Dios restaura lo que pasó: Confesión ante Dios (23ª parte)

Dios restaura lo que pasó: Limpieza total (22ª parte)
8 marzo, 2026
Dios restaura lo que pasó: El Padre que espera (24ª parte)
15 marzo, 2026
Dios restaura lo que pasó: Limpieza total (22ª parte)
8 marzo, 2026
Dios restaura lo que pasó: El Padre que espera (24ª parte)
15 marzo, 2026

Autor: Eduardo Cartea

Algo que el Señor menciona varias veces en su Palabra, es el reconocimiento y confesión de pecados delante de Él. ¿Por qué? Porque el pecado no confesado y traído a luz hace estragos.


DESCARGARLO AQUÍ

PE3192 – Dios restaura lo que pasó: Confesión ante Dios (23ª parte)



Confesión ante Dios

Hola, ¿cómo está? Espero que bien. Seguimos en nuestro salmo 51, versículo 7, viendo el pedido de perdón de David a Dios y como Dios contestó su oración. 

Un misionero se estaba esforzando en hacer comprender a los nativos de una aldea africana cómo el poder de la sangre de Jesús basta para limpiarnos de todos nuestros pecados, sin adición ninguna de ritos ni ceremonias. Al fin, una mujer se acercó a él, y con pena le confesó: “Señor, el problema es que mis pecados son tantos como las arenas en la ribera del mar.  ¿Puede Jesús borrarlos todos?”. El misionero contestó: “Anda a la orilla del agua, levanta un montón de granitos de arena, y luego siéntate a ver qué sucede”. La mujer quedó pensando un instante y por fin exclamó: “¡Ya lo veo! ¡Ya lo veo! ¡Como el mar se llevaría todo el montoncito de arena, así también la sangre de Jesús me lava de todo mi pecado!”.

 

Le recuerdo lo que estamos leyendo: Dicen los v. 6 y 7 del Salmo 51: He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría. 7. Purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve.

La nueva expresión del salmo, en su versículo 8 es:

Hazme oír gozo y alegría, y se recrearán los huesos que has abatido. La NTV lo traduce así: “Devuélveme la alegría; deja que me goce ahora que me has quebrantado”.

Dice F. F. Bruce:

“El salmista no será verdaderamente feliz hasta oír un oráculo divino que lo absuelva”.

La triste experiencia de su pecado había producido –como ya vimos– un efecto devastador en la vida de David. Lo hemos visto en las expresiones del Salmo 38, algunas de las cuales reiteramos: “Nada hay sano en mi carne, a causa de tu ira; ni hay paz en mis huesos, a causa de mi pecado… Estoy encorvado, estoy humillado en gran manera, ando enlutado todo el día… Estoy debilitado y molido en gran manera; gimo a causa de la conmoción de mi corazón… Mi corazón está acongojado, me ha dejado mi vigor, y aun la luz de mis ojos me falta ya”. En el Salmo 32.3 dice que sus huesos se habían envejecido.

Sentía la disciplina de Dios sobre él. Como si el Señor lo estuviera moliendo, machacando en un mortero. Si algo necesitaba David era el perdón que trajera alivio a su acongojado espíritu, a su mente y a su cuerpo, que padecían los efectos de la falta de paz. Estaba verdaderamente quebrantado, desanimado. En palabras del salmo 119.25, “Abatida hasta el polvo está mi alma”.

El salmo 102, haya sido escrito por David o no, nos presenta las consecuencias que el pecado trae a la vida: físicas (vv. 3-5); sentimentales (vv. 6-7); morales (vv. 8-11). Físicamente, ve consumir su vida como si fuera humo, siente el corazón herido y seco, ha perdido el apetito, y débil y enflaquecido, sus huesos están pegados a su carne. Sentimentalmente, se halla melancólico como una lechuza o un búho entre las ruinas, velando por las noches sin poder dormir, experimentando profunda soledad. Moralmente, ofendido y burlado por sus semejantes, comiendo ceniza en vez de pan y mezclando sus lágrimas con su bebida. Hasta tiene la sensación de que Dios le ha arrojado con fuerza de su presencia. Termina diciendo: “Mis días son como sombra que se va y me he secado como la hierba”. ¿Habrá una descripción más patética de un alma lejos de Dios, inmerso en su pecado no perdonado?

¡Cuán engañoso es el pecado! Parece dulce al principio, pero su fin es amargo como la hiel. Bien dice el libro de los Proverbios 9.17, 18: “Las aguas hurtadas son dulces, y el pan comido en oculto es sabroso. y no saben que allí están los muertos; que sus convidados están en lo profundo del Seol”. O en 20.17: “Sabroso es al hombre el pan de mentira; pero después su boca será llena de arena”.

