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Tierra Prometida

(3ª parte)

Autor: Johannes Pflaum

La promesa de la tierra está ligada al pacto abrahámico, de Génesis 12:2: “Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición”. Y como veremos e este mensaje: sólo hay alguien que puede solucionar definitivamente el tema de la tierra. Escuche con atención!



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PE1797 - Estudio Bíblico
Tierra Prometida (3ª parte)


Estimados amigos oyentes, sólo a Dios le pertenece la tierra de Israel. Pero, Él no la ha destinado a nadie más que a Su pueblo Israel.

Esto es lo que el mundo no puede comprender. Por todas partes, se habla de las “regiones ocupadas”. Se nos sugiere constantemente que esos trozos de tierra le pertenecían a los palestinos. Ésa es la base de la fuerte exigencia de una solución de dos estados. Pero, esto, ¿puede ser sostenido por los hechos históricos? ¿Quién ha ocupado, realmente, esas “regiones ocupadas”? La Tierra de Israel, desde la dispersión de los judíos por parte de los romanos, hasta su renacimiento como estado en 1948, siempre estuvo a merced de cambiantes poderes de ocupación.

En base a la historia dolorosa y cambiante de esta Tierra de Israel, suena casi cínico decir que Israel es un “poder de ocupación”, y más, aún, porque la población árabe de la Franja de Gaza y de Cisjordania tiene la posibilidad de integrarse al actual Estado de Israel, en caso de que así lo quieran.

Decíamos al finalizar el programa anterior, que hay una diferencia entre el tiempo en el cual la Tierra de Israel se encontraba desolada por la dispersión del pueblo – como dice Joel, cuando la higuera estaba comida y pelada – y el tiempo en el cual el Señor ha comenzado con la repatriación de Su pueblo – o sea: cuando la higuera comienza a florecer. Y es en ese tiempo que vivimos, en cierto sentido, desde 1948.

Pero, para que no nos inclinemos a sacar conclusiones unilaterales, debemos diferenciar entre dos círculos de acción:

Primero: El obrar de Dios con los pueblos, a causa de Su tierra. En el trato con la tierra y el pueblo de Israel, siempre se puede ver la postura de las naciones frente al Dios viviente. Joel 3 habla del tiempo en el cual el Señor comienza a cambiar la suerte de Judá y de Jerusalén. Este tiempo, en un sentido más amplio, ha comenzado con la repatriación y la nueva fundación del Estado de Israel. En este contexto, consideramos el anuncio del Señor en el versículo 2, de que Él entraría en juicio con las naciones a causa de Su heredad o propiedad Israel. En el libro de Joel, eso se refiere tanto a la tierra como también al pueblo. Que Dios sea el propietario de la tierra hace que la situación sea aún más precaria que si “solamente Israel” fuera el dueño.

Por eso, encontramos en Joel 3:2 el lamento de Dios, que dice: “¡Repartieron mi tierra!” Para las naciones, el tocar la propiedad de Dios, sin lugar a dudas, conlleva juicio. Por más comprensibles y necesarios que nos puedan parecer todos los argumentos dados para la división de la tierra, los pueblos que colaboran en la repartición de la Tierra de Israel, por esa misma razón, quedan listos para el juicio.

Pues, ante este escenario, nuestro Señor puede enviar un juicio inmediato. Pero, también puede que primero, aparentemente, permita que las cosas sucedan. Vale citar aquí las declaraciones de Is. 34:8: “Porque es día de venganza de Jehová, año de retribuciones en el pleito de Sion”. Y de Jer. 25:30 y 31: “Jehová rugirá desde lo alto, y desde su morada santa dará su voz; rugirá fuertemente contra su morada; canción de lagareros cantará contra todos los moradores de la tierra. Llegará el estruendo hasta el fin de la tierra, porque Jehová tiene juicio contra las naciones; él es el Juez de toda carne; entregará los impíos a espada, dice Jehová”.

