Compromiso total IX (2ª parte)


Autor: William MacDonald

¿No es extraño que cuando Dios llama a una persona, la reacción normal sea la resistencia? C.S.Lewis preguntó una vez: “¿Quién puede adorar adecuadamente a ese Amor que abre las puertas al pródigo que es traído pataleando, luchando, resintiendo y moviendo los ojos en todas direcciones buscando una oportunidad de escapar?”


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PE2236 – Estudio Bíblico
“Compromiso total” IX (2ª parte)



¿Cómo están amigos? Habíamos visto las distintas etapas que atraviesa una persona en su proceso de resistencia a la voz de Dios: la rebelión, la guerra, la búsqueda inútil, hasta que comienza la convicción, en la que se siente un constante e implacable acercamiento de Aquél a quien deseábamos no encontrar.

Hasta que llegamos a la etapa de la: Salvación

Finalmente llegó el día que tanto habíamos temido. Despojados de nuestra fuerza y nuestro orgullo, gemimos lastimeramente expresando nuestra rendición incondicional:

No quiero, pero me entrego, me entrego;
No puedo resistirlo más,
Me hundo movido por un amor que muere
Y te pertenece a Ti, conquistador.

Esto sucedió mientras los cristianos cantaban el himno de Charlotte Elliott:

Tal como soy, sin más decir,
Que a otro, yo no puedo ir
Y Tú me invitas a venir,
Bendito Cristo vengo a Ti.

Tal como soy, sin demorar
Del mal queriéndome librar
Me puedes sólo Tú salvar
Bendito Cristo vengo a Ti.

Tal como soy, en aflicción
Expuesto a muerte, perdición
Buscando vida, paz, perdón
Bendito Cristo vengo a Ti

Tal como soy, Tu grande amor
Me vence y con grato ardor
Servirte quiero mi Señor
Bendito Cristo vengo a Ti

El acecho había terminado. La Persecución del Cielo nos había alcanzado. Allí estábamos agotados a los pies de la cruz, débiles e indefensos. Ya no nos importaba lo que nuestros amigos pensaran de nosotros, sino lo que Él pensaba. En ese momento nos dimos cuenta de que nuestro supuesto Enemigo y Perseguidor en realidad era nuestro Mejor Amigo. Nuestros temores no tenían fundamento. Al huir del Señor, habíamos estado temiendo una bendición.

La guerra había terminado. Ahora teníamos paz con Dios a través del Señor Jesucristo. Ahora estábamos del lado del Ganador. Y esos irritantes cristianos que solían aturdirnos, de pronto eran nuestros hermanos y hermanas a quienes estábamos profundamente agradecidos.

Lewis pregunta: “¿Quién puede adorar adecuadamente a ese Amor que abrirá las puertas al pródigo que es traído pataleando, luchando, resintiendo y moviendo los ojos en todas direcciones buscando una oportunidad de escapar?”

Pero había comenzado una nueva batalla. Cierto, habíamos confiado al Señor la salvación eterna de nuestras almas. Pero, ahora nos enfrentábamos a otra pregunta: ¿Le rendiríamos nuestras vidas para servirle? ¿Podríamos confiar en Él para que dirigiera nuestras vidas aquí en la tierra?

Una vez más nuestras tercas voluntades tomaron gran velocidad. Sabíamos lo que teníamos que hacer, pero no estábamos preparados para hacerlo. Sabíamos que la lógica divina apuntaba hacia una rendición total, pero eso podría interferir con lo que habíamos planeado para nuestro futuro: un matrimonio idílico con lindos hijos; una profesión u ocupación que nos brindara una buena entrada y una reputación exitosa en la comunidad; una casa mejor que la promedio en el sector bonito de la ciudad; comodidad, seguridad, placer – y, ¡ah sí! – algo de tiempo para servir al Señor.

En apariencias, el mundo era nuestro caparazón. Todo estaba marchando a nuestra manera. Nuestros parientes y amigos hablaban de nuestro éxito. Lo que ellos no sabían era que había una profunda inquietud en nuestros corazones. Sentíamos que estábamos persiguiendo las sombras. Bajo la superficie nos encontrábamos luchando con la rendición total.

