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Continuamos con nuestro estudio de la vida de Rahab en el capítulo 2 de Josué, y llegamos al punto de que los espías le dieron las indicaciones para que pudiera ser salva ella y su familia.
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En nuestro estudio de la vida de Rahab en el capítulo 2 de Josué, llegamos al punto de que los espías le dieron las indicaciones para que pudiera ser salva ella y su familia: 18 He aquí, cuando nosotros entremos en la tierra, tú atarás este cordón de grana a la ventana por la cual nos descolgaste; y reunirás en tu casa a tu padre y a tu madre, a tus hermanos y a toda la familia de tu padre.19 Cualquiera que saliere fuera de las puertas de tu casa, su sangre será sobre su cabeza, y nosotros sin culpa. Mas cualquiera que se estuviere en casa contigo, su sangre será sobre nuestra cabeza, si mano le tocare.20 Y si tú denunciares este nuestro asunto, nosotros quedaremos libres de este tu juramento con que nos has juramentado.21 Ella respondió: Sea así como habéis dicho. Luego los despidió, y se fueron; y ella ató el cordón de grana a la ventana” (Josué 2:18-21). Ella tenía que dejar la casa señalizada por el cordón de color rojizo y toda su familia tenía que encontrarse dentro de la casa para que pudieran ser salvados.
En el caso de Rahab, cuando los israelitas se acercaran a la ciudad, ella tendría que tener colgado el cordón de color grana en su ventana y aquellos que querían ser salvos, deberían estar en su casa. Esto les daría seguridad de protección y salvación.
La grana con la cual se dio color a aquel cordón se obtenía de unos insectos. Lo podemos tomar como un símbolo de la sangre y símil de la sangre del cordero Pascual. En ambos casos salvó del juicio y dio la libertad. Dios había dicho en Éxodo 12:13: “Y la sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; y veré la sangre y pasaré de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de Egipto”. Justamente de este concepto surge la palabra Pascua que significa: “pasar de” o “pasar por alto”. El juicio divino iba a pasar de largo sobre aquellos que hubieran creído en las palabras de Dios y estuvieran protegidos por la sangre. No era mérito de ellos, sino que se salvarían por la sangre de un ser inocente que tuvo que entregar su vida. Como es de suponer, esa noche muchos murieron porque no tenían la sangre en sus puertas. Pero todos aquellos que la tenían estuvieron seguros y luego pudieron salir de la cautividad a la libertad y, más tarde, a poseer la tierra prometida por Dios. Para resumir, por la muerte de un cordero cuya sangre fue aplicada, fueron salvos del juicio, libres de la esclavitud, obtuvieron una nueva vida y alcanzaron la promesa de Dios.
Todo este evento fue un anticipo simbólico de algo que tendría que suceder unos milenio y medio más tarde. Juan el Bautista, al ver a Jesús exclamó: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Jesús vino a esta tierra para morir en lugar de los que estaban condenados a juicio. Pero, así como en la antigüedad la salvación fue otorgada al israelita por la muerte e identificación con un ser inocente como lo fue el cordero y su sangre, así también hoy la “la sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado” (1Juan 1:7). Jesucristo, mientras se celebraba la Pascua, murió en la cruz bajo un suplicio atroz, para cumplir con la justicia requerida por Dios. Sólo un ser completamente puro podía ser aceptado para ocupar el lugar de nosotros, los injustos. Él se dejó azotar cruelmente y coronar con espinas porque te amaba. Grandes clavos traspasaron sus manos y sus pies porque estaba dispuesto a cargar con tu culpa. Él derramó su sangre en pago de tu salvación del juicio. Él murió para regalarte la libertad de todas las cadenas de la esclavitud del pecado. Pero aún tenemos que añadir algo más. Jesús, aunque murió y fue sepultado, no quedó en la tumba, sino que resucitó victoriosamente. A unas mujeres profundamente tristes y turbadas frente a la tumba, les llegó la noticia: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado” (Lucas 24:5,6). Por esta razón también te puede dar una nueva vida, una que realmente vale la pena vivir, y después de la muerte, una vida en la presencia de Dios. Jesucristo dijo: “El que cree en el Hijo (Jesús) tiene vida eterna” y añade la seria advertencia: “…pero el que rechaza al Hijo no sabrá lo que es la vida, sino que permanecerá bajo del castigo de Dios” (NVI,Juan 3:36). El juicio de Dios sólo pasará de largo de aquella persona que aplica el sacrificio de Jesucristo a su vida.
Los israelitas tenían que aplicar la sangre a sus entradas y Rahab “…ató el cordón de grana a la ventana” (2:21). Tuvieron que aplicar el medio de salvación a sus vidas. Tuvieron que creer y tomar una decisión.
Entonces, si reconoces que eres pecador y necesitas la salvación, y crees que Jesús murió en la cruz por tu culpa y lo aceptas como Salvador, serás salvo y recibirás la vida eterna. Por lo tanto, si todavía sigues atado a los pecados, si tu vida sigue vacía, triste y sin rumbo, si el temor al presente y al más allá embarga tu alma, ¿por qué no acudes al llamado de Jesucristo? Aplica el sacrificio y la victoria de Cristo a tu vida. Si lo haces tendrás una nueva vida. Ya no tendrás que añadirle nada, seguir rituales o guardar costumbres. La salvación es un regalo. Si lo haces, te habrás convertido en un(a) hijo(a) de Dios.
