¿Será que Dios realmente oye nuestras oraciones?


Autor: Wim Malgo

Nuestra amarga experiencia es que contamos más con nuestros sentimientos, con la carne y la sangre, y con nuestras capacidades, que con las promesas de Dios. En algún momento debemos comenzar a tomarlas en serio. Pero, ¿qué garantía tenemos de que Dios verdaderamente escucha nuestras oraciones?


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PE2174 – Estudio Bíblico
¿Será que Dios realmente oye nuestras oraciones?



¿Cómo están amigos? En Números 23:19 dice así: “Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. El dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?”

Preguntémonos: ¿Qué garantía tenemos de que Dios verdaderamente escucha nuestras oraciones?

Debemos comenzar en algún momento a tomar en serio las promesas de Dios en la Biblia. Nuestra amarga experiencia es que contamos más con nuestros sentimientos, con carne y sangre, con nuestras capacidades, que con las promesas de Dios. Y esto produce dolor al corazón del Señor. “Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. Él dijo, ¿y no lo hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?” Si Jesús dice: “Pedid, y se os dará”, entonces Él quiere decir justamente esto. Lo que Él dice, no son frases vacías. En oración, podemos tomar para nosotros esas promesas y decirle: “¡Tú lo has dicho, oh Señor!” Y por Sus promesas, tenemos también la garantía de ser escuchados.

Es una verdad que Jesús nos ha recordado repetidamente: “Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo” (Jn. 14:13); “Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré” (v. 14). Y, ¿no es ésta una promesa clara?: “Todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido” (Jn. 16:23-24).

En estas tres afirmaciones de Jesús, vemos lo siguiente: Si pedimos al Padre en Su nombre, entonces Él, primero, lo hará, segundo, el Padre lo dará, y tercero, nosotros lo recibiremos. O sea, tenemos una triple promesa de repuesta a nuestra oración: hacer, dar y – nosotros – recibir. Por eso, hijo de Dios, aprendamos también la triple oración de creciente intensidad, a la que Jesús nos llama: “¡Pedid!” Pedir no es mendigar. “¡Buscad!” Esto es un apremiante persistir, un anhelo del cumplimiento de las peticiones. “¡Llamad!” Esto es un asedio impetuoso a las puertas del cielo.

Lo maravilloso de la oración es esto: Mientras oramos, Dios nos capacita para intensificar nuestra oración, ya que Él nos hace saber, en la oración misma, que es seguro que Él nos responderá cuando pedimos en el nombre de Jesús. ¿Y qué significa pedir en el nombre de Jesús? No solamente significa hacer efectivo el “cheque firmado”, que se nos pagará en su totalidad, porque está firmado por Aquél que es heredero de todas las cosas, sino que pedir en el nombre de Jesús también significa: confesar Su nombre delante de Dios. Digo Sí al nombre de Jesús, Sí al Redentor, Sí a Su cruz. Y porque Dios también dice Sí a este nombre, porque Dios acepta totalmente el sacrificio vicario de Jesús, mi anhelo se encuentra con Su cumplimiento. Mi voluntad se funde con Su santa voluntad. Eso es lo que Jesús quiere decir cuando, en Juan 15:7, dice: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho.”

¿Está usted dispuesto a permanecer en Él? ¿Está usted dispuesto a ponerse de lleno debajo de Su nombre? ¿Es su anhelo entrañable ser uno con Jesús? Si eso es así, entonces se le abre una nueva realidad, la cual pocos conocen, es decir: el actuar de la gloria de Dios en su vida, en respuesta a sus oraciones. “Lo que pidáis en mi nombre, lo haré.”

Hebreos 10:19 en adelante, nos invita a entrar en el Lugar Santísimo a través de la sangre de Jesucristo, porque tenemos un Sumo Sacerdote sobre la casa de Dios. Pero, antes de acercarnos a Dios, se nos advierte: “Acerquémonos con corazón sincero”.

