Dios restaura lo que pasó: Nosotros no, pero Dios es capaz (21ª parte)

Dios restaura lo que pasó: El auto juicio en la restauración (20ª parte)
1 marzo, 2026
Dios restaura lo que pasó: El auto juicio en la restauración (20ª parte)
1 marzo, 2026

Autor: Eduardo Cartea

Como cristianos, ¿estamos al tanto de lo eternamente capacitado está Dios para restaurar? Realmente confiamos en esa parte de la Palabra y revelación para nuestras vidas.


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PE3190 – Dios restaura lo que pasó: Nosotros no, pero Dios es capaz (21ª parte)



Nosotros no, pero Dios es capaz

Me da mucho gusto reencontrarme con usted una vez más, para seguir meditando sobre un gran capítulo de la Biblia como es el salmo 51. Esta magnífica poesía cantada brotó de la pluma del salmista en circunstancias muy especiales. Había caído en un grave pecado y, como consecuencia en varios otros, uno más horrible que el otro, y una vez que fue señalado por Dios como su autor, abrió sus ojos, pudo dimensionar la profundidad de su error, clamó rendido ante Dios, reconociendo su pecado, su total responsabilidad personal y pidiendo perdón por él. David está en un proceso de restauración espiritual. Pero necesita que Dios le limpie, le purifique, le vuelva a llenar de paz su alma, y pueda sentirse perdonado.

En los versículos 6 al 9 podemos ver la remisión de su pecado. Miremos en qué términos se expresa:

He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría.

Purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve.

Hazme oír gozo y alegría, y se recrearán los huesos que has abatido.

Esconde tu rostro de mis pecados, y borra todas mis maldades.

 

Seguramente usted como yo hemos cantado más de una vez una antigua, pero preciosa canción como es “Sublime gracia”. “Sublime gracia del Señor que a un pecador salvó…”. Su autor, John Newton, el traficante de esclavos convertido al evangelio dijo: “Solo una asombrosa gracia podría y haría que un marinero grosero y un traficante profano de esclavos pudiese transformarse en un hijo de Dios.” Y agregó, ya al final de sus días: “Aunque mi memoria casi se ha ido, dos cosas recuerdo muy claramente: que soy un gran pecador, y que Cristo es un gran Salvador”.

Estos versículos que leímos de nuestro salmo nos muestran un David humillado ante el Señor, necesitando que sus maldades sean remitidas para volver a tener comunión con el Dios que ha ofendido. 

Desglosando estos versículos, miremos cómo lo dice, en varias y preciosas expresiones:

 

He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo (v. 6).  Este es otro hallazgo de David: La hondura del pozo en el cual había caído, el dolor por haber ofendido a Dios, la contrición de su alma quebrantada, le llevaron a pensar en la importancia de presentarse a Dios tal como era y, sin excusas ni ligereza, confesar su pecado completamente, sinceramente, honestamente, con profunda vergüenza. Por eso, entendiendo la mente de Dios, su modo de obrar y lo imposible de esconderse de él, ni esconder nada de Él, dice:  Tú amas la verdad en lo íntimo.

Nuestro corazón puede engañarnos. Podemos actuar de una forma y sentir otra. Podemos fingir, aparentar exteriormente, pero no sentir lo mismo interiormente. Podemos tener apariencia de piedad, pero con nuestros hechos negar su eficacia. Podemos guiarnos por meras emociones y dejarnos llevar por ellas, sin dimensionar la realidad, la hondura de nuestro mal. Solo Dios conoce lo íntimo de nuestro ser. Los móviles de cada acción. Y por eso, solo cuando coincidimos en nuestro punto de vista sobre nosotros mismos con el punto de vista suyo, cuando le decimos la verdad y solo la verdad, Dios nos oye, porque Él ama la verdad en lo íntimo. 

Si yo fuera un juez en tiempos de David, y se me hubiera presentado su caso, creo que hubiera sido muy ácido, y probablemente me hubieran asistido razones para ello, y decir: Este señor, aunque es el rey, y porque es el rey y debe ser un paradigma para todo el pueblo, merece la máxima pena. ¡Y era –como ya vimospena de muerte! ¡Es que lo merecía semejante perversidad! ¡Premeditado abuso de autoridad, adulterio, engaño, asesinato…! No hay palabras para describir tamaña maldad. ¿Cómo se puede perdonar, entonces?

