La Santidad de Dios (parte 4)

Título: La Santidad de Dios ( parte 4)

Autor: Wim Malgo
PE1323

Es de suma importancia reconocer la santidad de Dios. El que está conciente de este rasgo característico del Supremo, llega a tener oídos aguzados para Su santa y perfecta voluntad, que el Señor manifestó en Su Ley.

“No matarás”.

“No cometerás adulterio”.

“No darás falso testimonio contra tu prójimo”


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Lo más alarmante en este tiempo avanzado, estimado oyente, en que la escena mundial para el venidero dictador mundial ya está montada casi completamente, es la total ignorancia y dureza de corazón de muchos creyentes, que juegan en pensamientos un juego mortal con el pecado.

Pues otra vez dice el Señor: 

“No cometerás adulterio”.

¿No ves que hoy en día somos directamente inundados por una ola de pornografía? Es como si una invasión de espíritus de fornicación por medio de palabras e imágenes quisiera contaminar todo, también los pensamientos de los hijos de Dios. Todos las “invitaciones” a través de la propaganda, las ofertas por internet con toda su seducción atormentan a los creyentes, líderes y pastores como nunca se ha visto anteriormente.

Pero los renacidos tienen que nadar contra la corriente, pues son “santos” en Cristo Jesús, purificados por la sangre del Cordero de Dios. Nuestra posición es – según Santiago 1:27 – : “…pura e incontaminada delante de Dios y Padre… guardarse sin mancha del mundo”. Esta pureza no quiere decir de ninguna manera inocencia. No, sino que pureza significa estar sin manchas, tener una vida inmaculada que ha resistido la prueba de la tentación. Esta pureza solamente se puede aprender en el silencio, nunca en público. Nuestro Señor y Salvador Jesucristo exige de nosotros: pureza de nuestro pensar y de nuestra fantasía, castidad de las costumbres físicas y espirituales. En esta ocasión quisiera señalar que en este tiempo rápido y agitado, muchas veces se olvida que la Biblia, la Ley de Dios, no considera el grado del pecado. Pues según las palabras del Señor Jesús, el adulterio cometido solamente en el corazón y el adulterio efectuado, son iguales delante de Dios. Escucha Su Palabra: “Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer para codiciarla ya adulteró con ella en su corazón” (Mt. 5:28). Lo mismo vale también en proporción inversa. Así que constatamos que según la Biblia, la Palabra de Dios, un pensamiento impuro es tan malo como el mismo adulterio, un pensamiento codicioso tan malo como el mismo robo. ¡Debemos ser avivados en cuanto a las cosas divinas, hasta que creamos que esto es verdad! ¡Nunca te fíes en la inocencia cuando la Palabra de Dios dice algo contrario! Es triste que también entre mis oyentes haya tales adúlteros y adúlteras que solamente lo han codiciado en pensamientos, en secreto. Pero Dios es serio en lo que advierte, diciendo: “¡Maldito el que no cumpla las palabras de esta ley, poniéndolas por obra!”

Por eso, los israelitas bajo Esdras lloraron cuando escucharon la Ley; por eso también, el rey Josías rasgó sus vestiduras y lloró delante del Señor, cuando le leyeron las palabras de esta Ley. Lo hemos estudiado más a fondo en un programa anterior. Si eres muy sincero y te examinas a la luz de la santidad de Dios, entonces lo sabes tú también: ¡Soy culpable ante Dios!

Dirijamos ahora nuestra atención a otro mandamiento, que está escrito en Éxodo 20:16: 

“No darás falso testimonio contra tu prójimo”

Ciertamente está lejos de ti sostener que nunca hayas mentido, ni por palabras ni por tu actitud. Pues si alguien – excepto Jesús – dijera de sí que nunca mintió, justamente esta presunción sería la mayor mentira, pues Juan escribe en su primera carta en el capítulo 1, versículo 8: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros”. El pecado que tenazmente se oculta, impide el avivamiento.

