Dios restaura lo que pasó: El orden de la restauración (14ª parte)

Dios restaura lo que pasó: El camino de regreso (13ª parte)
7 febrero, 2026
Dios restaura lo que pasó: ¿Regresar de dónde? (15ª parte)
14 febrero, 2026
Dios restaura lo que pasó: El camino de regreso (13ª parte)
7 febrero, 2026
Dios restaura lo que pasó: ¿Regresar de dónde? (15ª parte)
14 febrero, 2026

Autor: Eduardo Cartea

Continuando con el comentario sobre el reconocimiento de nuestros pecados. Eduardo Cartea continúa acompañándonos para encontrar, en la Palabra, los procesos y el orden que Dios utiliza para la restauración.


DESCARGARLO AQUÍ

PE3183 – Dios restaura lo que pasó: El orden de la restauración (14ª parte)



El orden de la restauración

Hola, amigos, un renovado gusto acompañarlos en este espacio de meditación en la Palabra de Dios. Efectivamente, en los versículos 3 y 4 del salmo 51, David, ante el Señor, está reconociendo su falta. Ha sido un pecado, o mejor dicho, una serie de pecados graves, y, sin atenuantes, cae postrado ante el juez con la convicción plena de haber faltado, de haberle ofendido, pero también de haber pecado contra sus semejantes. No ha sido algo trivial. Ha sido una catástrofe en su vida. Por eso, no solo lo reconoce, sino que también lo confiesa. David era un hombre espiritual y los creyentes espirituales no son los que nunca pecan, sino los que cuando pecan, se vuelven a Dios.

Ha sido consciente de la trascendencia de su caída y, con sincero arrepentimiento lo confiesa ante Dios en estas palabras:

 

“Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos”.

 

Finalmente, en el v. 4, reconoce que Dios es justo en castigarle.  

La expresión “para que seas reconocido justo en tu palabra y tenido por puro en tu juicio”, se puede traducir así: “Tú eres justo cuando sentencias e irreprochable cuando juzgas”. 

Aun podríamos decirlo en esta paráfrasis: «Si entabláramos los dos un pleito, sin duda tu discurso saldría justificado, tus argumentos mostrarían tener razón, la sentencia te sería favorable, del pleito saldrías vencedor. No hace falta pleitear… antes del debate confieso que tu causa es justísima y la mía injustísima”. Esa expresión da gloria a Dios porque es como decir lacónicamente y con el corazón humillado: Señor, tienes razón.

David escribe en este salmo –y, muy probablemente en forma inmediata a los hechos– su triste experiencia, como haciendo pública su fallo, su pecado. Todo Israel conoció las consecuencias: la muerte del niño recién nacido, la conspiración de Absalón, las desgracias en su familia, pero al haber hecho pública su caída, nadie podría decir que Dios le hubiera castigado injustamente. Dios era justo en Su palabra y puro en su juicio. Lo primero que resaltó David fue el honor de su Dios.

Lo podría haber hecho en las palabras de Jeremías (en Lam. 3): ¿Por qué habría de quejarse en vida quien es castigado por sus pecados? Hagamos un examen de conciencia y volvamos al camino del Señor”.

Juan interpreta este concepto cuando escribe en 1Juan 1. 8, 10: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros». «Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros».

Notemos la gravedad del asunto. Que Satanás nos engañe, es “natural”, porque él es el engañador. Su nombre es el “diablo”, y nosotros pasibles de ser engañados, pero engañarnos a nosotros mismos, es absolutamente absurdo. Lo peor no es esto, sino que, si decimos que no hemos pecado, hacemos a Dios mentiroso. ¡Eso es terrible! Es una verdadera blasfemia.

La sentencia del siervo de Dios a David fue inobjetable. Fue un caso juzgado. El dedo acusador de Dios, no meramente el de Natán, fue el que apuntó al corazón de David. Y solo bastaron cuatro palabras para derribar su castillo de arena: “Tú eres ese hombre”. David sabía que Dios estaba diciendo la verdad, que su juicio era justo y que debería pagar las consecuencias, fueran cuales fuesen. Como si el Señor le dijera lo escrito en Jeremías 30.11: “A ti no te destruiré, sino que te castigaré con justicia; de ninguna manera te dejaré sin castigo”.

El pecado siempre tiene ese final. Si somos suyos, nuestro pecado no nos condenará, porque la palabra dice “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están unidos a Cristo Jesús”. Pero, el pecado siempre, siempre merece una condenación, a menos que sea confesado plenamente al Señor.

