Dios restaura lo que pasó: La justificación y qué honra a Dios (30ª parte)

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Autor: Eduardo Cartea

Una de las cosas que dividen a la comunidad cristiana, es el valor y el papel que tienen los esfuerzos y las obra en el propósito de Dios y el proceso de restauración. La conclusión a la que se llega en este programa puede sorprendernos para despertar y liberación en nuestras vidas.


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PE3199 – Dios restaura lo que pasó: La justificación y qué honra a Dios (30ª parte)



La justificación y qué honra a Dios

Queridos amigos, aquí estamos nuevamente en este espacio que nos invita a meditar en la Palabra de Dios. Seguimos buceando en el Salmo 51, esta preciosa poesía de David que nos recuerda su experiencia de caída y restauración.

Al fin de su confesión y de obtener el perdón de Dios, David -recordando su tragedia- ruega al Señor diciéndole:

 

Líbrame de homicidios, oh, Dios, Dios de mi salvación (v. 14 a).

Lo que había hecho David era gravísimo: un homicidio. Pero no solo fue quitar alevosa y premeditadamente la vida de una persona. Deshonró a una mujer, mató a un hombre inocente y fiel, destruyó un hogar, escandalizó a un pueblo, hizo que sus enemigos blasfemaran el nombre de Dios. ¡Gravísimo! ¡Cuánto habrá llorado David! ¡Cuánto habrá recordado al fiel Urías y habrá sufrido por la pérdida de su hijo, como castigo divino por su pecado!

Dios permitió que se uniera a Betsabé, y aunque su primer hijo no vivió, le consoló con su segundo, nada menos que Salomón “a quien amó Jehová”, como dice el 2º. Libro de Samuel 12.24. Volvió a honrar su posición de líder, acompañando a su pueblo a la batalla. Pero del homicidio no hubo reparación. Urías murió. Fue muerto en forma infame por David. Solo le quedaba, entonces, pedir a Dios que no permitiera su repetición.

La reincidencia en una caída, que, lamentablemente siempre es posible, destruye el testimonio. Es necesario que los que son restaurados sigan atentos y contritos, velando y orando para no caer en tentación.

 

Cantará mi lengua tu justicia. Señor, abre mis labios, y publicará mi boca tu alabanza (v. 14b, 15).

El salmista desea renovar su costumbre santa de alabar a Dios, de cantar al Señor. Era su alegría, su verdadera pasión. Cuando tomaba el arpa y desprendía de ella las melodías sagradas, su espíritu se encendía y su boca se llenaba de alabanzas. Los salmos de este exquisito poeta son producto de sus experiencias, luchas, triunfos, derrotas y conquistas. Pero siempre hay una tónica: cantar al Señor, publicar sus alabanzas, elevar himnos a Aquel que es su Dios, su roca, su fortaleza, su pastor, su refugio, guía y sostén. Su libertador y perdonador. Aunque no todos los salmos son de David, las expresiones referidas a alabar o cantar al Señor se repiten en ellos más de 150 veces. La palabra Aleluya, que significa en hebreo “alabad al Señor”, otras 22 veces más. Las expresiones de gozo y alegría más de 30 veces. Por esto, podemos ver que la canción gozosa ocupa un gran lugar en la experiencia de los salmistas, particularmente de David.

Pero, naturalmente, durante el tiempo de sequía espiritual, sus labios estaban cerrados. Recién como resultado del perdón puede con libertad pedir a Dios que abra su boca para alabarle.

El pecado impide la alabanza. El salmo 137 nos ilustra esta verdad. El pueblo de Dios está en el exilio. Han sido llevados de su tierra, salvo un pequeño remanente, y allí están los cautivos junto a los ríos de Babilonia, sentados y llorando, acordándose de Sión, de su amada ciudad de Jerusalén, del templo, de sus hogares, de su pueblo. Habían llevado sus arpas, pero las colgaban de los sauces. Y los que les habían conducido en cautiverio, los que habían asolado sus ciudades, les pedían que cantaran las canciones de su tierra. ¡Y, además, con alegría! Entonces dicen con profunda nostalgia (v. 4): “¿Cómo cantaremos cántico de Jehová en tierra de extraños?”. No hay canción, ni gozo, ni alegría en la provincia apartada.

Jeremías, desde la desolada Israel, escribe en sus Lamentaciones: “Cesó el gozo de nuestro corazón. Nuestra danza se cambió en luto. Cayó la corona de nuestra cabeza, ¡Ay, ahora de nosotros! Porque pecamos. Por esto fue entristecido nuestro corazón. Por esto se entenebrecieron nuestros ojos”.