Quisiera hacerte hoy esta pregunta, querido hijo de Dios: ¿Has comprendido que los pecadores aún no salvos, que están desesperados y buscan la verdad, no pueden venir a Jesús en gran número mientras haya todavía pecados no perdonados en las iglesias locales, a pesar de que tenemos el mensaje de salvación? Y ¿estás conciente de que la Iglesia nunca experimentará ningún verdadero avivamiento mientras tú y otros prefieran seguir arrastrando el anatema del pecado y enterrarlo?

En el tiempo de Josué, la marcha de victoria de Israel fue detenida por un solo hombre que ocultaba tenazmente su pecado. Cuando Josué clamó al Señor y Le preguntó por qué no habían podido tomar la pequeña ciudad de Hai, sino que fueron derrotados, El Señor dijo a Josué: “Levántate. ¿Por qué te postras así sobre tu rostro? Israel ha pecado. Han quebrantado mi pacto que yo les había mandado. Han tomado del anatema, han robado, han mentido y lo han escondido entre sus enseres. Por esto los hijos de Israel no podrán prevalecer ante sus enemigos. Más bien, volverán la espalda ante sus enemigos, porque se han convertido en anatema. Yo no estaré más con vosotros, si no destruís el anatema de en medio de vosotros. Levántate, purifica al pueblo y di: Purificaos para mañana, porque Jehová Dios de Israel dice así: Anatema hay en medio de ti, oh Israel. No podréis prevalecer delante de vuestros enemigos hasta que hayáis quitado el anatema de en medio de vosotros” (Jos. 7:10-13). Y entonces Josué sacó las consecuencias y reunió a todo Israel. Echaron suertes y por fin se indicó al pecador: Acán, que había tomado del anatema, oro y plata y un manto precioso, habiendo enterrado todo esto debajo de su carpa. Fue ejecutado por lapidación, por haber transgresado la Ley de Dios.

Le quiero hacer ahora otra pregunta: ¿Quieres quitar hoy el anatema del pecado, que todavía impide el avivamiento en tu familia, en tu iglesia? No es necesario que mueras por eso, como Acán. Pues Jesús fue ejecutado en tu lugar por este anatema de pecado oculto, y El lo quitó. Cuando dice: “¡Maldito el que no cumpla las palabras de esta ley, poniéndolas por obra!”, puedes apelar a Gálatas 3:13, donde está escrito: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley al hacerse maldición por nosotros (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero)”.

La gran tragedia de nuestros días es, para repetirlo al final, que muchos sí han aceptado al Señor Jesús, pero sin reconocer ni confesar lo grande que es su culpa: “Se vuelven, pero no al Altísimo…”. Por eso, tu corazón ha permanecido siendo fluctuante, tibio y perezoso hasta el día de hoy, a pesar de que eres cristiano. Pero ven ahora y efectuemos juntos enseguida la Palabra del Señor, que El dijo a Josué: “Levántate, santifica al pueblo, y dí: Santificaos para mañana”.

¡Dejémonos santificar para el amanecer de la mañana cuando Jesús venga! Sin embargo, el Señor no seguirá estando contigo si no quitas el anatema del pecado, que está sobre ti a causa de calumnias, maldad, odio, implacabilidad, impureza y otras cosas más. Verdaderamente ya es tiempo que hoy quites completamente el anatema de la idolatría (desobediencia, resistencia, avaricia) y el anatema del adulterio, corriendo con él a los pies de Jesús, confesándole tu pecado enterrado y dejándolo. ¡Pues solamente así será borrado y quitado por la preciosa sangre de Cristo!

Por eso: Ara campo nuevo para ti, pues el Señor quiere hacer bajar ríos de bendición sobre ti, sobre tu familia y sobre tu iglesia. No continúes deteniendo Su obrar por tu desobediencia y por tu tenaz resistencia, sino: ¡arrepiéntete!

La Santidad de Dios (parte3)

Titulo: La Santidad de Dios (parte 3)

Autor: Wim Malgo
PE1322

¿Sabe usted, que por sus pensamientos de odio es un asesino de hermanos o hermanas, y la santidad de Dios es violada por ello?

Realmente, la tragedia de la cristiandad son los santos poco santos.

