Viviendo por encima del promedio – III (3ª parte)

Viviendo por encima del promedio – III (2ª parte)
20 agosto, 2015
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Autor: William MacDonald

El autor nos lleva a varios grandes momentos en el tiempo, cuando los cristianos tomaban los dichos de Jesús literalmente, amando a sus enemigos, perdonando a sus enemigos, devolviendo bien por mal, resistiendo sin represalias, dando sin esperar algo a cambio a la brevedad, sólo preguntándose: “¿Qué haría Jesús?”, y luego haciéndolo.

 


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PE2120 – Estudio Bíblico
Viviendo por encima del promedio – III (3ª parte)



¿Cómo están, amigos? Comenzamos hoy con un testimonio titulado: Soportando deshonra y salivazos.

Dick Faulkner estaba sirviendo como cantante para un grupo eclesiástico, en un tour por los lugares mencionados en el Nuevo Testamento. Habían ido a la Isla de Patmos en el Mar Egeo. Su guía los había llevado a la cueva donde se dice que el apóstol Juan escribió el libro de Apocalipsis. Cuando salieron, escalaron una ladera cercana, donde el anfitrión les dio un mensaje sobre el encarcelamiento de Juan, por parte del Emperador Domiciano. Cuando terminó le pidió a Dick que cantara.

Dick estaba sosteniendo una grabadora con grandes parlantes que amplificaban su voz. Comenzó a cantar la canción de Don Wyrtzen sobre Apocalipsis 5:12:
Digno es el Cordero, que fue muerto
Digno es el Cordero, que fue muerto
Digno es el Cordero que fue muerto, para recibir:
Poder y riquezas y sabiduría y fuerzas.
¡Honor y gloria y bendición!
Digno es el Cordero,
Digno es el Cordero,
Digno es el Cordero que fue muerto,
Digno es el Cordero.
El mensaje se difundió por el paisaje rocoso de Patmos.

Antes que Dick hubiera terminado, llegó otro bus turístico. La mayoría de las personas pasó de largo, pero una pequeña mujer se acercó a Dick y lo escupió. Hay que reconocer que tenía buena puntería, ya que dio en el blanco. Pero, eso no detuvo la canción. Dick continuó hasta el final de “Digno es el Cordero.”

Algunos de los creyentes del tour sintieron que debía decirse o hacerse algo a la ofensora por este grave insulto, pero Dick no compartió su sentimiento. Después de todo, los hombres cubrieron la cara de nuestro Señor con deshonra y salivazos, y Él no contraatacó. Fue escarnecido, despreciado y escupido, pero no pagó ojo por ojo. Cuando algunos hombres le escupieron, era como si las criaturas le dijeran al Creador: “Esto es lo que pensamos de ti.” Cuando el Creador murió en la cruz, les estaba diciendo: “Esto es cuánto los amo.”

Somos llamados a tener Su espíritu. En Romanos 12:19 leemos: “No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor”. Estamos viviendo en el día aceptable del Señor, y no en el día de la venganza de nuestro Dios.

“El recolector de basura judío”, así se titula el siguiente testimonio:

En los días en que las personas guardaban diarios, trapos y metales, ocasionalmente escuchaban a un recolector de basura, por la calle, quien gritaba para hacer que su presencia fuera fácilmente identificable.

Un día, H. A. Ironside escuchó ese llamado familiar, se apresuró hasta la entrada de su casa y le dijo al hombre que le acompañara al sótano. Este particular recolector de basura era judío, un pueblo por el cual Ironside tenía gran aprecio, ya que su Salvador también era judío.

En el sótano había un montón de periódicos, y una pila bastante grande de tubos y otros metales. Ironside decidió entablar un amistoso ida y vuelta de regateos, intentando conseguir la mayor cantidad de dinero posible. No era que realmente le importara. Lo importante era sacar la basura del sótano.

Por consiguiente, exaltó el gran valor de su tesoro de cosas juntadas. Pero el recolector estaba en su salsa, por lo tanto jugó el juego magníficamente y ganó. Le entregó una pequeña suma a Ironside, y comenzó a cargar su botín.

