Viva en Paz con Todos (2ª Parte)

Viva en Paz con Todos
(siempre que sea posible)

(2ª parte)

Autor: William MacDonald

 La palabra discípulo ha sido por demás  utilizada, y cada usuario le ha dado el significado de su conveniencia. El autor de este mensaje nos lleva a examinar la descripción de discipulado que presentó Jesús en sus enseñanzas, la cual se halla también en los escritos delos apóstoles, para que aprendamos y descubramos más acerca de este concepto.

 


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PE1942 – Estudio Bíblico
Viva en paz con todos (2ª parte)



¿Cómo están amigos? En la primera parte del tema que nos exhorta a vivir en paz con todos, como discípulos de Cristo, habíamos terminado haciéndole esta sugerencia: Pídale a Dios que le dé paciencia para tratar a las personas que tienen un carácter difícil. Además, sea realista al darse cuenta que probablemente exista gente con la cual no pueda trabajar en forma tranquila. Incluso Pablo y Bernabé se separaron en su servicio al Señor.

Pablo dice que deberíamos estimar a los demás como mejores a nosotros mismos. Esto no significa que todos los demás tengan un mejor carácter que el nuestro. Pero sí significa que deberíamos vivir para los demás más que para nosotros mismos. Deberíamos poner sus intereses por encima de los nuestros y deberíamos tratarlos en la forma en la cual Jesús nos ha tratado.

Continuamos ahora viendo lo siguiente: Cuando nos encontramos con las personas, deberíamos hacerles sentir que dicho encuentro es una experiencia significativa para nosotros. Tengo un amigo que saluda a las personas, incluso a los extraños, con tanta calidez y entusiasmo que prácticamente los deja contentos por todo el día. Deberíamos, incluso, desviarnos de nuestro camino para saludar y conocer gente nueva. Si nos resulta difícil, quizás debamos obligarnos a hacerlo. Deberíamos ser rápidos en presentarnos a nosotros mismos, y luego hacer preguntas que evidencien un interés genuino. Jesús se presentó a sí mismo a la samaritana para pedirle un favor (esto lo leemos en Jn. 4:7).

Una forma segura en la que podemos demostrar nuestro interés por los demás es recordando sus nombres. Elisabet Elliot escribió:
Se dice que las palabras más dulces, en cualquier idioma, son las de nuestro propio nombre. Las personas que se involucran en las relaciones públicas conocen la importancia de usar el nombre de la persona. El hecho de que llamemos a otra persona por su nombre, o por cualquier otro nombre, es muy significativo, y es una muestra de nuestra actitud hacia dicha persona. A menudo nos excusamos, diciendo: “No puedo recordar los nombres”. Ésa es una excusa y no es cierto. Recordamos lo que consideramos importante. Para recordar los nombres tan sólo se necesita la sencilla disciplina de anotarlos. Deberíamos recordar el consejo de Oliver Cromwell: “Les ruego por las misericordias de Cristo que conciban la posibilidad de, quizás, estar equivocados”. Con demasiada frecuencia existe esa horrible posibilidad. Cuando la vemos, nunca deberíamos ser tan orgullosos como para no decir, “Me equivoqué, lo siento, por favor perdóname”. La gente tiende a apartarse de aquellos que parecen saberlo todo. Se sienten más cómodos con aquellos que admiten que su conocimiento es limitado y que son capaces de equivocarse. Si alguien se disculpa con nosotros, deberíamos decirle que queda perdonado. No deberíamos menospreciar el asunto diciendo que no necesita disculparse. Probablemente fue una lucha larga y difícil que dicha persona llegara al punto del arrepentimiento. Ahora quiere saber que ha sido perdonada.

Deberíamos mantener el contacto visual con las personas. Si nuestra mirada se dirige hacia otras partes cuando hablamos con alguien, parece como que nuestra mente hace lo mismo. Por otra parte, mirar fijo a una persona es desconcertante y confuso. Debemos encontrar el equilibrio en nuestra mirada.

