Preguntas cruciales sobre el cristianismo (1ª parte)

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Autor: Tom Short

Un recorrido por cinco preguntas básicas sobre la fe cristiana, que pocas veces son respondidas adecuadamente: evidencias de Dios, Biblia, propósito de Jesucristo, vida cristiana.


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PE2381 – Estudio Bíblico
Preguntas cruciales sobre el cristianismo (1ª parte)



¡Amigos! ¿Cómo están? En el programa de hoy estaremos comenzando una nueva serie en la que trataremos de dar respuestas lógicas a cuestionamientos frecuentes que las personas se hacen en torno a la figura de Dios. Existe la percepción general de que quienes manifiestan haber encontrado algo que les da paz interior, seguridad y felicidad, sus creencias simplemente no resistirían ser analizadas en profundidad intelectualmente. ¡Nada se aleja más de la verdad! Si usted nos acompaña a través de estas reflexiones, me enfocaré en estas preguntas cruciales que la sociedad se plantea sobre el cristianismo y le proporcionaré las razones para creer en Cristo, razones que tal vez nunca haya considerado.

Quizás en este momento usted esté pensando, “¿De qué se trata esta conversación sobre la razón? Pensé que el cristianismo se basaba en la fe. ¿No es que la razón y la fe incompatibles?” En realidad no lo son. Es cierto que una persona necesita fe para ser cristiano. La Biblia dice en Hebreos 11:6 que “sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan”. Fe es creer o confiar en alguien o algo que nunca has visto. Sin embargo, eso no significa que la fe sea contraria a la razón, la lógica y las pruebas.
De hecho, la fe verdadera, con frecuencia, es muy razonable y se basa en sólida evidencia. El cristianismo es la religión de una persona que piensa. No nos llama a ser ingenuos o crédulos, por el contrario, apela tanto a nuestra mente como a nuestro corazón. ¡Después de todo, Dios nos ha dado un cerebro e intenta que lo usemos!

Amigo, permíteme explicarte esta idea con un ejemplo: Imagina que te encuentras en el décimo piso de un edificio, suena la alarma de incendio y te encuentras con que la escalera está bloqueada por el fuego. Te encierras en un departamento, abres la ventana y tienes dos opciones: puedes recordar aquella frase que te enseñaron en la iglesia cuando eras un niño, “si crees con suficiente fuerza, puedes hacer lo que te propongas”. Entonces te propones saltar y aletear con todas tus fuerzas convencido de que podrás volar. Sin embargo, todos sabemos que no importa la intensidad con la que aletees, ni con cuanta fuerza lo creas posible, si saltas de la cornisa, estarás saltando a tu muerte. Toda la fe del mundo no te habilitará para volar. Te aseguro que esta no es la clase de fe que Dios quiere que poseas. La otra opción que tienes es que te dirijas a la venta y que allá abajo se encuentre una enorme red que extendieron los bomberos. Junto a la red un bombero te anima a saltar prometiendo atraparte. Ahora te enfrentas a una decisión que probará tu fe, no tu fe en Dios, sino fe en los bomberos. Estás dejando tu vida en sus manos, y no lo harías sin fe o confianza en ellos.

Al considerar la fe dentro de este contexto verás, amigo, que muchas de nuestras acciones diarias dependen de la fe, o confianza que depositamos en otros. Casi toda interacción humana implica fe. Sí, debes tener fe para muchas interacciones, pero no hay nada más razonable que tener fe en Dios, y a continuación quisiera explicarte por qué.

La primera pregunta que muchos nos hacemos es: ¿Realmente hay evidencia de que Dios existe? Frente a esto muchos se preguntan cómo es que se puede creer en algo que nunca se ha visto, oído, olido, gustado o tocado.

La realidad es que todos nosotros creemos en la existencia de muchos elementos que no hemos percibido personalmente por cualquiera de nuestros sentidos. En este preciso momento, te encuentras rodeado de ondas de radios cuya existencia nunca notarías si confiases solamente en tus cinco sentidos naturales. ¿Has visto un átomo alguna vez? ¿Qué hay de la fuerza gravitatoria? ¿De igual modo, has visto alguna vez el viento? Creemos en los acontecimientos históricos porque otras personas informaron que sucedieron, no porque los hayamos visto por nosotros mismos. Ciertamente, la mayor parte de lo que entendemos sobre historia, geografía, ciencia (aún hechos de la actualidad) lo conocemos en base a la declaración de alguien más, en lugar de nuestra observación personal. Asimismo, como existe evidencia sobre la presencia de ondas de radio, de la fuerza gravitatoria, del viento, uno debe preguntarse si se halla evidencia sobre la existencia de Dios. Yo creo que hay. ¿Por qué digo esto?

