Dios restaura lo que pasó: Terminar el autoengaño (11ª parte)
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Al hablar de reconocimiento de nuestros pecados, podemos tomar el ejemplo en la Parábola del Hijo Pródigo, para encontrar los procesos y el orden que Dios utiliza para la restauración.
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PE3181 – Dios restaura lo que pasó: Emprendiendo el camino de regreso (12ª parte)
Emprendiendo el camino de regreso
Me alegra saludarle nuevamente y compartir con usted una nueva meditación en el salmo 51 de David.
En los versículos 3 y 4 ora a Dios con estas palabras:
Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos;
Para que seas reconocido justo en tu palabra, y tenido por puro en tu juicio.
- B. Meyer, agrega, refiriéndose al salmista:
“Un breve acto de complacencia apasionada, y su carácter se destrozó irreparablemente; su paz se desvaneció; los fundamentos de su reino se pusieron en peligro; el Señor se desagradó, y sus enemigos tuvieron una gran ocasión para blasfemar”.
¿No es horrible lo que le sucedió? Esta experiencia tan oscura, sin embargo, no es patrimonio de David. No estamos exentos de que nos suceda algo parecido. Es mejor que, con toda humildad, lleguemos a la conclusión a la que arribó el mismo salmista en su salmo 39.4: “Sepa yo cuán frágil soy”.
El primer reconocimiento que hace es ante él mismo. Por eso, David dice: “Mi pecado está siempre delante de mí”. Como lo parafrasea Ch. Spurgeon: “Lo pongo ante Ti porque está siempre delante de mí; Señor, apártalo de Ti y de mí”.
Es cierto que David ha caído muy profundamente. Pero también es cierto que, porque es creyente, el Espíritu Santo le ha redargüido de pecado y lo ha reconocido. Si hay algo saludable en la caída de un creyente, es que puede reconocer su pecado. Aquel que no tiene el Espíritu podrá tener algún remordimiento, pero no habrá un reconocimiento y un arrepentimiento hacia Dios.
Martín Lutero escribió:
Esta es la diferencia entre los santos verdaderos y los aparentes: Los santos verdaderos ven sus defectos y que no son lo que deben y quieren ser. Por ello, juzgan, no los errores de los demás, sino los suyos propios. Empero, los otros no reconocen sus debilidades, creyendo, que son lo que deben ser. Siempre se olvidan a sí mismos y son jueces de las transgresiones de los demás. Pervierten este salmo en la siguiente forma: «Reconozco los defectos de los demás y su pecado está siempre delante de mí», porque llevan su propio pecado a sus espaldas y una viga en sus ojos”.
Hasta aquí, no obstante, no ha habido confesión de su pecado. El reconocimiento no es confesión. Admitir el pecado no es confesarlo. Hay una gran diferencia. Judas admitió haberse equivocado entregando a Jesús por unas miserables piezas de plata. Y hasta se arrepintió de haberlo hecho. Pero lo confesó ante los hombres, no ante Dios. La confesión es para aquellos que somos del Señor. No es para convertirnos en cristianos, sino porque lo somos y deseamos la restauración de la comunión con Él.
El arrepentimiento es un cambio de mente que implica varias cosas, tanto en el no convertido, como en el cristiano:
– Una tristeza de origen divino, la tristeza “según Dios”, o que proviene de Dios. Pablo la menciona en 2Corintios 7.9-11 y dice “de que no hay que arrepentirse”, es decir que lleva a cabo su obra: una enmienda decisiva y saludable.
- Un verdadero odio hacia el pecado cometido. Al dimensionar la
pecaminosidad del pecado cometido, provoca un rechazo hacia él y sus consecuencias.
- Una determinación de abandonarlo y de vivir una vida santa, es
decir una verdadera restauración espiritual.
Sin lugar a duda, en el corazón de David se produjeron estos tres sentimientos. El Espíritu Santo había hecho una obra profunda en él.
El segundo reconocimiento es ante Dios. Dice él (v. 4): “Contra ti, contra ti solo he pecado y he hecho lo malo delante de tus ojos”. David reconoce que ha pecado contra Dios. Ha hecho lo malo delante de sus ojos. Notemos que, en los primeros tres versículos, y en el 9 David repite siete veces “mi”, “mis”. Es consciente de su responsabilidad. Pero en el v. 4 reconoce que es Dios el ofendido por su enorme falta. Por eso no encontramos en el salmo que diga “mi Dios”, sino “oh, Dios”. Está delante del Juez.