Teníamos miedo. Miedo de lo que podría llegar a ser Su voluntad para nosotros. Claro que no sería una vida tan glamorosa como la que habíamos ideado. Nos batimos en un duelo con Dios y pasamos mucho tiempo escuchando nuestras vacilaciones. Jamás nos pusimos a pensar que el Señor tenía para nosotros opciones mucho mejores que las que habíamos imaginado. Opciones en las que podíamos encontrar satisfacción. Opciones que nos harían delirantemente felices.

Pero, la Rendición tenía que llegar…

Finalmente, reconocimos nuestra necedad. El Espíritu Santo removió las vendas de nuestros ojos. Vimos que el Dios de amor infinito no quería nada más que lo mejor para Sus hijos. Nos tropezamos con el hecho de que Su voluntad es lo mejor. Así que, hicimos algo que no habíamos hecho nunca antes. Por primera vez, nos arrodillamos y nos entregamos a Él como un sacrificio vivo. Dijimos: “Señor, donde quieras, cuando quieras, lo que quieras.” Era tan lógico. Tenía tanto sentido. ¿Qué menos podíamos hacer que entregarle lo mejor de nosotros y vivir completamente para Él, después de todo lo que había hecho por nosotros?

Ya habíamos entregado nuestras vidas para salvación. Ahora se las estábamos entregando para el servicio. Dijimos, con las palabras de E.H. Swinstead:

Jesús, Amo y Señor, el amor divino ha vencido,
Por tanto, responderé Sí, a toda Tu voluntad.
Libre de las ataduras de Satanás, soy Tuyo para siempre;
De ahora en adelante, cumple todo Tu propósito en mí.

Pero, con el pasar del tiempo, aprendimos una dolorosa lección. Nuestro sacrificio vivo tenía la mala costumbre de bajarse arrastrando del altar. Era un sacrificio resistente en toda su potencia.

Nos dimos cuenta de que la crisis de la entrega no fue suficiente. El compromiso de por vida tenía que ser seguido de un compromiso continuo. Cada mañana teníamos que venir al Señor y renovar nuestra consagración. Cada mañana teníamos que cambiar nuestra voluntad por la de Él. Así que comenzamos a arrodillarnos diariamente a los pies de nuestra cama para decir: “Señor Jesús, yo me dedico a Ti por las siguientes veinticuatro horas”.

Y a medida que Su voluntad se iba revelando, descubrimos la verdadera razón de nuestra existencia. Encontramos nueva paz y serenidad en nuestras vidas. Éramos humildemente conscientes de que Dios estaba obrando en y a través de nosotros, y que cada vez que nuestra vida tocaba otras, algo sucedía para Dios.

Habiéndonos vuelto al Señor, vivíamos cada día creyendo que Él estaba guiándonos, controlándonos y usándonos.

Viendo hacia atrás, vemos cuán acertadamente captó T. Monod la historia de nuestro sacrificio resistente en estas líneas:

Oh, qué amarga vergüenza y dolor
Puede cargar un momento!
Cuando dejé que la compasión del Salvador
Rogara en vano, y orgullosamente respondí,
Todo de mí, y nada de Ti.

Así Él me encontró; yo lo contemplé
Sangrando en el maldito madero;
Lo oí orar, perdónalos, Padre,
Y mi deseoso corazón dijo débilmente,
Algo de mí, y algo de Ti.

Día a día Su tierna compasión,
Sanadora, amable, plena y libre,
Dulce y fuerte, y tan paciente,
Me hizo rendir más y susurrar,
Menos de mí y más de Ti.

Más alto que los más altos cielos,
Más profundo que el más profundo de los mares,
Señor, Tu amor venció al fin:
Concédeme ahora la petición de mi corazón,
Nada de mí, y todo de Ti.

Compromiso total VIII (1ª parte)


Autor: William MacDonald

Debemos movernos hacia un caminar diario de entrega completa al señorío de Cristo. Necesitamos enfrentar algunos hechos y considerar su lógica. Cada muestra del plan de Dios para la redención trae consigo un deber. Debemos maravillarnos con las verdades que fluyen del Calvario y decidir lo que vamos a hacer al respecto.