Rahab, aparte de colgar el cordón rojizo en su ventana y hacer que su familia estuviera en la casa para cuando viniera el ejército conquistador, ya no podía hacer nada sino confiar, tener fe. Pero esta fe la iba a salvar a ella y a todos los que siguieran su ejemplo. Y esto vale hasta el día de hoy. Las bendiciones de Dios estaban destinadas a su pueblo escogido. Pero la gracia y misericordia de Dios también estaban y siguen estando disponibles para aquellos que no tienen esta esperanza.
Rechazo
Estuvimos analizando como Rahab llegó a creer en el Dios de Israel. Pero no todos sienten la misma necesidad. En todo esto tenemos que tener en cuenta, que el mismo conocimiento no produce la misma reacción. Como vimos, Rahab había reconocido varias cosas de Dios. Ella dijo: “9 Sé que Jehová os ha dado esta tierra; porque el temor de vosotros ha caído sobre nosotros, y todos los moradores del país ya han desmayado por causa de vosotros. 10 Porque hemos oído que Jehová hizo secar las aguas del Mar Rojo delante de vosotros cuando salisteis de Egipto, y lo que habéis hecho a los dos reyes de los amorreos que estaban al otro lado del Jordán, a Sehón y a Og, a los cuales habéis destruido. 11 Oyendo esto, ha desmayado nuestro corazón; ni ha quedado más aliento en hombre alguno por causa de vosotros, porque Jehová vuestro Dios es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra” (2:9-11). El nombre de Dios, los hechos de Dios, el pueblo elegido por Dios, la soberanía de Dios, su propia lejanía de Dios, su temor de Dios y su necesidad de Dios. Esto la llevó a buscar y creer en este Dios tan maravilloso.
Pero la misma información también la tenía el pueblo y el rey de Jericó. Pero, ¿cuál fue su reacción? Leemos en el versículo 3: “Entonces el rey de Jericó envió a decir a Rahab: Saca a los hombres que han venido a ti, y han entrado a tu casa; porque han venido para espiar toda la tierra”.
En lugar de buscar a este Dios y amigarse con el pueblo de un Dios tan poderoso, el pueblo desmaya de temor y el rey enfrenta con odio a los integrantes de este pueblo.
¿No es esta la realidad de tanta gente en este mundo? Muchos se dan cuenta que tiene que existir un Dios, notan Su obrar, reconocen Su poder, pero igual no están dispuestos a rendirse a Él, de buscar Su salvación y ayuda. Es más, muchos de ellos llegan al punto de atacar a Dios o sus siervos con todos los medios posibles. Por un lado, esta actitud da realmente pena. Por otro lado, es hasta ridículo. ¿Qué puede hacer el hombre contra Dios? ¿Cómo lo enfrentará? La Biblia dice: “1 ¿Por qué se amotinan las gentes, Y los pueblos piensan cosas vanas? 2 Se levantarán los reyes de la tierra, Y príncipes consultarán unidos Contra Jehová y contra su ungido, diciendo: 3 Rompamos sus ligaduras, Y echemos de nosotros sus cuerdas. 4 El que mora en los cielos se reirá; El Señor se burlará de ellos. 5 Luego hablará a ellos en su furor, Y los turbará con su ira” (Sl.2:1-5). ¿Por qué nuestro mundo, nuestra sociedad está como está? ¿Por qué hay tanta angustia, miedo y desesperación? La respuesta es sencilla. No quieren que Dios gobierne sobre ellos y tenga injerencia en sus vidas. Ahora bien, cuando Dios es rechazado una y otra vez, la mano que estaba extendida para salvar y ayudar, se convierte en una mano levantada para juicio. No se puede burlar de Dios y salir airoso.
Por ejemplo, si uno mira a los emperadores romanos que persiguieron a los cristianos, encontramos un terrible final de todos ellos. Samuel Vila escribe:[1] De ellos treinta emperadores, gobernadores de provincia y altos funcionarios romanos que se destacaron por su celo y encono en la persecución de la iglesia primitiva, uno se volvió loco; oro fue muerto por su propios hijo; otro quedó ciego; otros e ahogó; otro fue estrangulado; otros murió cautivo; otro cayó muerto de un modo que no podemos relatar; otro murió de una enfermedad tan espantosa que varios de sus médicos, fueron ejecutados porque no podían soportar el olor del aposento real; dos se suicidaron; cinco fueron asesinados por sus siervos y ocho fueron muertos en guerra. Entre éstos estaban Julián el Apóstata. En vida desafiaba con su puñal al Hijo de Dios, pero ya moribundo exclamó: Has vencido, oh Galileo”.
El reconocido filósofo francés Voltaire, que se destacó en atacar con sus escritos al cristianismo, murió en una profunda desesperación pidiendo perdón a Dios por sus pecados y clamando por Jesucristo. Su médico y enfermera no podían soportar estar al lado del moribundo.
Los habitantes de Jericó y su rey se habían dedicado a ir en contra de Dios a pesar de todo lo que sabían de Él. Las consecuencias las leemos luego en el capítulo 6. Únicamente Rahab, la ramera y su familia fueron salvas, porque buscaron y creyeron en este Dios.
[1] Enciclopedia de anécdotas e ilustraciones volumen 1 – Samuel Vila – CLIE España – pág.1482
