Dios restaura lo que pasó: Directo al corazón de Dios (17ª parte)

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Autor: Eduardo Cartea

En este programa Eduardo Cartea continúa con la serie. Esta vez, enfocándose en el arrepentimiento genuino, entendiendo lo que el pecado genera en el corazón de Dios.


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PE3186 – Dios restaura lo que pasó: Directo al corazón de Dios (17ª parte)



Directo al corazón de Dios

Recorriendo con usted el salmo 51, estamos considerando el versículo 5, en el que David dice: “En maldad he sido formado y en pecado me concibió mi madre”. Una inexorable verdad de la que todos padecemos, y que solo un genuino arrepentimiento ante Dios puede alcanzar el perdón necesario.

William Barclay narra en uno de sus estudios:

“Uno de los grandes relatos de conversiones en los tiempos modernos fue el del asesino japonés, Tokichi Ishii, que, leyendo el NT en la prisión, se convirtió. Era un hombre bestial, de crueldad salvaje, infrahumano en todos los crímenes que había cometido. Fue convertido entre tanto leía la Biblia que dos mujeres canadienses le habían dejado, tras no haber podido obtener de él ni una pizca de respuesta humana a algo que le dijeron. Tokichi comenzó a leerla y, cuando llegó a la oración de Jesús: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen», cuenta que le sucedió lo siguiente: «Dejé de leer. Sentía el corazón herido; algo así como si me estuvieran clavando en él una aguja muy larga y muy aguda.» El dolor de este hombre, de su pecado, era el dolor del corazón quebrantado”.

 

Cuando el pecado es confesado así, es porque el pecador ha llegado a la comprensión –en dimensión humana– de la gravedad del pecado. Ocurre que muchas veces “calificamos” nuestros pecados y algunos nos parecen –como alguien me dijo una vez– “pecadillos”. ¡No hay pecadillos! ¡Hay pecados!

Dice F. Lacueva: “No hay pecado pequeño porque no es pequeño el Dios contra el que se peca”.

 

Aunque, obviamente, es posible que ninguno de los que leen estas líneas haya pasado por la honda caída de David. Nuestro pasado antes de conocer a Jesús ha quedado atrás, “de modo que si alguno está en –unido a– Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”, pero los pecados de nuestra vida cristiana, cuales sean, deben ser declarados, confesados con pesar en el corazón delante del trono de la misericordia.

 

Pablo escribe a los Colosenses en el capítulo 3 y señala en los versículos 5 al 7 un catálogo de pecados que, se supone, no forman parte de la experiencia de un creyente verdadero. Dice el apóstol: “Haced morir, pues lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría, cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia, en las cuales vosotros también anduvisteis en otro tiempo cuando vivíais en ellas”. Ya no somos “hijos de desobediencia”, ya no tenemos por modo de vida andar en esos pecados. Pero en los versículos 8 y 9 trata de pecados “posibles” en la experiencia cristiana. Por eso lo dice de esta manera: “Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia (que incluye maledicencia, ofensas, calumnias, etc.), palabras deshonestas de vuestra boca. No mintáis los unos a los otros”. Note, por favor que dice “ahora”, significando la realidad presente del cristiano.

 

Hay algunas preguntas que muchas veces surgen y quisiéramos intentar contestarlas a la luz de las Sagradas Escrituras.

 

  • ¿Es necesario confesar todos y cada uno de nuestros pecados?

Obviamente hay pecados que recordamos y otros –tal vez la mayoría de ellos– no. El hecho de exponer en la presencia del Señor nuestros pecados “conocidos” y declararlos, es absolutamente necesario, no solamente para darnos cuenta de nuestra debilidad, sino para tenerlo en cuenta para otras veces en que nos hallemos en esa misma situación.

 

  • ¿Qué ocurre con aquellos pecados que no recordamos? ¿Cómo son limpiados?

Nuestra vieja naturaleza siempre tiende a lo malo. Nuestra mente,  nuestras intenciones provienen de una naturaleza caída, por lo tanto, pecamos continuamente. El salmista decía en su oración del salmo 19: “¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos”. Dios tiene, en su gracia, provisión suficiente para nuestros pecados, en este caso involuntarios. No necesitamos hacer penitencias, ni sacrificios, ni pagos, ni castigos personales cuando hemos pecado. Todos ellos han quedado resueltos en la cruz. Y nuestra salvación está segura para siempre, a pesar de nuestras fallas. Ahora, ¿esto es un permiso para pecar? ¡En ninguna manera! El perdón completo de Dios no es ocasión para vivir una vida de libertinaje.

