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Autor: Norbert Lieth

El ejemplo de Juan el Bautista como precursor de Jesús, su humildad y misión de preparar el camino del Mesías invita a la Iglesia a seguir su ejemplo: testificar, anunciar y preparar la segunda venida de Cristo, con fe y humildad.


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PX01_2025 – El que prepara la venida del Mesías



 

¿Quién fue ese hombre extraordinario que conocemos como Juan el Bautista? Después de su nacimiento, su padre Zacarías pronunció las siguientes palabras proféticas sobre el recién nacido:

“Y tú, niño, profeta del Altísimo serás llamado;

porque irás delante de la presencia del Señor,

para preparar sus caminos;

para dar conocimiento de salvación a su pueblo, para perdón de sus pecados”.

 

Y estas palabras llegaron al cumplirse al pie de la letra, como leemos en Mateo 3:

En aquellos días vino Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea, y diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.  

Pues este es aquel de quien habló el profeta Isaías, cuando dijo: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas”.

 

Juan el Bautista anduvo delante del Señor Jesucristo en su primera venida.

También con respecto a la segunda venida del Señor, hay alguien que prepara su camino: ¡es su Iglesia, somos nosotros!

Por eso quisiera motivarnos para nuestra tarea, sacando siete ejemplos inspiradores del ministerio de Juan el Bautista.

Comencemos con:

  1. El llamado de Juan

“Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan. Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él” (Juan 1:6-7).

Juan era un hombre enviado por Dios. Era como un embajador, que es una persona enviada por su nación para representarla a ella y sus intereses en otro país. Un embajador es el vocero de su país en el extranjero y no se deja intimidar por otras opiniones ni tampoco por amenazas hostiles.

Juan era un hombre así. Su tarea consistía en dar testimonio de la luz, anunciar la llegada del Mesías y llamar al pueblo al arrepentimiento a fin de que creyeran en el Mesías.

¿Somos conscientes de que, como Iglesia, somos embajadores de Dios en este mundo y tenemos estas mismas tres tareas?

En primer lugar, debemos dar testimonio de la luz, y esta Luz es Jesús. Filipenses 2 dice de nosotros: “resplandecéis como luminares en el mundo; asidos de la palabra de vida”.

Segundo, debemos anunciar que el Señor Jesucristo vino y que él volverá.

En tercer lugar, debemos llamar a las personas a creer en Jesús, porque ¿cómo invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?” (Romanos 10:14).

 

2 Corintios 5:20 nos explica nuestra misión con toda claridad:

“Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios”.

Un embajador es la voz de su gobierno. Lo mismo vale por nosotros, pues dice 1 Pedro 4:11: “Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios, si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo…”.

 

El Evangelio de Juan destaca el claro testimonio que Juan el Bautista daba de Jesús. ¿Cuál era su mensaje?

Él anunciaba la llegada del Cordero de Dios para el mundo entero, como leemos en Juan 3: “El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”.

Necesitamos esta misma claridad cuando testificamos acerca de Jesús “en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia”. La gracia de Dios es la mayor riqueza que pueda poseer un ser humano. Por ella recibe la redención completa y el perdón, y con esto al mismo Cielo y la vida eterna. Y el precio por esta riqueza ya fue saldado: ha sido la sangre del Cordero de Dios, Jesucristo.

 

  1. La actitud de fe de Juan el Bautista

Él testificó: “No puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo” (Juan 3:27).

Las palabras de Juan nos muestran que no hay motivos para el orgullo humano. Cuando una persona es talentosa solemos decir que “se le fue dado en la cuna”. La pregunta es: ¿por quién?

Ningún ser humano puede recibir nada si no le fuere dado por Dios. Por más que uno se enorgullezca de sus dones, talentos, conocimiento o capacidades intelectuales, e incluso si ganara el premio Nobel, las condiciones para poder llegar al éxito le fueron otorgadas por Dios.

