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El veneno más peligroso del mundo

Existe un nuevo tipo de crimen que se llama “hate crime” (crimen por odio). Psicólogos y neurólogos están de acuerdo en que ningún otro sentimiento es tan fuerte y tan peligroso como lo es el odio. El mismo impulsa a las personas al suicidio, a la locura, o los convierte en extremistas.

Norbert Lieth

De la noche a la mañana, el odio puede tomar cautivo a un ser humano, llenarlo por completo, incrementarse más y más, hasta llegar, incluso, a ser adictivo. El mismo puede tomar posesión de una persona, de tal manera que la misma ya no es dueña de sí misma. Algunos investigadores opinan que el odio, incluso, puede transformar el cerebro. Es como un veneno inyectado, que se extiende más y más en el cuerpo. Primero llena los pensamientos, luego se refleja en las expresiones faciales y en los ojos, conduciendo a las palabras correspondientes y, finalmente, toma control del cuerpo de entero y de todas las emociones. El odio puede llevar al ser humano a los actos más dementes: al suicidio, por odiarse a sí mismo, o al asesinato en serie, por odiar al mundo entero. El odio en unos produce racismo, o convierte a otros en crueles e indiferentes, de modo que ya no demuestren sentimientos o compasión. El odio puede ser más fuerte que el temor a la muerte. Todos conocemos la expresión “ciego de odio”. El odio tiene muchas facetas. Está el odio hacia los vecinos, el odio hacia el otro género, odio hacia otras naciones; odio en la familia, en la escuela, o en el lugar de trabajo. Muchas cosas pueden ser razón para el odio: el rechazo y la desilusión, la envidia o los celos, la rivalidad y la opresión, una imagen enemiga que se establece, o la falta de disposición a perdonar. La Biblia dice: “El odio despierta rencillas; pero el amor cubrirá todas las faltas” (Pr. 10:12). También se podía leer en ese informe, sobre dos vecinos que se odiaban. Ellos dañaban cada uno el terreno del otro e, incluso, andaban a los golpes, aun cuando ni siquiera se conocían bien. Uno de ellos, sin ninguna razón, se sentía amenazado por el otro.


No debemos pasar por alto que el odio, al igual que todos los demás pecados, tiene su origen en la maldad del propio corazón. Si nuestro corazón no fuera malo, no existiría ningún odio. Pero somos receptivos hacia el odio y lo producimos. Somos hostiles, celosos y envidiosos. “Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias” (Mt. 15:19). La Biblia narra como Amnón, uno de los hijos de David, se enamoró de su medio hermana Tamar y terminó violándola. Pero después dice: “Luego la aborreció Amnón con tan gran aborrecimiento, que el odio con que la aborreció fue mayor que el amor con que la había amado. Y le dijo Amnón: Levántate, y vete” (2 Sam. 13:15). Ezequiel escribe sobre el odio de Edom, ubicado en el Monte Seir (hoy el sur de Jordania). Edom era uno de los enemigos más persistentes de Israel. Los edomitas odiaban al pueblo judío con especial fervor. En su odio hacia Israel, ellos ocasionaron una terrible matanza cuando, en el año 586 AC, los judíos intentaron escapar de los babilonios. “Por cuanto tuviste enemistad perpetua, y entregaste a los hijos de Israel al poder de la espada en el tiempo de su aflicción, en el tiempo extremadamente malo” (Ez. 35:5; cp. Abd. 10-11). Por esta razón, el Señor había proclamado el juicio sobre Edom, el cual también se cumplió literalmente en el período siguiente: “Por tanto, vivo yo, dice Jehová el Señor, yo haré conforme a tu ira, y conforme a tu celo con que procediste, a causa de tus enemistades con ellos; y seré conocido en ellos, cuando te juzgue” (Ez. 35:11).


El odio, con toda seguridad, es uno de los fenómenos de los últimos tiempos. El mismo tiene su origen en el diablo, quien desde el principio es llamado homicida (Jn. 8:44). Así como una serpiente venenosa produce el veneno dentro de sí y muerde con efecto mortal, así la serpiente diabólica, Satanás, produce el veneno del odio y lo inyecta a la humanidad. El odio es demoníaco. Cuanto más avanzamos en el fin de los tiempos, y cuanto mayor se hace la influencia de Satanás en este mundo, tanto más aumenta el odio. No de balde, un tipo actual de crímenes es denominado “hate crime” (crimen por odio). Todo esto seguirá agravándose en el tiempo del Anticristo. La lista referida a los últimos días, en 2 Timoteo 3:1-5, nos hace ver el tiempo en el cual nos encontramos: “También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita.”


En el Nuevo Testamento, los creyentes son exhortados persistentemente a no odiar, sino, más bien, a amar en lugar de ello. De modo, que es posible que también un cristiano pueda ser derrotado por el odio. “El que dice que está en la luz, y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas. El que ama a su hermano, permanece en la luz, y en él no hay tropiezo. Pero el que aborrece a su hermano está en tinieblas, y anda en tinieblas, y no sabe a dónde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos” (1 Jn. 2:9-11). “Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él” (1 Jn. 3:15). “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?” (1 Jn. 4:20). Aquél que odia es un homicida, que sólo en apariencia es un hermano. En realidad, es un mentiroso, que lleva en sí las facciones del diablo, el cual es denominado “homicida” y “padre de mentira”. Y así como el diablo finge, un falso hermano finge, también, de esa manera, en todo el sentido de 2 Timoteo 3:5. En la fachada, actúa como si fuera piadoso, pero del poder de la verdadera fe, no sabe nada. Un verdadero cristiano siempre, e incondicionalmente, mostrará una inmediata disposición al arrepentimiento y a querer dejarse transformar. Proverbios 14:30 testifica diciendo: “El corazón apacible es vida de la carne; mas la envidia es carcoma de los huesos.” De hecho, la ciencia, desde hace algún tiempo, informa que el odio, por ejemplo, y todo lo que tiene que ver con eso (como ser la envidia, la amargura, los celos, la intransigencia) produce procesos sicosomáticos y bioquímicos en el cuerpo y, literalmente, enferma a la persona. El profesor Gates, del Instituto Psicológico en Washington, ha comprobado que el odio no causa solamente daños emocionales, sino que también produce un peligroso veneno corporal. Las personas llenas de ira y de odio, activan una secreción glandular que se filtra en la respiración y en la transpiración del cuerpo. El investigador pudo demostrar, basado en experimentos, que cada irritación emocional tiene su respiración especial. Gates tomó algo del sedimento de la respiración de un hombre lleno de odio y lo inyectó a un conejillo de Indias. Eso parece haberle costado la vida, en pocos minutos, a un animalito experimental. Parece que hasta a un ser humano se le puede matar con ese veneno.”1


El odio puede ser más grande que el amor,“Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn. 3:14-15).


¿Acaso está usted enfermo de odio y siente como eso le consume interiormente? Abra su vida al Señor Jesucristo, dígale toda la verdad. Él le responderá con amor. Muchos que ya han actuado así, pudieron experimentar como el odio se transformó en amor. ¡Dios tiene poder!


“Ponme como un sello sobre tu corazón, como una marca sobre tu brazo; porque fuerte es como la muerte el amor; duros como el Seol los celos; sus brasas, brasas de fuego, fuerte llama. Las muchas aguas no podrán apagar el amor, ni lo ahogarán los ríos. Si diese el hombre todos los bienes de su casa por este amor, de cierto lo menospreciarían” (Cant. 8:6-7).


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