Un nuevo comienzo asombroso (1ª parte)

Un nuevo comienzo asombroso
(1ª parte)

Autor: Wolfgang Bühne

Ezequías se crió en un momento y en un entorno muy desolador. Pero, esas circunstancias tan deprimentes, no fueron un impedimento para que Dios produjera un avivamiento que comenzó con él mismo. Dios lo formó como instrumento de Su gracia.

 


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PE2043 – Estudio Bíblico
Un nuevo comienzo asombroso (1ª parte)



Hola amigos! Qué gusto estar nuevamente con ustedes! En 2 Reyes 18:4, leemos con relación a Ezequías: “El quitó los lugares altos, y quebró las imágenes, y cortó los símbolos de Asera, e hizo pedazos la serpiente de bronce que había hecho Moisés, porque hasta entonces le quemaban incienso los hijos de Israel; y la llamó Nehustán”.

Ya hemos visto en qué momento y en qué entorno tan desolador se crió Ezequías. Pero, estas circunstancias tan deprimentes no fueron un impedimento para que Dios produjera un avivamiento que comenzó con el joven rey Ezequías mismo. Dios lo formó como instrumento de Su gracia. Su pauta fue el ejemplo de su antecesor, del “hombre según el corazón de Dios”, e “hizo lo recto ante los ojos de Jehová, conforme a todas las cosas que había hecho David su padre.”

Mientras 2 Cr. 29:3 nos explica que Ezequías, en el primer año de su reinado, abrió las puertas de la casa de Dios, y mandó sacar la inmundicia del santuario para que pudiera establecerse otra vez el culto, 2 Re. 18:4 nos dice que él, al principio de su reinado, exterminó tajantemente toda clase de idolatría en el pueblo de Dios.

No vemos claramente en qué orden trabajó Ezequías: si primero destruyó la idolatría y después posibilitó el culto en el templo, o viceversa. Pero, aunque en la Biblia y en la historia de la Iglesia hallamos algunas excepciones, no obstante, por lo general, un avivamiento comienza con volver a Dios, con arrepentimiento y limpieza.

Veamos cuál era: El problema con los lugares altos…

Dios había repetido al pueblo de Israel con empeño, clara e inequívocamente, cómo debían proceder frente a la idolatría de los pueblos paganos en la tierra de Canaán. En Deut. 12:1 al 3, dice:
“Destruiréis enteramente todos los lugares donde las naciones que vosotros heredaréis sirvieron a sus dioses, sobre los montes altos, y sobre los collados… derribaréis sus altares, y quebraréis sus estatuas, y sus imágenes de Asera consumiréis con fuego”.

Es interesante que aquí hallamos el mismo orden de “altos”, “estatuas” y “símbolos de Asera”, igual que como Ezequías los destruyó. Parece ser que de esto, debemos aprender una importante y actual lección acerca de la idolatría en el pueblo de Dios: comienza con los “altos”. Esto eran los montes o collados, es decir, los lugares “elevados”, donde los paganos habían puesto sus altares para servir a sus dioses. Los “altos” siempre han desempeñado un papel trascendental en el pueblo de Israel. Así, leemos, por ejemplo, en 1 Sam. 9:12 y 13, que el profeta Samuel ofrece un sacrifico sobre un “lugar alto”. Posiblemente sobre el altar que normalmente se hallaba en el atrio del tabernáculo, que en ese momento parece ser que no estaba montado.

En 2 Cr. 1:3, leemos que al principio del reinado de Salomón el tabernáculo estaba en un “lugar alto” que había en Gabaón, donde Salomón ofreció mil holocaustos. A la noche siguiente, se le apareció Dios y le bendijo. No leemos que Dios censurara a Samuel o a Salomón por sus sacrificios – todo lo contrario. Pero, después que Salomón hubo edificado el templo y el arca del testimonio hubo encontrado su lugar, estos lugares “altos” perdieron su justificación temporal, y para el pueblo de Israel ya no había razón alguna para ofrecer sacrificios allí. Muy pronto (en Éx. 15:17) y también poco antes de entrar en la tierra prometida, Dios habló de un “lugar” que Él escogería “para poner allí su nombre para su habitación, ése buscaréis, y allá iréis. Y allí llevaréis vuestros holocaustos, vuestros sacrificios…” (nos dice Deut 12:5 y 6).