En el Salmo 94 leemos que Dios “enseña al hombre la ciencia”. Todo conocimiento y descubrimiento vienen de Él. Todo lo que somos y tenemos es un regalo de nuestro Dios; y él reparte sus dones como él quiere; determina la medida de la fe y también el área donde le podemos servir. Nos dice: “qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?” (1 Corintios 4:7).

A pesar de la exhortación que expresa Juan el Bautista cuando dice: “No puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo”, sus palabras nos animan, porque nos muestran que Dios se encarga de todo, como leemos en Filipenses: “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús”. El Señor sabe lo que necesitamos. Junto a la tarea también nos dará la capacidad y fuerza necesarias. Nunca estaremos solos. Todos los personajes bíblicos que fueron llamados por Dios para cierta misión lo experimentaron. Dios no nos equipa de antemano, pero sí en el momento justo. De esta manera, dependemos en todo momento completamente de él, pero también sabemos que siempre podemos contar con él.

 

  1. Juan el Bautista destaca la importancia de Jesús

Dice con respecto a Cristo: “Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego”. Y también pronunció esta conocida confesión: “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe”. La actitud de Juan el Bautista era inequívoca. Le manifestaba con toda claridad a la gente que él no era el Cristo.

A través de todos los tiempos, y especialmente para el tiempo final, la Biblia anuncia la aparición de falsos Cristos y profetas mentirosos. Vemos todo lo contrario en la vida de Juan el Bautista y en sus palabras: “Yo no soy el Cristo (…) es necesario que él crezca, pero que yo mengüe”.

Alguien dijo acertadamente: “Únicamente estando en la sombra de Jesús podemos ser luz”. También es interesante observar que Juan no dijo: “Es necesario que yo mengüe, y él crezca” – sino al revés: “…que él crezca, y yo mengüe”. Cuanto más grande es Jesús para mí, tanto más pequeño seré yo. Los grandes hombres y mujeres de Dios que hubo en el correr de la historia eclesiástica eran personas impactadas por la grandeza de Jesús y convencidas de su propia pequeñez.

Si dejamos que Cristo sea grande, si crecemos en su conocimiento, si su gracia se hace cada vez mayor en nosotros, esto nos mantendrá pequeños. Philipp Melanchthon, el gran compañero de Martín Lutero, escribió estas palabras: “Yo, pobre hombre, no soy nada. Solo el Hijo de Dios es mi ganancia. El hecho de que se haya hecho hombre es mi consuelo. Él me ha redimido con su sangre. Dios Padre, reina en mí con tu Espíritu para siempre”.

 Cuanto más espacio ocupa el Señor en una vida, tanto menos espacio queda para el ego.

Y esto nos lleva al cuarto punto, pues la humildad de Juan le permitió ser grande, pero en otro sentido:

 

  1. Juan era grande delante del Señor

Esto fue predicho aún antes de que naciera, como nos relata Lucas en su Evangelio: “…muchos se regocijarán de su nacimiento”, le dijo un ángel del Señor a su padre Zacarías, “porque será grande delante de Dios. No beberá vino ni sidra, y será lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre”.

No hay nada más grande que ser grande delante de Dios. Esto eclipsa cualquier carrera terrenal. César, Augusto y Herodes fueron grandes ante los hombres, pero desaparecieron sin pena ni gloria. Las celebridades y superestrellas van y vienen. Pero Juan fue grande delante del Señor, porque fue un instrumento humilde en Su mano, y quedó inmortalizado en la Biblia. Jesús mismo alabó a Juan como el mayor profeta del Antiguo Pacto y dijo de él:

Os digo que entre los nacidos de mujeres, no hay mayor profeta que Juan el Bautista…”. (Lucas 7:28)

 

¡Dejémonos animar por la vida de Juan el Bautista! Nos quedan tres características inspiradoras más, de las cuales quisiera hablarles en el próximo programa. Cuento con su sintonía, para que Dios siga haciendo Su obra en nuestro corazones.

 

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