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Deudas, deudores y culpables


Actualmente los deudores lo tienen relativamente fácil. Quien en la antigüedad o en la Edad Media no podía pagar sus deudas era castigado duramente.

Norbert Lieth

Bancos renombrados de todo el mundo dieron que hablar en el pasado reciente. Se habían equivocado en sus especulaciones, se convirtieron en deudores con deudas en los miles de millones o tuvieron que declararse en quiebra o en insolvencia. A través de maniobras irresponsables y dudosas de bancarios, los ciudadanos perdieron sus bienes sin que los responsables fueran llamados a ajustar cuentas, ya que en los modernos estados constitucionales el mal manejo ya no es punible. En ocasiones el estado en cuestión incluso ha defendido a los bancos para darles una ayuda a cuentas del ya engañado pagador de impuestos. Los bancos mismos, sin embargo, casi no conocen escrúpulos cuando se trata de conseguir su dinero; y pobre aquel que llega a ser moroso en sus pagos, ¡ese finalmente se hace punible!

¿No es verdad que nuestro tiempo responde a la parábola de Jesús en Mateo 18:21-35? A un deudor de altas cuentas se le perdona todo, pero él mismo va a los extremos para demandar a un deudor con cuentas mucho menores. Al fin, no obstante, le llega tanto más duramente. Del mismo modo también nuestro mundo, que se convertirá en una Babilonia materialista, terminará en la ruina material.

Todos sabemos lo que significa “no tener la conciencia limpia”. Antiguamente, quien no era capaz de pagar las mercaderías y no podía leer ni escribir, recibía una vara de madera en la cual se tallaban las deudas. Un duplicado de esta vara quedaba en manos del deudor. Al pagar, las dos varas eran comparadas de modo que ninguno saliera desfavorecido. Cuando todo estaba pago, se destruía ambas varas.

En la Nueva York del siglo dieciocho se encerraba a los prestatarios morosos en un desván de la municipalidad que en ese entonces se encontraba directamente encima del Wall Street. Quien quedaba encerrado allí, ya ni siquiera podía proveer para sí mismo, mucho menos pagar sus deudas. Los presos bajaban a la calle un zapato atado a un cordón largo a través de la buhardilla. Transeúntes compasivos de vez en cuando ponían algo dentro del mismo.

En una parte del Codex del Rey babilonio Hamurabi (fallecido en 1750 a.C.) dice que durante el imperio babilónico las deudas eran pagadas a través del empeño de esposa e hijos. La piedra fue descubierta en el siglo diecinueve en las ruinas de Nínive. Actualmente se encuentra en el Louvre de Paris. Los griegos adoptaron esta práctica, hasta que la misma fuera cancelada en el 600 a.C. Los romanos tenían la costumbre que los acreedores podían vender sus deudores como esclavos al extranjero. Más adelante este castigo fue anulado.

Hasta la temprana Edad Media existía la así-llamada esclavitud por deuda, en la cual el deudor podía trabajar bajo condiciones estrictamente prescritas para pagar su deuda. Más adelante se desarrolló en las ciudades el “encarcelamiento privado”. El capitalista podía encerrar a su deudor en su propia casa, pero tenía que proveer para él según reglas estrictamente establecidas. De este modo el encerrado podía recibir una cierta cantidad de cerveza, no para emborracharse, sino para protegerse del agua contaminada. El prisionero tampoco podía ser tenido en las cercanías de letrinas o establos. Objetivo principal del encarcelamiento privado era conmover a los familiares a rescatar al prisionero lo más pronto posible.

Si se trataba de deudores nobles que eran difíciles de alcanzar, se fijaba una carta pública, mayormente provista de caricaturas, en la plaza de la aldea para mofarse del noble señor. Pero contra los nobles morosos también existía la práctica especial de que el acreedor y su socio podían establecerse en un cierto bar y tomar a cuestas del deudor hasta que este finalmente cedía.

En la transición entre la tardía Edad Media a la Edad Moderna, el estado más y más tomó para sí el monopolio de la violencia. El encarcelamiento privado era prohibido, ya nadie podía hacer que se le pagaran las deudas por su propia mano. Los deudores ahora terminaban en la torre oficial de deudores, a veces con cámara de tortura anexada. De Madgeburgo se informa que un deudor fue metido en el “cepo” (amarra de los pies hecha de madera), hasta que se le congelaron los pies y finalmente se le gangrenaron.