Desde el punto de vista de la Ley de Dios, los pecados secretos, que se cometen a escondidas, son tan dañinos a la causa de Jesucristo como los hechos públicos de los impíos.


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Estimado oyente, puede ser que usted objete: 

¡Los creyentes no son asesinos!

En general no, pero cuando ellos se odian mutuamente, entonces se pueden aplicar también a los creyentes las palabras de 1 Juan 3:15: “Todo aquel que odia a su hermano es homicida, y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permaneciendo en él”.

Querido amigo, examina ahora tu corazón a la luz de la Palabra de Dios. Ciertamente hay homicidas inconscientes entre mis oyentes; pues por tus pensamientos de odio eres un asesino de hermanos o hermanas, y la santidad de Dios es violada por ello. ¡Oh, ten ahora al ánimo para orar junto con el salmista: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos” (Sal. 139:23)!

David sabía que el diablo lo intenta todo para levantar una pared de niebla, para que no reconozcamos: 

– cómo Dios piensa sobre nosotros;

– qué quiere decirnos y cuál es Su intención con ello, y: 

– dónde y en qué hemos pecado.

Reconoce que Dios, sin cesar, te examina detenidamente, que te penetra con la luz de Su Palabra. Si quieres saber cuál norma Dios usa en Su examen, entonces ¡escucha a Jesucristo! El dice en Marcos 7:21-22: “Porque desde adentro, del corazón del hombre, salen los malos pensamientos, las inmoralidades sexuales, los robos, los homicidios, los adulterios, las avaricias, las maldades, el engaño, la sensualidad, la envidia, la blasfemia, la insolencia y la insensatez”. Esta es una enumeración de cosas catastróficas, de las cuales pocos de nosotros estamos concientes en nuestra vida. Si dejas obrar todo esto en ti, puede ser que te defiendas interiormente enojado e indignado contra este diagnóstico de la Palabra Divina. Quizás pienses: ‘Nunca he sentido el deseo de cometer un homicidio. Por lo tanto, estas cosas no pueden estar en mí’. Pero el que reflexiona así, da a conocer que no se conoce ni lo más mínimo a sí mismo. Y justamente esto es lo muy peligroso: Cuando preferimos contar con nuestra pretendida inocencia, emitimos un juicio sobre el único Creador y Maestro, quien creó el corazón humano y lo conoce por completo. Así Le estamos diciendo que El no sabe de qué habla.

Un médico solamente puede indicar una buena terapia para la cura si antes ha hecho un diagnóstico esmerado. ¿No sería insensatez que una persona enferma no estuviera dispuesta a escuchar la verdad, y que al escuchar que el resultado del examen dice que tiene cáncer, exclamara: ¡No, no, esto no es verdad. ¡No quiero escucharlo!? Pues recién se le podrá ayudar cuando acepte el diagnóstico. Así es también con la Palabra de Dios. No sé si ya perteneces al círculo de nuestros oyentes desde hace mucho tiempo, o si hace poco que te acercaste a nosotros. Pero sé que el Espíritu de Dios te hace el diagnóstico a través de la Palabra de Dios ya citada, mostrándote tu pecado, para que no solamente conozcas a este Dios santo, sino también a este Dios maravilloso, quien te amó tanto y quien – para salvarte de este horrible pecado – entregó a Su Hijo amado Jesucristo en la cruz del Gólgota.Por eso, realmente es fatal cuando alguien prefiere apoyarse en su pretendida inocencia y permanecer en la justicia propia. Pues entonces condenamos a Jesucristo, quien mostró claramente el pecado en nosotros.

El anticristo, que está por llegar, es llamado “el inicuo”, o como se puede traducir también: “el que está sin ley”.

