Dios restaura lo que pasó: La capacidad restauradora de Dios (8ª parte)

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Autor: Eduardo Cartea

En nuestro estudio de esta serie, hemos estudiado cómo Dios restaura lo que pasó, tomando como ejemplo el Salmo 51. Esta oportunidad nos reúne para ver en profundidad la capacidad restauradora de Dios.


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PE3177 – Dios restaura lo que pasó: La capacidad restauradora de Dios (8ª parte)



La capacidad restauradora de Dios

Le saludo nuevamente en este día, recorriendo con usted el contenido del Salmo 51 en este tema que dimos a llamar: Dios restaura lo que pasó. 

Volvemos al versículo 1 de nuestro salmo, en el que leemos: “Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones”. Otras versiones traducen esta última frase así: “por tu inmensa bondad”, “por tu inmensa ternura”. Es cierto que Dios no tolera el pecado. Su carácter absolutamente santo lo impide. Bien dice Juan: “Dios es luz, y en él no hay ningunas tinieblas”. Ni una mota de suciedad. Pero también es cierto que Dios es amor, y su inmensa bondad e infinita ternura son suficientes para recoger al miserable y restaurarle de su triste condición.

David sabía que había cometido dos pecados gravísimos y que ambos eran merecedores de su muerte:

  • El pecado de adulterio era penado con la muerte (y era muerte por lapidación –recordamos a la mujer adúltera y aquellos que ante el Señor querían arrojar sus piedras sobre ella–). La ley lo dictaba claramente: “Si un hombre cometiere adulterio con la mujer de su prójimo, el adúltero y la adúltera indefectiblemente serán muertos” ( 20.10).
  • El pecado de asesinato, por su parte, era penado con la propia vida. “El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada, porque a imagen de Dios es hecho el hombre” (Gn. 9.6); “El hombre que hiere de muerte a cualquiera persona, que sufra la muerte” (Lv. 24.17).

David conocía el tremendo riesgo que corría, más allá de la vergüenza que le deparaba su horrible falta. Así que, lo vemos sumergido en su obstinado silencio y al mismo tiempo hundido en su miseria, señalado por el dedo, no del profeta, sino de Dios, como un reo merecedor del más duro castigo. Así que, solo le queda un recurso: la gracia misericordiosa de Dios.

Sin duda, David había oído más de una vez las palabras de Moisés que Dios es fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación” (Ex. 34.7, 8). Tal vez, muchas veces cantó lo que expresa el salmo 130 en su versículo 3, “JAH, si mirares a los pecados, ¿quién, oh, Señor podrá mantenerse? Pero en ti hay perdón para que seas reverenciado”.

Dice F. B. Meyer: “Solo creyendo en sus misericordias, sus piedades, nos atrevemos a ver nuestros pecados”.

Sus misericordias nos llaman a la gratitud. Isaías 63.7-9, dice:De las misericordias de Jehová haré memoria, de las alabanzas de Jehová, conforme a todo lo que Jehová nos ha dado, y de la grandeza de sus beneficios hacia la casa de Israel, que les ha hecho según sus misericordias, y según la multitud de sus piedades. Porque dijo: Ciertamente mi pueblo son, hijos que no mienten; y fue su Salvador. En toda angustia de ellos él fue angustiado, y el ángel de su faz los salvó; en su amor y en su clemencia los redimió, y los trajo, y los levantó todos los días de la antigüedad”.

Sus misericordias, además, nos llaman a dedicar nuestras vidas. Romanos 12.1: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional”.

Otro rasgo que destaca el rey salmista es:

 

La capacidad restauradora de Dios.Conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones. Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado”.

Indudablemente el tiempo posterior a esta desgraciada experiencia en su vida fue para David una verdadera pesadilla que ni la pasión con Betsabé, ni la alegría del niño nacido, pudieron mitigar. Por eso dice con tanta claridad en el Salmo 32, que precede a nuestro 51: “Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano. Se volvió mi verdor en sequedades de verano”.

La Biblia en Lenguaje Sencillo lo traduce en esa forma, pero también de manera muy elocuente: “Mientras no te confesé mi pecado, las fuerzas se me fueron acabando de tanto llorar. Me castigabas día y noche, y fui perdiendo fuerzas, como una flor que se marchita bajo el calor del sol”.