Pocos versículos más tarde, leemos el ruego encarecido: “Cuídate de no ofrecer tus holocaustos en cualquier lugar que vieres” . El culto de los israelitas, por lo tanto, no debía estar determinado por las circunstancias exteriores, o de la imaginación y la creatividad, sino por los claros mandatos de Dios, y el no cumplirlos acarrearía daños.

Es lamentable que precisamente el rey Salomón, quien construyó el templo de Jerusalén pocas décadas después, edificara “un lugar alto a Quemos, ídolo abominable de Moab, en el monte que está enfrente de Jerusalén” (como leemos en 1 Re. 11:7). Y, tristemente, muchos de los reyes posteriores en el pueblo de Israel siguieron su mal ejemplo.

No obstante, hallamos en la historia de Judá, también, la situación que nos relata 2 Cr. 33:17: “el pueblo aún sacrificaba en los lugares altos, aunque lo hacía para Jehová su Dios” – a pesar de que el culto ya era posible en el templo.

OP – PAUSA MUSICAL

Resumiendo lo que ya hemos dicho, vemos, por tanto, lo siguiente:

– antes de la construcción del templo en Jerusalén, aparentemente se ofrecían sacrificios en los “lugares altos”, sobre el altar del holocausto – con el permiso de Dios.
– al final del reinado de Salomón, el culto se hacía en el templo y, al mismo tiempo, se ofrecían sacrificios a los ídolos en los “lugares altos”.
– después de la división de Israel, hallamos, sobre todo en el reino del norte, un culto idólatra muy extendido en “los lugares altos”, “en todas sus ciudades, desde las torres de las atalayas hasta las ciudades fortificadas, para provocar a ira a Jehová. … Y servían a los ídolos” (como nos dice 2 Re. 17:7 al 18).
– También Acaz, el padre de Ezequías “cerró las puertas de la casa de Jehová” en Jerusalén e “hizo también lugares altos en todas las ciudades de Judá, para quemar incienso a los dioses ajenos, provocando así a ira a Jehová el Dios de sus padres” (según 2 Cr. 28:24 y 25).
– Bastante al final de la historia de Judá, leemos que el pueblo de Dios sacrificaba tanto en el templo, como en los “lugares altos” al Dios de Israel.

¿Qué podemos aprender de esto para nuestros días?

Porque hoy también hay, dentro de la cristiandad, algo así como “cultos”, durante ciertos eventos ecuménicos o “interreligiosos”, donde se veneran y adoran toda clase de dioses paganos. Cualquier cristiano temeroso de Dios, que tome en serio la Biblia, abominará tal idolatría pagana y no lo apoyará en ninguna manera.
Los que de todo corazón queremos servir al Señor, con nuestros cultos bienintencionados, también a veces nos parecemos a aquellos israelitas que servían a su Dios en los “altos”, y esto ocurre cuando no nos sujetamos a las instrucciones del Nuevo Testamento, o las cambiamos según nuestro parecer.

Así como en el Antiguo Testamento, finalmente, solo había un lugar para la adoración de Dios y solo un altar donde debían ser ofrecidos los sacrificios del pueblo, así también hay en el Nuevo Testamento solo un modelo establecido y vinculante de cómo ha de ser la Iglesia y el culto, como leemos en Ef. 2:18 al 22 – “edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor”.

Especialmente las cartas de Pablo nos muestran cómo ve Dios la Iglesia, y cómo sus cultos y sus tareas deben ser dirigidos por la autoridad y la presencia de Cristo como cabeza de ella.

En cuanto a: Las “imágenes”, ya sabemos que en el “segundo mandamiento” (en Éx. 20:4 y 5) queda terminantemente prohibido adorar cualquier “imagen tallada” o “semejanza”. Las “imágenes” o “estatuas” que, más tarde, fueron puestas en los “lugares altos” en Israel, no eran necesariamente imágenes de ídolos, sino que al principio eran casi siempre utilizadas como símbolos, para ser una ayuda en la adoración a Dios. Debían ser imágenes visibles impresionantes, algo placentero para los sentidos. Quizás representaban simbólicamente algún atributo de Dios, con la intención de impulsar la adoración a Él.

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