Dios restaura lo que pasó: Características del pecado (5ª parte)

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Autor: Eduardo Cartea

¿Qué características tiene esa cosa llamada “pecado” y de la que el Señor vino a salvarnos?, ¿Cuáles son sus implicaciones y sus consecuencias?, ¿Cómo podemos detectarlo? Los grises en este tema no tienen lugar, por lo que es necesario trazar una línea y pedir discernimiento al Señor. Sobre estos temas trata el siguiente programa.


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PE3174 – Dios restaura lo que pasó: Características del pecado (5ª parte)



Características del pecado

Hola. Con mucho gusto vuelvo a encontrarme con usted para meditar juntos en un tema importante para la vida cristiana: el pecado, sus consecuencias y su restauración.

En nuestra última charla, hemos visto el significado y trascendencia que la Biblia le da al pecado, esa desgracia en la vida de todo ser humano y particularmente en el cristiano.

La Biblia presenta otros nombres que tienen que ver con la naturaleza pecaminosa que los creyentes tenemos aún después de nuestra conversión y que, lamentablemente seguiremos teniendo hasta que el Señor nos lleve a su presencia. Allí el pecado quedará atrás y nunca más será esa carga espiritual que tantas veces nos ha hecho llorar en la presencia del Señor, arrepentidos por nuestras faltas, nuestros yerros, nuestras caídas.

Veamos en la Palabra de Dios otro de los términos:

Carne. El término original tiene varias acepciones. En algunos casos significa “cuerpo”. Y no necesariamente implica existencia de pecado, como cuando se refiere a la humanidad santa de Jesús. También se interpreta como “humanidad”, e incluso “todo ser viviente” en algunos versículos.

Pero también se refiere a la naturaleza humana dominada por el pecado. Al principio pecaminoso que anida, que habita en nuestro ser. En Génesis 6.3, Dios dice: “No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre, porque ciertamente él es carne”.

Carne, pues, en sentido ético, indica la condición esencialmente perversa del hombre. En el caso del no regenerado, indica su estado natural. En el del creyente, aquel elemento del ser que se resiste a la gracia de Dios. Dicho de otro modo, es todo aquello que en nosotros da oportunidad al pecado. Pablo le llama “el viejo hombre”.

La carne nunca se regenerará, Nunca obedecerá las demandas de Dios. Nunca mejorará. Como dice F. Lacueva: “El yo está destronado, pero no destruido”.

La carne es carne. Lo dijo Jesús en Juan 3.6: “Lo que es nacido de la carne, carne es”. Es la naturaleza adámica, que heredamos desde el primer hombre caído. En el creyente esa naturaleza carnal se transforma en uno de sus enemigos espirituales, junto con el mundo y Satanás.

 

Otras expresiones que contienen las Escrituras son:

Cuerpo mortal. Así aparece en Romanos 6.12. También llamado “cuerpo de muerte”, o “cuerpo del pecado”. Se trata de la naturaleza del hombre sujeta al pecado, al poder del pecado y a los efectos del pecado. Es mortal, porque está condenado por la ley del pecado, la paga, el salario del pecado, que es la muerte, según Romanos 6.23. En Romanos 7.24 el apóstol se ve a sí mismo como un hombre desgraciado, digno de lástima: “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?”. La idea es de alguien que lleva un cadáver a cuestas, y que por ello se siente desdichado, angustiado. ¡Horrenda figura, que solo un cristiano puede percibir! Pero también, solo un cristiano puede contestar a la pregunta de Pablo. ¿Quién me librará? El Señor Jesucristo. ¿Cuándo? Cuando nos lleve con él. Ese es el día de la gran liberación, de la completa redención. El día de “la libertad gloriosa de los hijos de Dios”, como leemos en Romanos. El día en el cual nuestros cuerpos serán glorificados a imagen del cuerpo de resurrección de Cristo.

Otra denominación más:

Viejo hombre. Es la vieja naturaleza pecaminosa. Efesios 4.22 dice que está “viciado conforme a los deseos engañosos” de nuestra pasada manera de vivir. Viciado, se puede entender como que se va corrompiendo como resultado de ceder a esos deseos insaciables, esas ansias o pasiones irresistibles de la carne que pueden ocasionar cierto placer, pero cuyo fin es muerte. Ese viejo hombre, dice el apóstol Pablo en Romanos 6, “fue crucificado juntamente con él –con Cristo–, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado”. Destruido, no porque deje de existir, sino porque dejará de tener dominio.

