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Autor: Esteban Beitze

El relato de la vida de Josué, reafirma muchas cosas que nos llevan a ver que la Palabra de Dios es coherente y vigente en su mensaje.


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PE3126 – Josué (24ª parte)



 

En nuestro estudio consecutivo de la vida y el libro de Josué, llegamos al pasaje más conocido del mismo. En Josué 1:6-9 Dios le ordenó a Josué: “Esfuérzate y sé valiente; porque tú repartirás a este pueblo por heredad la tierra de la cual juré a sus padres que la daría a ellos. Solamente esfuérzate y sé muy valiente, para cuidar de hacer conforme a toda la ley que mi siervo Moisés te mandó; no te apartes de ella ni a diestra ni a siniestra, para que seas prosperado en todas las cosas que emprendas. Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien. Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas” (Josué 1:6-9).

Este pasaje bíblico es el más conocido del libro de Josué. ¿Quién no recibió el versículo 8 o 9 alguna vez en una tarjeta, en una dedicatoria, en las redes o correo? ¡Cuántos los hemos usado para dedicárselos a otras personas! En estos preciosos versículos podremos observar profundas verdades eternas.

 

UNA ORDEN NECESARIA

En este capítulo encontramos una triple repetición de la orden divina: “Esfuérzate y sé valiente” (vs.6,7,9). Y el capítulo termina con la misma frase de ánimo, pero ahora de parte del pueblo mismo que está dispuesto a obedecerle (v.18).

Es indudable que Josué necesitaba esta serie de órdenes y palabras de ánimo de una forma especial. Tenemos que tener presente que existían una serie de circunstancias que hacían difícil, por no decir imposible la tarea de Josué.

Él y el pueblo se encontraban en la frontera de la tierra prometida, pero atrás quedaron tristes experiencias.

El pueblo de Israel había sido sacado por la poderosa mano de Dios de Egipto, con impresionantes milagros, llegando al punto que Dios eliminó al ejército egipcio en las aguas del Mar Rojo. Este pueblo había sido guiado por el desierto por la columna de nube de la presencia de Dios. Allí en el Monte Sinaí recibieron la Ley de Dios por la cual sabían lo que tenían que hacer. Allí también recibieron la orden de hacer el tabernáculo, el lugar de la presencia de Dios. Fueron guiados por el Señor hasta la frontera de la tierra prometida. Desde allí mandaron a 12 espías para ver como era la tierra entre los cuales también estaban Josué y Caleb. Pero cuando volvieron, los otros diez, hicieron desanimar y rebelar al pueblo, hablando de los gigantes, las ciudades amuralladas y pueblos aguerridos. Como castigo de su rebelión, toda la generación que había nacido en Egipto y visto los milagros de Dios y a pesar de esto se había rebelado, no iban a poder entrar en la tierra. Todos morirían en el desierto. Sólo los más jóvenes, los que habían nacido en el desierto, acompañados de Josué y Caleb, serían los que entrarían a la tierra que Dios les había prometido.

Pero ahora, otra contra que tenía Josué, era que los pueblos, gigantes y ciudades que habían amedrentado al pueblo hacía 38 años atrás seguían estando presentes. El obstáculo que habían hecho tropezar y caer a sus padres seguía estando allí.

Para colmo de males, Moisés, el reconocido y firme líder que habían tenido, había muerto como castigo a su desobediencia. Ya sólo en el primer capítulo del libro de Josué aparece 11 veces el nombre de Moisés, demostrando la enorme influencia que tuve este líder sobre el pueblo y a su vez la dependencia que había generado. Pero ahora, de repente, otro líder, mucho más joven, tiene que tomar el liderazgo de este pueblo. Esto no sería para nada fácil. El desafío para Josué, debía ser enorme. Tenía que ganarse el respeto, la aceptación y la obediencia de este pueblo, teniendo siempre presente, la comparación que se haría de él con su antecesor. Tendría que llevar este pueblo que había fracasado en entrar a la tierra bajo el gran líder Moisés, a la conquista de un territorio hostil.

Para colmo de males, el pueblo no estaba ejercitado en la batalla, ni mucho menos en la conquista. Era un pueblo nómade, acostumbrado a deambular por el desierto pastoreando sus ganados, viviendo en carpas, a quienes las grandes ciudades amuralladas y sus habitantes les infundían temor.

Tenemos que pensar también, que era un pueblo dado a acobardarse. Así habían sido sus padres, por lo que todo dependía del valor que podría infundirle su líder.

