el resultado es que nos contaminamos, y contaminamos todo a nuestro alrededor. ¡Cerremos, pues, las tapas de nuestras vasijas!

Así que la persona impura, necesitaba que el sacerdote le purificara mediante un sacrificio: el de la vaca alazana, es decir, de piel rojiza. Era muerta y totalmente quemada. Y luego las cenizas eran llevadas fuera del campamento de Israel. Para purificar al impuro, ponían las cenizas en una vasija, la llenaban con agua de manantial y luego con el hisopo rociaban al impuro y todos los muebles, los objetos y las personas de su casa.

Ahora, pensemos en David: Algo como lepra había aparecido en su casa, en su vida. No había cerrado las tapas de su vasija y se había contaminado con la muerte. Necesitaba que el hisopo de Dios le tocara y le purificara.

¿No es o puede ser nuestro caso también? ¿No estaremos contaminándonos con la lepra del mundo, su música, sus diversiones, su forma de hablar, de vestir, de sentir, de pensar, sus criterios, su lógica? ¿Hay algo como plaga en nuestra casa?  ¿Estaremos tocando cosas muertas, dejando abiertas, sin ajustar bien, las tapas de nuestras vasijas y todo nuestro ser y todos los que nos rodean se estarán contaminando?    

Necesitamos examinarnos ante nuestro Sumo Sacerdote, Jesús, pedirle que nos limpie y luego que aplique con su bendito hisopo su sangre preciosa a nuestras almas y el agua de manantial de la Palabra de Dios para purificarnos y así vivir una vida más santa, más íntegra y digna de un cristiano. Dice Hebreos 9.14, interpretando los ritos del antiguo pacto: “Si la sangre de los toros y de los machos cabríos y las cenizas de la novilla –la vaca alazana, rociadas sobre personas impuras santifican de modo que quedan limpias por fuera, ¡cuánto más la sangre de Cristo, quien por medio del Espíritu eterno se ofreció sin mancha a Dios, purificará nuestra conciencia de obras muertas –es decir, de obras que conducen a la muerte, a fin de que sirvamos al Dios viviente!”.   

Otra cosa le pide a Dios, en oración:

Lávame, y seré más blanco que la nieve (v. 7b).

Le pide que limpie la negrura de su pecado y lo cambie por un corazón y una conciencia blanca, inmaculada, nívea.

Esto no quiere decir que, como resultado de la oración de perdón de aquel que va a Dios humillado quedará limpio para siempre, y nunca más pecará.  El Señor lo dijo a Pedro cuando en el aposento alto le expresó: “El que está lavado… está todo limpio”. Si eres creyente, Dios tomó todos tus antiguos pecados y los lavó con la sangre de Cristo. Ya te limpió. Ya te lavó. Apocalipsis 1.5: “Al que nos amó y nos lavó de nuestros pecados con su sangre… a Él sea la gloria…”.

Pero se trata de la limpieza de nuestro pecado cotidiano. “El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies…”, dijo el Señor. Y el Señor nos limpia, quita las manchas del pecado, de modo que deja el corazón más blanco que la nieve.

Es la segunda vez que David emplea este término en su oración. Ya lo pidió en el v. 2. La palabra indica un lavado profundo porque la mancha es también profunda. Aun hoy, si la mancha es persistente, hace falta lavar a mano, e implica “fregar” la prenda, con vigor para que la mancha ceda y quede limpia la prenda. En tiempos antiguos, y así lo indica la palabra hebrea kabás que se emplea aquí hasta podía significar un lavado “con los pies”, pisoteándola. La mancha de nuestros pecados muchas veces es persistente, rebelde, y requiere todo el poder de Dios para ser removida. La mancha de nuestro pecado costó el Calvario.

Cerramos nuestro espacio por hoy, deseando volver a encontrarnos la próxima vez. Que Dios le bendiga ricamente.   

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