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“Compromiso total” VIII (1ª parte)



Estimados amigos y hermanos, aquellos que son cristianos verdaderos saben lo que es volver sus vidas al Señor Jesús para salvación. Fueron convencidos de su pecado y de su ineptitud para estar en la presencia de Dios. Ellos han creído que el Salvador murió para pagar la pena por todos sus pecados. Se han vuelto a Él para ser salvos por la eternidad. Todo es tan lógico. La salvación es un regalo. Está disponible para que se la apropien. Ellos tienen todo para ganar y nada para perder. Serían necios si no aceptaran a Cristo ni estuvieran seguros del cielo.

Pero es posible aceptar a Cristo para salvación y aun así no entregar nuestro ser a Él para el servicio. Podemos confiar en que Él nos llevará al cielo, pero de alguna manera no podemos confiarle nuestra vida para que la ordene aquí en la tierra. Tenemos nuestros propios planes y ambiciones, y no queremos que nadie ni nada interfiera con ellos. Reconocemos a Cristo como Salvador de nuestras almas, pero evitamos coronarlo como Rey de nuestras vidas.

Gracias al gran énfasis que se le da al evangelismo en la Iglesia actual, es posible que cuando una persona es salva, piense que ya no hay más para hacer. Debemos desengañarnos de la idea de que la conversión es la meta final. Respecto a la aptitud para el cielo, nuestro nuevo nacimiento es todo lo que necesitamos. Pero no es lo último en la vida cristiana. Debemos movernos hacia un caminar diario de entrega completa al señorío de Cristo.

Necesitamos enfrentar algunos hechos y considerar su lógica. Cada muestra del plan de Dios para la redención trae consigo un deber. Las doctrinas llevan al deber. Debemos maravillarnos con las verdades que fluyen del Calvario y decidir lo que vamos a hacer al respecto.

Una de estas verdades es: Nuestro Creador Murió para Salvarnos

En primer lugar, nada puede eclipsar la increíble realidad de que Aquél que murió en la cruz no era menos que Dios encarnado. Era el Creador muriendo por sus criaturas, el Juez muriendo por los criminales, el Santo muriendo por los pecadores. Cuando el Hijo de Dios murió, el que era Amor moría por sus enemigos, el Inocente por los culpables, el Rico por los pobres. Una vez que entendamos lo que este asombroso hecho significa, nunca más podremos ser los mismos. Será abrumador. Cualquier cosa menor a la dedicación total es una negación del enorme significado del Calvario. Que quede grabado en nuestras almas que Alguien pagó el máximo precio por nosotros, y ese Alguien es el que diseñó el universo y todo lo que hay en él.

Una segunda consideración es la siguiente. Las misericordias de Dios demandan que rindamos todo nuestro ser a Él. Cuando hablamos de las misericordias de Dios, hablamos de los maravillosos privilegios, posiciones, y favores que Él ha conferido a los creyentes. Hablamos de todos los beneficios que fueron comprados para nosotros en el Calvario. Hemos hecho una lista de algunos de ellos en el capítulo anterior.

Ningún simple mortal tendrá jamás la audacia de concebir semejante lista de bondades para personas tan indignas. Es un catálogo de generosidad espiritual que no buscamos y que no podíamos comprar. Pero vino a nosotros sin costo en el regalo de la vida eterna. Cuanto más meditamos en las misericordias de Dios, más nos desconcierta que Él nos dote de tal manera.

Los franceses tienen un dicho: nobleza obliga. La gente que es de clase alta o alto rango tiene la obligación de responder apropiadamente. Los cristianos somos de clase alta (hemos nacido en la familia de Dios) y de alto rango (herederos de Dios y coherederos con Jesucristo). La respuesta apropiada es rendir el control de sus vidas al Padre de las misericordias. Les corresponde presentar sus cuerpos a Él en sacrificio vivo.

Una tercera razón para nuestro compromiso total es la gratitud. Si el agradecimiento es apropiado para alguien que nos salva si nos ahogamos, o si estamos en un edificio en llamas, ¿cuál es la respuesta apropiada para Aquél que ha entregado su cuerpo para salvarnos del infierno? Existe sólo una respuesta: Cuando lo escuchamos decir: “Éste es mi cuerpo que por vosotros es dado,” ¿qué más podremos decir nosotros que: “Gracias, Señor Jesús. Éste es mi cuerpo, mi corazón, mi vida, mi todo, te lo entrego”?

