Dios restaura lo que pasó: El Padre que espera (24ª parte)

Dios restaura lo que pasó: Confesión ante Dios (23ª parte)
14 marzo, 2026
Dios restaura lo que pasó: El Padre que disciplina (25ª parte)
21 marzo, 2026
Dios restaura lo que pasó: Confesión ante Dios (23ª parte)
14 marzo, 2026
Dios restaura lo que pasó: El Padre que disciplina (25ª parte)
21 marzo, 2026

Autor: Eduardo Cartea

Al enfrentar una caída, es posible que nos encontremos intentando una forma de reparación, retorno o estrategia para acercarnos a Dios. Sin embargo, al conocernos tan profundamente, nuestro Padre siempre está varios pasos por delante de nosotros.


DESCARGARLO AQUÍ

PE3193 – Dios restaura lo que pasó: El Padre que espera (24ª parte)



El Padre que espera

Hola amigos. Seguimos meditando en el Salmo 51, bajo el tema: “Dios restaura lo que pasó”. El salmo presenta ahora a un David más aliviado. Su arrepentimiento fue sincero y su pedido de perdón, presentado ante Dios. Entonces le dice: Esconde tu rostro de mis pecados, y borra todas mis maldades.

La sangre del sacrificio tiene la virtud de cubrir todas sus maldades. Así en nuestra vida como cristianos, la sangre de Cristo, el sacrificio perfecto no “cubre” los pecados, sino que los “quita”, los limpia. Repetimos 1Juan 1.7: “La sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado”. Notemos: limpia de todo pecado. ¿Todo? ¡Todo! Todo pecado es limpiado, eliminado por la sangre preciosa de Jesús, el Señor.  

 

Podemos pedir al Señor, entonces, que borre nuestras maldades, amparados en su promesa fiel: “Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados” (Is.44.25). Su perdón es tan amplio que dice en Hebreos 8.12, “Seré propicio a sus injusticias (las perdonaré), y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades”. Nunca, en el original es una doble negación, como decir “no, nunca”, o mejor “de ninguna manera”, “nunca, jamás”, “nunca en absoluto”. ¡Bendita seguridad! ¡Bendito amor inmerecido!

Podemos caer. Podemos faltar a nuestra fidelidad. Podemos deshonrar el nombre del Señor. Necesitaremos volver en nosotros, arrepentirnos y confesarlo ante el trono de la gracia. Nos avergonzará y sentiremos que hemos sido infieles y que somos indignos de llamarnos hijos de Dios. Pero sabemos que tenemos en el Señor un refugio para nuestras almas atribuladas, una mano tierna que secará nuestras lágrimas, un corazón lleno de inmensa misericordia que comprenderá que somos nada más que polvo y finalmente un perdón tan amplio que jamás nos recordará nuestro pecado. En Romanos 8, la Biblia nos asegura que nadie acusará a los escogidos de Dios, nadie nos condenará, nadie nos separará del amor de Dios en Cristo Jesús, porque él murió, resucitó, y ahora intercede por nosotros.

Una antigua canción dice:

Jamás, jamás, mis pecados contará;

Perdonados por siempre y ante mi mente

Nunca más los ha de mencionar.

Jamás oiré de los días de maldad.

Cristo me ha redimido

Y ha dado al olvido mi pecar. 

 

Son oportunas aquí las palabras del libro de José Ma. Martínez y Pablo Martínez Vila:

“Es, sin embargo, importante, no perder de vista que el hecho de que el perdón de Dios sea gratuito no significa que sea fácil. No surge del corazón de un padre tolerante, bonachón, que pasa por alto o resta importancia al pecado. Menos aún es resultado de una necesidad inherente a su carácter. Las palabras de Voltaire: «Dios me perdonará, es su profesión», fluyen de una pésima teología. Cuando Dios perdona, lo hace justamente, no sólo misericordiosamente. Y justamente ha de tratar el pecado. Por eso no lo encubre ni lo minimiza. Su Palabra lo descubre mostrando toda su fealdad y sus fatales consecuencias. Pronuncia veredicto de culpabilidad sobre el pecador y sentencia condenatoria. Si ha de perdonar, de algún modo la deuda contraída por el pecador tendrá que ser saldada”.

Necesitamos venir a la presencia del Señor y con un corazón íntegro buscar su rostro. Someternos al examen de Dios. Decir como David en el salmo 26. 1, 2:

 “Júzgame, oh, Jehová, porque yo en mi integridad he andado. He confiado asimismo en Jehová sin titubear. Escudríñame, oh, Jehová, y pruébame; examina mis íntimos pensamientos y mi corazón”.  