En las cárceles inglesas de deudores, los residentes debían ocuparse ellos mismos de su mantención. A las esposas y niños generalmente no les quedaba otra, que mudarse ellos mismos a la cárcel. De día salían a trabajar para poder alimentar de algún modo a la familia. Muchos deudores desaparecían en las colonias americanas. Allí había suficiente trabajo, y no se le preguntaba por la vida previa. En Londres en un tiempo las cárceles estuvieron tan abarrotadas que incluso se llegó a liberar a 10.000 deudores para embarcarlos a América. Pero no llevó mucho tiempo hasta que muchos nuevos estuvieron encarcelados por nuevas deudas. Se dice que alrededor del 1810 unos 10 por cientos de los hombres en Nueva York se encontraban arrestados por deudas, y unos cuantos de ellos cercanos a la muerte por inanición.

Pero a pesar de que los castigos fueran tan duros, no se podía ver que el número de los deudores hubiera disminuído. Finalmente se prohibió el arresto por deuda: 1831 en Nueva York, 1867 en Francia, 1868 en el norte de Alemania, 1869 en Gran Bretaña y 1871 en el reino alemán. 1

P.M. Mundo del Saber escribe al respecto: “El lugar de los arrestos por deudas lo tomaron los procedimientos judiciales de quiebra e insolvencia, los cuales no tomaban en consideración solamente los intereses de los acreedores, sino que también trataban de ayudar a los deudores de volver a ponerse en pie. Si se hubiera continuado echandolos en la cárcel, actualmente en Alemania habría más torres de deudores que mástiles de telefonía móvil: En el año 2008, cada décimo alemán adulto estaba pasado de deudas.” 2

El programa social de Dios es muy superior al de cualquier generación humana. Mucho antes de que existieran el reino babilónico, el griego y el romano, el Señor ya había instituido un sistema que deja atrás en cuanto a justicia a todo sistema socialista o democrático.

Él instituyó el “año del jubileo” (año de remisión, año de libertad), que tenía lugar cada 50 años, también un año para la liberación de endeudamiento y de ataduras de todo tipo. Los presos eran liberados, los esclavos despedidos y las deudas canceladas. Toda posesión volvía a su dueño original. De este modo el pueblo era guardado, por un lado, del capitalismo, y por el otro lado del empobrecimiento. Además de eso, de este modo existía la posibilidad de un nuevo comienzo para aquellos que habían caído en dificultades materiales. La meta era, devolver el patrimonio familiar a las familias. La tierra podía ser vendida, si bien no a un precio de usura, sino a un valor real que correspondía a los años anteriores a cumplirse el año del jubileo. Por supuesto que un terreno con 45 años antes del cumplimiento del año del jubileo costaba más que otro con tres años antes de dicho cumplimiento. Also semejante sucedía con la remisión de deudas en el año del shabat (Ex 23:10-11; Lv 25:8-24; Dt 15:1-11).

Nehemías, el gobernador de Jerusalén y constructor del muro de la ciudad, y los ciudadanos de Jerusalén se atuvieron a esta Palabra que Dios habìa dado a Moisés. Esto fue de gran bendición para ellos (Neh 5; 10:32).

En el tiempo de David, todo tipo de hombres se juntaron a él, hombres que habían caído en miseria y en deudas, y todos los que tenían el alma amargada (1.Samuel 22:2). Estos hombres probablemente fueran oprimidos contrarios a la Palabra de Dios y casi no veían salida, pero en David encontraban la ayuda y la tranquilidad deseados. Esa es una linda imagen de la manera en que podemos llegar a Jesucristo con nuestra culpa.

La carga de deudas terrenales es una imagen del paquete de deudas espirituales que nosotros, los humanos, cargamos y llevamos con nosotros por doquier. Lo extraño, sin embargo, es que las deudas terrenales nos oprimen mas y que el ser humano también prueba o acepta cualquier cosa para quitárselos de encima – contrario a lo que hace con las deudas espirituales, las cuales, sin embargo, pesan mucho más y tienen consecuencias eternas.

