Dios restaura lo que pasó: El camino de regreso (13ª parte)

Dios restaura lo que pasó: Emprendiendo el camino de regreso (12ª parte)
1 febrero, 2026
Dios restaura lo que pasó: El orden de la restauración (14ª parte)
8 febrero, 2026
Dios restaura lo que pasó: Emprendiendo el camino de regreso (12ª parte)
1 febrero, 2026
Dios restaura lo que pasó: El orden de la restauración (14ª parte)
8 febrero, 2026

Autor: Eduardo Cartea

Continuando con el comentario sobre el reconocimiento de nuestros pecados. Eduardo Cartea continúa acompañándonos para encontrar, en la Palabra, los procesos y el orden que Dios utiliza para la restauración.


DESCARGARLO AQUÍ

PE3182 – Dios restaura lo que pasó: El camino de regreso (13ª parte)



El camino de regreso

Hola, ¿cómo está? Un gusto acompañarle en una nueva meditación sobre la experiencia de David registrada en el Salmo 51, versículos 3 y 4: “Yo reconozco mis rebeliones y mi pecado está siempre delante de mí”.

El primer reconocimiento es ante él mismo, el segundo, es ante Dios.

En tercer lugar, reconoce que el pecado le afectó a él, personalmente.

El pecado ha afectado no solo su espíritu, sino todo su ser. Y así es siempre. En el salmo 32.3, 4 el mismo David confiesa: “Mientras callé se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano”.

  1. Bevan, en su comentario al Salmo 51 dice:

 

“Aquí vemos la obra del pecado: Mancha el alma (v. 1); llena la mente (v. 3); hiere la conciencia (v. 4); deprime el corazón (v. 8); afecta el cuerpo (v. 8); amarga el espíritu (v. 10) y cierra los labios (vs. 14, 15)”.

 

No nos damos cuenta el efecto que produce el pecado no confesado en nuestras vidas. Es grave. Muy grave.

 

En cuarto lugar, el pecado afectó a sus semejantes. No solo fue una ofensa a Dios, y una desgracia para él mismo, David pecó contra Betsabé, contra Urías, contra su pueblo. David burló y ofendió al Dios de ellos, quien es defensor de los débiles, de los huérfanos y de las viudas. Y David se encontró cara a cara con el rostro de un Dios airado.

Como alguien dijo: “Ya es malo patear al perro de mi vecino, pero ¡pobre de mí, si mi vecino me pesca haciéndolo!  Con toda seguridad, va a considerar la ofensa no solo como una herida causada a su mascota, sino como una afrenta a sí mismo”.

Cuando pecamos contra un hermano, pecamos contra el Dios del hermano, y Dios le defenderá y nos juzgará a nosotros. No quedará impune la maldad.

Nuestro pecado produce una verdadera “onda expansiva”, y su gravedad podemos medirla en que por él:

  • Los ángeles se sorprenden.
  • El Espíritu Santo se entristece.
  • Los creyentes más pequeños tropiezan.
  • La iglesia sufre derrota espiritual.
  • Los incrédulos perciben la falta de testimonio.
  • Nosotros perdemos el gozo, la comunión, la plenitud, el poder.

¡Es una verdadera tragedia! ¡No debemos minimizarlo, sino asignarle la gravedad que tiene!

Lewis Sperry Chafer decía: “Un pecado secreto en la tierra es un escándalo visible en el cielo”. Así que este reconocimiento ante Dios constituye el comienzo de un verdadero arrepentimiento y una verdadera confesión.

Nuestra vida espiritual comenzó con un acto de arrepentimiento. Aquel día, aquella bendita hora cuando el Espíritu Santo nos hizo ver nuestra condición perdida, cuánto habíamos pecado, cuán lejos estábamos de Dios y cuán expuestos a la condenación eterna, fuimos llevados a un sincero arrepentimiento. “¡Señor, soy pecador! –dijimos–, y quiero dejar el pecado”. “Quiero ser limpio de sus manchas, libre de su yugo”. “Quiero vivir una nueva vida en obediencia a tus leyes, a tu Palabra”. “Me arrepiento de lo que soy y lo que hice, y acepto por la fe a Cristo como mi Salvador personal”. Esa actitud de dolor por nuestro pecado, ese compungimiento de corazón fue un verdadero cambio de mente. Un cambio de rumbo en nuestra vida. Eso es arrepentimiento. 

Pero ese arrepentimiento no queda extinguido al comienzo de nuestra nueva vida. Esa limpieza espiritual no es una vez y para siempre. Debe ser un ejercicio de corazón permanente al ser conscientes de nuestros pecados, ya sean de omisión o de comisión. Y es posible cuando somos conscientes de ellos.