Notemos los verbos que integran estos dos versículos: júzgame, escudríñame, pruébame, examina. Miremos cada uno de ellos:

 

Júzgame. Es bueno preguntarnos: ¿Qué pensamos nosotros de nosotros mismos? ¿Qué piensan los demás de nosotros? Eso no es lo importante. Lo importante es lo que piensa Dios de nosotros. Proverbios 16.2: “Todos los caminos del hombre son rectos en su propia opinión, pero el Señor pesa los corazones”.

Escudríñame. Se trata de una mirada a fondo. De que la mirada escrutadora del Señor penetre en el corazón y vea no solo los hechos, sino las intenciones que los motivan.

Una mirada como la de Jesús, cuando, después de las tres negaciones de Pedro, dice el evangelio que “le miró” y Pedro salió y lloró amargamente.

Son los ojos como llama de fuego del Señor que entran en el secreto de nuestra alma y nos dicen como a cada iglesia en Apocalipsis: “Yo conozco tus obras…”.  “Yo te conozco”.

Nada escapa a la mirada escrutadora de Aquel que dice la Biblia: “No hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien, todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de Aquel a quien debemos dar cuenta” (Heb. 4.13).

Pruébame. No es fácil. Hay que estar muy seguro para decirle al Señor: pruébame. ¿Quién está listo para que se le pruebe? Las pruebas no nos gustan. Y es razonable. Pero es bueno abrir el corazón y decirle así al Señor.

Es bueno someterse al test divino. Jeremías dijo al Señor: Pero tú, oh, Jehová, me conoces; me viste, y probaste mi corazón para contigo”. Si alguien nos conoce profundamente, completamente, es el Señor. Conoce todo lo que somos y todo lo que hacemos.

Por lo tanto, es imposible ocultarnos ante su presencia. David le dice en el salmo 139.7-12: ¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra”.

Y concluye el salmo en los v. 23 y 24: Examíname, oh, Dios, y conoce mi corazón. Pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno”.

Examíname. En el salmo 139.1-4, David dice al Señor:

“Oh, Jehová, tú me has examinado y conocido. Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme (es decir, mis acciones); has entendido desde lejos mis pensamientos; has escudriñado mi andar y mi reposo (es decir, mi proceder); y todos mis caminos (o sea, mi conducta) te son conocidos”.

El chequeo ante el Señor es esencial, pues el comienzo de una vida fiel es una vida limpia, ajustada a la voluntad de Dios.

Creo que puede haber mucha “dualidad”, mucha “ambigüedad” en nuestra vida cristiana. Parecer una cosa y ser otra. Eso no es ser íntegro.

Tal vez no sean pecados groseros. Tal vez no entren dentro de esas listas negras que la Palabra de Dios presenta.  Pero pueden ser “pequeños” pecados, que se amontonan en nuestro corazón, inconfesados, que nos van haciendo insensibles a la voluntad de Dios para nuestras vidas.

Hay “zorras pequeñas” en nuestras vides que echan a perder los frutos. Tal vez, nuestra lengua. Tal vez, la crítica; o el enojo contra algún hermano o hermana, que queda en el corazón como una raíz amarga que llega a contaminar la vida. Tal vez, conversaciones no edificantes, o alguna práctica que solo sabemos nosotros, y Dios. Algo secreto en nuestro corazón. Algún deseo, tendencia, costumbre.

Cuando María, la hermana de Moisés pecó, no fue un pecado de inmoralidad. No fue un robo, o un adulterio. Fue una crítica y una murmuración. Habló con su hermano Aarón, juzgando, criticando el origen de la esposa de Moisés, que era, seguramente de tez morena (era cusita, de la tierra de Cus, en África). Y hablaron contra Moisés con envidia. ¿Resultado? Dos graves problemas: María quedó leprosa y el pueblo quedó detenido en su marcha siete días, hasta que se reintegró María, ya sanada por el ruego intercesor del mismo Moisés.

¡Cuidado con la murmuración!  Y particularmente contra los hermanos que Dios levantó en la congregación para gobernarla. Puede acarrear castigo personal y congregacional.

Así que, si queremos ser íntegros, debemos comenzar por ir a la presencia del Señor y decirle como David: Señor, júzgame, escudríñame, pruébame, examíname.

¿Cuánto hace que no vas al Señor y le dices: Señor perdóname; reconozco mis faltas; muéstrame aquellas que me son ocultas, y límpiame con la sangre preciosa de Cristo; borra mis pecados, límpiame, santifícame; quiero ser fiel; quiero ser recto, quiero ser santo, porque Tú eres santo?

Puede haber llegado a tu vida, como a David, el tiempo de la remisión de tus pecados. El tiempo del perdón de Dios.

Que Dios aplique por su Espíritu su Palabra a nuestras vidas.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


Elija su moneda
USD Dólar de los Estados Unidos (US)
Presiona Enter para buscar o ir a búsqueda avanzada