En 2.Tesalonicenses 2:3 leemos: “Nadie os engañe de ninguna manera; porque esto no sucederá sin que venga primero la apostasía y se manifieste el hombre de iniquidad…”. Y el versículo 7 dice: “Porque el misterio de la iniquidad ya está en acción, sólo que aquel que por ahora lo detiene, lo hará hasta que él mismo sea quitado de en medio. Y entonces será revelado el que está sin ley…”. Este diablo encarnado rechazará la Ley de Dios. Por eso está maldito y terminará en el lago de fuego, como nos enseña la Escritura (comp. Ap. 19:20). Pero la maldición de Dios no solamente está sobre Satanás, sino también sobre los que cometen homicidio en sus corazones por sus pensamientos de odio. ¿Sabes cuál es, en realidad, la profunda tragedia en tu vida? Bien, es verdad que ves tu pecado. De alguna manera, me darás la razón en lo que te anuncio con base en la Palabra de Dios. Sin embargo, en tu vida nunca todavía ha llegado el momento de que hayas visto tu pecado tal como Dios lo ve. Pero cuando la ceguera de tu corazón sea quitada y veas tu pecado tal como Dios lo ve, entonces llegarás a tener una leve idea de cómo Dios pudo resolverse a mandar a Su amado Hijo unigénito a esta horrible muerte de cruz. Experimenté esto en mi vida y me dije: ‘¡Si El, quien es todopoderoso, quien puede todo y sabe todo, el Dios todosabio, no vio ningún otro camino para salvarnos que no fuera la entrega de Su amado Hijo Jesucristo en la cruz, entonces el pecado debe ser algo estremecedoramente serio!’ Este Dios santo, cuyos ojos son como llamas de fuego, nos amó tanto que dio Su todo para salvarnos a ti y a mí, a saber: a Su Hijo amado: “¡He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!”

¡Ya es hora de arrepentirnos!

Desde el punto de vista de la Ley de Dios, los pecados secretos, que se cometen a escondidas, son tan dañinos a la causa de Jesucristo como los hechos públicos de los impíos. Los pecados de comportamiento no digno de Dios, son tan numerosos como los muchos aspectos de la naturaleza humana: susceptibilidad, enojo, avaricia, afán de critica, mal humor, carácter veleidoso, rencor, crueldad, dureza de corazón, falta de amor, etc. Y todo esto – ahora estoy hablando a los creyentes – mata al Espíritu, al naciente Espíritu de avivamiento en la Iglesia de Jesús, e impide el maravilloso desarrollo de vida que debería ser la obra de la Palabra de Dios. Muchas almas que en secreto anhelaban conocer a Jesucristo, se apartaron amargadas cuando vieron los defectos, o sea, la vida poco digna de Dios de la persona que trataba de ganarlas para Cristo. Y en consideración de esta destrucción que causa el comportamiento indigno de Dios de los creyentes, es incomprensible por qué hay hijos de Dios sinceros que niegan la necesidad de apartarse con arrepentimiento y humillación de estos defectos. La tragedia de la cristiandad son los santos poco santos. En general, las personas del mundo deben ser atraídas al círculo de los discípulos de Jesús, para asirse del Señor Jesús. Pero cuando encuentran a estos discípulos divididos y mordaces y se alejan de ellos con suspiros, no se los puede acusar por eso. Y esto no es de ninguna manera solamente teórico. La manera de ser poco santa de personas que son creyentes desde hace tiempo, propaga epidemia y peste.

¡Ya es tiempo que dejes de minimizar y excusar tu pecado, pues ya estamos entrando a la época anticristiana! Pues el aumento de la anarquía, o sea, el menosprecio de la Ley, va de la mano con la manifestación espiritual del número anticristiano 666, las 3 x 6 características del falso cristo, que hemos considerado en el programa pasado. Pero no solamente se manifiesta en forma espiritual, sino que el número 666, “el número de la bestia” (Ap. 13:18), del anticristo, también en la vida pública aparece cada vez

más frecuentemente.

Por eso el llamado al arrepentimiento es de urgente importancia hoy en día: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado”.

La Santidad de Dios (parte 1)

Título: La Santidad de Dios (parte 1)

Autor: Wim Malgo
PE1320

Es de suma importancia reconocer la santidad de Dios. El que está conciente de este rasgo característico del Supremo, llega a tener oídos aguzados para Su santa y perfecta voluntad, que el Señor manifestó en Su Ley.

