Dios restaura lo que pasó: Terminar el autoengaño (11ª parte)

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Autor: Eduardo Cartea

El reconocimiento del pecado es mirarlo de frente y no omitirlo. Admitiéndolo delante de Dios, pero también debe haber un profundo entendimiento de cómo se llegó, cometió y las consecuencias del pecado. Nada de esto condiciona que la sangre de Jesucristo nos limpia y nos libra de todo pecado, pero en nuestra caminata con el Señor fallaremos muchas veces y con todo Él prometió estar con nosotros hasta el fin del mundo.


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PE3180 – Dios restaura lo que pasó: Terminar el autoengaño (11ª parte)



Terminar el autoengaño

David escribió en su salmo 51, versículos 3 y 4 lo que es un verdadero reconocimiento de su pecado ante Dios.

  1. “Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí. 4. Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos; para que seas reconocido justo en tu palabra, y tenido por puro en tu juicio”.

 

Lola es una perrita “Golden Retriever” que tenemos en casa. Si creyera que los perros van al cielo –como algún escritor fantaseó–, un día la vería; (¡lástima que no van!). Es lo más bueno, fiel y dulce que se puede imaginar. Pero hay momentos, cuando ve a alguien desconocido llegar a casa, o algún gato, o perro, que interpreta puede ser un adversario, se enciende en ira y hasta su rostro cambia. Sin duda, le sale la fiera que está dentro de ella. Deja de ser dulce y se vuelve… lo que es: un perro. No es distinto a lo que a los seres humanos nos ocurre. También le ocurrió a David. La fiera de su naturaleza caída surgió cuando menos lo esperaba, aun siendo consciente de ello.

Por cierto, en el mundo invisible hay una intensa lucha por nuestra alma. El cielo y el infierno están en pugna por ganar nuestros sentimientos y voluntad. No nos damos cuenta, pero sin saber, estamos involucrados en ella y muchas veces, nuestra propia propensión al pecado es el enemigo que no podemos vencer.

Me recuerda el título de un libro que escribió el buen hermano y amigo Milton Ortega, de Quito, Ecuador: “El monstruo que llevo dentro”, y que define como nuestra carnalidad.

David había ganado innumerables batallas. Los filisteos, especialmente, habían sabido lo que era su espada victoriosa. No le asustaban sus tropas, ni su gigante, ni sus expertos en armas. Pero el enemigo más grande no era un ejército, sino una sola persona. ¡Y se llamaba David!

En estos dos versículos del salmo 51, David hace un gran reconocimiento. Abre su corazón y confiesa lo que verdaderamente él es.

 

El primer reconocimiento es ante él mismo. David dice en el v. 3: “Yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí”. El yo es muy enfático. Responde a una verdadera introspección. Su auto inculpación es como decir: “Yo sé lo que hice y sé que yo lo hice”. Así que, se ve a sí mismo culpable, y con dos consecuencias: una, que su acción ha quedado registrada en la presencia de Dios, y otra, que eso mismo es para él una verdadera carga, un peso sobre su conciencia (Salmo 32.3, 4).

Lo que ha hecho es absolutamente indigno, aberrante, vergonzoso, despreciable, repulsivo. Pero no le echa las culpas a otro; asume su responsabilidad, hace una verdadera mea culpa.

La apelación del profeta Natán es muy fuerte, cuando dice a David (2 Samuel 12.9): ¿Por qué, pues, tuviste en poco la palabra de Jehová, haciendo lo malo delante de sus ojos? A Urías heteo heriste a espada, y tomaste por mujer a su mujer, y a él lo mataste con la espada de los hijos de Amón”. Fue como decirle: ¿Por qué te has burlado del Señor haciendo lo que él reprueba?, ¿por qué faltaste a tu juramento de fidelidad ante Dios, pecando contra Él?

La expresión “mi pecado está siempre delante de mí”, significa que su conciencia siguió acusándole, aun cuando Dios ya le había perdonado, y puede traducirse también como “está delante de mis ojos”, “no se borra de mi mente”, “día y noche me persigue”. En el Salmo 38, el mismo David lo dice con palabras muy enfáticas: “mis iniquidades” (v. 4); “mi locura” (v. 5); “mi plaga” (v. 11). “Yo estoy a punto de caer, y mi dolor está delante de mí continuamente. Por tanto, confesaré mi maldad, y me contristaré por mi pecado” (v. 17, 18). La comprensión de su maldad fue como un aguijón clavado en su mente, en su corazón. Una herida constante, un sentimiento de dolor punzante que no le dejaba. Solo tenía alivio si era confesado con profunda tristeza. Esa tristeza de la que habla Pablo cuando en 2 Corintios 7.10, dice que la tristeza que viene de Dios lleva al arrepentimiento.

