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Autor: Eduardo Cartea

Hay un aspecto paternal de Dios, que suele ser menospreciado por el mundo de hoy en general. Hablamos de la disciplina. Y la palabra dice estrictamente que “Dios al que ama disciplina”. ¿Cómo concebir esto en una cultura de crianza permisiva?


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PE3194 – Dios restaura lo que pasó: El Padre que disciplina (25ª parte)



El Padre que disciplina

Meditando sobre el Salmo 51, en sus versículos 10 al 12, debemos pensar que Dios es un Ser santo, y por ello, exige de Su pueblo la santidad. “Sed santos, porque Yo soy santo” (1Pe. 1.16).  Dice Arthur Pink:

“Porque Dios es santo, deberíamos desear ser hechos conformes a El… No se nos manda ser omnipotentes y omniscientes como Dios, sino santos y esto en toda nuestra manera de vivir”.

La acción de Dios para que vivamos en santidad, para que nuestra mente y nuestra voluntad estén en completa conformidad con Su mente y voluntad, es la disciplina. Así que, Dios ejerce hacia nosotros sus métodos disciplinarios y lo hace con un amor sin límites y con una gracia infinita.

¿Por qué lo hace?  Porque Dios no negocia con el pecado, sino que castiga a aquel que lo comete a sabiendas y voluntariamente, porque el pecado arruina a aquellos que El ama.

¿Qué métodos emplea Dios? Algunos son “indoloros”:

  • Su gracia (Ti. 2.11-12): “La gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos (aquí está la palabra disciplina) a que, renunciando a la maldad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo –en esta época del mundo sobria, justa y piadosamente” –es decir con responsabilidad, rectitud y devoción a Dios.

 

  • Su Palabra ( 3.16): “Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir –reprochar-, para corregir, para instruiraquí está la palabra disciplina en justicia (o, rectitud), a fin de que el hombre de Dios sea perfecto –ajustado, completo, adaptado para un propósito enteramente preparado para toda buena obra”.

 

Otros métodos pueden ser “dolorosos”. Por ejemplo, las pruebas.

  1. E. Vine dice:

“La prueba es la corrección amable y tierna, ejercida en un amor perfecto, que nos entrena y nos lleva a una perfecta comunión con Dios.  Este tratamiento que Él nos da, es un llamado a la contrición y a ese profundo ejercicio del alma que nos atrae a sus pies con un deseo humilde y ferviente de entender sus acciones y de responder al amor que las incitó”.

 

A veces el castigo del Señor es por medio de medidas duras, drásticas y responde a un proceder liviano, irreverente, descuidado y continuo de parte del creyente.

El texto más claro sobre este tema es Hebreos 12. Allí se nos dice que debemos aceptar sin menospreciar la disciplina de Dios en nuestra vida por varias razones: porque nos ama (v. 6); porque somos sus hijos (v. 7-9); porque es necesario para que participemos de su santidad (v. 10); porque produce “fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados”, o como traduce la NVI: “una cosecha de justicia y paz para quienes han sido entrenados por ella”.

En los versículos 12 y 13 nos presenta el objetivo final de Su disciplina:          Levantar las manos caídas (podríamos asimilarlo al servicio).

Y las rodillas paralizadas (la oración).

Y hacer sendas derechas para los pies (la conducta).

Una vez más, el objetivo final es la restauración.

 

La disciplina que ejerce la iglesia.

Se trata de la disciplina que aplica la misma asamblea, administrada por los ancianos, sobre un hermano o hermanos en falta. Son medidas de amonestación, reprensión y hasta excomunión, dependiendo del grado de pecado. Pero el objetivo de esta disciplina sigue siendo el mismo: la restauración del pecador.

Pablo expone este asunto con claridad en sus dos epístolas a los Corintios. En la segunda, capítulos 2 y 7 tenemos enseñanza clara sobre cuál debe ser el proceder de la iglesia cuando el hermano soporta la disciplina, da muestra clara de frutos de arrepentimiento, confiesa su pecado y busca la comunión nuevamente.

Entonces, lo dicho en 2Corintios 2. 5-8 es la respuesta: la restauración del ofensor.