Pero existe otro lado. Preguntamos: 

¿Cuándo en la Iglesia se llora todavía

sobre pecados cometidos?

Hay personas que se han convertido, pero en cuyas vidas nada ha cambiado. ¿Por qué es así?


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Estimado oyente, tengo que admitir abiertamente, que me hace estremecer hablar sobre la santidad de Dios, pues ella excluye completamente todo pensamiento negativo, todo pensamiento de pecado y oscuridad. La Biblia habla de la santidad con mucha frecuencia, por ejemplo: 

“No hay santo como Jehovah… “(1 Sam. 2:2).

“…él es un Dios santo” (Jos. 24:19)

“…santo soy yo, Jehovah, que os santifico (Lev. 21:8)

“Antes bien, así como aquel que os ha llamado es santo, también sed santos vosotros en todo aspecto de vuestra manera de vivir, porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo” (1 Pe. 1:15-16).

Es de suma importancia reconocer la santidad de Dios. El que está conciente de este rasgo característico del Supremo, llega a tener oídos aguzados para Su santa y perfecta voluntad, que el Señor manifestó en Su Ley. Pero muchos cristianos tienen la opinión errónea y peligrosa de que la Ley de Dios hoy en día no tiene más validez, puesto que ha sido suprimida por el Evangelio, por la obra consumada de Jesucristo en la cruz del Gólgota. Pero esto no es así de ninguna manera, ya que el Señor Jesús dijo con respecto a la Ley y los profetas en Mateo 5:17-18: “No penséis que he venido para abrogar la Ley o los Profetas. No he venido para abrogar, sino para cumplir. De cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni siquiera una jota ni una tilde pasará de la ley hasta que todo haya sido cumplido”.

Pero como hoy en día en la proclamación del Evangelio muchas veces se pasa por alto la Ley, siendo que ésta se ha separado el Evangelio de Jesucristo, quien cargó por nosotros la maldición de la Ley en la cruz del Calvario, hay muy poca convicción de pecado en nuestros días. Por eso tenemos muchas personas que sí son creyentes y han tomado una decisión a favor de Jesús, pero de alguna manera, a pesar de esto, no han llegado a un claro renacimiento, porque nunca han tenido el espejo de la Ley ante sus ojos. Sin embargo, exactamente como las palabras de los profetas nunca fueron suprimidas, sino que fueron y son cumplidas, así es también con la santa Ley de Dios.

Estoy compenetrado del hecho de que esta seria verdad – excepto en regiones donde hay avivamiento – fue sepultada casi completamente en la Iglesia de Jesús. Por eso tampoco se encuentra en ella el temor de Dios y el temblar ante el pecado, pues está escrito en Romanos 7:13: “…a fin de que mediante el mandamiento el pecado llegase a ser sobremanera pecaminoso”. Bien es verdad que hoy en día se predica mucho acerca de la gracia de Dios en Jesucristo. ¡Pero nadie puede comprender la gracia de Dios si no ha visto y también oído a Dios en Su santa majestad!

Cuando el profeta Isaías vio la santidad de Dios, comenzó a temblar y exclamó en Isaías 6:5: “¡Ay de mí, pues soy muerto! Porque siendo un hombre de labios impuros y habitando en medio de un pueblo de labios impuros, mis ojos han visto al Rey, a Jehovah de los Ejércitos”.

Un día, el rey Josías hizo limpiar y renovar el Templo. En esta ocasión se encontró en algún rincón llenó de polvo el Libro de la Ley. Había quedado completamente olvidado, ya no se conocía. Bien es verdad que todavía se realizaban cultos, pero en ellos no se le hacía caso a la Ley. Cuando Safán, el escriba del rey, leyó al rey el Libro de la Ley, el rey rasgó sus vestiduras y lloró en la presencia del Señor, porque de repente vio sus pecados y los pecados del pueblo en el espejo de la Ley de Dios.

