Dios restaura lo que pasó: Borrar, lavar y limpiar (10ª parte)

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Autor: Eduardo Cartea

¿Cómo actúa Dios para borrar nuestros rasgos de maldad y rebelión?


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PE3179 – Dios restaura lo que pasó: Borrar, lavar y limpiar (10ª parte)



Borrar, lavar y limpiar

¿Cómo está? Un gusto para mi volver a encontrarle en nuestro espacio de meditación en torno a la Palabra de Dios. Estamos en el Salmo 51.

En nuestro último encuentro, oímos a David orar a Dios pidiéndole que borrara su pecado.

Ese acto de Dios significa -decíamos- perdonar o condonar una deuda grande e imposible de pagar.

El término hebreo se usa también en Isaías 25.8 traducido como “enjugar las lágrimas”. Dice esa escritura en una sublime promesa: “Destruirá la muerte para siempre, y enjugará el Señor toda lágrima de todos los rostros”. El pecado siempre causa dolor, siempre hace brotar lágrimas de tristeza, siempre produce muerte. David, lloró amargamente, no solo por su pecado, sino también por sus consecuencias. Pero Dios es misericordioso y puede borrar toda lágrima de todos los rostros. 

Alexander MacLaren dice:

“Algunos nos dicen que el pasado es irrevocable, que lo hecho no puede ser deshecho, que lo escrito por nuestras manos diariamente en nuestra vida no puede ser borrado. La teoría melancólica de algunos pensadores y maestros se puede resumir en las palabras infinitamente tristes y desesperadas al decir: ´Lo que he escrito, he escrito´. ¡Gracias a Dios! Nosotros conocemos algo mejor que esto. Nosotros conocemos quien puede borrar lo que nuestras manos han escrito, que es contrario a nosotros, clavándolo en Su cruz”.

Dice, además: Lávame. Se usa en hebreo para el lavado de la ropa o en los rituales levíticos. David necesita ser lavado para estar limpio. Se siente sucio ante Aquel que, dice Habacuc 1.13: «es muy limpio de ojos para ver el mal, ni puede ver el agravio”. Su corazón se ha manchado y solo el perdón divino puede quitar esa mancha. Y necesita ser lavado una y otra vez hasta que la mancha haya sido quitada totalmente. No puede lavarse con deseos o con buenas obras. El Señor lo dice figurativamente en Jeremías 2.22, utilizando la misma palabra en el original: Aunque te laves con lejía, y amontones jabón sobre ti, la mancha de tu pecado permanecerá aún delante de mí, dijo Jehová el Señor”. Lo único que puede quitar esa mancha es la sangre inocente derramada. La promesa de Dios es: “Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana”.

Pablo escribe a los corintios y en el capítulo 6 les recuerda lo que algunos de ellos eran antes de conocer a Cristo: ladrones, estafadores, avaros, borrachos, maldicientes, y tantas otras cosas. Pero en el v. 11 les dice: “pero ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios”.

 La doxología de los redimidos de Apocalipsis 1.5 canta: “Al que nos amó y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre, a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén”.

Juan tiene una visión celestial en el capítulo 7 de Apocalipsis: una gran multitud, incontable, de todas las naciones, que estaban delante del trono y en presencia del Cordero. Vestidos de ropas blancas, con palmas en sus manos y alabando a Dios. Y allí leemos: Entonces uno de los ancianos habló, diciéndome: Estos que están vestidos de ropas blancas, ¿quiénes son, y de dónde han venido? Yo le dije: Señor, tú lo sabes. Y él me dijo: Estos son los que han salido de la gran tribulación, y han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero”.

 

Límpiame. El ruego de David es que realmente desaparezca su suciedad y se transforme en algo limpio, brillante. Implica una absoluta purificación. La palabra es la misma que se emplea en Levítico 13 y 14 al hablar de la enfermedad de la lepra. Si alguien tenía una llaga que insinuara una enfermedad infecciosa que se extendiera en su cuerpo, o bien algo “semejante a plaga de lepra” debía presentarse ante el sacerdote y él determinaría si era digna de aislarlo. Si así lo fuera, la persona era declarada impura y no podía tener contacto con los demás. Debía declararse a sí mismo como impuro (o inmundo). Si su enfermedad sanara, entonces se presentaba ante el sacerdote y luego de su inspección y de los ritos de purificación correspondientes era declarado limpio.

