Un año nuevo comienza
30 diciembre, 2025Dios restaura lo que pasó: Mensajes de arrepentimiento (4ª parte)
4 enero, 2026Autor: Eduardo Cartea
El Salmo 51 narra la confesión y restauración de David tras su pecado, mostrando que Dios restaura vidas, ofrece perdón y misericordia, y es poderoso para transformar las consecuencias del error en oportunidades de gracia y crecimiento espiritual.
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PE3172 – Dios restaura lo que pasó: Afflicción por el pecado (3ª parte)
Aflicción por el pecado
Hola, ¿cómo está? Un gusto para mi compartir este tiempo con usted. Si me ha acompañado en esta nueva serie, está transitando conmigo las estrofas de un salmo, el 51, que narra la confesión y la restauración de David, después de su pecado. Y esto es así, porque “Dios restaura lo que pasó”. El es especialista en restaurar vidas.
Siempre Dios tiene da el primer paso en la restauración de aquel que ha caído.
¿No es el Señor, quien, como el buen pastor va tras la oveja perdida para volverla al redil? ¿No es el padre que divisa a lo lejos a su hijo perdido y corre a su encuentro para besarle, vestirle y hacerle una fiesta?
Nos hace inclinarnos y adorar a Aquel de quien dice el salmo 113.5-8: ¿Quién como Jehová nuestro Dios, que se sienta en las alturas, que se humilla a mirar en el cielo y en la tierra? El levanta del polvo al pobre, y al menesteroso alza del muladar, para hacerlos sentar con los príncipes, con los príncipes de su pueblo”.
Así que 2º. Samuel 12.1 dice: “Jehová envió a Natán a David”. Sin duda, un hombre de Dios, valiente y decidido. ¡Había que enfrentar al rey de Israel y censurar su conducta! ¿No cree?
Natán relata a David la parábola de la corderita. Un sencillo, pero claro relato que despierta la indignación del noble corazón del rey. Dice la Biblia: “Entonces se encendió el furor de David en gran manera contra aquel hombre, y dijo a Natán; Vive Jehová, que el que tal hizo es digno de muerte, y debe pagar la cordera con cuatro tantos, porque hizo tal cosa, y no tuvo misericordia”. Lo que dijo no era sino una de las demandas de la ley divina: la estafa se pagaba cuadruplicada. ¿Recuerda el caso de Zaqueo?
Pero diciéndolo, no hizo más que, sin darse cuenta, sentenciarse a sí mismo. El pecado de adulterio que él mismo había cometido merecía la muerte; el de homicidio, con el cual selló su horrible despojo, también.
Entonces vio el dedo acusador del profeta apuntar a su mismo rostro, y oír el veredicto divino: “Tú eres aquel hombre”. Natán fue muy espiritual, pues transmitió un mensaje de parte de Dios; hábil, pues lo hizo sin ofenderle, pero diciendo la verdad; honesto, porque no ocultó el pecado, ni sus consecuencias, ni el castigo que merecía; afectuoso, porque trató a David con misericordia y gracia, pero, al mismo tiempo, valiente, enfrentando al hombre más poderoso de Israel para decirle que había pecado. Lo que le quiso decir es: “David, tú eres el que adulteró con Betsabé; tú eres el que asesinó a Urías; tú eres el que vivió como un hipócrita todo este tiempo. ¡Tú eres ese hombre, David!”.
El rey se desplomó… Su mente era un torbellino. Se despertó, volvió en sí, pudiendo ver la tragedia en la que estaba envuelto. Todo su valor demostrado tantas veces quedó sepultado bajo el peso de su conciencia acusadora. Tuvo vergüenza al enfrentar su pecado, su engaño, su traición. No tenía atenuantes. Había pecado. Había cometido una escalada de horribles delitos: orgullo, lujuria, abuso, adulterio, mentira, engaño, asesinato. La acusación del profeta ahora fue explícita: “tuviste en poco (despreciaste) la palabra de Jehová”; heriste a espada a Urías y lo mataste; tomaste por mujer a su mujer; me menospreciaste; hiciste blasfemar a los enemigos de Jehová”.
Dice Michael Wilcock:
“(Fueron) cinco de los Diez Mandamientos transgredidos en un acto sórdido y luctuoso, y cometidos con toda premeditación por un hombre que se había atrevido a decir ante su Señor: “Me deleito en hacer tu voluntad, Dios mío; tu ley está dentro de mi corazón”.
El castigo de Dios no se hizo esperar. A pesar de los ruegos del rey, al séptimo día, el hijo de David y Betsabé murió. Además, una serie de gravísimas consecuencias se cernirían como negras nubes de tormenta sobre la familia real: lujuria, perversión, violación, odio, asesinato, intrigas, celos, venganza, traición, muerte. Dios le dice: “Haré que tu propia familia se rebele contra ti”.
