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Tierra Prometida

(1ª parte)

Autor: Johannes Pflaum

La promesa de la tierra está ligada al pacto abrahámico, de Génesis 12:2: “Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición”. Y como veremos e este mensaje: sólo hay alguien que puede solucionar definitivamente el tema de la tierra. Escuche con atención!



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PE1795 - Estudio Bíblico
Tierra Prometida (1ª parte)


¿Cómo están amigos? En este mensaje veremos como Israel está entre la toma de tierras y la entrega de tierras. Como ya dijimos en la introducción, la promesa de Génesis 12:2 es:

“Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición”. La promesa de tierra para Israel está ligada al pacto abrahámico y no al pacto sinaítico. Esta declaración bíblica básica es importante. ¿Por qué? Porque el pacto sinaítico se ha quebrado, o sea, se ha cumplido en Cristo. Si la Tierra Prometida estuviera ligada al pacto sinaítico, se debería considerar la promesa de tierra como ya no válida, ya que ese pacto se ha quebrado (es decir, cumplido).

El pacto abrahámico, al contrario, es un pacto totalmente unilateral, cuya realización dependía totalmente del lado de Dios. Eso queda claro en Génesis 15:9 al 18. Allí se dividió una becerra, una cabra, un carnero, una tórtola y un palomino. Los participantes, en ese tiempo, para cerrar el pacto pasaban entre medio de los trozos de los animales. Pero, aquí solamente pasó Dios por entre medio de los trozos de los animales, y no Abraham. En conexión con este pacto unilateral de Dios, es que se repite y se afirma otra vez la promesa de tierras a Abraham, de modo que también son válidas, para la promesa de tierra dada a Israel, las palabras de Romanos 11:29, según la cual los dones de gracia y los llamados de Dios son irrevocables. Ésta es la razón por la cual la fe en las promesas de Dios, está inseparablemente ligada a la fe en la promesa de la tierra para Israel.

¿A quien le pertenece la Tierra de Israel? Quizás usted se asombre de lo que diré a continuación. La tierra no le pertenece a Israel. Le pertenece a Dios. En Levítico 25:23, el Señor dice: “La tierra no se venderá a perpetuidad, porque la tierra mía es; pues vosotros forasteros y extranjeros sois para conmigo.” Y en Joel 3:2, Dios expresa su lamento sobre las naciones diciendo: “… repartieron mi tierra.” Más adelante volveremos a este pasaje, pero ahora queremos resaltar que el verdadero dueño de la tierra, en definitiva, no es ni siquiera Israel, sino Dios mismo. Pero, eso no desactiva de modo alguno el asunto de la tierra, sino que lo convierte en un tema aún mucho más escabroso que si la tierra “solamente” perteneciera a Israel.

Cuando usted lea el libro de Joel, trate de prestar atención a los pasajes en los que Dios dice “mi”, dejando en claro con eso que, en la forma más estricta, se trata de Su pertenencia y de Su propiedad. En Joel 1:7, el Señor lamenta que una nación haya desolado: “mi vid y mi higuera”. Leyendo el contexto, en el versículo 6 queda claro que la higuera desnudada se refiere a la tierra y al pueblo de Israel. A través del juicio de Dios y del tiempo de la dispersión, la higuera realmente quedó desnuda, corroída y pelada. En Joel 2:22, leemos que la vid y la higuera nuevamente llevarán abundante fruto. Allí, en contexto con el capítulo 1, sólo puede tratarse del Israel salvado en el Reino Mesiánico. Y vemos que la higuera está llena de frutas.

Ante ese escenario del profeta Joel, comprendemos la conexión con el conocido pasaje de Mateo 24:32: “De la higuera aprended la parábola: Cuando ya su rama está tierna, y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca.” Ésta es la fase anterior a que la higuera lleve abundante fruto, y ahí nos encontramos hoy, desde 1948. La tierra de Israel, por mucho tiempo, estuvo devastada por las naciones, y el pueblo fue dispersado. Pero, después que la higuera realmente quedó desnuda, visiblemente para todos, a partir de la fundación del Estado de Israel, ha vuelto a producir hojas. Y luego, vendrá la próxima fase, cuando el Señor salve a Su tierra y a Su pueblo, para que la higuera esté llena de frutos para su Señor.

