Dios restaura lo que pasó: Está presente aun en las consecuencias (32ª parte)

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Autor: Eduardo Cartea

El Señor nos restaura del pasado, pero hay el pecado siempre tiene consecuencias como cualquier acción. ¿Qué hacer si estamos pasando por el momento amargo del resultado de nuestras obras y el peso parece más de lo que podemos soportar?


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PE3201 – Dios restaura lo que pasó: Está presente aun en las consecuencias (32ª parte)



Está presente aun en las consecuencias

Hola, estamos llegando al final de nuestras meditaciones sobre el salmo 51. Hemos estado acompañando un proceso muy singular en la vida de David, el gran rey de Israel, el hombre “conforme al corazón de Dios”, pero que había caído en una gruesa progresión de pecados nefastos, horribles, que deshonraron a Dios y merecieron su castigo. Pero también, la gracia del Señor permitió que este hombre noble, pero débil, como todos, en cuanto al pecado, fuera restaurado. No sin antes pasar por el proceso de varios pasos: Su Rendición (en los versículos 1 y2); su reconocimiento (en los v.3-4); su responsabilidad (en el v.5); su remisión (v.6-9); su restauración (v.10-12); su nuevo rumbo (v.13-17); para llegar finalmente a su renovación.

Esta nueva instancia está detallada en los versículos 18 y 19, que quiero leer con usted, si me acompaña:

 

 Haz bien con tu benevolencia a Sion; edifica los muros de Jerusalén.

 Entonces te agradarán los sacrificios de justicia, el holocausto u ofrenda del todo quemada; entonces ofrecerán becerros sobre tu altar.

 

Algunos comentaristas aseguran que estos dos versículos son un agregado de la época de la postexílica, en tiempos de Nehemías. Es posible, pero no altera el contenido del poema. No obstante, prefiero tomarlos como están en nuestras Biblias, como el epílogo natural de lo dicho en los versículos anteriores. Y tienen una sencilla explicación. Creo, modestamente, que no solo no desentonan, sino que tienen una connotación muy apropiada para concluir esta maravillosa oración del salmista.

David ha volcado su corazón ante la presencia del Señor. Lo ha hecho con lágrimas de sincero arrepentimiento. Ha exaltado Su persona, ha reconocido su falta, ha pedido perdón por sus pecados y ha recibido el alivio del perdón divino. Su ánimo cambió, su rumbo fue otra vez corregido y ahora, finalmente, desea una completa reparación tras sus errores.

Nos imaginamos la conmoción que el hecho causó en su familia, la corte del palacio real, la ciudad de Jerusalén y la nación toda. El hecho fue bochornoso, y hubiera quedado en el olvido, tras los obvios comentarios que causó, la muerte de un militar de la talla de Urías, el ingreso y embarazo de Betsabé y finalmente la pérdida del hijo, del príncipe bebé, sino fuera por la irrupción del profeta Natán y la evidente experiencia traumática del soberano.

David es consciente del daño producido. Como la caída de las fichas de un dominó, una ola de consecuencias desestabilizantes sacudió la capital del reino. Era necesaria con urgencia una reparación para ese estado de cosas. Así que, después de procurar su reparación personal, el ungido del Señor mira a su alrededor y escribe estos últimos versículos pidiendo a Dios por el bien de su ciudad y de su pueblo.

 

Haz bien con tu benevolencia a Sion; edifica los muros de Jerusalén (v. 18).

David sentía que toda la ciudad de Jerusalén, su amada Sión, había sido contaminada por su pecado. Como si un enemigo, inesperadamente, hubiera asaltado sus muros y los hubiera derribado. Esos muros que eran símbolo de seguridad, de protección, habían sido vulnerados. En su ciudadela, los muros habían caído. Nada había quedado en pie.

Siglos más tarde Jeremías lloraría profundamente lo que el enemigo había hecho en la ciudad amada, y particularmente en el Templo, y en el capítulo 4.1, escribe: “¡Cómo se ha ennegrecido el oro! ¡Cómo el buen oro ha perdido su brillo! Las piedras del santuario están esparcidas por las encrucijadas de todas las calles”. La vida de David, luego de su triste caída no era mejor. El buen oro de su vida digna y honrosa, opacado por una vileza sin atenuantes. Las piedras del santuario de su corazón, tantas veces embellecido por cánticos de sublime alabanza, ahora derribadas y esparcidas, sin orden ni sentido.