Tenemos una situación similar al regresar el pueblo de Israel de la diáspora, en el tiempo de Nehemías. Leemos en Nehemías 8:1-3: “Entonces todo el pueblo se reunió como un solo hombre… Y dijeron al escriba Esdras que trajese el libro de la Ley de Moisés, que Jehovah había dado a Israel. El primer día del mes séptimo, el sacerdote Esdras trajo la Ley ante la congregación… Y leyó el libro desde el alba hasta el medio día, frente a la plaza que está ante la puerta de las Aguas, en presencia de hombres, de mujeres y de cuantos podían entender”. En el versículo 9b leemos cuál fue la reacción: “Todo el pueblo lloraba al oír las palabras de la Ley”.

Pregunto: 

¿Cuándo en la Iglesia se llora todavía sobre pecados cometidos?

El corazón se me oprime mucho, porque veo que no solamente en nuestra cristiandad de nombre, sino también en nuestras iglesias, casi ya no se llora ante Dios. En el tiempo de Nehemías, los israelitas deseaban escuchar la Ley. Pero hoy en día apenas quieren escuchar la santa voluntad de Dios en la Ley. Por eso también faltan las lágrimas de profunda contrición y arrepentimiento ante el Señor. Pero si los miembros de la Iglesia de Jesús estuvieran más concientes de la santa omnipresencia de Dios, la situación en las iglesias aquí y allá sería completamente otra.

Para volver una vez más a Israel: Todo Israel vio la majestad de Dios en el monte Horeb en el desierto del Sinaí y escuchó Su voz poderosa como “un fuerte sonido de corneta. Y todo el pueblo que estaba en el campamento se estremeció”, así lo leemos en Exodo 19:16. En aquel entonces, sin Moisés, el Mediador del Antiguo Pacto, seguramente todos se habrían escapado de terror. Pero leemos en el versículo 17: “Moisés hizo salir al pueblo del campamento al encuentro de Dios, y se detuvieron al pie del monte”. Sí, ya en aquel entonces todo Israel temblaba ante la conciencia de la presencia del Dios santo. ¡Oh, si tú también, querido oyente, ahora fueras convencido de pecados por la cercanía de la santidad de Dios, como el salmista, que dijo: “Oh Jehovah, tú me has examinado y conocido. Tú conoces cuando me siento y cuando me levanto; desde lejos entiendes mi pensamiento. Mi caminar y mi acostarme has considerado; todos mis caminos te son conocidos… ¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿A dónde huiré de tu presencia?” (Sal. 139:1-3.7).

Por eso, no tapes tus oídos cuando oyes Su Santa Palabra: 

“No tendrás otros dioses delante de mí”. No esquives estas palabras, pues justamente a ti se dirigen.

La Santa Escritura explica muy exactamente lo que entiende, en realidad, por dioses, o sea, por idolatría. No debe ser necesariamente una imagen delante de la cual uno se arrodilla para adorarla. No, sino que tu desobediencia y tu resistencia contra la Palabra y voluntad de Dios, a los santos ojos de Dios ya es idolatría, como está escrito en 1 Samuel 15:23a: “Porque la rebeldía es como el pecado de adivinación, y la obstinación es como la iniquidad de la idolatría.” Si eres completamente sincero, debes admitir: También yo me he obstinado contra el Espíritu Santo. Le he sido desobediente a El y a la Palabra de Dios. Pero ante Dios, esto es “adivinación e idolatría”, pues mantienes el ídolo de tu yo al lado del Señor. Otro matiz de la idolatría es el amor al dinero. Pienso en Colosenses 3:5, donde dice: “…la avaricia, que es idolatría”. Pero el Señor dice: “No tendrás otros dioses delante de mí”.