Cuando el misionero J. Alexander Clark vio a un africano siendo atacado por un león, tomó su arma, mató al león, llevó al hombre al hospital y cuidó de él hasta que estuvo listo para volver a su tribu. Dos o tres meses más tarde, Clark estaba sentado en su pórtico cuando escuchó una terrible conmoción: gallinas cacareando, patos graznando, ovejas balando, y parloteo de hombres, mujeres y niños. Allí estaba un africano alto, dirigiendo un desfile de animales, aves, y personas. Era el hombre que Clark había salvado de las fauces del león. Cayendo a los pies del misionero, el hombre dijo: “Señor, de acuerdo con las leyes de mi tribu, el hombre que sea rescatado de una bestia salvaje ya no se pertenece, sino que le pertenece a su salvador. Todo lo que tengo es suyo, mis pollos, patos, cabras, ovejas, vacas, son todos suyos. Mis siervos son sus siervos. Mis hijos (que tenía bastantes) son sus hijos, y mis esposas (que tenía varias) son sus esposas. Todo lo que tengo es suyo.”

Es un tema de simple gratitud, eso es todo.

Existe una cuarta razón de por qué la entrega total es la cosa más razonable, racional y lógica que podemos hacer. Pablo nos habla de cómo el amor de Cristo nos mueve.

En 2 Co. 5:14 y 15 dice: “Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.”

Permítame desglosarlo en una serie de enunciados simples:

Todos estábamos muertos en delitos y pecados.
El Señor Jesús murió por nosotros para que podamos vivir.
Pero Él no murió para que vivamos vidas egoístas y egocéntricas.
En lugar de eso, quiere que vivamos para Él, Quien murió por nosotros.

Tiene sentido, ¿no?

Compromiso total VII (1ª parte)


Autor: William MacDonald

Hay un pasaje del Nuevo Testamento que exhorta a los creyentes a vivir una vida de entrega total! Es Romanos 12:1 y 2, que dice: “Así que hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional”.


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“Compromiso total” VII (1ª parte)



Amigos, ¿cómo están? Podría decirse que un pasaje sobresaliente en el Nuevo Testamento, que exhorta a los creyentes a vivir una vida de entrega total, es Romanos 12:1 y 2:

Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional.

Cuando mi hermano y yo éramos niños, dice MacDonald, y H. A. Ironside visitó nuestra casa, nos enseñó un coro basado en este primer versículo:

Romanos doce uno es un verso que no evitaré,
Sino que me rendiré sólo a Aquél que está en el trono;
Si Él no es Señor de todo, entonces no es Señor.
Romanos doce uno.

Muchas veces en los años siguientes, me he dado cuenta de lo corto que me he quedado respecto al ideal expresado en la frase: “Señor de todo”. Pero he buscado hacer de esto la ambición de mi corazón.

Cada palabra de ese texto dorado está cargada de significado. Poniéndolas juntas tenemos la clave para la vida abundante que el Señor Jesús prometió.

En Romanos 12:1 dice: “os ruego…”, nos preguntamos ¿quién lo está diciendo? Bueno, obviamente es Pablo, puesto que es el autor de la carta. Él es quien dijo en Fil. 1:21: “Porque para mí el vivir es Cristo”. Y: “Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.” Pablo dijo que había olvidado las cosas que quedaban atrás, y se extendía a lo que estaba delante. Prosiguió hacia la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús (como dice en Fil. 3:13 y 14).

Pero, debemos recordar que Pablo estaba escribiendo esto por revelación divina. Las palabras no eran sólo suyas, sino las palabras del Señor. El mismo Señor dijo, en Jn. 9:4: “Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura”. Y en Juan 4:34: “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra”.

Observemos la palabra ruego. Dios nos está rogando. La palabra tiene un énfasis más fuerte que pedir. Expresa urgencia e importunidad. Y hay matices de imploración y súplica. Esta palabra describe, por ejemplo, a un centurión que rogó a Jesús para que sanara a su siervo (en Mt. 8:5 y 6). Los enfermos le rogaban a Jesús que los sanara (en Mt. 14:36). Un leproso le rogó al Señor que lo limpiara (en Mr. 1:40). Fue también lo que hizo Jairo cuando le pidió al Señor que sanara a su hija enferma (en Mr. 5:23). Y fue lo que hizo Pablo cuando les rogó a los pecadores que se reconciliaran con Dios (en 2 Co. 5:20). Así que, si escuchamos cuidadosamente, se oirá el latir compasivo del corazón de Dios, instando a Su pueblo a actuar hacia la mejor vida posible. Él quiere salvarnos de una vida perdida, de una vida dedicada a las trivialidades.