Dice Pablo en Romanos 6.15: “¿Qué, pues, pecaremos porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? ¡En ninguna manera!”.

Por eso, nuevamente citamos 1Juan 1.7: “La sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado”. La expresión “nos limpia” está en el original en un presente continuo; por lo tanto, podemos leerlo así: “nos limpia continuamente de todo pecado”. La sangre de Cristo tiene poder para limpiar continuamente todos nuestros pecados. Pero en este versículo hay una condición: “Si andamos en luz, como él está en luz”. Es decir, en la esfera de una permanente comunión con el Señor.

Me gusta como lo explica C. I. Scofield en su Biblia anotada:

 

«Todas las cosas… se manifiestan por la luz»… La presencia de Dios trae la conciencia de pecado en la naturaleza y pecados en la vida. La sangre de Cristo es la provisión divina para ambos. Andar en la luz es vivir en comunión con el Padre y el Hijo. El pecado interrumpe, pero la confesión restaura esa comunión. La confesión inmediata mantiene la comunión intacta”.

 

  1. Barclay, una vez más, lo dice muy eficazmente:

 

“Lo que quiere decir es que todo el tiempo, día a día, constante y consistentemente, la sangre de Jesucristo lleva a cabo un proceso purificador en la vida del cristiano individual.

La palabra griega para limpiar… era en su origen una palabra ritual que describía las ceremonias y lavatorios que cualificaban a un hombre para acercarse a sus dioses. Pero la palabra, conforme fue desarrollándose la religión, adquirió un sentido moral, y describe la bondad que permite a una persona entrar a la presencia de Dios. Así es que, lo que Juan está diciendo es: «Si realmente sabes lo que ha obrado el sacrificio de Cristo, y estás experimentando de veras Su poder, día a día irás añadiendo santidad a tu vida, y capacitándote más para entrar a la presencia de Dios.»

Aquí se nos presenta una gran concepción. Considera el sacrificio de Cristo como algo que no solamente expía los pecados pasados, sino que nos equipa de santidad día a día”.

 

  1. MacArthur, comenta:

“Un cristiano genuino tiene por hábito andar en la luz (verdad y santidad) no en tinieblas (falsedad y pecado). Su manera de andar también resulta en una limpieza continua del pecado a medida que el Señor perdona a los suyos. Puesto que quienes andan en la luz participan del carácter de Dios, ellos llegan a caracterizarse por su santidad y esto indica que su comunión con Él es verdadera. Un cristiano auténtico no anda en tinieblas, sino solo en la luz y su limpieza de todo pecado es continua”.

  • ¿Qué ocurre cuando no confesamos el pecado?

Una de las consecuencias del pecado es hacer división entre Dios y nosotros. En Isaías 59.2 leemos: “Vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír”. Es como una barrera que se interpone. Pero, no solo eso. El pecado produce muerte. Así lo vemos en Santiago 1.15: “La concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte”. Teniendo en cuenta que “muerte” siempre significa separación, el hecho de estar en pecado, implica necesariamente estar separado de la perfecta comunión con Dios.

Eso es exactamente lo que quiso decirle Jesús a Pedro cuando le advirtió que si no le lavaba los pies no tendría parte –comunión– con él.

Pero el pecado, además, cuando no se declara en confesión, tiene consecuencias aún en nuestro ser. El Salmo 32 dice en el v. 3: “Mientras callé (es decir, no confesé mi pecado), se envejecieron mis huesos en mi gemir cada día”. La versión Biblia en Lenguaje Sencillo lo traduce así: “Mientras no te confesé mi pecado, las fuerzas se me fueron acabando de tanto llorar”. Si el perdón trae dicha, el no confesar los pecados, trae infelicidad. El semblante decae, el carácter se hace árido, y aun las fuerzas físicas pueden ir menguando.

 

Que Dios nos enseñe esta actitud tan necesaria en nuestra vida de confesar nuestros pecados y buscar en el trono de la gracia el perdón y la paz que necesitan nuestras almas.

Hasta nuestro nuevo encuentro.

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