Dios restaura lo que pasó: Consecuencias y restauración (6ª parte)

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Autor: Eduardo Cartea

A esta altura del estudio que venimos desarrollando, habiendo hablado del pecado en el creyente y la acción de Dios. Estudiemos junto a Eduardo Cartea, las consecuencias del pecado y lo que el Creador ideó y otorgó, desde la eternidad mediante el sacrificio de Jesús.


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PE3175 – Dios restaura lo que pasó: Consecuencias y restauración (6ª parte)



Consecuencias y restauración

Hola. Estamos considerando con usted en esta serie de breves estudios el tema de la restauración de Dios para el pecado del creyente, basados en el texto del Salmo 51 de David.

En nuestro último encuentro, meditamos sobre el pecado del creyente. Hoy quiero ver con usted las consecuencias de esto que, lamentablemente es una triste realidad en nuestras vidas.

Solo mencionamos tres de ellos:

Pérdida de comunión, pérdida de gozo y pérdida de poder.

 

  1. Pérdida de comunión. 1Juan 1.5 dice que Dios es luz. Esa palabra allí indica todo lo referente a verdad, justicia, pureza y santidad. Nada más veraz que la luz: muestra la falla, el error. Nada más justo: separa las tinieblas. Nada más puro: no se contamina con la suciedad. Nada más santo: no tiene nada que ver con el pecado. Pero el v. 6 dice: “Si andamos en tinieblas…”. Significa andar en pecado, cometiendo pecados. La expresión indica una experiencia habitual, continua. Eso no es lógico en un creyente. Eso es propio de uno que no conoce a Dios. Así que, andar en tinieblas es incompatible con la luz de Dios. Por lo tanto, la comunión cesa. Amós 3.3 pregunta: “¿Andarán dos juntos si no estuvieren de acuerdo?”. 2Corintios 6.14, agrega: “¿Qué comunión tendrá la luz con las tinieblas?”. El pecado no confesado quiebra la comunión entre Dios y el creyente y además estorba la comunión con los demás creyentes.

¿Qué es andar en luz? No es ser luz. Eso solo le corresponde a Dios. Él es perfecto en santidad. Andar en luz significa ajustar la vida a la luz de Dios, a las demandas de Dios. Ajustar la vida al control, la guía, la obra del Espíritu Santo, modelando nuestro carácter y nuestra conducta, al carácter y conducta del Señor Jesucristo.

  1. Pérdida de gozo. La comunión trae consigo el gozo del Señor. El salmo 16.11 dice: “En tu presencia hay plenitud de gozo”. Por contrapartida, el pecado acarrea tristeza, aunque al cometerlo sea causa de cierta alegría pasajera y carnal. El Espíritu Santo se contrista y con él, el creyente. La no confesión de pecados trae tristeza al alma.

Dijo un gran hombre de Dios llamado John Owen: “El pecado en el creyente es una carga que lo aflige, no un placer que lo deleita”.

La vida plena del Espíritu Santo se presenta en las Escrituras como un manantial que “salta para vida eterna”. Agua que salta. Símbolo de vitalidad, de gozo.

  1. Pérdida de poder. El pecado paraliza la vida. Es un soporífero para el creyente. ¿Por qué hay tanto sueño espiritual? Por falta de poder, ésta por falta de comunión, y ésta, finalmente, por pecado inconfesado.

Es lo que sucede cuando hay una enfermedad en el organismo, o cuando una persona deja de alimentarse. Sobreviene un sueño, un profundo sopor. No hay vitalidad, no hay acción.

Recordamos el milagro de Jesús a la suegra de Pedro. Estaba echada con fiebre. Jesús la sanó e inmediatamente servía a todos.

 

Pero ¿Cuáles son los recursos del creyente frente al pecado? Indudablemente, el pecado es una desgracia en la vida del creyente, pero Dios ha provisto maravillosos recursos para él. Notemos algunos de ellos:

  • La gracia de Dios. Romanos 6.1 pregunta: “¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?”. Perseverar significa una práctica permanente. Podemos traducirlo así: ¿Mantendremos una actitud de dependencia, sometimiento, entrega y cordialidad con la naturaleza pecaminosa para que la gracia abunde? Ya que la gracia cubre, asiste, ¿vamos a mantener esa actitud? Pablo contesta en el v. 2: “En ninguna manera”. Como diciendo: ¡Fuera con ese pensamiento! ¿Abusaremos de la gracia de Dios? “¿Provocaremos a celos al Señor? ¿Convertiremos en libertinaje la gracia divina? Oigamos lo que dice Gálatas 5.13: “Hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne”. Y también 1Pedro 2.11: “Como libres, pero no como los que tienen la libertad como pretexto para hacer lo malo”.

