Dios restaura lo que pasó: No rechaza a quien le busca (27ª parte)
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En el Salmo 51, David, el rey y cantor de Israel, acude en dolor y arrepentimiento a Dios. Una de las peticiones que realiza es que un: Espíritu noble le sustente. Pero, ¿qué es exactamente lo que está pidiendo?
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PE3197 – Dios restaura lo que pasó: No rechaza a quien le busca (28ª parte)
No rechaza a quien le busca
Hola amigos. Hemos oído a David en su salmo 32: “Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día, se volvió mi vigor como sequedades de verano”, y hemos visto las consecuencias tremendas, los efectos desastrosos por la falta de confesión del pecado. Pero, no obstante, miremos cómo comienza y termina este salmo:
En su versículo 1: Dichoso aquel cuya transgresión ha sido perdonada y cubierto su pecado.
En su versículo 11: Alegraos en Jehová y gozaos justos, y cantad con júbilo todos vosotros los rectos de corazón.
Son la dicha del perdón y el gozo de la restauración que Dios en su misericordia y gracia dan a todo aquel que se humilla en Su presencia.
¿Nos damos cuenta? Cuando el pródigo regresa al hogar, hay alegría y fiesta. El pecado acarrea tristeza, derrota, lágrimas. Pero el perdón es liberación, descanso y gozo plenos.
En Hebreos 12 se nos habla de la disciplina de Dios hacia sus hijos. Cuando el creyente no se disciplina a sí mismo mediante el arrepentimiento y la confesión, Dios aplica Su disciplina a la vida. Leemos en los versículos 11-13: “Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados. Por lo cual, levantad las manos caídas y las rodillas paralizadas; y haced sendas derechas para vuestros pies, para que lo cojo no se salga del camino, sino que sea sanado”.
En la segunda parte del versículo 12 del Salmo 51, David dice: Espíritu noble me sustente.
Se trata de su espíritu. Noble, en hebreo significa: libre o liberal, generoso, voluntario. La idea es de ofrecer u ofrecerse voluntariamente. Es decir, habla de una renovada consagración, “de una pronta devoción o dedicación”.
También puede ser traducido como “espíritu obediente”. Y es exactamente lo que necesitaba el rey salmista. Un espíritu dispuesto a obedecer la ley divina, a andar conforme a su voluntad.
Pero aun el concepto de “noble” es válido, pues, paradójicamente, si algo no fue un hombre noble como David, es, justamente, ser noble. No lo fue con su pueblo. Tampoco con Betsabé. Mucho menos con Urías. Y para nada con Dios. Por lo tanto, si algo necesitaba ese hombre que se destacaba por esa virtud, era justamente un “espíritu noble”.
Uniendo las dos frases del versículo 12, David oraba a Dios para que le restaurara el gozo de una vida consagrada a Dios.
Estos ruegos de los versículos 10 al 12 son una verdadera bisagra en el salmo. Constituyen ese gran momento que se llama “restauración”. Y ese es el resultado del perdón alcanzado por gracia.
No hay bendición más grande, dicha más plena, paz más profunda que saber que el Señor ha perdonado nuestro pecado. Qué alivio produce en el corazón y la conciencia. Cuántas lágrimas hemos vertido cuando así sucedió, y no de pena, sino de gozo. Sabernos perdonados, “aceptos en el Amado”, recibidos a misericordia. Saber que nuestra deuda fue cancelada, que nuestro pecado ha sido borrado, es una bendición inigualable.
Para el pródigo, verse abrazado, devuelto a la condición de hijo, limpio, vestido, calzado, con el anillo de la dignidad en su mano y sentado a la mesa en la fiesta del retorno, habrá sido una emoción tan inexplicable, que le hizo olvidar la provincia apartada, los años de vivir perdidamente, de haberlos desperdiciado, el desprecio de sus amigos, la soledad, el hambre y el frío, y el indigno hedor de los cerdos.
Podemos experimentar el mismo gozo. La misma paz. El perdón de Dios es cierto, amplio, completo. Nos emociona leer en el salmo 103. 8-12 estas sublimes palabras:
“Misericordioso y clemente es Jehová; lento para la ira, y grande en misericordia. 9. No contenderá para siempre, ni para siempre guardará el enojo. 10. No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades,
Ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados. 11. Porque como la altura de los cielos sobre la tierra, engrandeció su misericordia sobre los que le temen. 12. Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones”.
