Dios restaura lo que pasó: Arraigarse en Cristo (16ª parte)

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Autor: Eduardo Cartea

En el programa anterior compartíamos cómo la raíz de pecado envuelve a cada alma alejándola del propósito divino y las obras que glorifican al Padre Eterno. Pero por la misericordia de Dios, no hemos sido consumidos; sino más bien, él nos otorgó la base sólida de toda la Creación, Cristo, en quien podemos aferrarnos para ser fruto agradable para su Gloria.


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PE3185 – Dios restaura lo que pasó: Arraigarse en Cristo (16ª parte)



Arraigarse en Cristo

    Hola. En nuestro último encuentro nos hacíamos una pregunta: “¿Es posible cambiar la naturaleza del hombre, esa naturaleza que siempre tiende al error, al pecado?

La Biblia se lo pregunta en Jeremías 13.23: ¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también, ¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal? Y aún anticipa su respuesta en 2.22: “Aunque te laves con lejía, y amontones jabón sobre ti, la mancha de tu pecado permanecerá aún delante de mí, dijo Jehová el Señor”.

Solo hay algo que puede cambiar esa naturaleza, aunque sin eliminar la antigua. Es la obra transformadora que el Espíritu de Dios produce en el alma del pecador, por el nuevo nacimiento. La Palabra de Dios, la sangre de Cristo y el poder del Espíritu producen una nueva naturaleza y hacen del pecador una nueva criatura. La nueva naturaleza cohabita con la vieja hasta el día de la redención de nuestros cuerpos en la venida de Cristo.

 

Es, sin duda, una tendencia general en el hombre el eludir la responsabilidad de los hechos cometidos. El “yo no fui” es tan viejo como el hombre mismo. Cuando Dios halló al hombre escondido a causa de su caída y le dijo: ¿Has comido del árbol que yo te mandé no comieses? Él le respondió: “La mujer que me diste por compañera me dio… y yo comí”. Dios, entonces preguntó a la mujer: “¿Qué es lo que has hecho?”  Y dijo la mujer: “La serpiente me engañó y comí”.

¿Usted conoce algún delincuente que diga “Yo lo hice, reconozco mi delito”? Pero, sin ir más lejos, ¿conoce a algún niño que, al ser descubierto de su travesura, diga “fui yo”?

Así somos todos, pero, nos guste o no, queramos o no, somos responsables por lo que somos y por lo que hacemos. La tragedia es no reconocerlo, porque mientras no lo hagamos y lo confesemos, no recibiremos ayuda de parte de Dios. Es mejor admitir nuestra culpabilidad, nuestra responsabilidad, para que la gracia de Dios haga lo que, sin merecerlo, necesitamos.

El reconocimiento del pecado conduce al arrepentimiento, el arrepentimiento conduce a la confesión, y la confesión, al perdón.

Cuando Pedro habla en Pentecostés, denuncia el pecado de aquellos que crucificaron a Jesús, y al oírlo, dice la Biblia que “fueron compungidos de corazón y dijeron: Varones hermanos, ¿qué haremos?”. Ese dolor de corazón, ese pinchazo en los sentimientos más profundos es resultado del reconocimiento del pecado. Pedro les dijo entonces: “Arrepentíos… para perdón de pecados”.

En este v. 5, David es sincero para con Dios. Ha entendido íntimamente su condición ante Él, y no puede ocultarlo. Es pecador y necesita solo una cosa: perdón y restauración. Por eso viene delante de Dios y no encubre su pecado, sino que lo confiesa sinceramente. Proverbios 28.13 dice: “El que encubre sus pecados no prosperará; pero el que los confiesa y se aparta, alcanzará misericordia”.

Notemos que hay dos actitudes opuestas aquí. El pecado se encubre o se confiesa. Encubrir, significa taparlo, ocultarlo, disimularlo. Pero ¿no es absurdo hacerlo ante un Dios que todo lo sabe, aun nuestros pensamientos e intenciones? Así que encubrirlo es “no querer exponerlo ante el Señor”. Esa actitud jamás prosperará, ni permitirá que la vida de Dios prospere en nosotros. Por el contrario, sabio es quien “los confiesa y se aparta”; dicho de otro modo: el que los confiesa y los abandona, alcanzará el perdón. 

David, en el salmo 32 dice en su versículo 5: “Mi pecado te declaré y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová”. Eso es confesión: declarar, no encubrir. Y ¿cuál es el resultado? Al final de este precioso versículo lo dice: “Tú perdonaste la maldad de mi pecado”. ¡Bendito sea Su nombre!