El pecado es como la lepra. Infecta, llaga, quita la pureza, nos separa de la comunión con Él y con su pueblo, nos priva del gozo de su servicio. Pero tenemos uno que “llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores” y como aquel leproso que se postró ante él y le dijo: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”, hará con nosotros. “Entonces extendiendo él la mano le tocó y le dijo: Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció”. 

¿No nos hemos sentido alguna vez sucios como David? ¿No hemos sido impactados por algún pasaje de las Escrituras, algún mensaje apelativo, alguna exhortación de un amigo, un consejero, un pastor, y, a la luz de la santidad de Dios, que habíamos olvidado o soslayado, notamos que nuestros vestidos, como los del sacerdote Josué en Zacarías 3, estaban manchados, eran viles, indignos de quienes llevamos en nuestras manos los vasos santos del santuario celestial?

¡Cuánto necesitamos esta actitud del salmista! Reconocer nuestras rebeliones, iniquidades y pecados. Pero también clamar a Dios para que los borre, los lave y nos purifique. “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro”.

    Leemos en Proverbios 20.9: “¿Quién podrá decir: Yo he limpiado mi corazón, limpio estoy de mi pecado?”, en el sentido de estar exento de él. Sin duda, ninguno. Pero tenemos un Dios lleno de gracia y misericordia y a través de la sangre preciosa de su Hijo, derramada en la cruz, puede “perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1Jn. 1.9). Sí. “La sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado” (1Jn. 1.7).

Quiero pedirte que, si te sientes cargado con tus pecados, si sabes que has faltado, que has ofendido a Dios, recuerdes que “en el Señor hay misericordia, y abundante redención con él” (Sal. 130.7), y vayas arrepentido a sus pies para hallar en la sangre de Jesús su perdón y restauración. No esperes como David a que tu conciencia se adormezca. Si sientes esa herida punzante en el alma, acude al Señor. El borrará tu deuda, lavará tus manchas y te limpiará de todo pecado. Su sangre sigue siendo eficaz. Su gracia y misericordia son ilimitadas. Su amor te espera.

  1. Basilea Schlink concluye uno de sus libros con una oración de arrepentimiento que, sin duda, podría estar en la boca de cada uno de nosotros cuando nos postramos en oración delante de Dios para que Él nos examine:

 

“Amado Señor Jesús, te pido lo que deseo tener en mi vida, el más grande regalo de la gracia: el arrepentimiento…

“Concédeme, por medio de tu Espíritu Santo, la sensibilidad para reconocer en todo aquello que me acontezca, y muy especialmente en tus maneras de disciplinar, tu amorosa admonición al arrepentimiento para que yo pueda responder con toda mi voluntad”

“Contesta mi oración dándome un corazón quebrantado; no un corazón que se auto justifique y esté satisfecho consigo mismo, sino un corazón que esté siempre dispuesto a llorar por sus pecados y luego pueda regocijarse a causa de tu perdón”.

“Te doy las gracias porque sé que responderás a esta oración, pues te complaces más que en cualquier otra cosa en un pecador que se arrepiente. Por lo tanto, requieres de nosotros lágrimas de arrepentimiento. No deseo mirar mi corazón endurecido e impenitente, sino a Ti, Señor mío Jesucristo, quien viniste para destruir toda auto justificación y dureza de corazón y has ganado para nosotros, por medio de tu redención, un corazón nuevo, tierno y humilde”. 

 

Los cristianos tenemos una bendición inmensa. Tenemos dos abogados: uno en el cielo, ante el Padre, el Señor Jesucristo; otro en la tierra, junto a nosotros, el Espíritu Santo. Jesucristo es la “propiciación de nuestros pecados”, que significa que él satisfizo las demandas de la santidad de Dios para el castigo del pecado. Y dice Romanos 8.26 que el Espíritu intercede por nosotros “con gemidos indecibles”. 

Así que, el Padre nos ve a través de la sangre preciosa de Cristo. Y nos perdona.

“La única y suficiente respuesta para toda nuestra necesidad es el Calvario”.

Hasta nuestro nuevo encuentro. Dios le bendiga.

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