El ataque perpetrado por el enemigo había dañado su Jerusalén. Y no era un enemigo físico. Hubiera sido más sencillo resistirlo y abatirlo, como a tantos en su vida de ininterrumpidos triunfos. Era un enemigo espiritual, invisible, más difícil de identificar y de combatir. Un enemigo silencioso, sutil, perverso, pero mucho más poderoso. No fue una guerra larga. En unas pocas horas, aquel humilde pastor que había protegido a sus ovejas de las fieras con gran valentía; aquel héroe, casi ignoto, que había derrotado al paladín del enemigo, Goliat, siendo solo un muchacho; que había asombrado al ejército de Saúl, poniendo a las huestes oficiales en ridículo; que había derrotado tantas veces a esos molestos enemigos como eran los filisteos, y que había pacificado y unificado la nación con sabiduría divina, ahora pide que Dios responda con su bondad, después que, en un acto de irresponsable debilidad, había decepcionado a muchos y manchado su reputación y testimonio.

Sabe que el único que puede poner las cosas en orden es el Señor. Cuenta con su misericordia. Sabe que su Dios es fiel. Es su roca y fortaleza, en quien puede confiar. Y le dice sencilla, pero elocuentemente: “Señor, trata con bondad a Jerusalén; vuelve a levantar sus murallas”. Ahora pide a Dios que renueve su vida y restaure a su pueblo.

Cuántas veces hemos visto los muros de nuestra vida caer. Muchas, el enemigo, como los griegos aqueos estaban ocultos dentro del caballo y al fin derribaron las murallas de Troya, asalta nuestra vida, y los muros de la santidad, de la dedicación, del gozo, del poder espiritual, son derribados. Como los de la ciudad de Jerusalén bajo el ataque de los babilonios. Necesitamos una tarea como la de Nehemías: reconstruir los muros. O mejor, permitir que Dios lo haga, pero con nuestro trabajo. Nos debe costar levantarlos otra vez.

¡Cuántas murallas caídas entre el pueblo de Dios! ¡Cuántas piedras esparcidas por las encrucijadas de las calles!

Dios y la iglesia del Señor necesitan hoy más que nunca hombres y mujeres que sean verdaderos baluartes para contener el embate de doctrinas extrañas, de costumbres mundanas. Ezequiel escribe lo que Dios dice, con acentos de desaliento en su capítulo 22: Y busqué entre ellos hombre que hiciese vallado y que se pusiese en la brecha delante de mí, a favor de la tierra, para que yo no la destruyese; y no lo hallé”.

Nuestras naciones necesitan hombres y mujeres que sean muros de contención para la avalancha de impiedad, de injusticia, de ideologías, de inmoralidad, en fin, de perversidad y pecado que azota a la humanidad de hoy. ¿Cómo? Siendo sal y luz. “Vosotros sois la sal de la tierra”. “Vosotros sois la luz del mundo”, dijo Jesús. No “una” sal, “una” luz, sino “la” sal, “la” luz. Ese debe ser nuestro compromiso. Pablo escribe a los filipenses y les dice: “Que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo; asidos de la palabra de vida” (Fil. 2.15, 16a).

Nuestra oración debería ser, con toda la pasión de nuestras almas: “¡Señor, haz bien con tu benevolencia a tu pueblo! ¡Edifica los muros de tus iglesias!”.

 

El salmo concluye con su último versículo:

Entonces te agradarán los sacrificios de justicia, el holocausto u ofrenda del todo quemada; entonces ofrecerán becerros sobre tu altar (v. 19).

Notemos los dos “entonces”. No son superfluos. Tienen razón de ser. Es que David no podía ofrecer al Señor sacrificios, mientras su corazón estaba lejos de él. Hubiera sido una hipocresía. Ya lo había dicho en los versículos 16 y 17. Aunque los hubiera ofrecido sería sin valor alguno. El Señor Jesús mismo lo dijo, repitiendo las palabras del profeta Isaías: “Respondiendo él, les dijo: Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, como está escrito: Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí”.

 

Cuando la relación está restablecida, cuando la vida del Espíritu vuelve a fluir, el corazón se llena de paz y gozo y hay cántico en los labios, “entonces” hay libertad para ofrecer sacrificios espirituales, para elevar el holocausto, la ofrenda totalmente quemada, que es exactamente el significado de la palabra “holocausto”, es decir, completamente consagrada a Dios, y la ofrenda de paz, que “significaba un sacrificio de concordia o felicidad e ilustraba la comunión entre Dios y el hombre, y también entre los hombres, sobre la base de la sangre derramada”.

Es posible que sea también nuestra experiencia. Una vez que Dios restaura la vida, renueva también nuestros deseos de amarle, servirle y seguirle con fidelidad.

Dejamos aquí nuestra meditación y los espero en nuestro nuevo y último encuentro para seguir viendo que “Dios restaura lo que pasó”.  

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