Dios restaura lo que pasó: Está presente aun en las consecuencias (32ª parte)
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19 abril, 2026Autor: Eduardo Cartea
Como conclusión de este extenso y rico estudio, escucharemos sobre el refugio de quien es restaurado y su lugar al lado del Padre.
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PE3202 – Dios restaura lo que pasó: El abrazo del Reino. (31ª parte)
El abrazo del reino
Hola. Este es nuestro último encuentro bajo el tema que nos acompañó este tiempo: “Dios restaura lo que pasó”, basado en el salmo 51 de David.
¿Es posible una renovación espiritual? No solo posible, sino deseable, necesaria. Y esto, permanentemente en nuestras vidas. La obra del Espíritu Santo es comparada en la Biblia como la de una fuente, un manantial que fluye continuamente. Jesús, hablando con la mujer samaritana, en Juan 4 le prometió “agua viva”. Para un judío esa expresión significaba agua corriente, un manantial, un arroyo. Bien sabemos que Jesús le estaba ofreciendo, no agua física, sino aquella que sacia la sed del alma. La que el profeta anunció diciendo que sacarían con gozo “agua de las fuentes de la salvación” (Is. 12.3). El agua que satisface la sed “del Dios vivo” (Sal. 42.1). La que ofrece el Señor diciendo: “A todos los sedientos, venid a las aguas” (Is. 55.1). La fuente de agua espiritual que brota de Aquel al que el Salmo 36 canta: “Contigo está el manantial de la vida”. ¡Sí, el manantial es el Señor mismo!
Es el agua que ofreció el Señor Jesús a la mujer samaritana, diciendo: “El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna”. Y después la repite en ocasión de la celebración de la fiesta de los tabernáculos: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva”. El evangelista, bajo inspiración, nos da su significado en el v. 39: “Esto dijo del Espíritu que habían de recibir todos los que creyeran en él”.
¿Dónde lo dice la Escritura? En Ezequiel 47, el profeta tiene la visión del río de Dios, que brota de su trono, y cuyo caudal cada vez es más profundo. Llega primero hasta los pies; luego a las rodillas; luego a los lomos y finalmente cubre todo el ser. No puedo abstraerme a pensar que hay una preciosa figura, que lícitamente podemos alegorizar: los pies pueden hablar del andar; las rodillas, de la oración; los lomos, del servicio y el ser completo, de consagración o dedicación de la vida. Así es la experiencia del creyente cuando el Espíritu Santo produce en él la obra de renovación espiritual. Es progresiva, constante y total.
En Oseas 14, esa profecía tan conmovedora que presenta el drama del profeta como una vívida ilustración de la relación de Dios con su pueblo Israel –en este caso, el reino del norte–, el capítulo 14, su capítulo final, nos muestra cómo es una verdadera renovación. Después de mostrar la condición de un pueblo volcado a los ídolos, alejado de Dios, desorientado, viviendo en un verdadero adulterio espiritual, despojado de su fe, de su compromiso, de su vigor, de su paz, el Señor, que prometió, como un esposo amante a su infiel esposa, atraerla, llevarla al desierto, hablarle al corazón, convertir su desprecio en amor verdadero y restaurar su vida, le muestra su amor inagotable, su paciencia y ternura; les vuelve a llamar y en el capítulo 14, desde el fondo de un corazón lacerado por la indiferencia, pero lleno de profunda compasión, lanza el último llamado: “¡Israel, Israel, tu maldad te ha hecho caer! ¡Arrepiéntete y regresa a tu Dios! Llega ante él con esta oración: “Dios mío, tú eres bueno; ¡perdona nuestros pecados y acepta nuestras alabanzas!”.
Y entonces, les habla de su renovación en términos magistralmente poéticos, pero profundamente reales. Les dice, en palabras del siervo de Dios (vv. 4-8):
“Yo sanaré su rebelión, los amaré de pura gracia; porque mi ira se apartó de ellos. Yo seré a Israel como rocío; él florecerá como lirio, y extenderá sus raíces como el Líbano”. Es la gracia y el amor de Dios en ellos, una vez que su perdón fue extendido y su rebelión fue sanada.
Dios puede hacer esta obra de renovación plena en todo aquel que, con reconocimiento de su pecado y arrepentimiento sincero lo confiese y busque Su perdón.