Muchos libros actuales enfatizan la calidez y la amistad que se trasmiten a través del contacto físico, ya sea un apretón de manos, un abrazo o un beso. Esto es cierto, por supuesto. Pablo le pide a los corintios: “Salúdense unos a otros con ósculo santo” ( así leemos en 1 Co. 16:20). Pero debe existir un equilibrio frente al hecho de que, si el toque no es santo, puede conducir a una fuerte tentación y a un pecado sexual. Además, debería tenerse en cuenta que algunos toques legítimos pueden dar una apariencia incorrecta en nuestra sociedad y, por lo tanto, deberían evitarse (haciendo caso al consejo de 1 Ts. 5:22).

Cuando nos encontramos con otras personas, no deberíamos ser súper sensibles. Algunos quedan heridos y resentidos por la provocación más insignificante. No pueden aceptar siquiera una broma. Se exasperan frente a comentarios que no tenían la intención de lastimar. Con relación a esto, recordamos las palabras de un autor desconocido:

Le he pedido al Señor que quite de mí
La súper sensibilidad
Que roba al alma el gozo y la paz
Y hace que la comunión se detenga.

La medida en la cual aceptamos la crítica es un índice de nuestro carácter y de nuestra madurez espiritual. Deberíamos darnos cuenta que tenemos manías, temperamento, y hábitos que pueden molestar a los demás. Tenemos errores y fallas innumerables. Por lo cual, deberíamos tomar la crítica con humildad y beneficiarnos de ella. Deberíamos decir: “Bien hermano, me alegra que no me conozca mejor. Porque si lo hiciera tendría mucho más para criticar”. Algunas veces la crítica es injustificada. En algunos momentos deberíamos escuchar con paciencia y dejar que el Señor nos vindique. Debemos pedirle que nos ayude a no enfriarnos, amargarnos, o ser cínicos a pesar de toda la crítica que podamos recibir; Él siempre nos responderá.

A la gente le gusta tener amigos que son dinámicos, positivos y optimistas. No sea un pájaro de mal agüero. He conocido personas que son tan radiantes que cuando entran en un determinado lugar parecería como que se encendieran las luces. Es un buen ejemplo a seguir.

Una de las cosas que más puede ofender es nuestra lengua. Le daremos especial atención a este tema en este estudio cuando hablemos sobre el hablar cristiano. Por lo tanto, no hay necesidad de repetirlo aquí.

Se necesita un nivel especial en las relaciones interpersonales cuando servimos como anciano, diácono, director de la junta, o miembro de un comité. En temas de importancia fundamental debe haber completa unanimidad. Las grandes doctrinas de la fe cristiana no son negociables. Tampoco lo son los asuntos de lo que es correcto e incorrecto. En asuntos de menor importancia tiene que haber un cierto nivel de negociación. En tales asuntos, el negociar no es una mala palabra. Debe existir una voluntad para discutir, negociar y, a la larga, permanecer según el consenso del grupo. Si alguien piensa que tiene que salirse con la suya siempre, o piensa que su juicio es infalible, nunca debería acordar en servir con un grupo que establece políticas. Puede echar a perder una obra de Dios al ser demasiado fuerte en alguna opinión, o demasiado caprichoso en algún tema. Pablo advierte que Dios destruirá a cualquiera que destruya la iglesia local (así leemos en 1 Co. 3: 16 y 17).

El Señor Jesús era amable, conciliador, y atento. Él es nuestro ejemplo. Cuanto más lo imitemos, más aprenderemos el fino arte de llevarnos bien con los demás.

Permítanme concluir con tres parámetros que nos ayudan a mantener la paz en el valle:

Debemos renunciar como gerente general del Universo. Permitamos que el Señor lo administre.

No podemos vivir la vida de los otros. No lo intentemos.

No hay consejo que sea tan menospreciado como el consejo que no se pide. Espere hasta que se lo pidan.

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