Hay personas que se han convertido, pero en cuyas vidas nada ha cambiado. ¿Por qué es así? Porque al lado de su conversión al Señor, han mantenido también la idolatría. ¡Sin embargo, el sumo significado de la conversión es el apartarse de los ídolos! Así lo escribe Pablo a los tesalonicenses en el capítulo 1, versículo 9b: !…cómo os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero”. El Señor tuvo que lamentar por boca del profeta Oseas: “Se vuelven, pero no al Altísimo”. ¿Por qué la actual Iglesia de Jesús tiene tan poco poder? ¿Por qué no hay avivamiento? ¿Por qué no se convierten centenares y miles de personas a Dios, por medio de un mensaje tan poderoso como el que nos fue dado? Quisiera decírtelo, querido oyente: ¡La causa es que sí muchos se han convertido, pero no al Altísimo, no completamente! Quizás también tú te hayas convertido a Dios, pero no te has apartado completamente de los ídolos. Tú que te has convertido, ¿cómo quieres, pues, ver a Jesús un día, si todavía estás muy apegado a ídolos como el amor al dinero, a carne y sangre, a tu propia honra? ¡Cuántos hay que todavía son muy soberbios! Pero el que verdaderamente viene a Jesús, a la cruz del Gólgota, deja aquí también toda idolatría, toda vanidad. ¡Y una persona así corre sin carga, libre de todo ídolo, al encuentro de Jesús!

La Santidad de Dios (parte 2)

Título: La Santidad de Dios (parte 2)

Autor: Wim Malgo
PE1321

Es de suma importancia reconocer la santidad de Dios. El que está conciente de este rasgo característico del Supremo, llega a tener oídos aguzados para la santa y perfecta voluntad, que el Señor manifestó en Su Ley.

El que no está conciente, manifestará características anticristianas que le pueden llevar a cometer hasta asesinato.


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Estimados oyentes, en el programa pasado hemos hablado del triste fenómeno de que hay personas que se han convertido, pero en cuyas vidas nada ha cambiado. ¿Por qué es así? Porque al lado de su conversión al Señor, han mantenido también la idolatría.

Vamos a ver a continuación que existen más de estos tristes fenómenos. Por ejemplo, según la santa voluntad de Dios, debería haber respeto de los hijos frente a sus padres, y hoy muchas veces se ve desobediencia y hasta rebelión. ¿Por qué? Porque muchos padres han educado a sus hijos en el estilo antiautoritario, dejando rienda suelta a su voluntad, de manera que los niños pueden hacer precisamente lo que les parece bien. Por eso, también muchos padres son culpables de este desarrollo anticristiano, de que sus hijos no les honren, que también como adolescentes siempre impongan su voluntad y hasta se levanten con impertinencia contra sus padres. De hecho, con esta desobediencia frente a los padres enfrentamos una característica anticristiana. Pues Pablo, en su segunda carta a Timoteo, se refirió a nuestro tiempo actual cuando escribió acerca de los 3 x 6 rasgos característicos del falso cristo, en el capítulo 3, versículo 1-5a: “También debes saber esto: que en los últimos días se presentarán tiempos difíciles. Porque habrá hombres

1. amantes de sí mismos

2. y del dinero.

3. Serán vanagloriosos,

4. soberbios,

5. blasfemos,

6. desobedientes a los padres,

1. ingratos,

2. impíos,

3. sin afecto natural,

4. implacables,

5. calumniadores,

6. intemperantes,

1. crueles,

2. aborrecedores de lo bueno,

3. traidores,

4. impetuosos,

5. envanecidos y

6. amantes de los placeres más que de Dios.

Tendrán apariencia de piedad, pero negarán su eficacia…”.

En algunas ediciones de Llamada de Medianoche hemos hablado una y otra vez de que el número del anticristo 666 aparece cada vez más en distintas áreas de la sociedad moderna. Pero a ti que no honras a tus padres y no les obedeces, te digo: Por tu desobediencia frente a tus padres, este 666 ya está como grabado con tinta invisible en tu frente. Pues el que tiene tan sólo uno de estos 3 x 6 rasgos característicos en sí, en realidad, los tiene todos. Pasa, en sentido inverso, exactamente lo mismo que en Santiago 2:10: “Porque cualquiera que guarda toda la ley pero ofende en un solo punto se ha hecho culpable de todo.”

