Dios restaura lo que pasó: Nuevo pacto (19ª parte)
28 febrero, 2026Autor: Eduardo Cartea
Todos nosotros hemos caído alguna vez, ya sea por inexperiencia o por ceder ante el pecado. Y como hemos escuchado el Señor es fiel y justo para perdonarnos, limpiarnos de toda maldad y restaurarnos. Pero, ¿cómo es el propio sentir y visión para con uno mismo?
DESCARGARLO AQUÍ
PE3189 – Dios restaura lo que pasó: El auto juicio en la restauración (20ª parte)
El auto juicio en la restauración
Hola amigos. En nuestros últimos encuentros hemos estado planteando varias preguntas que, seguramente, alguna vez nos hemos hecho respecto a nuestra relación con Dios a causa de nuestros pecados.
- ¿Hay algún pecado que no me perdona el Señor?
- ¿Cuántas veces me perdona el Señor el mismo pecado?
- Ya que él me perdona ilimitadamente, si sigo pecando y pidiéndole perdón, ¿no es abusar de Su gracia?
- ¿Cuántas veces debo pedir perdón por el mismo pecado? ¿Basta con hacerlo una sola vez?
Y a todas ellas intentamos de dar una contestación, basados en lo que nos enseñan las Sagradas Escrituras.
Nos queda aún un par de preguntas más. Una es esta:
- ¿Es suficiente con confesar mi pecado, pedir y obtener el perdón
divino, o debo restituir el daño cometido?
Bueno, no siempre es posible hacerlo –Dios lo sabe–, pero si lo es, no es suficiente con pedir perdón a Dios y obtenerlo en su divina gracia. También es necesaria la debida restitución. Un ejemplo lo tenemos en Zaqueo, cuando, después de su encuentro de salvación con Jesús, le dijo: “Señor, si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado”. Era lo que estipulaba la ley. En Números 5.6, 7 leemos: “Di a los hijos de Israel: El hombre o la mujer que cometiere alguno de todos los pecados con que los hombres prevarican contra Jehová y delinquen, aquella persona confesará el pecado que cometió, y compensará enteramente el daño, y añadirá sobre ello la quinta parte, y lo dará a aquel contra quien pecó”. David lo sabía bien, a punto de haberlo recordado al censurar, en la parábola de Natán, al hombre que había tomado la única corderita de su vecino. Los “cuatro tantos” que prometía Zaqueo no eran sino la respuesta de un corazón nuevo.
Vivimos un tiempo superior al de la ley, por lo tanto, no se debería hacer menos que lo que ella exigía. No se trata de cantidades, sino de reparar de alguna forma posible el daño que se cometió.
Finalmente, permítame cuestionar una vez más algo que, seguramente nos hemos planteado en alguna oportunidad.
- ¿Debo perdonarme a mí mismo, después que Dios me perdonó?
Antes de intentar una respuesta adecuada, permítame un par de reflexiones a modo de advertencia. Primero, no se trata de ser indulgente con nuestro pecado, de “echarlo bajo la alfombra” o de decir “algún día se va a solucionar”. Debe ser admitido y confesado al Señor para obtener su perdón, la liberación de la deuda y del peso sobre nuestra conciencia. Segundo, no se trata de una “auto disciplina” que nos aleje temporalmente y por nuestra cuenta de la comunión con nuestros hermanos, para luego volver a integrarnos. Si el pecado es de tal magnitud que merece una disciplina por parte de la iglesia, debe ser confesado con toda honestidad a los ancianos o pastores para, humildemente, asumir la responsabilidad del hecho.
Pero, una vez perdonado, y –si el caso lo amerita– cumplida la disciplina, debo también perdonarme a mí mismo. Alguno dirá: ¿No es ser liviano por hacer esto? No, si hemos sido honrados para con Dios y los hombres. No hacerlo, supone un estado de auto condenación y desasosiego permanente, dando lugar al diablo para que anule nuestro gozo, nuestra paz y nuestro ánimo. Muchas veces el ser perdonado no es lo mismo que sentirse perdonado.
Si Dios nos ha perdonado, lo ha hecho, no por mera indulgencia, sino en base al gran costo de la muerte de Cristo, su Hijo. Nuestro perdón ha costado la sangre vertida del Cordero de Dios. Así que, su perdón es instantáneo, completo, incondicional y para siempre. El echa nuestros pecados tras sus espaldas. Eso significa que nunca más vendrán a su memoria. Dice Isaías 38.17: “He aquí, amargura grande me sobrevino en la paz, mas a ti agradó librar mi vida del hoyo de corrupción; porque echaste tras tus espaldas todos mis pecados”. Pero también dice en Miqueas 7.9: “El volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados”. Bendita seguridad de su renovada misericordia y de su perdón absoluto.