Cuando se estaba yendo con su último montón, el Dr. Ironside lo llamó de vuelta, colocó algo de dinero en su mano y le dijo: “Aquí. Quiero darte esto en el nombre de Jesús.”

El hombre de la basura quedó asombrado por un momento. Luego se fue caminando y murmurando: “Nunca alguien me dio algo en el nombre de Jesús.»

¿No es ese acto de amabilidad del Dr. Ironside, algo como lo que el Señor Jesús habría hecho?

El último testimonio que vamos a compartir hoy, se titula:
Los gladiadores del Emperador.

Sucedió, algún tiempo después de la resurrección de Cristo, que el infame Nerón ascendió al poder. Tenía una división de soldados selectos, que eran escogidos por sus proezas atléticas. Eran conocidos como los gladiadores del Emperador. Físicamente, estos hombres eran especímenes sobresalientes de la humanidad. Eran apuestos, musculosos, y bien proporcionados, la «crema» de la masculinidad romana.

Cuando marchaban hacia el Coliseo, cantaban: “Somos los luchadores del Emperador. Luchamos por ti, oh rey. Sea que vivamos o muramos, todo es para tu gloria.” Luego competían en una lucha por Nerón.

Llegó el tiempo en el que fueron enviados al norte para pelear contra tribus germánicas. También sucedió, en ese tiempo, que se dictó un decreto para suprimir la fe cristiana. Nerón envió órdenes específicas de escardar a cualquier cristiano que estuviera en el ejército. “Escardar” era un eufemismo de la palabra destruir.

Al final del invierno, el general Vespasiano alineó sus tropas, incluyendo a los gladiadores. Luego, dijo a gran voz: “Ha llegado a mi conocimiento que algunos de ustedes podrían haber adoptado esta nueva superstición llamada cristianismo. Dudo que sea verdad. Son demasiado astutos para eso. Pero si alguno de ustedes es cristiano, quiero que dé un paso al frente.” Para su sorpresa, cuarenta gladiadores dieron el paso que podría costarles la vida.

El general despidió al resto de las tropas y durante el resto del día intentó disuadirlos de su fe. “Piensen en sus familias. Piensen en sus compañeros soldados. Piensen en lo que están perdiendo. Piensen en las consecuencias de no renunciar al cristianismo.” Los cuarenta creyentes permanecieron insensibles a sus apelaciones y amenazas.

Cuando Vespasiano vio que sus esfuerzos eran inútiles, reunió a su ejército y les dio una última oportunidad para retractarse. “Ordeno que todos los cristianos en este ejército den un paso al frente.” Cuarenta de los hombres selectos dieron un paso al frente, sin vacilar. Pudo haber ordenado que el escuadrón de ejecución los matara allí mismo, pero tenía otro plan.

Cuando cayó la noche, sus tropas los llevaron a un lago congelado, los desvistieron, y los dejaron allí, expuestos al frío intenso, hasta que murieran. Vespasiano les dijo a los hombres desnudos: “Si vuelven en sí y renuncian a su fe, entonces podrán venir aquí a la orilla. Habrá fogatas alrededor del lago, así como ropa de abrigo y comida.”

Durante la noche, los otros soldados que estaban ubicados alrededor del lago, miraban atentamente hacia lo oscuro, tratando de ver lo que estaba sucediendo. No podían ver nada, pero cada tanto escuchaban a los hombres cantando: “Somos los cuarenta luchadores de Cristo. Luchamos por ti. ¡Oh Rey! Sea que vivamos o muramos, es para Tu gloria.”

Al amanecer, vieron una patética figura que avanzaba dolorosamente por el hielo hacia una de las fogatas. Los soldados se apresuraron a alcanzarlo, lo envolvieron en mantas, y lo llevaron rápidamente al calor del fuego. El hombre había renunciado a su fe.

Entonces, a través del lago helado se pudo escuchar una canción: “Somos los treinta y nueve luchadores de Cristo. Luchamos por Ti. ¡Oh Rey! Sea que vivamos o muramos, es para Tu gloria.”

Vespasiano había llegado a tiempo para ver al desertor y para escuchar a los treinta y nueve victoriosos. Su resolución fue firme. Se quitó la armadura y fue a morir con los treinta y nueve hombres que prefirieron perder la vida antes que negar a su Señor.

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