En Colosenses 3 agrega el apóstol: “No mintáis los unos a los otros habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos”.

El viejo hombre, aun crucificado y despojado de su poder, coexiste con el nuevo hombre, que el apóstol menciona en Efesios 4, diciendo: vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad”.

Ahora veamos juntos muy sintéticamente

Las causas del pecado en el creyente.

Hemos dicho que el pecado permanece en la naturaleza caída del creyente. Esa naturaleza es parte constitutiva de nuestro ser como seres humanos. Está en nuestro ADN. En el salmo 51.5, que estudiaremos, David dice: “En maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre”. Aun un niño recién nacido, o de pocos años, que manifiesta una clara inocencia. Pero inocencia, no por no tener pecado, sino por no ser consciente de él. Desde la concepción traemos ese estigma, heredado desde el Edén y su caída. Salvo uno, Jesucristo, todos los hombres y mujeres que nacen en este suelo, son pecadores.

Aunque todos nacemos con una conciencia que nos indica lo que está bien y lo que está mal. En Romanos 2, leemos: “Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos”. El creyente es más consciente del pecado que el hombre no regenerado, pues conoce la ley de Dios. También en Romanos leemos: “Por el conocimiento de la ley es el pecado”. La ley define y -diríamos- “crea” el pecado.

 Un día, hace tiempo, iba a un culto en el que debía predicar y al girar en una avenida me vi sorprendido con una enorme cantidad de automóviles que venían hacía mí. Habían cambiado la dirección de esa calle. Yo no lo sabía, pero estaba cometiendo una infracción. La “ley del tránsito” en esa avenida me había mostrado mi error, mi “pecado” al circular en contramano. ¡Gracias a Dios, pude retroceder a tiempo!

El pecado es, por otra parte, más evidente, porque el creyente conoce la voluntad de Dios. Y la Biblia dice que “la voluntad de Dios es vuestra santificación”. Y esa santificación presupone un conflicto que comienza cuando una persona es salva, y que es ocasionado por tres enemigos del cristiano: el mundo, la carne y el diablo.

El conflicto con el mundo es exterior, y requiere una drástica separación de él y sus influencias. Con la carne es interior, y reclama una completa confianza en el poder de Dios para vencer la fuerza del mal, los deseos pecaminosos que combaten en el creyente. Con el diablo, Satanás, el adversario y sus huestes es invisible, pero real y requiere el poder del Espíritu de Dios para vencer en la contienda.

Recordemos algo importante: el creyente jamás podrá evitar estos enemigos, jamás se verá libre de estos enemigos y jamás tendrá la capacidad personal para vencerlos. Pero también debemos recordar que jamás dejará de tener la ayuda y el poder que Dios da a través de la intercesión de Cristo, de las Escrituras, la oración y la asistencia del Paráclito divino, el Espíritu Santo, nuestro ayudador, intercesor y consolador.

Pablo escribe a Timoteo y le dice: “pelea la buena batalla de la fe”. Es una batalla buena, honorable, pero, al mismo tiempo, dura, difícil. El verbo “pelear” en el original significa entablar una lucha agónica, intensa, violenta, como la de los gladiadores romanos, entre la vida y la muerte.

Ahora, veamos algo importante:

Los efectos del pecado en el creyente.

Lewis S. Chafer dice en su Teología Sistemática que “el pecado es una tragedia de inmensurables proporciones en la experiencia del cristiano”. Y permítame agregar: tanto más, cuanto mayor sea su conciencia al cometerlo.

No hay nada más absurdo que el pecado. Parecería algo “normal”, algo “esperable”, porque somos pecadores. Pero el pecado siempre es algo absurdo. Una verdadera absurdidad. No es “normal” que pequemos. No es normal que ofendamos a Dios con nuestro pecado. No es normal que nos ofendamos unos a otros pecando. Es triste que sea así, pero, lamentablemente, lo es.

Y el pecado nunca es inocuo. Siempre tiene consecuencias para el creyente. Y algunas son verdaderamente serias y hasta trágicas. Muchas veces un pecado que se comente en instantes, tiene efectos o consecuencias permanentes en la vida.

Podemos mencionar varios de estos efectos. Pero lo veremos en mayor detalle en nuestro próximo encuentro. Hasta entonces, si Dios quiere.

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