Si Dios tratara con nosotros según la medida que nosotros utilizamos con los demás humanos, nos las veríamos muy, pero muy mal. Nos encontraríamos en una “torre de deudores” hasta que habríamos cancelado nuestra deuda. Pero como no la podemos cancelar, ya que en la cárcel no tenemos la posibilidad de hacer, nos quedaríamos eternamente dentro de la misma.

Sobre todo la deuda de pecados frente a Dios y a nuestros prójimos es inabarcable. Vez tras vez tenemos contacto con personas que reclaman el perdón para sí mismos, que esperan comprensión para sí mismos, pero que personalmente le echan la culpa a otros, que constantemente culpan a otros, y que no están dispuestos a perdonar y se mantienen resentidos por años. De modo que existen dos peligros, por un lado el no admitir la culpa propia, y por el otro el no estar dispuestos a perdonar.

En Jesucristo, Dios nos ha liberado de toda culpa frente a Él, nos la perdonó y la borró. “anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz” (Col 2:14).

En la cruz de Cristo, el que era sin culpa tomó nuestra culpa sobre sí mismo. Nuestras culpas se convirtieron en Sus culpas. Si uno le lleva sus culpas a Él y las pone en Su cruz, las culpas de esa persona serán quitadas.

Quien ha experimentado eso, también debería reaccionar debidamente frente a sus deudores. Nadie debería decirse a sí mismo cristiano, si solamente vive disculpando sus pecados, pero por su lado no está dispuesto a perdonar la culpa a otro. “Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores“ (Mt 6:12). Este pedido en el “Padre Nuestro” está íntimamente ligado al pedido por el pan diario. De ahí que el Señor Jesús, al final de la parábola ya mencionada sobre los dos deudores en Mateo 18, explica: “Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas” (v 35).

Leí la historia de un empresario austríaco. El suegro había convertido su vida y la vida de su propia hija en un infierno, ya que a toda costa quería imponerles el divorcio. Idea-Spektrum escribe: “Que el suegro no lo aceptaba, con eso él habría podido vivir, ‘pero la manera como trataba a su hija me era incomprensible, y comencé a odiarlo – tanto que constantemente llevaba un arma conmigo, ya que cuando todo estaría roto, también quería destruirlo a él’.” Y de hecho, después de diez años de lucha, la empresa tuvo que ser cerrada. Habían llegado al punto más bajo de su vida, deudas por todas partes, y sin perspectiva de futuro. Él y su esposa querían terminar con todo. “Un domingo de noche fuimos a las montañas, a un lugar de descanso apartado, para terminar con nuestras vidas. Cuando estábamos parados allí, a través de las gruesas nubes de lluvia cayó un rayo de sol directamente a la cara de nuestro pequeño hijo, y con eso también directamente a mi corazón, evitando este acto de desesperación.” Él comenzó un nuevo trabajo, entró en contacto con un colega de trabajo que le dijo que Jesucristo sería la única salida de su situación. “Ahí entregué mi vida a Jesucristo, todo ese montón de pedazos rotos de una vida.” El Señor dio mucha gracia, perdón de la culpa del pecado y una salida de las deudas materiales. El nuevo negocio comenzó a florecer. “Conocí el maravilloso poder de Dios que reside en el perdón. Así como Jesús me ha perdonado, puede perdonar a mi suegro.” Más adelante también su esposa y sus hijos aceptaron a Cristo y la familia desde entonces ha sido totalmente renovada.3

“Porque juicio sin misericordia se hará con aquel que no hiciere misericordia; y la misericordia triunfa sobre el juicio” (Stg 2:13). La misericordia de Dios a través de Jesucristo triunfó sobre el juicio, en que el Señor no simplemente pasó de alto la carga de culpas de la humanidad, sino que él mismo se ocupó de esa carga, la pagó y la borró. De ahí que también en nuestra vida debería triunfar la misericordia sobre el juicio.

Lo que el sol es para la naturaleza, eso es el amor para el corazón: Hace que el hielo se derrita. Allí donde se mantiene el frío, es donde faltan los rayos calentadores de amor y misericordia.

1 Fuente del párrafo completo: P.M. Welt des Wissens (Mundo del Saber), 9/2009 2 P.M. Welt des Wissens (Mundo del Saber), 9/2009 3 Fuente: Idea-Spektrum 28/2001




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