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A través de la vida de Josué, como vimos en programas anteriores, Dios nos dejó varias enseñanzas sobre los procesos, surgimiento y formación en su servicio. También la importancia de los equipos. Y también que sin Dios, esta historia no existiría. Ahora comenzamos nuestra aplicación práctica.
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PE3107 – Josué: Muy rápido (5ª parte)
Para que uno pueda ser utilizado por Dios en forma apropiada en Su obra, para ser un siervo fiel y eficaz, para que Dios pueda bendecirnos, tenemos que aprender ciertas lecciones.
Con el ejemplo de la vida de Josué, estamos estudiando una serie de lecciones necesarias para llevar adelante un servicio que glorifique al Señor.
Hoy vamos a empezar a analizar el aprendizaje de tener:
- LA VICTORIA PERSONAL CON DIOS
Jacob y su familia se habían establecido en Egipto. De ellos se formó un pueblo grande. Pero allí fueron esclavizados por los egipcios. Toda la generación que salió de Egipto había vivido sojuzgada por el enemigo. No conocían otra cosa que obedecer a la voluntad de sus amos. Pero Dios intervino por medio de Moisés para sacarlos de esta opresión. La mano poderosa de Dios intervino por medio de las diez plagas e hizo posible la salida del pueblo. Pero cuando estaban frente al Mar Rojo, sin posibilidad de escapatoria, de repente tienen a las huestes enemigas a sus espaldas. Ellos no sabían de enfrentamientos bélicos ni de armamentos. Nunca habían peleado contra un enemigo. Estaban acostumbrados a doblar sus espaldas bajo el azote de los capataces egipcios. Allí Dios mismo intervino y les dio la promesa: “No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros; porque los egipcios que hoy habéis visto, nunca más para siempre los veréis. Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos” (Ex.14:13,14). Y así fue. El pueblo no tuvo que levantar una espada siquiera; no hubo necesidad de entesar un arco. Simplemente tenían que avanzar por el valle formado por dos gigantescas paredes de agua. Después de llegar a la otra orilla, Moisés sólo tuvo que levantar la vara y los enemigos quedaron sepultados entre las aguas. Realmente fue Dios el que hizo todo. Les dio la libertad y la vida, ellos sólo tuvieron que confiar en el Señor y avanzar. Pero esto no iba ser siempre así. Hubo un momento que Dios les tuvo que enseñar que también ellos tenían que luchar. Antes Dios había actuado por ellos, pero ahora quería hacerlo en y por medio de ellos. Para enseñar esta lección Dios utilizó a los amalecitas: “Entonces vino Amalec y peleó contra Israel en Refidim. Y dijo Moisés a Josué: Escógenos varones, y sal a pelear contra Amalec; mañana yo estaré sobre la cumbre del collado, y la vara de Dios en mi mano. E hizo Josué como le dijo Moisés, peleando contra Amalec; y Moisés y Aarón y Hur subieron a la cumbre del collado” (Éx.17:8-10).
Dios necesitaba enseñarles que aparte del actuar de Dios también había una responsabilidad personal. Ellos también tenían que poner manos a la obra para enfrentar al enemigo. Y justamente en este momento Moisés elige a Josué para enfrentar al enemigo.
Existe un interesante paralelo entre lo que vivió el pueblo de Israel y la experiencia de los creyentes. El creyente fue salvado de la esclavitud de Satanás, de la muerte espiritual y la muerte eterna por medio de la obra completa efectuada por Cristo al derramar su sangre en la cruz. Después de exclamar la frase “Consumado es” y la resurrección victoriosa del Señor, ya no hay necesidad de añadirle ningún esfuerzo humano a lo que tiene que ver con la salvación. Es más, el hombre natural, jamás le podrá hacer frente a este enemigo. La única forma de poder librarse del poder del enemigo es por la sangre vertida y el actuar de Dios. Por lo tanto, lo único que tiene que hacer la persona para ser salva es tener fe en el Señor, creer que la obra hecha por Jesús es suficiente para salvarlo y aceptarlo. Es como salir de Egipto y pasar el Mar Rojo. Es simplemente creer y aceptar. Moisés nunca le dijo al pueblo mientras todavía estaban en Egipto que tenían que pelear con el Faraón. No, de esto se iba a encargar Dios mismo. Así se lo había dicho en Éxodo 6:1: “Jehová respondió a Moisés: Ahora verás lo que yo haré a Faraón; porque con mano fuerte los dejará ir, y con mano fuerte los echará de su tierra”.
Pero luego de salir de Egipto, luego de la salvación lograda por el Señor, empieza otra lucha. Es la lucha contra la carne, la vieja naturaleza. En esta Dios nos quiere ver involucrados. En el punto anterior vimos la necesidad de enfrentar en conjunto el conflicto, los desafíos o las tareas en la obra del Señor. Pero ahora quisiera ir más a lo personal, al conflicto diario de cada creyente.