Otro recurso:

  • La eficacia permanente de la sangre de Cristo. 1Juan 1.7 dice

en el original: “La sangre de Jesucristo, su Hijo, continuamente estará limpiándonos de todo pecado”. La potente y perpetua eficacia del sacrificio de la cruz limpia nuestros pecados ignorados, ocultos y nuestros pecados confesados.

Otro más:

  • La intercesión de Cristo. 1Juan 2.1, 2: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados”. Ya que tenemos pecado, que para estar en comunión con Dios necesitamos la obra eficaz y continua de la sangre vertida de Jesucristo, y que, al confesar nuestros pecados a Dios, Él es fiel y justo para perdonarlos y limpiarnos de toda maldad, ¿vamos a vivir en pecado? ¿vamos a pecar habitualmente?

    La expresión “para con el Padre”, significa que está ante Su presencia, frente a Su rostro. Y no para defendernos de Él, sino de nuestro enemigo, el diablo; de nuestro adversario, el Satanás.

¡Qué bendición saber que el Señor Jesús se ocupa de mí! ¡Qué paz me da saber que cuando yo peco, él “da la cara” ante el Padre por mí! Es uno de sus benditos oficios.

En Lucas 22.31, 32, Jesús tiene una conversación con Pedro: Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos”. Cuando Jesús le dijo a Pedro “tú una vez vuelto”, es porque sabía lo que iba a suceder. Sabía que, más allá de sus promesas, tan sinceras como livianas de no negarle, de poner su vida por él, incluso de no ser como los demás, eran como la neblina que se disipa con los primeros rayos del sol de la mañana. Pura emoción. Puro sentimiento. Pura espuma.

Es fácil juzgar a Pedro. Yo no lo hubiera hecho mejor que él. Pero lo más importante es la actitud del Maestro hacia Pedro: “Yo he rogado por ti…”.  Notemos algunas cosas en esta significativa frase:

  • Está en pasado. El conoce nuestro futuro, nuestras próximas caídas y ya ha rogado por esos momentos de fracaso espiritual.
  • Está en singular. Es cierto que todos iban a ser zarandeados, pero el ruego era especial para Pedro. No porque fuera más importante que los demás, sino porque Jesús sabía que iba a caer.
  • Está envuelta en una promesa. Pedro iba a tropezar y caer, pero iba a ser sostenido para poder levantarse nuevamente. La gracia del Señor fue anterior a su caída.

Al fin, Pedro fue restaurado totalmente después de aquel desayuno con Jesús resucitado a orillas del Mar de Galilea. El método del Señor no ha cambiado. El sigue restaurando lo que pasó. 

 

Note este nuevo recurso:

  • La intercesión del Espíritu Santo. Así como Cristo es el Paráclito, el abogado ante el Padre, el Espíritu Santo lo es en el creyente, como lo expresa Juan 14.16, en palabras de Jesús: “Yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre”. El Espíritu Santo nos ayuda en la ignorancia y debilidad. En Romanos 8.26, 27 leemos: “De igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos”. ¿Quién puede saber cuáles son esos “gemidos indecibles”? ¿Cuál será su celo, su lucha, su defensa del creyente? Santiago nos dice que “el Espíritu que ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente”.

 

Finalmente, este recurso:

  • La acción santificadora de la Palabra de Dios. Es el “lavacro” mencionado en Efesios 5. En palabras del Señor Jesucristo, orando al Padre, podemos leer: “Santifícalos en la verdad, tu palabra es la verdad”. Por eso, el salmista dice en el salmo 119.9: “¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra”. Y en el v. 11: “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti”.

Tenemos maravillosos recursos como prevención y solución para la desgracia de nuestro pecado.

 

Con estos conceptos como telón de fondo, desde nuestro próximo encuentro miraremos juntos el salmo 51, y que el Espíritu de Dios nos guíe a encontrar en él una fuente de consuelo, fortaleza y poder.

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