Ezequiel, en el exilio, junto al río Quebar, y en medio de los cautivos, escribe: “… Fui en amargura y en la indignación de mi espíritu… y me senté donde ellos estaban sentados, y allí permanecí siete días atónito entre ellos”.

 

“La alabanza nace de un corazón plenamente satisfecho con Cristo, y que anda aquí en el mundo a la luz de su presencia, siéndole agradable en todo y experimentando el gozo de la salvación”.

 

Así que, David pide a Dios que abra sus labios para que pueda alabarle. Es tarea de la misericordia divina. Transformar el pecado en alabanza.

Dice Robert L. Plummer:

“Grandes misericordias demandan grandes cánticos”:

Agrega Alexander Maclaren:

“La alquimia del amor divino puede extraer dulces perfumes del arrepentimiento y alabanza de la suciedad del pecado”.

El Comentario Mundo Hispano para este versículo añade:

 

“Para el salmista, como para el creyente hoy, una nueva reconciliación con Dios y una nueva limpieza dirige a un compromiso renovado y más profundo. En este nuevo compromiso el salmista promete testificar (v. 13), predicar (vv. 14, 15) y alabar (v. 15)”.

 

La alabanza es un sacrificio que Dios espera. El salmo 50.14 dice: “Sacrifica a Dios alabanza, y paga tus votos al Altísimo”. Hebreos 13:15: “Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre”.

Cuando un creyente, como recita el salmo 40, es sacado del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso, y Dios pone sus pies sobre la peña y endereza sus pasos, también pone en su boca canción nueva, alabanza a Dios. Pero también, ese cambio lo verán muchos, se sentirán conmovidos y confiarán en el Señor.

 

Escribe Ch. Spurgeon:

 

“Observa cómo dice en el versículo 14: Oh, Dios, Dios de mi salvación”. No se había atrevido a llegar tan cerca antes. Hasta ahora había dicho sólo ¡oh, Dios! (vv. 1, 10), pero ahora exclama: “Oh, Dios de mi salvación”. La fe aumenta con el ejercicio de la oración. Confiesa su pecado de modo más claro en este versículo que antes, y, con todo, trata a Dios con más confianza; el ir hacia arriba y al mismo tiempo hacia abajo es algo perfectamente compatible. Nadie sino el rey puede remitir la pena de muerte; por tanto, es un gozo para la fe que Dios sea el Rey, y que Él sea el autor y consumador de nuestra salvación.

Y mi lengua cantará tu justicia. Uno podría más bien haber esperado que dijera: «Y mi lengua cantará tu misericordia»; pero David puede ver el camino divino de la justificación, esta justicia de Dios de la que Pablo habló más tarde, por la cual los impíos son justificados, y promete cantar, sí, y cantar con gozo sobre los caminos de la misericordia justa”. 

 

 

Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría; no quieres holocausto. Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado. Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh, Dios (v. 16, 17).

Es como si dijera: “Señor, acepta mi corazón quebrantado y humillado que te ofrezco, en vez de sacrificios u holocaustos”.

Es común que el hombre quiera compensar sus faltas ante Dios con sacrificios. Desde Caín, que trajo de lo mejor de su tierra labrada, el principio se mantiene. Los paganos de todos los tiempos y latitudes procuran aquietar la ira de sus dioses ofreciéndoles sus ofrendas. Incluso en la religión romana, es parte de su doctrina –tan ajena a la Biblia– el principio de hacer “buenas obras” para satisfacer a Dios y lograr la salvación está presente, porque anida en la naturaleza caída del hombre. El Señor dice a su pueblo rebelde y extraviado en cultos ajenos a la adoración del único Dios verdadero en Isaías 1, 11-14:

¿Qué les hace pensar que yo deseo sus sacrificios? —dice el Señor—Estoy harto de sus ofrendas quemadas de carneros y de la grasa del ganado engordado. No me agrada la sangre de los toros ni de los corderos ni de las cabras. 12 Cuando vienen a adorarme, ¿quién les pidió que desfilaran por mis atrios con toda esa ceremonia? 13 Dejen de traerme sus regalos sin sentido. ¡El incienso de sus ofrendas me da asco! En cuanto a sus celebraciones de luna nueva, del día de descanso y de sus días especiales de ayuno, todos son pecaminosos y falsos. ¡No quiero más de sus piadosas reuniones! 14 Odio sus celebraciones de luna nueva y sus festivales anuales; son una carga para mí. ¡No los soporto!”.

Claro, ¿verdad? Dios no necesitaba sus sacrificios. Ni necesita los nuestros. Lo que desea es un corazón obediente.

 

Dejamos aquí nuestra meditación, esperando reencontrarnos en nuestra próxima edición. Mientras, que el Señor le bendiga ricamente.

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