Debemos estar compenetrados de esta verdad, a través del Espíritu de Dios y de la Palabra de Dios. Pues el diablo siempre trata de adormecernos, diciéndonos al oído: “Todo está bien, todo está en orden”, – hasta que uno se espante en su hora de muerte. Muchos de nuestros hermanos que partieron a la patria celestial, tuvieron una entrada triunfante y gloriosa al eterno reino del Padre. Pero también recordamos a otros, que tuvieron una muerte horrible. ¿Por qué? Porque durante su vida como creyentes, nunca se dejaron convencer profundamente del pecado y purificar por la sangre de Jesús. Por eso te pido, querido oyente, que prestes toda tu atención cuando consideremos después de la pausa musical el próximo mandamiento de Dios. Así dice el Señor: 

“No matarás”.

 

Así dice la Revisión de 1960. El pasaje se puede traducir también: “No cometerás homicidio.”

El rey David sabía de qué estaba hablando, cuando aseveró al Señor en Salmos 17:4: “En cuanto a las obras de los hombres, por la palabra de tus labios me he guardado de las sendas de los violentos”. Del diablo, el Señor Jesús dice en Juan 8:44b: “El era homicida desde el principio…”. Como lo satánico va en aumento en estos tiempos postreros, una ola de asesinatos nunca vista atraviesa esta tierra, en algunos casos por los terroristas, o en el vientre de las mujeres embarazadas y también a través de los cristianos que se odian mutuamente.

Por los medios de comunicación ya conocemos suficientemente el terrorismo mundial. Pero tenemos que saber: la santidad de Dios destruye a todos los que profanan Su Santo Nombre, que desestiman y desprecian Su perfecta voluntad, que dañan y roban Su propiedad en y fuera de Israel. El Se santifica en ellos mandándoles juicios de destrucción, cuando asalten a Israel, “la niña de Su ojo” (compare Ez. 38 y 39).

Pero también el asesinato de niños en el seno de la madre se propaga – y sólo basándose en las estadísticas – como una epidemia en todo el mundo. En Alemania, por ejemplo, uno de cada dos bebés son abortados. Pero el verdadero número de abortos, según se estima, es casi diez veces más alto que el comunicado a la Oficina Federal de Estadísticas. Esto significa que en los últimos años en Alemania, varios millones de niños fueron muertos en el seno de la madre. Otra noticia horrorosa dice: 

En EE.UU., cada tres nacimientos hay un aborto. En total se realizan cada año 1.500.000 abortos, en Estados Unidos. Mundialmente, los abortos anuales se estiman en 40 a 55 millones(!). En los últimos 10 años, 33 países atenuaron sus leyes de aborto y los países que permiten el aborto durante los tres primeros meses del embarazo van en aumento.

Ya muchas veces hemos señalado el asesinato en masa que se comete contra niños aún no nacidos. En esta ocasión quisiera subrayar que existe una inevitable relación causal: Cuanto más aumentan los asesinatos de niños no nacidos, tanto más fuerte y peligrosa llega a ser la amenaza de guerra internacional.

Pues Dios el Señor dice en Isaías 42:13-15: “Jehovah saldrá como valiente, y como hombre de guerra despertará su celo. Gritará, ciertamente lanzará el grito; sobre sus enemigos prevalecerá. Por mucho tiempo he callado; he guardado silencio y me he contenido. Pero ahora gemiré como la que está de parto, jadeando y resoplando a la vez. Devastaré montes y colinas, y haré secar toda su hierba. Los ríos convertiré en islotes, y haré secar las lagunas”.

Temblamos cuando nos imaginamos cuáles terribles juicios de Dios provocarán estos incesantes asesinatos de vida no nacida, pues Dios dice: “No matarás”. Pero cuando Dios comience a gritar porque se pisotea Su mandamiento: “No cometerás homicidio”, todo será vuelto de arriba abajo. Esto será así también para la tercera manera de homicidio, el homicidio cometido por creyentes.

De este tema tan serio escucharemos más en la próxima audición.

Antes de terminar este programa quiero repetir que Dios es santo. Y esto es sumamente importante de reconocer, porque nos lleva al arrepentimiento verdadero. ¡Examine su vida, estimado oyente, a la luz del Dios vivo!