Josué: Tranquilidad en el porvenir (30ª parte)

Josué: El rechazo (29ª parte)
2 agosto, 2025
Josué: El propósito de Dios (31ª parte)
9 agosto, 2025
Josué: El rechazo (29ª parte)
2 agosto, 2025
Josué: El propósito de Dios (31ª parte)
9 agosto, 2025

Autor: Esteban Beitze

Los temas que escucharemos en esta oportunidad son: El reconocimiento de Dios como generador de lo bueno en nuestras vidas y la confianza latente de que nos hace parte de su Reino.


DESCARGARLO AQUÍ

PE3132 – Josué (30ª parte)



TRANQUILIDAD EN EL PORVENIR

La previsión de Dios

Para saber el final de la historia de Rahab, tenemos que adelantarnos unos capítulos en el libro de Josué. Israel ya había cruzado el Río Jordán y se encontraba frente a la ciudad de Jericó. Allí la orden de Josué a sus soldados fue que todo ser vivo de la ciudad tenía que morir “…solamente Rahab la ramera vivirá, con todos los que estén en casa con ella, por cuanto escondió a los mensajeros que enviamos” (Jos.6:17b).

Nos podemos imaginar la preocupación y miedo de los habitantes de Jericó al ver como los soldados israelitas rodeaban la ciudad. Sus corazones desmayaban y ya no tenían aliento. El miedo al futuro y a la muerte los tenía abrumados a casi todos. A “casi todos”, porque allí en la casita sobre el muro de la ciudad se encontraba Rahab, una mujer con un triste trasfondo y vida marcada por el pecado, pero que había puesto su fe en el Dios de Israel. Ella y su familia iban a correr otra suerte. No caerían bajo el juicio divino por una sencilla pero trascendental diferencia – pusieron su fe en Dios y se acercaron a Él. Antes eran enemigos, pero ahora tenían la promesa de la salvación. Aunque quizás todavía podrían sentir alguna duda si los israelitas iban a cumplir con lo prometido, su corazón estaba en paz en comparación con los demás habitantes de la ciudad.

 

La misma realidad, seguridad y esperanza la tiene todo aquel que ha puesto su fe en Jesucristo y se ha identificado con Él. Tiene paz en mundo marcado por la falta de la misma, pues ya no caerá bajo el justo juicio divino al cual están sujetos todos los seres humanos por su pecado. Pablo les escribe a los romanos esta gran verdad: “1 Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; 8 Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. 9 Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira.10 Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida” (Ro.5:1,8-10).

 

Ya nadie en Israel podría acusar o señalar a Rahab. Su vida vieja había quedado atrás. Pasó de ser enemiga de Dios a ser Su amiga y reconciliada con el Señor. De condenada pasó a ser justificada. Aunque la salvación todavía no estaba consumada, ya era realidad porque Josué mismo, estaba asegurándola. Él estaba intercediendo y velando por ella.

Un precioso paralelo podemos observar en la posición que ocupa cada creyente. En el “Josué del Nuevo Testamento”, en Jesucristo, el creyente ya no se encuentra bajo condenación. Su salvación eterna se encuentra asegurada plenamente. Ya nadie lo puede acusar o condenar, pues Cristo mismo intercede por él. Por esta razón el apóstol Pablo exclama exultante (Ro. 8:1,31-34): “1 Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. 31 ¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? 32 El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?33 ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica.34 ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros”. ¡Qué extraordinaria verdad!

 

La provisión de Dios

Hasta en nuestros días, cuanto existe guerra, siempre hay y habrá que lamentar cierto daño colateral, o sea, que son afectados personas o lugares que no se quería destruir. Leía que, en la segunda guerra mundial, hubo unos 20 millones de militares caídos, pero alrededor de 40 millones de civiles muertos. Ciudades enteras fueron borradas del mapa. En cada guerra o conflicto mueren civiles o inocentes.

Ahora, imaginémonos la conquista de la ciudad de Jericó. Todo ser vivo tenía que ser eliminado y la ciudad entera debía ser destruida. La pregunta es, ¿cómo se salvaría Rahab y los que estuvieran con ella en la casa? Por más que su casa estuviera marcada por un cordón rojo colgado de la ventana, seguramente nos recordaremos que “el muro (de Jericó) se derrumbó” (6:20). ¿Nos acordamos todavía que la casa de la mujer estaba “en el muro de la ciudad, y ella vivía en el muro” (2:15)? Cuando los espías volvieron, contaron a Josué que habían hecho alianza con la familia de una prostituta a la cual le habían prometido inmunidad. En una guerra normal, este tipo de promesas muchas veces no suelen poder mantenerse. A veces, ni siquiera encuentran interés o empatía de parte de los generales a cargo. La pérdida de vidas inocentes, entra en el concepto de “daño colateral”. Es un precio a pagar.

En nuestra historia se suma el hecho que Josué sabía que el muro habría de caer. ¿Cómo habrán solucionado este problema? ¿Será mala suerte para la ramera? No. Acá podemos ver lo que produce la fe. Dios hizo que todo el muro de la ciudad se derrumbara. ¿Todo el muro? Por cierto, no. ¡Vaya “qué casualidad”, se derrumbó gran parte del mismo, pero al menos no la parte donde se encontraba la casa de Rahab! Dios velaba por la persona que había depositada su fe en Él. El Señor no la iba a abandonar.

Pero no sólo Dios intervino milagrosamente en preservar a Rahab y su familia. En Josué 6:21-25 se nos relata del momento de la conquista de Jericó lo siguiente: “Y destruyeron a filo de espada todo lo que en la ciudad había; hombres y mujeres, jóvenes y viejos, hasta los bueyes, las ovejas, y los asnos.22 Mas Josué dijo a los dos hombres que habían reconocido la tierra: Entrad en casa de la mujer ramera, y haced salir de allí a la mujer y a todo lo que fuere suyo, como lo jurasteis.23 Y los espías entraron y sacaron a Rahab, a su padre, a su madre, a sus hermanos y todo lo que era suyo; y también sacaron a toda su parentela, y los pusieron fuera del campamento de Israel.24 Y consumieron con fuego la ciudad, y todo lo que en ella había; solamente pusieron en el tesoro de la casa de Jehová la plata y el oro, y los utensilios de bronce y de hierro. Mas Josué salvó la vida a Rahab la ramera, y a la casa de su padre, y a todo lo que ella tenía; y habitó ella entre los israelitas hasta hoy, por cuanto escondió a los mensajeros que Josué había enviado a reconocer a Jericó”. Josué organizó la conquista de tal forma que esta mujer y su familia fueran salvos. Quisiera resaltar la frase: “Mas Josué salvó la vida a Rahab la ramera, y a la casa de su padre…”.

Si tenemos presente que el nombre de Josué significa lo mismo que el nombre de Jesús, o sea “Jahveh salva” o “la salvación es por Jahveh”, entonces en la actitud de Josué, tenemos un maravilloso anticipo de la obra maravillosa de nuestro Señor Jesucristo. Él “vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lc.19:10). Y Él sigue salvando aún hoy a todo aquél que se le acerca por fe y se identifica con su obra realizada en la cruz. “El que cree en el Hijo tiene vida eterna…” (Jn.3:36a).

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


Elija su moneda
UYU Peso uruguayo
Presiona Enter para buscar o ir a búsqueda avanzada