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Autor: Norbert Lieth

El odio es un asesino silencioso que destruye relaciones, la salud y la vida espiritual. Surge de heridas no resueltas y emociones como la envidia y la amargura. Aunque es pecado, puede superarse mediante el perdón y la ayuda del Espíritu Santo.


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PE3214 – Tres asesinos de tu vida: Odio (1ª parte)



El odio

En su carta a su hijo espiritual Tito, el apóstol Pablo le escribe acerca de la cruda realidad de la naturaleza humana. Le dice, con toda franqueza:

“En otro tiempo nosotros también éramos necios y desobedientes. Fuimos engañados y nos convertimos en esclavos de toda clase de pasiones y placeres. Nuestra vida estaba llena de maldad y envidia, y nos odiábamos unos a otros” (Tito 3:3).

El odio es un término general, como el tejado de una casa, debajo del cual se esconden muchas otras emociones tóxicas, como la amargura, la ira, la envidia, los celos, la venganza, la conflictividad, el enfado, la rabia y el rencor.

En este momento, tal vez no sea el odio tu problema, sino otras emociones que conducen al odio o están relacionadas con él. Pero la realidad es que todas ellas son latentes asesinas de tu vida.

¿Cuál es el problema del odio?

El odio es un fenómeno omnipresente, a veces latente, otras veces abierto y descarado. Adopta muchas formas. Se manifiesta entre dos personas, en la familia, en los matrimonios. Hay comentarios de odio en Internet que son muy peligrosos. Existe el odio por motivos religiosos, ya sea contra judíos, cristianos o musulmanes; odio hacia otras naciones, culturas y grupos étnicos; odio entre vecinos y compañeros de trabajo; odio que conduce a la marginación y al acoso.

El odio y la odiosidad tienen que ver con insensatez, con desobediencia, perversión, codicia y malicia. Evidencian la falta de conexión con Dios. La mente del que odia está oscurecida, porque carece de la luz del Espíritu Santo.

El odio es una fuerza siniestra con un gran potencial destructivo. Ciega a la persona y la hace capaz de cometer cualquier acto irracional.

Alguien dijo, y lamentablemente con razón: “Si el odio de la gente pudiera convertirse en electricidad, el mundo entero tendría corriente”.

El odio destruye a los demás, pero sobre todo al que odia. Leemos en Proverbios 14:30: “La paz en el corazón da salud al cuerpo; los celos son como cáncer en los huesos”.

Los celos y la envidia producen odio y resultan en un estado mental destructivo y una sensación de malestar persistente; por eso también se describen como “ictericia del alma”. Tienen el mismo efecto autodestructivo que las adicciones al juego, a la comida, al sexo, a las drogas o al placer.

Los celos, la envidia, la ira, el odio, la enemistad y la guerra son seis hermanos crueles en la “cámara de los horrores” de este mundo.

Una autora cristiana describe los estragos que hace el odio con estas palabras:

“El odio devora las almas; destruye; abre la puerta a la muerte; produce una terrible frialdad del corazón; se apodera del control de la mente; congela el amor; mata la vida; roba la sensatez; domina tu vida; te arranca de los brazos amorosos de Dios”.

Hay varias razones para el odio. Una de ellas puede ser un pasado no resuelto. Algunas personas tienen muy buena memoria, pero sólo para lo negativo, para lo que otros han cometido contra ellas en la casa paterna, escuela o carrera profesional. Y es verdad que hay experiencias del pasado realmente trágicas, que pueden requerir tratamiento médico. No quisiéramos restarle importancia a este hecho. Durante toda nuestra vida estamos siendo juzgados por otros, por nuestros padres, maestros, superiores, entrenadores, amigos y cónyuges. Nos ponen buenas o malas notas, por así decirlo. Recibimos juicios sobre nuestro carácter, comportamiento y aspecto. Los demás nos dicen lo que está bien y lo que está mal. Nos dictan cómo debemos vivir. Y muchas veces, las críticas negativas causan heridas difíciles de curar, y que incluso hacen necesaria la ayuda pastoral.

 

El odio, por muy justificado que sea, sale de nuestros corazones malos y es pecado. Pero puede y debe superarse con la ayuda del Espíritu Santo.