Miremos el texto: Pero si alguno me ha causado tristeza, no me la ha causado a mí solo, sino en cierto modo (por no exagerar) a todos vosotros. Le basta a tal persona esta reprensión hecha por muchos; así que, al contrario, vosotros más bien debéis perdonarle y consolarle, para que no sea consumido de demasiada tristeza. Por lo cual os ruego que confirméis el amor para con él”.

La disciplina, en resumen, es una acción necesaria en la vida de todo creyente, que no debemos desdeñar, porque es signo de que Dios nos ama y desea nuestro bien.

 

Volvamos a nuestro salmo 51.

David pide a Dios varias cosas, tal como lo muestran los versículos 10 al 12. En el Salmo 130 podemos ver su fe, su confianza en el Dios perdonador a quien ora. Dice en el v. 4: “Pero en ti hay perdón para que seas reverenciado”. Y agrega en el v. 7: “Espere Israel a Jehová, porque en Jehová hay misericordia y abundante redención con Él”. David confía y exhorta a confiar en el amor inagotable de su Dios.

Veamos sus peticiones.

 

Crea en mí, oh, Dios, un corazón limpio (v. 10a).  

El término hebreo para “crea” es bara´, y es el mismo que se utiliza en Génesis 1.1, 21 y 27. “En el principio creó Dios los cielos y la tierra… y creó Dios al hombre a su imagen…”.   Es una tarea, una obra que solo Dios puede hacer.

  • En la esfera física, Colosenses 1.16: “Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra visibles e invisibles…”.
  • En la esfera espiritual, Efesios 2.10: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras…; Efesios 4.23-24: “Renovaos en el espíritu de vuestra mente y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad”.

 

Bien dijo el Señor que todo lo que contamina al hombre proviene del corazón. Así que David pide a Dios que cambie su corazón. No meramente que lo reforme o lo corrija, sino ¡que lo haga de nuevo! Que ponga en orden el caos de su vida.

Su vida era una vasija quebrada, y necesitaba que el divino Alfarero la hiciera de nuevo de acuerdo con el diseño de Su mente.

Vinimos a esta vida para cumplir los propósitos de Dios, no para que Dios cumpla los nuestros. Pero, muchas veces, frustramos sus propósitos. Pecamos, fallamos, nos rompemos en ese proceso de formación que Él se propuso hacer en nosotros. Cuando esto ocurre, Dios no nos reprocha.

Dice Charles Stanley:

 

“Cuando nos quebramos, Dios no nos dice: ´¡Pues bien, has vuelto a arruinar las cosas! ¿no? Evidentemente, no hiciste las cosas como te dije, ¿cierto?´.  No es así. Dios no nos desecha para siempre”.

 

En su misericordia, nos vuelve a hacer otra vasija “según le pareció mejor hacerla”. Dicho en palabras de Pablo en Efesios 4.24, el Señor nos da fuerzas para poder vestirnos “del nuevo hombre creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad”. Pero hay una condición: que seamos barro blando, arcilla maleable en sus manos. David lo expresa así en el salmo 32.6: Por esto orará a ti todo santo en el tiempo en que puedas ser hallado”.

Si sientes que la vasija de tu vida se ha roto, permite a Dios que vuelva a juntar los pedazos y comience otra vez.

¿Qué pasa cuando el barro se endurece? Ocurre lo que dice Jeremías 19.10-11: Entonces quebrarás la vasija ante los ojos de los varones que van contigo, y les dirás: …Así quebrantaré a este pueblo y a esta ciudad, como quien quiebra una vasija de barro, que no se puede restaurar más”.

 ¡Cuántos cristianos han debido ser quebrados como una vasija “que no se puede restaurar más”! Pablo se lo decía a los corintios en su primera epístola 9.27, temiendo que, habiendo enseñado a otros, él mismo fuera descalificado.

El autor a la epístola a los Hebreos exhorta en cap. 4.7: “Como dice el Espíritu Santo: si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones… mirad hermanos que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo, antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado”. 

Que la falta de confesión diaria a Dios no sea la razón de que nuestras vasijas se endurezcan y no se puedan reparar. Permanezcamos siempre como arcilla fresca en las manos del Alfarero celestial.

Nos encontraremos, Dios mediante en un nuevo espacio. Que Dios le bendiga ricamente.

 

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