Aquel que quebranta los mandamientos de Dios, peca contra Dios mismo. Él es siempre el primer ofendido, el primer herido por nuestro pecado. Sus ojos puros y santos quedan afectados cuando contempla nuestra maldad y, especialmente, cuando la cometemos a sabiendas, y livianamente. Habacuc 1.13 nos lo recuerda: “Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver el agravio”.
El pecado fundamentalmente hiere, hace doler el corazón de Dios. Recordamos que el primer pecado del hombre, el que le separó de la comunión con Dios y que fue la causa de que se escondiera de su presencia, motivó la pregunta del Creador: “¿Dónde estás tú?”. No significa que Dios no supiera dónde estaba la obra de sus manos. Es mucho más profundo. Fue como decirle: ¿Qué has hecho? ¿Cómo hiciste lo que hiciste?
Me parece oír al Señor decirme lo mismo, cuando le ofendo con mis pecados. ¿Cómo lo hiciste? ¿Cómo desobedeciste mis leyes? ¿Cómo me diste la espalda? ¿Cómo olvidaste mi amor? Y entonces pienso: ¡Cuán absurdo es el pecado!
John Welch ha escrito:
“Hay una pena de origen divino que lleva al hombre a la vida; y esta pena es obrada en el hombre por el Espíritu de Dios, y en el corazón del que es piadoso; que lamenta el pecado porque ha ofendido a Dios, que es tan tierno y dulce como Padre hacia él. Y aunque no hubiera cielo que perder ni infierno que obtener, con todo, está triste y apenado en el corazón, porque ha agraviado a Dios”.
Ahora bien, ¿por qué dice que ha pecado solo contra Dios? ¿No lo ha hecho contra Betsabé, contra su esposo Urías, contra su pueblo? Sí, es cierto que ha pecado contra ellos, pero la triste realidad es que la ofensa es en primer lugar hacia Dios. En 2S. 12.13, después de que es acusado por Natán, David dice: “Pequé contra Jehová”.
Así se expresó el pródigo: “He pecado contra el cielo y contra ti…”. Primero contra “el cielo”, es decir contra Dios. Luego, contra los hombres. Así dijo también el fiel José ante las insinuaciones de la perversa mujer de Potifar: “¿Cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?”. Aun el impío Faraón se dio cuenta de ello cuando dijo: “He pecado esta vez; Jehová es justo, y yo y mi pueblo impíos”. Así oró Nehemías, reconociendo que el pueblo por el cual oraba había pecado contra Dios, asumiéndolo como propio: “Confieso los pecados de los hijos de Israel que hemos cometido contra ti; si, yo y la casa de mi padre hemos pecado. En extremo nos hemos corrompido contra ti”. Así también Daniel, que, aunque era un hombre justo y recto, se identificó con los pecados del pueblo de Dios, y sus consecuencias: “Los has echado a causa de su rebelión con que se rebelaron contra ti”.
Recordemos: mi pecado, tu pecado es una ofensa a los ojos de Dios. De ese Dios que habita por la fe en nuestro cuerpo, que es su templo. Ah, si tuviéramos plena conciencia de ello. Si, antes de hacer lo malo, tuviéramos la conciencia de que estamos “en la presencia del Señor”, como decían Elías y Eliseo, su temor sería un freno a nuestra liviandad.
Cuando cometemos pecado, ¡Dios, por su Espíritu está presente!
“Es como si cometiéramos nuestro pecado ante él, mientras él observa desde su trono real”.
¿Qué es el temor de Dios? Es saber que es fuego consumidor, y al mismo tiempo que es amor. Por lo tanto, temerle significa temer a ofenderle, a entristecerle, a mancillar su santidad, su gracia, su amor misericordioso. El temor de Dios es el sentimiento de ser conscientes de Su presencia en nosotros.
José María Martínez, a su vez, comentando este versículo del salmo 51, dice:
“Cualquier acción contra nuestros semejantes constituye un delito o una falta; pero es desde la perspectiva divina que esa acción adquiere el carácter de pecado. El delito es un fallo social. El pecado es una caída moral, religiosa. David supo distinguir ambos aspectos en su conducta pecaminosa. Por eso dice: “Contra ti sólo he pecado”.
Dejamos aquí por hoy. En el próximo encuentro veremos una nueva faceta de este precioso salmo 51 y como “Dios restaura lo que pasó”. Mientras, le deseo toda bendición de parte de Dios para su vida.