Como señala oportunamente C.H.Mackintosh en sus estupendos estudios sobre el Pentateuco, Amalec es un símil de la carne. Fue el nieto de Esaú (Gn.36:12), al cual conocemos como el que, por un arranque de deseos de la carne, vendió su primogenitura por un potaje de lentejas (Gn.25:29-34). Más tarde, Saúl otro personaje que se dejó dominar por la carne, perdió su reino por no exterminar a los amalecitas completamente como Dios lo había ordenado. Como ya vimos, en nuestra historia, la forma de actuar de Amalec era atacar la parte más débil del pueblo de Israel. Adelante iba un pueblo con el ejército bien organizados y protegidos, pero nunca se esperó que un ataque del enemigo surgiera por detrás. Pero, ¿no es justamente también así en la vida de los creyentes? Las derrotas que sufrimos en nuestra carne, siempre se ocasionan en nuestro punto más débil. El enemigo conoce nuestras fallas, nuestras debilidades, dónde nos descuidamos y es allí dónde atacará con más ahínco. Puede ser en el carácter, la impureza moral, la avaricia, la envidia, la falta de dominio sobre la lengua, la soberbia, e innumerables cosas más. Es interesante ver también la forma como atacaban los amalecitas. Fueron ataques imprevistos, esporádicos pero constantes. Justamente es esta la realidad de cada creyente. De repente viene el ataque. No lo esperamos y repentinamente se encuentra frente a nosotros como la ola de un tsunami. En un momento estamos apacibles, nos sentimos seguros y despreocupados, y en el siguiente ya podemos haber sido arrollados por la fuerza del ataque. Si supiéramos cuándo vendría el ataque, seguramente estaríamos dispuestos a rechazarlo, pero probablemente venga en el momento menos pensado o esperado. Por esta razón, tenemos que estar velando en todo tiempo. Por otro lado, la carne, la vieja naturaleza o el viejo hombre como también se lo conoce, siempre estarán presentes. Una y otra vez sucederán los ataques. La orden de Dios era que jamás a un amalecita se le permitiría la entrada a la congregación de Israel. El Señor no puede permitir que le demos lugar a la carne en nuestra vida. Es más, exige una oposición clara y definida.
Moisés dijo que Dios estaría en “guerra con Amalec de generación en generación” (Ex.17:16). Este conflicto de los amalecitas con Israel se extendió por muchas generaciones. Aparte de Saúl, también David los tuvo que enfrentar (1S.30:1-20) y luego también en el tiempo de Ezequías. Pero sus descendientes los vemos hasta el tiempo de Ester. Allí el malvado Amán, que era descendiente de los amalecitas (Est.3:1; comp. Nm.24:7; 1S.15:8), intentó una vez más, destruir al pueblo de Dios. Pero por la intervención valiente de esta mujer, se pudo revertir el hecho y en vez de que los judíos fueran aniquilados, lo fueron sus enemigos.
Ahora bien, una vida en victoria depende de la decisión de hacerle frente. Como ya hemos meditado anteriormente, Josué enfrentando, Moisés orando y Aarón y Hur apoyando fue la estrategia clave para la victoria. Pero es esto lo que también sucede en el conflicto personal del cristiano. El ataque de la carne lo tiene cada creyente en mayor o menor grado, pero lo tiene. El ataque varía de acuerdo al punto débil de cada uno, pero lo tienen que enfrentar todos. Entonces, ¿cómo debemos actuar? Esta historia nos la enseña.
- Requiere oración
Sin la dependencia del Señor, sin esperar su ayuda en el conflicto que tenemos, seremos derrotados irremediablemente. Notamos que Josué, a pesar que hacía un gran esfuerzo físico al pelear con el enemigo, no se nos dice que se cansara. En cambio, Moisés, que sólo levantaba sus manos sí.
Dejando de lado las edades que tenían Moisés y Josué, creo que esta figura nos quiere enseñar algo. Es relativamente fácil estar involucrado en el servicio en la obra de Dios. Pero lo que más cuesta y lo que lamentablemente muchas veces es relegado a un segundo o menor plano, es la oración. La oración es la actividad más necesaria para el creyente y para la obra, pero en líneas generales, también la más descuidada. Por esto cuando el apóstol Pablo hace una reseña de la armadura en Efesios 6, termina nombrando la espada que es la Palabra y la oración. Y acerca de la oración nos anima: “orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos” (Ef.6:18). Quisiera destacar sólo dos expresiones de esta exhortación las cuales hablan por sí mismas: “orando en todo tiempo” y “velando en ello con toda perseverancia”. ¿Queremos tener la victoria en nuestra vida personal? Tenemos que orar más. ¿Queremos que la obra de Dios que Él nos ha encomendado avance? Tenemos que velar en oración con toda perseverancia. Cuando nuestra vida de oración tienda a desfallecer, cuando la pesadez del sueño o el desgano invada nuestro ser para dejar de orar, entonces ¡apoyémonos en la roca que es Cristo! Vayamos a Él con nuestra debilidad y fracaso y encontraremos nueva fuerza. También nos anima el hecho que otros nos apoyen en la oración. Una de las cosas que más une, es un grupo de hermanos orando juntos por el mismo motivo. Además de animarnos personalmente, también hará que el brazo del Señor se mueva, dado que lo ha prometido.
Lo mismo que vimos desde un punto de vista positivo, también lo podremos observar en forma negativa. En el momento que cesó la oración, no sólo cesó la victoria, sino inclusive se empezó a gestar la derrota. Este es un principio espiritual. Cristiano que no tiene una vida de oración, no tiene una vida en la victoria; y si no avanza o crece, retrocede. Será un creyente que constantemente será derrotado por su carne o vieja naturaleza en los innumerables puntos de ataque del enemigo. Por lo tanto, ¡no descuidemos la oración, y no sólo por nosotros, sino también por los demás hermanos y si es posible con otros hermanos! No hay necesidad de temer al enemigo, no tenemos que ser derrotados por nuestra carne, si estamos afirmados sobre la roca que es Cristo y unidos a él en oración. ¡Si tomamos de la fortaleza del Señor no habrá enemigo capaz de derrotarnos!

1 Comment
Queridos hermanos , podrian compartirme el estudio completo en audio de josue por favor . Estare muy agradecida