¿Su corazón es sincero? Cuando usted le pide al Señor que le perdone un pecado, ¿está también dispuesto, en lo más profundo de su corazón, a romper con ese pecado? ¿O extiende una mano hacia el Señor para recibir el perdón, y con la otra sigue aferrado al pecado? Si es así, usted miente ante Su rostro santo. Cuando usted ora que el Señor envíe muchos obreros a Su viña, para que el mundo sea lleno del evangelio, y usted mismo no está dispuesto a ir y a sacrificarse, entonces su oración es una mentira, es una hipocresía.

Dios dice en Su Palabra, en Proverbios 2:7: “Él reseva Su ayuda para la gente íntegra” (NBD). Quizás usted se pregunte: ¿Cómo puedo saber si realmente soy íntegro y honesto en la oración, o si, quizás, con todo, sigo siendo mentiroso? Existe una señal infalible: ¡Usted es mentiroso si, en una actitud de autocomplacencia religiosa, tiene una buena impresión de sí mismo! Usted considera que siempre cumple con su deber, que vive como le agrada a Dios, que no le puede faltar nada ya que tiene una doctrina de fe ortodoxa y acreditada. Si usted está muy satisfecho consigo mismo, entonces sí es un mentiroso, un hipócrita delante de Dios, como dicen las Escrituras en 1 Juan 1:8: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros”.

Miles y miles de personas pertenecientes a las diferentes iglesias, actualmente viven y oran en esta hipocresía religiosa. Pero, cuando usted está convencido de su absoluta bajeza, cuando ha perdido la fe en sí mismo, entonces ha llegado a la correcta actitud de corazón: “Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados” (Is. 57:15).

Cuando usted llegue a ser una persona de oración, querido oyente, se conocerá más profundamente a sí mismo. Hay muchos que cada domingo van a la mesa del Señor, que practican en sus iglesias el bautismo bíblico, que conocen la clara y pura Palabra de Dios, pero a sí mismos no se conocen, y por eso mienten en la oración. El ser mentirosos es parte de nuestra carne y sangre, pero no hay nada más purificador y escudriñador del corazón que la oración persistente. Sólo en esta actitud, comienzo a ver mi pecado como Dios lo ve. Sólo en Su presencia, soy sacado del viejo carril religioso, de las formas muertas, y puesto en la realidad viva. ¡Recién entonces reconozco con mi espíritu (y no como hasta entonces, con mi mente) a Jesús, la verdad! Y Él dice en Jn. 8:32: “La verdad os hará libres”.

Todas las ataduras no soltadas, todas las preguntas no respondidas, todas las pasiones obstinadas y secretas que logran sostenerse en su vida de fe, vienen porque usted aún no ha reconocido la verdad sobre sí mismo. Por eso, le pido encarecidamente: ¡Comience a buscar al Señor con un corazón dispuesto y honesto como nunca antes, y tendrá la garantía de ser respondido!

María, la madre de Jesús (1ª parte)

En esta oportunidad nos visita Miriam Garroni, quien nos hablará de María, la madre de Jesús. Sin dudas esta mujer nos ha dejado muchos matices que son muy enriquecedores para nuestra vida. Acompáñanos y descubre lo que Dios quiere enseñarnos…


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EA637 – Entre Amigas –
María, la madre de Jesús (1ª parte)



Receta: Repollitos de Bruselas a la provenzal


Entrevista a Miriam Garroni

Próximamente transcripción de la entrevista

Limpieza general (2ª parte)

Limpieza general
(2ª parte)

Autor: Wolfgang Bühne

En el reinado de Ezequías se hicieron reformas morales y políticas, y también se realizó la limpieza del templo y la restauración del culto.
Un avivamiento espiritual sólo puede ocurrir, cuando todos los ámbitos de la vida se miden y ajustan por las normas de la Palabra de Dios. En esto, también, Ezequías es un vivo ejemplo para nosotros.

 


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PE2052 – Estudio Bíblico
Limpieza general (2ª parte)



¡Hola amigos! Un gusto estar nuevamente junto a ustedes. Como ya se ha dicho, después de la mala herencia del rey Acaz, tenía que haber: Un nuevo comienzo radical.