Este reconocimiento es, aunque doloroso, saludable y absolutamente necesario para luego confesarlo y obtener el perdón. Nos recuerda la parábola de Jesús del fariseo y el publicano en el templo. Mientras el primero se ufanaba lleno de soberbia de “no ser como los demás hombres”, el publicano, que no quería ni siquiera alzar sus ojos al cielo, decía orando en el templo: “Dios, sé propicio a mí, un pecador”.

 

¡Ah!, mientras que no dimensionemos la enormidad de nuestra falta, seguido de un sincero arrepentimiento, tampoco la confesaremos adecuadamente ante el Señor y, por lo tanto, nunca alcanzaremos el perdón y la limpieza de nuestro pecado. ¡Cuán necesario es!

Ese sentimiento de culpabilidad hizo exclamar a Job: “Sólo de oídas te conocía, pero ahora te han visto mis ojos. Por eso me retracto y me arrepiento echado en el polvo y la ceniza”. A Jeremías: ¡Ay de mí, por mi quebrantamiento! mi llaga es muy dolorosa. Pero dije: Ciertamente enfermedad mía es esta, y debo sufrirla”. A Pedro: “Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador”.

Es muy peligroso no oír la voz de Dios señalándonos nuestro pecado. David dejó escritas en su salmo 19.8 estas palabras: “El precepto de Jehová es puro, que alumbra los ojos”. Y agrega en los vv. 12 y 13: “¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos. Preserva también a tu siervo de las soberbias; que no se enseñoreen de mí; entonces seré íntegro, y estaré limpio de gran rebelión”. Job dijo palabras muy parecidas en 13.23: “¿Cuántas iniquidades y pecados tengo yo? Hazme entender mi transgresión y mi pecado”. Y agrega en 34.32 algo que deberíamos recordar en forma permanente: “Enséñame tú lo que yo no veo; si hice mal, no lo haré más”.

Reconocer nuestro pecado es una condición sine qua non para que Dios lo perdone. Si no lo hacemos, Dios nunca nos podrá perdonar. El pecado quedará infectando la vida.

A veces entra un virus en nuestra computadora. El programa que lo remueve, que lo limpia, nos advierte: “Hay un virus, ¿usted quiere removerlo?”. En caso de que aceptemos, reconociendo que el dispositivo está infectado, el antivirus comienza a actuar. De otro modo no lo hará.

 

Hasta ahí David no había reparado en él. Dios lo conocía. Él también, pero no lo reconocía. Era consciente de lo que había hecho, y nadie lo había empujado, nadie lo había obligado a hacerlo; al contrario, lo había hecho con toda premeditación, sin embargo, el pecado suele tener esa particularidad: obnubila nuestra visión y embota nuestros sentimientos. Así suele ser la tentación en nuestras vidas.

  1. Hallesby lo expresa muy gráficamente:

 

“El aspecto anormal de la vida del alma se manifiesta con la mayor claridad en la hora de la tentación, no tan solo en nuestros sentimientos, sino también en nuestro intelecto y en nuestra voluntad. En nuestros sentimientos se inflama un furioso deseo por las cosas prohibidas. Por el momento esas cosas nos parecen más importantes y valiosas que cualquier otra cosa en el mundo.

Intelectualmente, la tentación nos afecta, no solo debilitando nuestro poder de discernimiento moral, sino también nuestro discernimiento intelectual. Nuestra capacidad normal de discernir los valores desaparece, y el pecado parece ser cada vez menos peligroso. Desaparecen todos los frenos del entendimiento. Las personas más inteligentes pueden cometer los hechos más increíblemente necios en la hora de la tentación, hechos de los cuales a menudo se arrepienten luego por el resto de su vida.

La tentación tiene también un efecto paralizante sobre nuestra voluntad. Todas nuestras buenas resoluciones, tomadas en el curso ordinario de los hechos, se derriten como cera ante el calor y desaparecen de entre nuestros dedos.

La tentación nos hace débiles y endebles, Nos asemejamos a un hombre ebrio, que intenta levantarse por sí mismo, pero que solo logra rodar por el suelo… Para tratar de fortalecer o defender nuestros deseos tratamos de darles un fundamento lógico… No nos preocupa tanto defender la verdad, sino nuestros propios deseos en el asunto… La hora de la tentación se ha convertido a menudo en la gran humillación de nuestra vida”.

 

En nuestro próximo encuentro, seguiremos hablando de este tema. Me despido, deseando que el Señor le bendiga.

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