En el obituario de un periódico local, las siguientes oraciones describían el punto central en las vidas de algunos de los que habían fallecido:

“Él tenía apego a las calabazas, ya que nació en el entorno de una vieja tradición familiar de celebrar Halloween a lo grande, y de esa manera pulió sus habilidades en el tallado de calabazas a una edad muy temprana.”

“Ella disfrutaba de la TV, especialmente de Jeopardy.”

“El disfrutaba del bingo, el café y las tostadas en la mañana en el restaurante local, los niños pequeños, su jardín, las frutas, y el agua fresca.”

Estas son actividades que no dañan, pero, ¿eso es todo en la vida?

Después de la resurrección, Pedro tuvo el maravilloso privilegio de poder predicar el mensaje que el mundo tanto necesitaba. Pero, ¿qué fue lo que dijo él? “Voy a pescar”, (así leemos en Juan 21:3).

Dios quiere salvarnos de que pasemos nuestras vidas estudiando los hábitos de descanso de los lagartos portorriqueños, o la función principal del picnic en la sociedad moderna, como algunos han hecho.

“Así que, hermanos, os ruego…” La expresión ‘así que’ es una conexión. Nos advierte para que estemos atentos, pues lo que Dios va a decir está muy relacionado con lo que había dicho previamente. “Hermanos”, es obvio que esta urgente petición va dirigida a todos los cristianos. Aquí, la palabra ‘hermanos’ es genérica, abarca tanto a hombres como a mujeres, a jóvenes y a ancianos, a recién convertidos y a creyentes maduros. No se excluye a ninguno que haya experimentado la redención de Cristo.

“Por las misericordias de Dios.” Esta frase nos dice sobre qué se basa el llamamiento. Pablo recién había terminado de mencionar muchas de las maravillosas misericordias que vienen por la fe en el Señor Jesús. Mencionemos algunas de ellas:

Fuimos predestinados por Dios (según Ro. 8:29). Así es como todo empezó. Él nos predestinó con misericordia y compasión a una salvación eterna. Pero cada uno de nosotros tiene que preguntar: “¿Por qué yo?”

Él predestinó a los creyentes a ser conforme a la imagen de Su Hijo (como vemos en Ro. 8:29). Tal gracia es inimaginable pero maravillosamente cierta.

Dios nos llamó (Ro. 8:30). Él arregló todo providencialmente para que pudiéramos escuchar el evangelio y tener la oportunidad de responder por fe. Y nos volvemos a maravillar, con las palabras de Isaac Watts:

¿Por qué fui hecho para escuchar Tu voz
Y entrar mientras aún hay lugar,
Mientras miles toman una desdichada decisión
Y prefieren morir antes que entrar?

Él nos justificó (Ro. 8:30). Eso significa que nos liberó de todo cargo. Esto es más que un mero perdón. Es como si nunca antes hubiésemos tenido argumentos en contra. El archivo está en blanco. Estamos delante de Él en justicia, porque estamos en Cristo.

Hemos sido reconciliados con Dios (Ro. 5:10 y 11). La causa del conflicto fue nuestro pecado. El Señor Jesús removió la causa al quitar esos pecados sacrificándose a sí mismo. ¿Quién sino Dios podría haber concebido este plan de salvación?

Tenemos acceso por la fe a una maravillosa posición de favor con Dios (Ro. 5:2). Ahora Él es nuestro Padre y nosotros Sus hijos. Nos acepta en el Amado; por tanto estamos tan cerca y somos tan amados como Su amado Hijo.

Somos habitados por el Santo Espíritu de Dios (Ro. 8:9). Nuestros cuerpos son templos de la Tercera Persona de la Trinidad. ¡Piense en eso!

Tenemos la seguridad de nuestra salvación por el testimonio del Espíritu Santo a nosotros por medio de la Palabra de Dios (Ro. 8:16). No dependemos de los caprichos de las emociones humanas. Podemos saber que somos salvos, ya sea que lo sintamos o no.