Cuando vemos brillar el celo de Ezequías sobre este fondo oscuro de la herencia lúgubre de su padre, nos viene a la mente la Reforma del Siglo XVI. Él mismo echa mano de la palanca, las tenazas y el martillo y “abre las puertas de la casa del Señor y las arregla”.

En vez de mandar a los sirvientes para que ellos se manchen las manos, él mismo arrima el hombro – parece ser que lo hizo en solitario, por su cuenta. Con ello crea las condiciones necesarias para abrir el acceso a Dios, y para que la luz del día muestre a todos los interesados en esta casa la devastación y los escombros en el templo de Dios.

Esto nos hace recordar a Lutero en Wittenberg, a Calvino en Francia y Suiza; a Zwingli y los demás reformadores suizos, que al principio practicaron y defendieron en solitario sus convicciones. Recordemos también a los reformadores ingleses que tanto tuvieron que sufrir. Casi todos fueron estrangulados o quemados, porque osaron hacer que irrumpiera la luz del evangelio en medio de las tinieblas medievales, poniendo en evidencia toda la superstición pagana.

Veamos cuáles fueron: Las repercusiones de su ejemplo …

No es difícil imaginar las miradas críticas y temerosas de sus súbditos, y los sentimientos de estos que acompañaron los actos decididos de Ezequías. Pero, la decisión y determinación espiritual va siempre unida con la autoridad espiritual que tiene un efecto refrescante, desafiante y contagioso para el entorno. Los sacerdotes y levitas que durante el reinado de Acaz estuvieron sin empleo, o tuvieron que cambiar de profesión, aceptaron la invitación del joven rey, quien los reunió en la “plaza oriental” (como leemos en 2 Cr. 29:5) y les dio un mensaje breve, pero claro y con poder: “Santificaos ahora, y santificaréis la casa de Jehová el Dios de vuestros padres,… porque nuestros padres se han rebelado…”

Lo que salta a la vista es que en la descripción de la condición desoladora de la casa de Dios, Ezequías no menciona el nombre de su padre como culpable principal, sino que habla de “nuestros padres”. Denuncia públicamente el pecado con toda claridad, pero sin traspasar el mandamiento de “Honrarás a tu padre…”. Esta actitud muestra una madurez espiritual que a nosotros a menudo nos falta, cuando tenemos que pelear con los pecados de generaciones pasadas y sus consecuencias.

Paul Humburg comenta en su meditación “El cántico del Señor”:
“Se nota el dolor que sintió el rey Ezequías por tener que poner de relieve las transgresiones de su pueblo. Constata los hechos consciente de su seriedad y verdad, pero en sus palabras no advertimos ninguna palabra dura o severa. ¡Qué diferentes, en cambio, los levitas: necesitan el grito de alarma de Ezequías para despertarse de su sueño! Ocurrió lo que más adelante ocurriría tantas veces: que los culpables del mal estado en el reino de Dios, después de despertarse, actúan con más severidad y dureza que el hombre entregado a Dios por el cual se han sobresaltado y salido de su indiferencia pecaminosa. Aquí parece que dicen expresamente palabras hirientes y duras cuando hablan de los utensilios ‘que en su infidelidad había desechado el rey Acaz’. ¡Cuán diferente se nos presenta al rey Ezequías! No se le escapó ninguna palabra áspera, porque tenía un corazón humillado. No estaba tan seguro de sí mismo, porque sabía que él también tendría que pasar por tentaciones. Conocía sus propios pecados y por eso juzgaba a otros con benignidad. ¿No era su propio padre a quien condenaban rigurosamente con palabras tan mordaces?¿No lo amaba como padre?…”

Después de la pausa, veremos que lo que Ezequías comprendió fue: “La santificación tiene que comenzar en mí mismo”.

Decíamos antes de la pausa que lo que Ezequías comprendió fue: “La santificación tiene que comenzar en mí mismo”.