Amigo, ¿alguna vez te encontraste con un relojero? La mayor parte de nosotros no lo ha hecho, pero aún así sabemos que los relojeros existen. ¿Cómo lo sabemos? Observas tu muñeca, percibes el reloj y llegas a la conclusión de que este maravilloso y pequeño instrumento fue fabricado por alguien. No importa si te has encontrado con su diseñador o no; el producto demuestra que él existe. De este mismo modo la creación demuestra que existe un creador.

Ésta es una de las leyes científicas más básicas: la ley de causa y efecto. Sin embargo, mirar la creación nos dice más que meramente un creador existe. Nos cuenta acerca del Creador. Considera, por ejemplo, que la primera causa del espacio ilimitado debe ser infinita. La primera causa de energía inagotable debe ser omnipotente. La primera causa de complejidad infinita debe ser omnisciente. Y la primera causa del tiempo incalculable debe ser eterna. De pronto, comenzamos a reconocer cómo debe ser este creador: infinito, todo poderoso, que todo lo sabe y eterno.

Desafortunadamente, hay muchos que aun así no se conforman con esta evidencia, e insisten en que todo lo existente provino de la evolución y el azar. Aunque no quiero indagar en los detalles más específicos de la disputa entre evolución y creación en este momento, basta decir que la mayoría de las personas que alguna vez conocí que creen en la evolución, aún así creen que Dios tuvo que haber guiado el proceso. Después de todo, considere las posibilidades de que la vida se forme por sí misma. Los científicos han propuesto algunas ilustraciones fascinantes al respecto: Por ejemplo, el gran astrofísico Fredrick Hoyle afirma que la vida constituyéndose por sí misma sería ¡menos probable que un tornado pasando por una chatarrería y formando 747 aviones!

En realidad, todos los naturalistas puros (quienes creen que la evolución explica nuestros orígenes sin la intervención de Dios) tienen algunas preguntas difíciles por responder. Por ejemplo, al observar la naturaleza comprendemos que la materia tiende a desordenarse con el tiempo (eso se llama principio de entropía). Si el mundo se creó sin ninguna intervención, ¿entonces cómo hizo la materia para organizarse adecuadamente por sí misma? ¿Y cómo hizo la materia inorgánica para cobrar vida? ¿Contamos con evidencia real de que esto haya sucedido alguna vez?

Otra evidencia de que Dios existe se relaciona con el hecho de que todas las culturas conocidas creían y creen en alguna clase de ser espiritual superior. Sin lugar a dudas, es razonable preguntarse si toda la humanidad podría creer universalmente en algo que meramente no estaba allí. La mayoría de las personas contemplarán lo posible, no lo imposible. El hecho de que la vasta mayoría a través de la historia haya contemplado a Dios y la vida después de la muerte para mí es evidencia de que ambos son reales.

A la vista de todo esto que estuvimos conversando, amigo, creo que ser ateo implica sostener una posición irracional e intelectualmente indefendible. El ateo insiste en negar aquello que otros aseguran sentir o vivir, y lo hace sin tener manera de comprobar la inexistencia de Dios. Ante este sentido de irracionalidad, el gran ateo Isaac Asimov reconoció en una oportunidad: “Por años traté de ser ateo por razones intelectuales. Finalmente, me di cuenta de que es imposible. Por lo tanto, me volví un ateo por razones puramente emocionales”. Y ¿cuáles son esas “razones emocionales” para negar lo que no podía refutar intelectualmente? Asimov no lo explicó. Quizá sintió que Dios lo había maltratado, decepcionado o que no lo amaba. Tal vez sabía que creer en Dios significaría admitir que tenía algunas responsabilidades morales que no quería enfrentar. ¿Quién sabe, amigo? Lo importante es asegurarse de no dejar que una “razón emocional” le refrene a usted de reconocer que Dios existe.

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