Estamos eternamente seguros (Ro. 5:6 al 10). Puesto que Cristo pagó tan enorme precio para salvarnos de la pena del pecado, Él jamás nos dejará ir. Él vive a la diestra de Dios para garantizar nuestra preservación (Ro. 5:10b). Esta es una seguridad a prueba de fallas.

Compromiso total VI (2ª parte)


Autor: William MacDonald

Un cordón de oro recorre las Escrituras, una verdad que reaparece constantemente en el tejido de la Palabra. La verdad es ésta: Dios quiere lo primero y Dios quiere lo mejor. Él quiere el primer lugar en nuestras vidas y quiere lo mejor que tengamos para ofrecer.


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PE2227 – Estudio Bíblico
“Compromiso total” VI (2ª parte)



¿Cómo están amigos? Recordamos algunos conceptos vertidos en el programa anterior, y continuamos adelante. Mientras seguimos el cordón dorado a través del Antiguo Testamento, podemos ver una lección, en 1 R. 17:7 al 24, cuando Elías se encuentra con una viuda pobre en un lugar llamado Sarepta . Le pidió a la mujer un poco de agua y un trozo de pan. Ella se disculpó porque todo lo que tenía era un puñado de harina y un poco de aceite, suficiente para hacer una última comida para ella y su hijo antes de morir de hambre.

“No te preocupes” -dijo el profeta- “primero haz un poco de pan para mí, y luego usa el resto para ti y tu hijo.”

Ahora, eso suena como un pedido sorpresivamente egoísta, ¿no? Hasta parece que el profeta es culpable de tener malos modales. Decir “Sírveme primero” es espantoso y a la vez una violación de las leyes morales.

Pero, lo que debemos entender es que Elías era el representante de Dios. Estaba allí en lugar de Dios. Él no fue culpable de ser egoísta o rudo. Lo que estaba diciendo es: “Mira, soy el profeta de Dios. Al servirme primero a mí, en realidad estás dándole a Dios el primer lugar, y mientras hagas eso, jamás tendrás necesidades en la vida. Tu costal de harina nunca se agotará y tu vasija de aceite de oliva siempre estará lleno.” Y así sucedió exactamente.

Salomón reforzó el principal reclamo de Dios para nuestras vidas en las ya conocidas palabras de Pr. 3:9: “Honra a Jehová con tus bienes, y con las primicias de todos tus frutos”. Eso significa que cada vez que tenemos un aumento en nuestra paga, debemos asegurarnos de que el Señor sea el primero en recibir Su porción.

Primero, el Reino

Al leer el Nuevo Testamento escuchamos al Señor Jesús insistiendo que Dios debe tener el primer lugar: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.” (nos dice en Mt. 6:33). Es la misma verdad que Elías compartió con la viuda: aquéllos que le dan al Señor el lugar de supremacía en sus vidas jamás tendrán que preocuparse por las necesidades básicas de ellas.

Quizás nos hemos familiarizado tanto con el Padre Nuestro (que encontramos en Mt. 6:9 al 13), que nos perdemos el significado del orden que está contenido en el mismo. Nos enseña a poner a Dios primero (“Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre”) y sus intereses (“Venga tu reino, hágase tu voluntad, como en el cielo así también en la tierra”). Es entonces, y no antes, cuando se nos invita a presentar nuestras peticiones personales (“El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy”, etc.)

Y así como se le debe dar el lugar de supremacía al Padre, también al Señor Jesús, quien es miembro de la Divinidad. Es por esto que leemos en Col. 1:18: “… a fin de que Él tenga en todo la primacía”.

El Salvador insistió en que el amor de Su pueblo por Él debería ser tan grande que todos los demás amores serían como odio en comparación. “Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo” (nos dijo en Lc. 14:26). Jesús debe tener el primer lugar en nuestro amor.