David cayó vergonzosamente, pero, al fin, descubrió el secreto de la comunión restaurada con Dios, y de una plena renovación moral y espiritual y por eso sigue siendo el rey más grande de Israel. Para David fue una lección provechosa; ya no tiene confianza en sí mismo; su confianza no está ahora en su poder o gloria. Su confianza está en el Señor.
Pero también fue usado por Dios para dejarnos esta página inmortal a la cual podemos volver vez tras vez para evitar nuestras caídas, o bien, para recibir amonestación y consuelo en aquellos momentos de derrota espiritual.
Gloria a Dios por este regalo de gracia que nos dejó en su bendita Palabra.
Hay una preciosa verdad y es que Dios sigue restaurando. Alguien dijo que “Dios se especializa en restaurar barcos naufragados”. Y así es. Es el gran restaurador de vidas.
Quiero cerrar el comentario de esta obra monumental que es el salmo 51, hablando al corazón de alguno que, tal vez, esté pasando por una experiencia semejante a la de David. No necesariamente por haber cometido sus pecados, ni siquiera algunos semejantes, en cuanto a su magnitud. Pero, de todos modos, se siente lejos de Dios. Se han ido el gozo del alma, los deseos de orar, de leer la Biblia, de asistir a la iglesia, de testificar, de servir al Señor. Los hermanos llegan a parecer hipócritas y hasta se puede ver en ellos una cantidad de defectos que antes no se veía o no se quería ver. Todo suena a formalidad, a mera religiosidad y surgen algunas preguntas: ¿Para qué sirve? ¿Qué respuestas trae a la vida? ¿Qué significa adorar a Dios, servir a Dios, congregarse para dar testimonio, ayudar a otros, identificarse como cristiano? ¿Acaso hace falta estar en todos los cultos para ser cristiano verdadero? Además, ya que la salvación, no se pierde ¿para qué volver? ¡Es tan cómodo seguir así, sin compromiso, sin rendir cuentas!
Hace un tiempo decía un hermano que por años está apartado de los caminos del Señor: ¡Es tan difícil trasponer el umbral del templo nuevamente!
Por otra parte, el volver ¿no será despertar en los hermanos un sentimiento de crítica, y hasta de rechazo? Tener que soportar sus preguntas, sus averiguaciones.
Es posible que, en la provincia apartada, como el pródigo, no se vean las cosas claras, hasta que un día se vuelve en sí. El Espíritu Santo trabaja en el interior del ser, mostrando la condición de fracaso espiritual, la carga de pecados no confesados que se amontonan en la conciencia, el temor de haber faltado y la necesidad de volver.
Como el pródigo tiene hambre espiritual, y sabe que en la casa del Padre hay abundancia de pan.
Entonces, se toma la resolución: “Me levantaré, iré a mi Padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado tu hijo”. Y se emprende el camino de regreso.
¿Y cómo actúa Dios? ¿Nos reprocha la infidelidad, el tiempo perdido, de olvido de su amor y su gracia? ¡No! ¡Mil veces, no! El amor del Padre es tan grande que corre al encuentro del hijo, le abraza, le recibe, le viste y hace fiesta, porque este mi hijo muerto era y ha revivido; se había perdido y es hallado.
Quiero decirte que Dios restaura lo que pasó. Y puede restaurar tu vida rota.
No hay pecadores demasiado malos para Dios. Hay pecadores demasiado buenos. Pero estos son los que se pierden.
Si pasamos o llegásemos a pasar por una experiencia de caída, y con profundo arrepentimiento vamos al Señor en confesión sincera y sentimos en el alma la paz de su perdón, el bálsamo de su misericordia, el gozo de su renovación, recordemos que “Dios restaura lo que pasó”, y con nuevas fuerzas y plena confianza en su tierno cuidado, volvamos al camino, andemos en novedad de vida y seamos para otros una luz de testimonio. Seremos motivo de gloria a Su nombre y de bendición para los suyos.
Que el Espíritu de Dios obre en la mente y corazón de aquellos que puedan haber caído en pecado, de aquellos que estén lejos, para que hallen el refugio de los brazos eternos del Señor y experimenten una plena renovación y el fluir de una vida plena, vibrante, y llena del gozo y el poder del cielo.