Solo Dios, el justo Juez, pero también el Padre misericordioso puede hacerlo. Notemos cómo actuó con aquel que era “su” hombre en Israel: “Tu pecado ha sido remitido; no morirás”. Fue el mensaje del siervo de Dios, Natán. “Ha remitido” significa que el Señor lo ha removido, quitado, apartado, enviado lejos, perdonado. No fue indulgencia por parte de Dios. Sin duda, el pecado del rey había sido gravísimo, pero la misericordia divina fue mayor que su pecado. Por cierto, “cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia”, como leemos en Romanos 5. 20.

La misericordia de Dios se aprecia, cuando se tiene conciencia plena del pecado cometido. Por eso dice Martín Lutero, con su característica dureza:

 

“No les gusta mucho la gracia a los orgullosos, puesto que aún no les disgustan sus pecados”.

 

Es muy fácil, muchas veces, decir:  Perdóname, no lo haré más, sin sentir nuestra absoluta incapacidad para cumplir tal promesa, en vez de confesar al Señor nuestra debilidad y pedirle el oportuno socorro. Solo cuando un creyente está dispuesto a decir la verdad a Dios, cuando es sincero para con él, entonces Dios le hace conocer su sabiduría en el secreto de la comunión.  David había cometido un pecado en secreto. Pensó que nadie lo sabría. Pero a los ojos de Dios, ante quien deberemos dar cuentas, todas las cosas están desnudas y abiertas. Así que la única forma de reparar el pecado en secreto es recibir la gracia en secreto. En el secreto de la comunión íntima con Dios.

Es allí donde Dios nos provee de su sabiduría. ¿Qué clase de sabiduría?  La sabiduría de saber qué hacer, cómo actuar, cómo dejar el pecado, cómo cobrar nuevas fuerzas, cómo reparar los daños, cómo volvernos a Él.

Fue en el secreto de aquel lugar sucio, maloliente, pestilente, donde el pródigo aprendió qué debía hacer. Fue en el secreto del vientre del pez, en medio de una casi insoportable, sofocante, angustiosa situación, solo comparada a las tinieblas de un sepulcro, donde Jonás aprendió qué debía hacer para reparar el daño que su desobediencia había causado.  Fue en el secreto de la oscuridad de sus cuencas vacías y su humillante situación donde Sansón aprendió qué hacer para librar su última batalla contra los enemigos de Dios.

A veces necesitamos pasar por ese secreto para dimensionar nuestro mal, nuestro pecado, la inmundicia de nuestro corazón, que creíamos noble y fiel, pero que es engañoso, traicionero y perverso, como dice Jeremías 17.9, para, humillados ante Dios, saber qué somos, qué quiere Dios de nosotros y cómo seguir adelante en nuestra peregrina senda.

Así que, ahora, lo que pide –una vez más, y en acentos de desesperada urgencia– es limpieza, restauración y olvido de su pecado por parte de Dios. Nos recuerda la expresión de Jeremías 29.13, que se hace realidad también en nosotros: “Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón”.

Escribe Ch. Spurgeon:

 

“Tú amas la verdad en lo íntimo. Dios exige realidad, sinceridad, verdadera santidad, fidelidad del corazón. No tiene interés en la pureza pretendida; mira la mente, el corazón, el alma. El Santo de Israel siempre ha estimado a los hombres en su naturaleza interior, y no en lo que profesan exteriormente; para El, lo interior es tan visible como lo exterior, y juzga rectamente que el carácter esencial de una acción se halla en el motivo del que la ejecuta”.

 

  1. Bridges, hablando del apóstol Pablo dice algo interesante, para mostrarnos la importancia de ser sinceros ante Dios al conocer nuestras limitaciones, debilidades y pecados:

“Parece que hay una progresión descendente en cuanto a cómo se veía a sí mismo, que va desde considerarse el menor de los apóstoles (1Co. 15.9, escrito en el año 55 e. C.), a menor de todos los santos (Ef. 3.8, escrito en el año 60 e. C.), a ser el primero de los pecadores (1Ti. 1.15, escrito alrededor de los años 63 ó 64 e. C.). 

Pablo tenía un concepto muy claro de lo que era como apóstol, pero también de lo que era como hombre. Dimensionaba su pecado, a medida que pasaba el tiempo y más se conocía, en su justa dimensión.

Ese debería ser también nuestra experiencia. A medida que transcurre el tiempo y nos conocemos más, vamos reconociendo que somos pecadores, que faltamos ante Dios y que necesitamos cada vez más su gracia y su perdón. La luz de la presencia de Dios nos hace ver la pecaminosidad de nuestro pecado. Y esto es esencial para vivir una vida que Él pueda usar para su gloria.

Dejamos aquí nuestra meditación, esperando que el Señor hable a nuestros corazones por su palabra. Y nos encontraremos, si El lo permite para seguir haciéndolo. Que Dios le bendiga.

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