Pero, existen también: Ofrendas Imperfectas

Lamentablemente, el Señor no siempre obtiene el primer y mejor lugar en Su pueblo. En días de Malaquías, cuando llegaba el momento de ofrendar al Señor, un granjero se quedó con los mejores animales para la cría o para la venta, y le dio al Señor de los desechados. Él decía que cualquier cosa era buena para el Señor. El lucro se volvió lo primero. Por esta causa, Malaquías dijo con voz de trueno, en el cap. 1, vs. 8: “Ustedes traen animales ciegos para el sacrificio, y piensan que no tiene nada de malo; sacrifican animales cojos o enfermos, y piensan que no tiene nada de malo. ¿Por qué no tratan de ofrecérselos a su gobernante? ¿Creen que estaría él contento con ustedes? ¿Se ganarían su favor?” (así leemos en la Nueva Versión Internacional).

Una madre cristiana estaba trabajando febrilmente en la cocina mientras un predicador se encontraba con su hijo en la sala. El predicador estaba hablando sobre las maravillosas oportunidades que este joven tenía en la obra del Señor, debido a sus habilidades. De pronto se oyó una voz estridente que venía de la cocina: “No le hable así a mi hijo. Eso no es lo que he planeado para él”.

Una noche un ejecutivo cristiano se encontraba explicando sus metas para su hijo: estudiar en una de las universidades más destacadas, una carrera prestigiosa en el negocio y una cómoda jubilación. El hijo no estaba interesado. Él quería pasar su vida en el servicio al Señor. Siguieron hablando pero ninguno de los dos llegaba a ningún lado. Finalmente, el hijo dijo: “Bueno, papá, ¿tú quieres que sirva al Señor, o no?” Más tarde, el padre me dijo: “Ese fue el final de la discusión”.

En una nota más feliz, Spurgeon le dijo a su hijo: “Hijo mío, si Dios te llama al campo misionero, no quisiera verte cometer la tontería de ser rey”.

¿Qué pasa con nosotros?

¿Qué pasa hoy? ¿Cómo podemos darle al Señor lo mejor y lo primero? ¿Cómo podemos hacer que este principio sea algo práctico en nuestras vidas?

Podemos hacerlo en nuestro empleo al obedecer a los que están por encima de nosotros; al trabajar con el corazón como para el Señor, y no para los hombres; al reconocer que servimos al Señor Jesucristo (como se nos exhorta en Col. 3:22 al 24). Si las demandas de trabajo comenzaran a reclamar prioridad sobre las demandas de Cristo, debemos estar preparados para decirles, en efecto: “Hasta aquí llegas, no más allá, y aquí se detendrán tus orgullosas olas”. Debemos estar dispuestos a hacer más para el Salvador de lo que haríamos por una empresa.

Podemos hacerlo en nuestro hogar al mantener fielmente un altar familiar, durante el cual lean la Biblia y oren juntos. Sí, podemos hacerlo al criar hijos para el Señor, no para el mundo, para el cielo y no para el infierno.

Como dijo Mary Thomson:
Da a tus hijos para llevar el mensaje glorioso;
Da tus riquezas para apurarlos en sus caminos;
Derrama tu alma por ellos en victoriosa oración;
Y todo lo que gastes, Jesús te lo repondrá.

Podemos hacerlo en nuestra congregación local al asistir fielmente y participar con entusiasmo. George Mallone cuenta de un anciano que rechazó una invitación a una cena presidencial en la Casa Blanca, porque sus responsabilidades pastorales no le permitían tener esa noche libre. Después que Michael Faraday dio una brillante exposición sobre la naturaleza y propiedades del imán, la audiencia propuso un voto formal de felicitación. Pero Faraday no estuvo allí para recibirla. Se había escabullido a la reunión de oración semanal de su iglesia, una iglesia que nunca tuvo más de veinte miembros.

Podemos poner a Dios primero en la administración de nuestros bienes materiales. Hacemos esto al adoptar un estilo de vida simple, y de esta forma todo el excedente puede volcarse a la obra del Señor. Lo hacemos al compartir con los que tienen necesidades espirituales y físicas. Además, lo hacemos al invertir para Dios y para la eternidad.

Pero la mayor manera en que podemos darle a Dios el primer lugar es al presentar nuestras vidas a Él, al comprometernos con Él no sólo para la salvación sino también para el servicio. Nada menos que eso es suficiente, cuando pensamos en todo lo que Él hizo por nosotros.

Así lo expresó J. Sidlow Baxter:
Oh Cristo, Tus manos y pies sangrantes,
Tu sacrificio por mí:
Cada herida, cada lágrima demanda que mi vida
Sea un sacrificio para Ti.