Además de todo esto, pareciera ser que la columna de nube de la presencia de Dios ya no estaba. Los había acompañado por todo su vagar en el desierto, pero ya llegando a la entrada de la tierra de Canaán, no existe más evidencia de su presencia. Recién vuelve a aparecer centenares de años más tarde cuando es consagrado el templo que Salomón había construido (1R.8:10,11). Esto tiene que haber tenido un gran impacto también en el pueblo. Hasta el momento, los israelitas sólo tenían que levantar la mirada y observar dónde estaba la nube y qué estaba haciendo, para saber si permanecían acampados o tenían que levantar el campamento. Pero desde este momento, tendrían que confiar en Dios y en su nuevo líder y seguir sus órdenes sin ver nada extraordinario.

A todo esto, todavía le tenemos que añadir un problema práctico que hacía imposible entrar a la tierra prometida. Dios le había ordenado a Josué: “…levántate y pasa este Jordán, tú y todo este pueblo, a la tierra que yo les doy a los hijos de Israel” (1:2). Pasar el Jordán en otra época del año hubiera resultado bastante fácil, dado que existían varios vados que facilitaban el cruce. Pero justamente en esta época el Jordán solía “desbordarse por todas sus orillas” (3:15).

La situación que tenía que enfrentar Josué no era para nada envidiable. Era una batalla por todos los frentes. Una victoria parecería inalcanzable. Pero en el momento justo recibió la palabra y la promesa de Dios.

Y esta experiencia también puede tener cada hijo de Dios. Todo creyente que busque agradar a Dios, cuando tenga que pasar por grandes pruebas o enfrentar grandes desafíos, la Palabra de Dios, Su presencia y Sus promesas estarán presentes para infundirle ánimo. Quizás justamente ahora te encuentres en pruebas o tengas que enfrentar grandes desafíos. Entonces el triple ánimo que Dios le dio a Josué también lo puedes aplicar a tu vida. Él te está diciendo “Esfuérzate y sé valiente”. Al hacerte eco de estas palabras podrás decir confiado como David: “Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre. Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento” (Sl.23:3,4).

 

UNA ORDEN CATEGÓRICA

Como vimos, tres veces Dios le dice a Josué: “Esfuérzate y sé valiente” (vs.6,7,9).

Si Dios al hablar con una persona repite una palabra, frase o expresión, esto indudablemente tiene una gran importancia. Si la repetición de esta orden tuvo tanta importancia para Josué, seguramente también la tendrá en nuestros días. Por lo tanto, observemos un poco, qué es lo que Dios le estaba ordenando a Josué.

La palabra “esfuérzate” en su raíz primitiva tiene la connotación de “fijar en” y de ahí que significa: “atrapar, agarrar, ser fuerte”. Incluye los conceptos de fortalecer, curar, ayudar, reparar y fortificar”.

Ahora bien, ¿no era justamente esto lo que el pueblo necesitaba? El pueblo de Israel necesitaba fortalecerse. Estaba acobardado, había sido derrotado y perdió 38 años por haber sido incrédulo a la promesa de Dios. Por lo tanto, si Josué obtenía esta fortaleza, también la podría trasmitir al pueblo. Este pueblo también necesitaba curar las heridas del alma por una vida pasada de derrota y rebelión. Tenía que ser restaurado y fortificado. Justamente éstas eran sus grandes necesidades. Y todo esto tendría su solución si Josué se “esforzaba”, si se aferraba de la Palabra de Dios.

 

El término “valiente” significa en primer lugar estar alerta (en pie) o mentalmente en valor. Tenemos que resaltar la diferencia que existe entre este término y uno que aparecen en este mismo capítulo. En el 1:14 también aparece la palabra “valientes” pero con otro significado: “mas vosotros, todos los valientes y fuertes, pasaréis armados delante de vuestros hermanos, y les ayudaréis”. En este caso se aplica a fuerza física asociada con un guerrero. Pero no era esta la valentía que debía buscar Josué, aunque, sí era un valiente guerrero a pesar de estar ya entrado en años. Lo que Dios quería de él, era un siervo que estuviera velando sobre su gente, mentalmente alerta, preparado para infundirles valor y dispuesto a jugarse para lograr la victoria. Sólo así la obtendrían. A continuación de la tercera orden de ser valiente le añade la contraposición para confirmar y aclarar todavía más lo que Dios esperaba de un siervo valiente. Allí añade: “no temas ni desmayes” (1:9). La valentía que requería de Josué era completamente contraria a dejarse dominar por el temor o desmayar de terror. Otra vez, esto tenía que tener que ver con su atención a la Palabra de Dios y la dependencia del Señor.

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