¡Cuántos han llorado toda su vida los cinco minutos de un desvarío! ¡Cuántas vidas arruinadas por un error, una mala decisión que se lamentará día a día, sin poder remediarlo! Las palabras de Eclesiastés 10.1 son muy sabias: “Las moscas muertas hacen heder y dar mal olor al perfume del perfumista; así una pequeña locura al que es estimado como sabio y honorable”. Una pequeña locura…

  1. MacDonald, en su Comentario del A. T. – Salmos, parafrasea este versículo 8 del Salmo 51 con estas palabras:

«Cuando pequé, perdí mi canción. Ha pasado mucho tiempo desde que tenía gozo y alegría. Déjame oír de nuevo la música del regocijo. En mi condición de alejado de ti, me parecía que Tú me habías hecho cojo, rompiendo mis huesos. Ya no podía danzar delante Tuyo como en las fiestas santas. Ahora, sana aquellas fracturas para que pueda juntarme a Tu pueblo y alabar Tu nombre en la danza.»

Entonces sus huesos ahora molidos, se recrearán, o como se puede traducir del original “saltarán de alegría” o “bailarán”. La gracia del perdón transformará el yermo en un oasis, el desierto en verdes prados, el luto en gozo, la tristeza en bendición. Por ello, una vez más pide como un clamor desde el fondo de su alma la siguiente expresión, en el v. 9.

Esconde tu rostro de mis pecados, y borra todas mis maldades. La expresión “esconde tu rostro”, es como si David dijera lleno de vergüenza: “aparta tu vista, no sigas mirando mis pecados… no los veas más”.

En el salmo 143.7 –otro salmo penitencial– dice, al contrario: “Respóndeme pronto, oh, Jehová, porque desmaya mi espíritu; no escondas de mí tu rostro” (cp. Sal. 102.1). En este caso, David desea que el Señor esté atento a su clamor, que le responda pronto, que le haga oír su misericordia y le haga saber el camino por donde debe andar. Pero aquí, en el salmo 51.9, David desea que ese Dios delante del cual todas las cosas están desnudas, que ha visto su pecado y como Juez supremo lo ha juzgado, aparte su rostro. Ha sido descubierto y está avergonzado. El rostro airado de Dios se ha encontrado con su fallo y aunque se siente culpable y ha bajado su cabeza admitiendo su pecado, no puede soportar saber que sigue siendo objeto de juicio. Sabe que no es posible entrar en juicio con Dios, porque ningún hombre se justificará delante de él (Sal. 143.2).

Por eso también pide nuevamente que el Señor borre todas sus maldades tanto de su negra lista, como de su recuerdo. Borrar, expresión que se repite en el v. 1 y en este, hace ver al pecado como una deuda que está registrada y pendiente. Una pesada deuda que necesita ser borrada del libro contable divino, cancelada para nunca más volver a ser exigida.

Amo trabajar en una computadora –un ordenador– porque tiene una función que es esencial: la tecla de borrar, el conocido delete, o supr (de “suprimir”). Hace años, cuando usábamos las máquinas de escribir, y teníamos errores, debíamos usar una goma redonda o bien un lápiz goma; luego aparecieron unas láminas tizadas blancas, era algo más práctico; después un líquido que pintaba los errores, aún mejor. Pero hasta aquí, los errores estaban tapados, pero aún estaban ahí. Pero cuando llegó la computadora, esa tecla “mágica” hacía desaparecer el error, como si nunca se hubiera escrito. Entonces la corrección no tapaba el error. Era como si nunca hubiera existido.

Así es con el Señor y mis pecados. No los tapa. En la antigüedad, la ley para los hebreos era expiar los pecados derramando la sangre de animales inocentes. Y justamente esa acción de expiar, de perdonar era llamada “cubrir”. Por eso, el propiciatorio del arca del pacto, donde se rociaba la sangre del sacrificio en el gran “día de la expiación”, una vez al año, era, la cubierta del arca, también acertadamente llamado “el lugar del trono de la gracia”. En Juan 1.29, Juan el Bautista presenta a Jesús, y dice: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Quitar es una voz griega que significa: alzar, llevar, cargar, sacar, recordándonos lo que Jesucristo hizo con los pecados en su obra redentora. Pero quitar también significa “destruir”, es decir, eliminar total y completamente. El perdón de Dios elimina mi pecado, cuando lo confieso humildemente ante Su presencia.    

Le saludo hasta la próxima, deseando que Dios le bendiga. 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


Elija su moneda
USD Dólar de los Estados Unidos (US)
Presiona Enter para buscar o ir a búsqueda avanzada