 

 El autor Kenneth Berding escribe:

“Pienso en una mujer que tuvo un pasado terrible. La cantidad y profundidad de las heridas que sufrió en su corta vida son casi imposibles de describir. Pero esta encantadora joven ha elegido no vivir de acuerdo con su pasado. Se apoya en lo que dice la Biblia sobre su nueva vida. Por la fe sabe que está en Cristo, que lo viejo ha pasado y todo fue hecho nuevo. Esto es lo que yo llamo una vida auténtica” (de: How to live an “in Christ” life).

Los que están atrapados en el odio se dejan dominar por el pasado negativo, a tal punto que olvidan completamente lo bueno que han experimentado en sus vidas. Conocen hasta el más mínimo detalle el mal que les han hecho. Sacan a relucir su dolor una y otra vez cada vez que puedan. Están literalmente obsesionados con su rencor contra otros. Su odio es más fuerte que su voluntad de perdonar. Pero no se dan cuenta de que ellos mismos practican lo que condenan. Cargan el mal en la cuenta de otros, y su misma reacción es odiosa. Se quejan de la injusticia que se cometió contra ellos, pero ellos tampoco hacen lo correcto.

La gente que vive así se va destruyendo a sí misma. Es como si un gusano les corroyera los huesos. Cargan con el peso hasta que ya no lo puedan soportar, enfermándose por dentro.

 

El odio es un asesino. Los médicos dicen lo siguiente sobre los efectos físicos de la ira (que está relacionada con el odio): cambia los rasgos faciales; la piel se enrojece; aparecen los ojos inyectados en sangre; sube la tensión arterial; el cuerpo se tensa; aumenta la propensión a la violencia; el proceso de coagulación de la sangre se acelera; los músculos de la salida del estómago se contraen con fuerza; todo el tubo digestivo se tensa, lo que puede provocar dolor abdominal; el ritmo cardíaco aumenta notablemente y las arterias coronarias se contraen con fuerza, de modo que incluso puede producirse un infarto.

La abogada estadounidense Jeanne Bishop pudo perdonar al asesino de su cuñado y hermana embarazada después de muchos años. Dijo: “Odiar a alguien es como beber veneno y esperar que la otra persona muera”.

En este mismo sentido, los médicos McMillen y Stern escriben:

“Desde el momento en que odiamos a alguien, nos convertimos en esclavos del odio. Ya no podemos hacer nuestro trabajo con alegría, porque la persona a la que odiamos domina nuestros pensamientos. Nuestra amargura crea tanto estrés que al cabo de un rato ya nos sentimos cansados. El trabajo que hacíamos con gran satisfacción se convierte en una carga. Ni siquiera las vacaciones con viajes en coches de lujo y la estadía en lugares paradisíacos nos alivian; toda sensación de felicidad se ha ido. […] La persona que odio me sigue a todas partes. El camarero me sirve un manjar, pero bien podrían ser pan y agua. Mis dientes mastican la comida y me la trago; pero la persona que odio no me deja disfrutarla. La persona que odio puede estar a kilómetros de mi cama, pero atormenta mis pensamientos y mi sueño. Soy esclavo de este sentimiento. Sí, tenemos que admitir que somos esclavos de las personas que odiamos”.

Un dicho de fuente desconocida lo sintetiza de esta forma: “La calidad de tus pensamientos determina la calidad de tu vida”.

 

Un pastor cuenta cómo una mujer se le acercó después del culto y le dijo que, hacía años, había tenido graves problemas con su padre, pero que últimamente había sentido la intensa necesidad de reconciliarse con él. Lo llamó y le pidió perdón por el rencor que le había guardado por años. Al mismo tiempo, también ella le perdonó por lo que había sucedido en el pasado. Le contó al pastor que había sufrido dolores de cabeza prácticamente todos los días durante los últimos quince años. Se acostaba con dolor y se levantaba con dolor. Los muchos medicamentos apenas le habían aportado mejoría. “Pero”, continuó, “la mañana después de arreglar mi relación con mi padre, me desperté y ya no me dolía la cabeza”. Y se echó a llorar.

 

Se nos acaba hoy el tiempo, pero me gustaría hablarles algo más sobre el odio en nuestro próximo programa. A pesar de que no es un tema lindo, es necesario enfrentar y superarlo, con la ayuda del Señor, como lo hizo la mujer en el hermoso testimonio que acabamos de escuchar. 

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