Es magnífico como lo explica William MacDonald:

 “David escribe en un acorde menor. Después de cometer adulterio con Betsabé y tramar la muerte de Urías, permaneció obstinado en sus trece y no confesó su pecado. Intentó hacer desaparecer a todo. Quizá razonaba que: «el tiempo todo lo arregla», como muchos piensan. Pero al rehusar quebrantarse obstinadamente, él estaba luchando contra Dios, y también contra sus propios intereses. Vino a ser un desastre físico, y todo fue ocasionado por la angustia de espíritu sin alivio que sentía. Se daba cuenta que la mano de Dios pesaba sobre él, impidiendo, parando y frustrándole cada dos por tres. Ya nada le salía bien. Las marchas de la vida no iban suavemente. Los días sin preocupaciones habían desaparecido, y su existencia de continuo era insípida y sin atractivo cual desierto árido”.

Entonces David, descubierto en su degradante condición, exalta la piedad y la misericordia de Dios, pero además busca de Él la limpieza de su pecado, y lo hace conforme a la multitud de sus piedades, o como lo traduce una versión, “según lo inmenso de tu compasión”. La palabra piedades en el original, y en singular, significa “entrañas”. La piedad de Dios es un acto profundo, desde sus mismas entrañas.

Sus pecados han sido muy grandes, pero las misericordias de Dios son aún mayores.

Ch. Spurgeon incluye en su obra “El Tesoro de David”, el comentario de Archibald Sympson:

 

“Los hombres se quedan aterrorizados ante la multitud de sus pecados, pero aquí hay consuelo: nuestro Dios tiene multitud de misericordias. Si nuestros pecados fueran en número como los cabellos de nuestra cabeza, las misericordias de Dios son como las estrellas de los cielos; y como Él es un Dios infinito, sus misericordias son infinitas; si, muchas más que nuestros pecados, como Él mismo está por encima de nosotros pobres pecadores”.

 

El reconocer la multitud de las piedades divinas constituye, sin duda, un acto de reconocimiento de los atributos de Dios, pero no alcanza a ser la vía para liberarse del peso y la condenación de su enorme falta. Por eso agrega: “Borra mis rebeliones”. David confiesa su mal y lo hace en términos precisos. Sin atenuantes. Sin eufemismos.

Ha sido descubierto en su rebeldía, transgresión y pecado, y se ha visto reflejado en el espejo de la santidad divina en toda la fealdad y suciedad de su conducta reprochable; ha sido pesado por la balanza del cielo y, como sucedería con el futuro rey pagano, el dedo de Dios escribía en lo encalado de la pared de su conciencia: “fuiste hallado falto”. ¡Fallaste David!

Sus manos estaban manchadas de sangre inocente. Su carne le había traicionado y exhalaba todo el hedor de la corrupción que había cosechado. Su corazón y conciencia endurecidas se derritieron como cera al calor de la llama divina. Y entonces, sin atenuantes y con sinceridad ante su Dios, habla de su pecado en la horrible variedad de su contenido. Los mismos términos aparecen en el Salmo 32.1, 2: pecado, transgresión, iniquidad, engaño, maldad. ¡Tremendo!

Pero, también hubo consecuencias de su delito. Si hay algo inexorable es la ley de la siembra y la cosecha. Si se siembran papas, no pretenderé cosechar zapallos. Cosecharé papas. Lo que siembro, eso mismo voy a cosechar. No ocurre inmediatamente. Toma su tiempo, pero al fin, la cosecha llega. Y Gálatas 6.7 dice que, si siembro para la carne, de la carne cosecharé corrupción; si siembro para el Espíritu, del Espíritu segaré vida eterna. La NVI lo expresa muy claramente: El que siembra para agradar a su naturaleza pecaminosa, de esa misma naturaleza cosechará destrucción; el que siembra para agradar al Espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna”.

    Siempre es así. Dios perdona nuestro pecado cuando lo confesamos sinceramente ante el trono de la gracia. Pero, tristemente, las consecuencias no se pueden evitar.

Aquí dejamos por hoy. Le espero nuevamente para seguir con nuestro estudio. Que Dios le bendiga.

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