La política “Tierra por Paz”, en definitiva, lleva a las naciones al juicio de Dios. No siendo ésta la única razón, sino sólo la expresión de su impiedad y la última gota que hace que el vaso rebose. Existe una razón más por la cual las naciones inconscientemente – o conscientemente – tratan de dividir la tierra. Todas las promesas de la primera venida de Cristo y de Su regreso se encuentran en conexión inseparable con Su tierra y Su pueblo de Israel. Si el diablo lograra quitar esta tierra a Israel, Dios quedaría como mentiroso y no podría cumplir Sus últimas promesas. Ésta, también, es una de las razones de por qué el Islam reclama la tierra. Por eso, en el fin, Dios intervendrá a causa de Su tierra y de Su pueblo.

Así que, el segundo círculo de acción es: El obrar de Dios con Israel y con Su tierra. Esto se refiere a Su pueblo mismo. La relación de Israel con su tierra siempre se encuentra en conexión estrecha con la relación de Israel con su Dios. Y la relación de Israel con su Dios, en definitiva, está inseparablemente ligada a la persona y a la obra de nuestro Señor Jesucristo.

Nosotros amamos a ese pueblo por nuestro Señor y por los patriarcas, como lo dice Pablo. Por eso, en el tiempo actual, deberíamos ponernos claramente de parte de Israel. Aunque tenemos que reconocer que el servicio a Dios del judaísmo religioso emana del celo ciego por Dios, y lo hacen con seriedad y honradez, pero aún así no tienen vida porque les falta lo decisivo: el conocimiento del Señor y Mesías Jesucristo. Luego, tenemos el judaísmo secular, que en su pecaminosidad no se queda para nada atrás de nuestra quebrada y apartada sociedad. Por eso, en el fin, el Salvador tiene que venir de Sión, el Salvador que quita la impiedad de Jacob.

Israel no perderá la tierra en su totalidad antes de la segunda venida de Cristo. Pero, por las razones mencionadas, los judíos tampoco podrán poseerla completamente y con seguridad. Y, de este modo, el Señor también usa la Política de Tierra por Paz para educar a Su pueblo y, hablando figuradamente, llevarlo al camino de regreso. Esto no disculpa para nada a los pueblos – ellos van camino al juicio. Pero, Dios, a su vez, usa todo esto para actuar con y en Su pueblo. Este principio ya lo encontramos en el Antiguo Testamento. Cuando Su pueblo perdía partes de su tierra, eso era un hablar y un juicio de Dios por la impiedad o el culto exterior. De eso leemos en 2 Reyes 10:32, desde antes que el Señor comenzara con la dispersión del reino de las diez tribus: “En aquellos días comenzó Jehová a cercenar el territorio de Israel.” También, en Salomón, vemos que la repartición de la tierra siempre va en conexión con el juicio de Dios por el pecado y la incredulidad.

El último juicio de Dios sobre Su pueblo, en la angustia de Jacob, como lo llama Jeremías 30:7, será el comienzo de la segunda venida de Cristo y, con eso, la salvación del pueblo escogido. Después de un pacto de paz ficticia, cerrado bajo el mando del Anticristo, Israel ya no tendrá nada que oponer a los ejércitos mundiales que se lanzarán contra ese país. Se verá amenazado por la aniquilación y por lo que va de la mano de eso: la pérdida definitiva de la tierra. Entonces, el Señor bajará y rugirá como el león de Sión y comenzará Su litigio con las naciones.

Es interesante ver que Zacarías 12:2 habla de que Jerusalén y Judá caerán en angustia. Seguramente se trata aquí de esa última fase que da comienzo a la segunda venida de Cristo. Pero, ya ahora queda claro, en todo el asunto de la tierra, que, sobre todo, los afectados por la repartición de la tierra serán los habitantes de Judea.

De modo que vemos dos círculos de la acción de Dios en el asunto tierra. Las naciones están quedando listas para el juicio por haber puesto su mano en la propiedad de Dios, la no es para nadie más que para Su pueblo Israel. Y, al mismo tiempo, en el asunto tierra, Él actúa también en Su pueblo a causa del estado espiritual de Israel.

El tiempo se nos ha acabado, pero en nuestro próximo encuentro hablaremos de: Las definitivas y seguras fronteras para Israel. ¡Hasta entonces y qué Dios los bendiga!



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