Debemos, por lo tanto, una vez que tenemos la certeza del perdón del Señor, y, si es posible, la debida restitución, aprender a perdonarnos a nosotros mismos. De otro modo estaríamos dudando del perdón de Dios hacia nosotros. Es posible que permanezca un sentimiento de vergüenza y hasta de desconfianza de nosotros mismos. Los dos son saludables, porque evitará que seamos desaprensivos o descuidados con nuestros sentimientos o actitudes.
El hecho de no perdonarnos puede hacernos desconfiados de nuestra dignidad para orar, adorar o servir a Dios. Y cuando digo “dignidad”, no es porque seamos dignos por nosotros mismos, porque ¡somos indignos!, pero revestidos con la dignidad de Cristo Jesús.
Además, no perdonarnos cuando debemos, no sería más que un acto de arrogancia. Escribe Erwin Lutzer:
“A la luz de la gracia de Dios, no es más que arrogancia el que nos aferremos a nuestra culpa. (y cita a otro gran escritor como C. S. Lewis, que lo explica así: “Me parece que, si Dios nos perdona, también nosotros nos debemos perdonar a nosotros mismos. No hacerlo sería casi como proclamar que nuestro tribunal es superior al suyo”.
Perdonarnos, debe hacernos humildes. Debe producir en nosotros un sentimiento de humillación. En Ezequiel 16.61 y 63, Dios le recuerda a su pueblo que había caído en pecados dignos de un castigo sin atenuantes: “Te acordarás de tus caminos y te avergonzarás… para que te acuerdes y te avergüences, y nunca más abras la boca, a causa de tu vergüenza, cuando yo perdone todo lo que hiciste, dice Jehová el Señor”.
Christopher Wright lo explica de este modo, referido, particularmente al perdón que el pecador recibe al creer en Cristo, pero se adapta a todo perdón recibido aún en la vida cristiana:
“El propósito de esto no es agriar el gozo por la gracia de Dios y la redención. No es que dios quiera vengarse y desee que su pueblo nunca disfrute de su liberación porque se sentirán demasiado avergonzados para hacerlo. Más bien quiere decir que, aunque Dios borra el pecado de su memoria cuando lo perdona, y aunque podemos con razón “olvidar ciertamente lo que queda atrás”, a pesar de todo eso, nos viene bien recordar de qué hemos sido salvados, pues ello aumentará nuestra gratitud y nuestro gozo al pensar en la gracia salvadora de Dios. La vergüenza surge en nuestro interior cuando nos damos cuenta de que el juicio de Dios es justo y que su salvación es eternamente fruto de su gracia increíble, no de nuestros méritos”. Y agrega:
“La gracia del perdón no va a producir solamente gozo en el presente, sino también vergüenza por el pasado…. Pero existe además otra clase de arrepentimiento más profundo que nace de un conocimiento más maduro de la gracia de Dios en nuestra vida- Es un arrepentimiento ligado a un sentimiento de profunda vergüenza a medida que uno recuerda sus pecados pasados, no con morbo y condenándonos a nosotros mismos una y otra vez, sino con infinita gratitud al reconocer que han sido clavados en la cruz y luego enterrados en el fondo del mar por la gracia de Dios. Cuando en el vivir cotidiano soy bendecido con palabras de aprecio o de alabanza, he tomado el hábito de recordarme a mí mismo interiormente o de forma audible que “soy un pecador salvado por gracia, nada más”. Cuando observamos la caída o degradación de otro ser humano, no importa lo repulsivo que sea su pecado, sigue siendo de enorme valor el antiguo dicho: “Ahí estaría yo, de no haber sido por la gracia de Dios”. Como dice un proverbio cristiano de África, caminamos sobre dos piernas: la gracia y el perdón”.
Finalmente, el hecho de ser perdonados y, con responsabilidad, sentirnos perdonados, debe también hacernos sentir agradecidos y libres para vivir en la presencia y poder del Espíritu Santo y en franca comunión con nuestros hermanos en la fe.
Nuestras experiencias, por tristes que sean, pueden ser un motivo de bendición para otros. Jesús le dijo a Pedro, cuando le anticipó su caída, su negación: “Y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos”. Si nuestras derrotas pueden ser para advertir, para restaurar, para confirmar a otros, no serán en vano y traerán gloria al nombre del Señor.
Por hoy me despido de usted, esperando que Dios le bendiga grandemente.