Dice W. MacDonald en su comentario a este versículo: “Porque este es este, y oeste es oeste, y jamás se encontrarán”, así el creyente y sus pecados jamás se encontrarán. Aquellos pecados han sido alejados para siempre de la vista de Dios, por un milagro de amor”.
Además, leemos en Isaías 38.17: “He aquí, amargura grande me sobrevino en la paz, mas a ti agradó librar mi vida del hoyo de corrupción; porque echaste tras tus espaldas todos mis pecados”. La expresión “tras tus espaldas” significa sencillamente que Dios se olvida de nuestros pecados. No solo libra nuestra vida del hoyo de corrupción, nos saca del “lodo cenagoso”, quita la amargura que el pecado produce en la vida, sino que, además perdona y olvida nuestros pecados, afirma nuestros pies sobre la Roca inconmovible y luego pone una canción nueva en nuestros labios, como recita el Salmo 40.
Cuando el padre recibió al pródigo, no creo que haya reparado tanto en sus palabras de confesión, como habrá gozado el estrecharle otra vez entre sus brazos. La confesión fue necesaria. Pero el amor cubre “multitud de pecados”.
Así que cuando Dios perdona, su perdón es infinito, se olvida de nuestros pecados y los echa en lo profundo. Dice Hebreos 10.1: “Nunca más me acordaré de sus pecados”. ¡Maravillosa gracia! ¡Amor incomparable!
Podemos y debemos disfrutar de la paz y la dicha de su perdón. Muchas veces, nosotros no olvidamos, porque no es fácil olvidar nuestros pecados. Vez tras vez vuelven a aparecer, para hacernos recordar nuestra fragilidad, nuestro corazón rebelde, nuestra carne siempre maligna. Pero, aunque ese aguijón nos recuerde lo que somos, no debemos anclarnos en el pasado. De otro modo, Satanás usará nuestra conciencia para acusarnos y esos pensamientos paralizarán nuestra vida.
Podemos tener la certeza de que Dios puede perdonarnos. Juan lo dice con autoridad: “La sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado; “Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos de nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad”.
Al tener la certeza de ser perdonados, resta cumplir lo dicho por el apóstol Pablo: “Olvidando ciertamente lo que queda atrás, extendernos a lo que está adelante, proseguir hacia la meta, hacia “el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”.
Joyce Meyer escribe:
“Una vez que hemos confesado nuestros pecados y rogado por el perdón de Dios, si continuamos arrastrándolos hacia Él cada vez que nos acercamos en oración, le estamos recordando acerca de algo que Él no solo ha perdonado, sino que ya ha olvidado”.
Conozco un hermano que vive de viejos recuerdos. No ha podido olvidar su pasado, cargado de fracasos, y, lejos de gozarse en el perdón del Señor, su corazón muchas veces está lleno de amargura. Y eso mismo es un freno para el desarrollo pleno de su vida espiritual.
Tal vez, estés envuelto en un pecado, que, aunque no revista la gravedad del de David, es pecado al fin. Llévalo a la presencia del Señor, con humilde arrepentimiento. Confiésalo con sinceridad. Recibe su perdón. Y luego comienza una nueva etapa. Que solo el recuerdo sea una luz de alarma para no volver a caer. Pero pide al Señor una renovación completa de tu mente y corazón. Pon nuevamente la mirada en Jesús y alaba al Señor porque fuiste recibido. Hay mucho por hacer. Hay mucho por crecer. Hay mucho por honrar a Dios. Dios te ama, y te espera. Recuérdalo cada día.
El autor a la epístola a los Hebreos en su capítulo 13, vv. 20, 21 nos dice: “Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén”.
La palabra “aptos” es un término griego, cuyo significado es restaurar, completar, hacer útil, perfeccionar.
Le dejo esta reflexión: Eso es lo que Dios quiere hacer por medio de Su Espíritu: hacernos aptos para toda buena obra, para hacer su voluntad, para hacer lo que es agradable a Él. Permitamos que así lo pueda hacer para experimentar, como David, el gozo de su restauración.
Le saludo hasta nuestro próximo encuentro. Dios le bendiga ricamente.