 

Andrew Murray escribe en su libro “Confesión y perdón”: “Consideremos la naturaleza espantosa del juicio de Dios: “Maldito todo aquel que no permanezca en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas”. Esta es la sentencia del Legislador. Deja claro que cada transgresión de la ley trae una maldición sobre el hombre, o se interesa por las excusas que pueda presentar el hombre, sino que la sentencia es inexorable. “El alma que pecare, esa alma morirá”- A todos los transgresores, en el gran día, se les dirá: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno”. Y el que conoce verdaderamente su pecado admite que esta sentencia no es excesiva o demasiado estricta, no es más que lo merecido; y reconoce que Dios tiene perfecto derecho a tratar el pecado de esta manera y condenarlo. El pecador mismo se ha hecho reo de esta condenación. Por intolerable que sea el juicio de Dios, considera que el juicio no es demasiado severo; hace confesión de que ha pecado contra Dios, confirmando la verdad de que Dios es justo. Esa fue la confesión de David. No adujo nada para suplicar que se atenuara la sentencia, Si de alguna forma tenía que ser aceptado habría de ser por la gracia, totalmente gratuita, e inmerecida. David aceptaba sinceramente la seriedad de su culpa. Debe de haber tenido comprensión de lo detestable y aborrecible de la naturaleza del pecado, muy diferente de la de muchos, para poder hablar así, porque el sabía bien lo terrible que era la sentencia de Dios, por haberla probado. En la angustia del alma que había sufrido durante largo tiempo, tenía evidencia de lo que era ser abandonado por Dios. A pesar de ello reconoce la justicia de la sentencia y acepta que le sea aplicada. Esto es más de lo que le es posible al hombre, como procedente de su naturaleza. Este sentimiento de culpa y condenación debe de haber sido obrado en él por medio del Espíritu de Dios… Un sentimiento de culpa así debe de haber sido obrado por el Espíritu de Dios. El Señor ha registrado su confesión en su Palabra para que podamos ver qué es lo que ocurre cuando hay arrepentimiento y conversión genuinos. Cuán diferente es esta experiencia de la superficial confesión de pecado con la que se contentan muchas personas. Confiesan que son pecadores, es verdad, pero dicen que el pecado es una debilidad, una flaqueza, una desgracia accidental. No tienen simpatía con el pecador, pero no piensan mucho en el honor de Dios. El pobre pecador debe ser consolado. Pero el mantener el honor de la ley de Dios no les afecta mucho. Este no es el arrepentimiento que el Espíritu de Dios obra en el corazón. No, El que está plenamente convencido de pecado por el Espíritu de Dios no piensa meramente en sí mismo y lo que le afecta, sino que su pena mayor es haber transgredido contra Dios y su ley perfecta. Su preocupación principal es como restaurar lo que ha sido destruido… Se postra a los pies de Dios para someter a El el único honor que ahora puede darle, a saber, el reconocimiento de que es justo en su juicio”.  

El salmo 19 dice: “Los juicios de Jehová son verdad, todos justos… tu siervo es además amonestado con ellos”. La Palabra de Dios es justa cuando condena nuestro pecado.  Ella muestra como un espejo; penetra y discierne como una espada; revela como una lámpara; consume como fuego; quebranta como martillo.

David reconocía que no solo Dios era justo en juzgarle, sino que hubiera sido justo castigarle conforme decía la ley, quitándole la vida. No hay apelación. No hay queja, ni reproche. Dios es justo. Como dice Ro. 3.4: “Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso”. A los juicios de Dios solo resta decir:  Amén.

Martín Lutero escribió:

“No nos servirá que ante los ojos de la gente o ante nosotros mismos seamos justos. De esto debemos apartar la vista y esperar temerosos lo que Dios opina al respecto”.

Por su parte, W. MacDonald parafrasea este versículo 4 de este modo:

«¡Piedad… oh, Dios! ¡Ruego que me tengas misericordia! Merezco ser castigado. Pero Tú eres Dios de piedades y en base a esto te ruego que no me trates según lo que merezco. Tus misericordias son muy abundantes y por eso me atrevo a pedir que borres mis horribles violaciones a tu santa ley».

Finalmente menciono a Agustín de Hipona, quien dijo:

“Cuando un hombre descubre sus faltas, Dios las cubre. Cuando un hombre las esconde, Dios las descubre. Cuando un hombre las reconoce, Dios las olvida”.

 

Hasta la próxima, si Dios quiere.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


Elija su moneda
USD Dólar de los Estados Unidos (US)
Presiona Enter para buscar o ir a búsqueda avanzada