Veamos ahora: El asunto de la tierra, desde el punto de vista bíblico. En el Salmo 24, leemos que la tierra entera pertenece al Dios vivo. Ahora, podríamos decir que, entonces, el mundo entero le pertenece al Señor y que todos los seres humanos son Su propiedad (aun si no es así en el sentido de salvos, sino en el sentido de derecho de posesión y propiedad). Y aún así, el Señor escogió para Sí, en forma especial, a un pueblo de entre las naciones, y a un país de entre los países de la tierra. Este pueblo y esta tierra son el pueblo y la tierra de Israel. Por eso, en Deuteronomio 10:15 está escrito: “Solamente de tus padres se agradó Jehová para amarlos, y escogió su descendencia después de ellos, a vosotros, de entre todos los pueblos, como en este día.” Y en Deuteronomio 11:12, dice: “Tierra de la cual Jehová tu Dios cuida; siempre están sobre ella los ojos de Jehová tu Dios, desde el principio del año hasta el fin.” Nuestro Señor es omnisciente y omnipresente. A Él no se le escapa nada en este mundo. Y aun así, Su atención está dirigida especialmente a la tierra de Israel y a todo lo que tiene que ver con la misma. En Israel, a su vez, se encuentra Jerusalén, la ciudad que Dios ha escogido. Por eso, el Señor ama las puertas de Sión más que todas las demás puertas de Jacob, como lo expresa el Salmo 87:2. Con esto, también queda claro que el amor de Dios no es simplemente un amor común. Dios ama a toda la humanidad. Él la quiere salvar. Pero, también existen objetos especiales de Su amor – como ser Israel y, dentro del mismo, Jerusalén. Del mismo modo, Su iglesia es un objeto especial de Su amor.

La tierra de Israel le pertenece a Dios. Eso tiene enormes consecuencias: por un lado, para las naciones, en cuanto a su trato con esta tierra, y por otro, también, para Israel. Por esta razón, el pueblo escogido, Israel, no puede proceder con la tierra según su propia discreción. Sólo al Señor le pertenece la tierra de Israel. Pero, Él no la ha destinado a nadie más que a Su pueblo Israel. Esto es lo que el mundo actual no puede comprender. Ésa es la razón por la cual todos los esfuerzos diplomáticos e intentos de encontrar una solución – por mejor intencionados que sean – están destinados a fracasar. Sólo hay alguien que puede solucionar definitivamente el tema de la tierra, y es nuestro Señor mismo.

Veamos ahora: El asunto de la tierra, desde el punto de vista de la historia del mundo. Es interesante ver que la historia tiene que darle la razón al punto de vista bíblico. Por todas partes, en la política y en la prensa, están presentes las “regiones ocupadas”. Con eso se refieren, más que nada, a la Franja de Gaza, a Cisjordania y a Jerusalén Oriental. Durante la Guerra de los Seis Días, del año 1967, esas regiones cayeron en manos de los israelíes.

Desde entonces, según la opinión dominante del público mundial, Israel como potencia ocupante debe devolver esas regiones que ellos, supuestamente, ocupan injustamente. En realidad, según se nos sugiere constantemente, esos trozos de tierra le pertenecían a los palestinos. De modo que esas regiones, son la base de la fuerte exigencia de una solución de dos estados y, con eso, de un estado propio para los palestinos. Pero esa declaración, ¿puede, siquiera, ser sostenida por los hechos históricos? Al considerar más a fondo las conexiones, se nos debe permitir la pregunta: ¿Quién ha ocupado, realmente, esas “regiones ocupadas”?



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