Se dice que Agustín de Hipona tenía este salmo como uno de sus preferidos, lo leía a menudo con ojos llenos de lágrimas y tenía sus palabras escritas sobre la pared, frente a la cama donde pasó sus últimas horas. 

 

El perdón de nuestros pecados no es una cosa trivial. Dios no es indulgente con el pecado. Costó la vida de su Hijo Jesucristo en la cruz. Para nosotros el perdón es gratuito, pero fue muy costoso para Dios. Por eso leemos en 1Juan 1.7 que “la sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado”. La sangre significa la misma vida del Hijo de Dios. No es nuestra tristeza, ni nuestras lágrimas por pecar, y mucho menos nuestros sacrificios, penitencias o promesas lo que nos limpia. Es únicamente la sangre preciosa del Señor Jesús en respuesta a nuestro ruego de perdón inmerecido.

Pero la confesión es costosa. Muchas veces significa derramar lágrimas amargas ante el Señor. Confesar los pecados no es algo trivial, ni hecho a la ligera, livianamente. No es solo decir: “Señor, perdóname, me equivoqué”. Es un acto de verdadera contrición delante de Dios, postrado en espíritu ante Su presencia. La confesión es el reconocimiento delante de Él de la culpa por una infracción cometida con miras a obtener su perdón. Tal reconocimiento es una verdadera declaración que significa conocer, comprender lo que se ha hecho, reflexionar y por ello sentir un profundo dolor, una verdadera aflicción por haber quebrantado la ley divina y por haber ofendido Su santidad. Así que, la verdadera confesión, como alguien dijo, “no disimula el pecado, ni disminuye su realidad. No es como aquella mujer impenitente que decía con altivez, “Si yo he hecho algo malo, estoy dispuesta a ser perdonada.” 

 

Un ejemplo de confesión es la de Daniel, en su capítulo 9, en los versículos 3 al 19. No solo está postrado, derramado en la presencia del Señor, sino que su oración es una confesión profunda, sentida, reverente, suplicante. Notemos que primero se expresa en adoración a Dios (v. 4, “Ahora, Señor, Dios grande, digno de ser temido, que guardas el pacto y la misericordia con los que te aman y guardan tus mandamientos”); luego hay reconocimiento de la culpa (vv. 5, 6, 9, 10): “Hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos hecho impíamente, y hemos sido rebeldes, y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus ordenanzas. No hemos obedecido a tus siervos los profetas, que en tu nombre hablaron a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres y a todo el pueblo de la tierra”; después hay expresiones sobre los efectos que el pecado ha producido en el pueblo (vv. 8, 11-13): “nuestra es la confusión de rostro”, “ha caído sobre nosotros la maldición y el juramento que está escrito en la ley de Moisés, siervo de Dios; porque contra él pecamos”; sigue un reconocimiento de la justicia divina al castigarles (v. 14): “Por tanto, Jehová veló sobre el mal y lo trajo sobre nosotros; porque justo es Jehová nuestro Dios en todas sus obras que ha hecho, porque no obedecimos a su voz”.

Finalmente, el ruego de perdón, (vv. 15-19): “Oh, Señor, conforme a todos tus actos de justicia, apártese ahora tu ira y tu furor… oye la oración de tu siervo, y sus ruegos… inclina, oh, Dios mío, tu oído, y oye; abre tus ojos, y mira nuestras desolaciones, y la ciudad sobre la cual es invocado tu nombre; porque no elevamos nuestros ruegos ante ti confiados en nuestras justicias, sino en tus muchas misericordias. Oye, Señor; oh, Señor, perdona; presta oído, Señor, y hazlo; no tardes, por amor de ti mismo, Dios mío; porque tu nombre es invocado sobre tu ciudad y sobre tu pueblo”.

Es imposible pensar que esta honda súplica no haya brotado de un corazón quebrantado, de dos rodillas dobladas y de un rostro bañado en lágrimas, lleno de la bendita “tristeza que es según Dios” (2Co. 7.10).

Un escritor cristiano habla de esa aflicción en estos términos:

“El dolor del cristiano de su pecado no ha de ser blando, vago, sentimentaloide, con el simple conformismo de que algo ha salido mal; ha de ser tan agudo como el que se siente cuando nos hieren las fibras más profundas de nuestro ser”.

“Ha de ser un dolor que no está oculto, sino que se manifiesta en las lágrimas y en la confesión del verdadero corazón penitente… con el corazón quebrantado cuando éste ve en la cruz, a lo que el pecado puede dar lugar”.

No sé si alguna vez hemos sentido ese dolor en el alma. Pero seguramente sí. Y luego hemos sentido derramar nuestro corazón en confesión. Solo así llegamos a la paz del perdón.

Que sea siempre esta nuestra experiencia.

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