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La Sangre de Cristo

(1ª parte)

Autor: Thomas Lieth

Cada cristiano nacido de nuevo ha sido comprado a un precio muy elevado. La Palabra de Dios dice: “Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir... con la sangre preciosa de Cristo...”


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PE1494 - Estudio Bíblico – La Sangre de Cristo


Para comenzar esta segunda parte de este estudio vamos a leer en nuestras biblias, en 1ª Pedro 1, 18 y 19. Dice así la Palabra de Dios: “Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación”.

Ciertamente, cada cristiano nacido de nuevo ha sido comprado a un precio muy elevado, es decir, “con la sangre preciosa de Cristo”. Ni el oro, ni la plata, ni siquiera todas las riquezas del mundo alcanzarían para liberarnos de la esclavitud a Satanás, rescatarnos de nuestros pecados y llevarnos a la comunión con el Padre celestial. ¡Se debía pagar el alto precio de la sangre preciosa de Cristo para expiar nuestra culpa! A través de esto podemos ver dos cosas:

Primeramente, el peso del pecado. No es posible medirlo. La única forma en que puede ser cubierto o justificado es a través de “la sangre preciosa de Cristo”. La santidad de Dios se presenta delante de nuestros ojos. Él, el Dios santo y todopoderoso, no puede tener comunión alguna con el pecador. La santidad (la pureza) de Dios y el pecado (la impureza del hombre) se rechazan así como el agua y el aceite.

En segundo lugar, el infinito amor de Dios. Cuando pensamos en lo que el Dios trino estuvo dispuesto a dar, sacrificar y pagar para reconciliarnos, justificarnos y salvarnos, quedamos sin palabras. Este Dios eterno, todopoderoso y santo, Creador de cielo y tierra, Señor de la vida y la muerte, sin el cual nada tendría vida, quien comanda a miles de ángeles y quien podría llenar todo el universo de oro y plata, este Dios inmortal, se hizo hombre en Jesucristo para derramar en la cruz del Gólgota su propia sangre, por medio de indescriptibles sufrimientos corporales, del alma y del espíritu, y luego morir. Por eso, este sacrificio único del Hijo de Dios es imperecedero, eficaz y eterno. Dios no podría haber pagado un precio más alto. Y que nosotros seamos los destinatarios de dicho sacrificio demuestra lo mucho que significamos para Él. Su amor hacia nosotros, los hombres, se revela por medio del sacrificio de su Hijo unigénito y por la sangre derramada en la cruz. La Biblia presenta en Romanos 5:8 este indescriptible amor del Eterno, de la siguiente forma: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”.

Quisiera que viéramos a continuación algunas cosas que nos hacen pensar en el alcance de la sangre de Cristo:

En primer lugar: El perdón por medio de la sangre

El escritor de la carta a los Hebreos, en el cap. 9, vers. 22, deja saber a sus lectores, inspirado por el Espíritu Santo, lo siguiente: “… Y casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión.


Ya con el primer sacrificio, inmediatamente después de la caída, queda en claro que sin derramamiento de sangre no puede haber perdón. Éste es un principio que por medio del sacrificio de Jesucristo, el Cordero de Dios, tiene completa validez hasta el Gólgota y más allá también. ¡Sin la valiosa sangre de Jesucristo no hay perdón!

En segundo lugar: La redención por la sangre

El apóstol Pablo escribe en Efesios 1:7: “… en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia”.

Naturalmente, el perdón va de la mano de la redención. También aquí tiene validez el hecho de que: ¡sin la preciosa sangre de Jesús no hay redención!

En tercer lugar: La purificación por la sangre

En la primera carta de Juan, cap. 1, vers. 7, se les dice a los creyentes: “… pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”.

Quien es perdonado de su culpa, quien es redimido (liberado del pecado y del juicio por la sangre de Cristo), puede presentarse purificado ante Dios. ¡Sólo así es posible la comunión con Dios en su santidad!

Como principio, el Dios santo no puede tener comunión alguna con una persona manchada por el pecado. La comunión sólo es posible cuando la persona está santificada. Pero eso, requiere la purificación de los pecados, y ésta sólo es posible por medio de la valiosa sangre de Jesús. Si esta purificación no se ha llevado a cabo en la vida de una persona, por lo menos hasta el presente, no tiene acceso directo a Dios ni tampoco comunión con Él. Este principio ya se menciona en el antiguo pacto, a través de los rituales del lavamiento y la purificación a los que se tenían que someter los sacerdotes.

En cuarto lugar: La justificación por la sangre

En Romanos 5:9 se les dice a los cristianos nacidos de nuevo: “Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira”.

Nunca podremos justificarnos delante del santo y justo Dios. Cada persona consciente es responsable por sí misma y no puede excusarse por ninguno de sus pecados. Solamente la preciosa sangre de Jesús logra justificarnos delante del Dios santo. Así sucedió también en el éxodo del pueblo de Israel en Egipto: los hijos de Israel solamente fueron justificados por la sangre del cordero que cada familia había sacrificado: “… y veré la sangre y pasaré de vosotros…” (nos dice Éxodo 12:13). A Dios no le interesaba ninguna otra cosa que la sangre, la misma debía estar allí. Si lo estaba, el juicio pasaba por alto la casa cubierta por ella. Si en la casa de algún israelita no hubiera estado visible la sangre del cordero sacrificado, no habría habido justificación para sus moradores, y no hubieran podido escapar de la justicia de Dios. No tenía importancia quién se encontraba en la casa, si era gente religiosa o no, si eran buenos y amables, o tiranos y malvados. Nada de eso importaba. El único criterio era si la sangre del cordero estaba visible en los postes y en el dintel de la puerta.

En quinto lugar: La paz por la sangre

En la carta a los Colosenses, cap. 1, vers. 19 y 20, leemos: “por cuanto agradó al Padre que en él (Cristo) habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz”.

Cuando se reconcilian dos personas, hacen un pacto de paz entre sí. La justificación, purificación, salvación y perdón por la sangre de Cristo lleva a la paz con Dios. Sin la preciosa sangre de Cristo no hay paz entre Dios y los hombres: no hay paz en los corazones, no hay paz en la tierra y, tampoco, hay paz en el cielo.

¿Has obtenido tú la paz con Dios, mediante la sangre de Jesús? Deseo sinceramente que así sea. Y si aún no la tienes, recuerda que Jesús está llamando a la puerta de tu corazón. ¿Le vas a abrir? Él derramó Su Sangre por ti. Para reconciliarte con Dios. ¿Vas a depositar tu confianza en Él? ¡Hazlo hoy! Y serás justificado por la fe, y tendrás paz con Dios por medio del Señor Jesucristo.



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