Recuerdo una anécdota de la esposa del famoso predicador Billy Graham, narrada por su hija Anne Graham Lotz en su libro “La visión de su gloria”. Su madre iba a ser entrevistada por una televisora en su hogar de Carolina del Norte, en Estados Unidos. Cuando estuvieron de acuerdo con ella, dice Anne, “comenzó furiosamente a limpiar la casa”. La limpió y aseó como nunca. Cuando llegó el día de la entrevista, llegaron el director, el presentador del programa, el equipo de técnicos y llenaron la casa de cables y cámaras. Al llegar el momento de comenzar el reportaje, y todo estaba en orden, se encendieron las potentes luces y, dice la escritora: “Con absoluto horror, ¡mamá observó de nuevo su “impecable” sala! El cuarto que se había visto perfectamente limpio con iluminación normal ahora dejaba ver bajo la intensa luminotecnia televisiva telarañas en las esquinas, hollín en la chimenea, partículas bajo la mesa, ¡y hasta polvo en el aire!”. Lo que parecía limpio, a la exposición de la luz, no era tanto. Había suciedad.    

Cuando nos exponemos a la luz de Dios, como dice Juan en su primera epístola capítulo 1, versículo 7, esa luz penetrante revelará nuestras fallas, debilidades, pecados y nos llevará a postrarnos en arrepentimiento, confesión y demanda de perdón.

En Juan 13 tenemos la lección preciosa de la limpieza de nuestros pecados como creyentes. Recordamos a Pedro diciéndole al Señor, ante su propuesta de lavar sus pies: “No me lavarás los pies jamás”. Jesús le dijo: “Si no te lavare, no tendrás parte conmigo”. Esta frase habla de comunión, porque la comunión con el Señor depende de una vida limpia. Así que Pedro le dice: “No solo mis pies, sino también las manos y la cabeza”. Y entonces el Salvador le responde: El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no todos”. Es notable que la palabra lavado en el original es distinta a lavarse los pies. Lavado, en el griego significa bañarse completamente, mientras que lavarse los pies, se refiere a lavar solo una parte del cuerpo. El creyente ya ha sido “bañado”, en el agua, en el lavacro de la regeneración por el Espíritu. Así lo dice Efesios 5.25, 26: “Cristo amó a su iglesia y se entregó a sí mismo por ella para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra”, y en Tito 3.5: “Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo”. Así que no es necesario volver a “bañarse”. Pero sí es necesario lavar los pies, porque ellos se ensucian con el polvo del camino de cada día.

La confesión de nuestros pecados es una necesidad, no una mera rutina, aunque debe ser una práctica constante en nuestra vida cristiana. 

Warren W. Wiersbe escribe sobre este versículo:

 

La confesión literalmente significa «decir lo mismo». Si decimos respecto a nuestros pecados lo mismo que Dios dice respecto a ellos y en realidad lo queremos decir, estamos confesando pecados. David incluso avanzó al admitir su naturaleza pecaminosa, nacido en pecado. Tenga cuidado con la «confesión barata». Orar sólo de labios para afuera: «Señor, he pecado, ¡perdóname!», no es confesión. La verdadera confesión cuesta algo: un espíritu quebrantado y un corazón contrito. Esto no significa que debemos hacer penitencias y ganarnos el perdón, sino significa que estamos tan quebrantados por nuestros pecados que no podemos ocultarle nada a Dios.

 

Confesar es “estar de acuerdo con Dios”. ¿En qué? En que hemos pecado, sin atenuantes. Que somos culpables. Que hemos hecho lo que no le agrada. Que, aunque no lo merecemos, necesitamos su perdón y su restauración. Que precisamos su poder para no hacerlo nuevamente. 

Ch. Stanley, escribe:

“¡Aleluya! Estamos eternamente seguros en Cristo. El no confesar nuestros pecados no altera nuestra salvación eterna, pero interfiere y grandemente obstaculiza nuestra comunión con el Padre. En realidad, ese es un error muy caro”.

 

En el Salmo 32.5 David lo dice en estas palabras: “Mi pecado te declaré y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová, y tú perdonaste la maldad de mi pecado”. Vuelve a mencionar las características de su pecado que ya describió en los versículos 1 y 2, pero ahora en términos de arrepentimiento y confesión. Sin duda ha sentido no solo el pecado, sino su maldad, su malignidad al cometerlo. Y su arrepentimiento fue sincero: Dios le ha humillado. En 2S. 12.16 leemos que David “pasó la noche acostado en tierra”. Como alguien dijo: “Que tu arrepentimiento sea tan profundo como tu pecado”.

 

Que esta reflexión pueda ser también de bendición para su vida. Usted y yo necesitamos también confesar nuestros pecados ante Dios. Le saludo hasta la próxima, deseando que Dios le acompañe cada día.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


Elija su moneda
USD Dólar de los Estados Unidos (US)
Presiona Enter para buscar o ir a búsqueda avanzada