¡Y todas estas tragedias comenzaron por “una mirada furtiva”!
En medio de la pena producida por una falta tan grave, puede verse en todo la misericordia de Dios y la ternura incomparable de Aquel que “conoce nuestra condición, se acuerda de que somos polvo”.
David dijo, entonces, a Natán: “Pequé contra Jehová”, y Natán contestó a David: “También Jehová ha remitido (ha cubierto, ha removido) tu pecado; no morirás”, y aunque recibió el castigo de Dios, David y –ahora– su esposa Betsabé, fueron los padres del gran rey Salomón, “al cual amó Jehová”, y por otra parte, la mayor bendición de Dios para aquella mujer fue haberle permitido aparecer como una de las antecesoras del Mesías, según vemos en la genealogía del primer capítulo del Evangelio según Mateo.
Esta experiencia es, sin dudas, una mancha en la vida de David, por eso 1er. libro de Reyes 15 dice: “Por amor de David, Jehová su Dios mantuvo su lámpara encendida en Jerusalén, y le dio un hijo que le sucediera, para fortalecer así a Jerusalén; por cuanto David había hecho lo recto ante los ojos de Jehová, y de ninguna cosa que le mandase se había apartado en todos los días de su vida, salvo en lo tocante a Urías heteo”. Y esta caída moral y espiritual en su vida le llevó a escribir este maravilloso salmo.
¡Qué triste es cuando Dios apaga la lámpara de algún creyente! Deja de brillar, deja de dar luz. Puede ser que el creyente se aparte, o que quede andando en Sus caminos, pero tan débil que su lámpara no brilla. Como una linterna que tiene las pilas gastadas y no da luz, o da esa luz mortecina, amarillenta, que no alumbra. ¿Para qué sirve así? Para nada. La ponemos a un costado. No es útil. Así sucede con muchos cristianos que, manteniendo su pecado sin confesar, sin apartarse de él y, por lo tanto, sin recibir el perdón, Dios no mantiene sus lámparas encendidas.
Podemos decir que no fue en vano que haya ocurrido esto a David, sino que su experiencia tan patentemente registrada en este salmo ha quedado para demostrarnos la tragedia del pecado, la necesidad del arrepentimiento y la confesión, y, por otro lado, la gracia y misericordia de Dios demostrada en el perdón y la restauración.
Admiro a David. Si tuviera que compendiar en dos palabras su vida, diría que fue un hombre noble e íntegro. Su nobleza e integridad se destacan, a pesar de sus grandes errores. Amaba a Dios, a Su palabra y a Su voluntad. Por eso las Escrituras le dedican un concepto muy honroso: “un hombre conforme al corazón de Dios”.
Dijo el Dr. Alexander McLaren:
“Esta página enseña como ninguna otra de la historia de la iglesia, que la alquimia del amor divino puede extraer de la inmundicia del pecador, los dulces perfumes de la humillación y la alabanza”.
Por su parte, J. M. Martínez escribe: “Solo una persona que hubiese conocido las profundidades tenebrosas del pecado y las insondables riquezas de la gracia de Dios podía escribir un salmo penitencial como éste”.
Agrega William S. Plummer: “Quien nunca se ha afligido por el pecado nunca se gozará en la gracia”.
No hay cosa más necesaria en la vida del creyente que el perdón divino. Es imposible tener una vida de comunión y crecimiento sin esa disciplina diaria, ese ajuste espiritual, ese lavamiento de pies que nos permita seguir teniendo “parte con el Señor”. El Dr. Francisco Lacueva dijo que hay tres cosas que el diablo pone en la experiencia del cristiano y que son motivo de parálisis espiritual: la culpa, el miedo y el fracaso. ¡Cuántos creyentes hay que tienen un sentimiento de culpa por errores, caídas, pecados pasados que, aún confesados, no son dejados atrás y sus vidas están continuamente afectadas por ese sentimiento culposo que deriva en miedo! Miedo por volver a caer, a ceder a la tentación de Satanás. Miedo paralizante que no permite desarrollar una vida cristiana normal, y que no confía en que “el que está dentro de nosotros (el Espíritu Santo) es mayor que el que está en el mundo”, como dice 1Juan 4.4. Y, finalmente, termina en el consecuente fracaso de la vida espiritual.
Si este fuera su caso, le pido vaya al Señor, rinda su corazón en Su presencia y experimente una segura victoria. Seguiremos juntos en nuestro próximo encuentro. Que Dios le bendiga ricamente.