“Santificaos ahora, y santificaréis la casa de Jehová” – Ezequías comienza su convocación con esta exhortación. Guardémonos de servir a Dios o de querer limpiar y renovar la Iglesia de Dios con manos sucias o con un pasado no purificado. Ningún cirujano querrá operar una herida supurante con manos sucias y bisturís sin esterilizar. La santificación tiene que comenzar en mí mismo, en mi corazón, en mis cuatro paredes, en mi entorno más cercano, y entonces podré intentar poner de manifiesto y eliminar la suciedad en la vida de mis hermanos y la basura en la Iglesia. Solamente la persona que haya reconocido y confesado delante de Dios la maldad y suciedad de su propio corazón, será capaz de limpiar el santuario de Dios con una actitud de humildad.

La santificación tiene que ocurrir en el corazón

La intención de Ezequías no era solamente arreglar la fachada, para dar una buena imagen, sino tener un corazón entregado a Dios. Su discurso conmovedor a los levitas termina con las palabras:

“Ahora, pues, yo he determinado hacer pacto con Jehová el Dios de Israel… Hijos míos, no os engañéis ahora, porque Jehová os ha escogido a vosotros para que estéis delante de él y le sirváis, y seáis sus ministros, y le queméis incienso”.

Seguir a Cristo y servir al Señor, tiene que ser siempre un asunto del corazón, si queremos que perdure. Las formalidades exteriores y las costumbres pueden ser legítimas y buenas, pero si no salen de un corazón que ama, terminarán siendo un frío formalismo, y un fariseísmo repelente. Posiblemente por algún tiempo siga izada la bandera de la ortodoxia, habiendo perdido hace tiempo ya la bendición y la aprobación de Dios.

La santidad no significa ser un creyente en solitario

Ezequías quería hacer “un pacto con el Señor” – un “compromiso” u “obligación.” Tales compromisos tienen ya un carácter de rareza, no sólo en la sociedad, sino lamentablemente también entre los creyentes. Se ha infiltrado y establecido lo opcional y facultativo entre nosotros, y eso dificulta enormemente el trabajo en conjunto en la Iglesia, el trabajo fiable y resuelto.

Los “pactos” juegan un papel importante en el Antiguo Testamento. Pensemos, por ejemplo, en los patriarcas, en David y Jonatán, en los reyes Salomón, Asa y Josías, en Esdras y Nehemías.
En la historia de la iglesia hallamos también estas uniones. El Conde de Zinzendorf hizo varios pactos a lo largo de su vida. Con 16 años fundó con su amigo Frederico de Wattewille, recién convertido, “un pacto para la conversión de los paganos”, y más tarde una orden llamada “el grano de mostaza”.

Aunque hoy sonreímos ante semejantes promesas de fidelidad, vemos aquí, en contraste, nuestra pobreza en cuanto a relaciones y amistades, lo cual a menudo termina en la soledad y el individualismo sin corazón.

Un avivamiento verdadero siempre irá acompañado de tales relaciones. El Espíritu Santo las ha obrado en los corazones que laten, sobre todo, por el Señor Jesucristo.

El Pueblo Escogido de Dios (2ª parte)

El Pueblo Escogido de Dios 
(2ª parte)

Autor: Dave Hunt

  La designación extraordinaria de Israel, dispuesta por Dios para el cumplimiento de Su voluntad para la humanidad, es el tema predominante en la profecía bíblica. El Mesías debía venir a Israel y, a través de Israel, al mundo entero. De ahí que una clara comprensión de las profecías relacionadas al pasado, presente y futuro de Israel, sea de significado fundamental para el entendimiento de la primera venida de Cristo y de Su anunciado regreso.


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PE2030 – Estudio Bíblico
El Pueblo Escogido de Dios (2ª parte)



¿Cómo están, amigos? Como ya escuchamos, Dios había dado promesas en cuanto a la tierra. Al unir Su propio nombre a estas promesas, Dios se da a conocer en la Biblia, por lo menos diez veces, como “el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob” (así lo leemos en muchos pasajes: Ex. 3:15 y 16; 1 Cr. 29:18; Mt. 22:32; Hch. 3:13, etc.). También se reveló a Moisés de esta manera, desde la zarza ardiente. En esa oportunidad, también mencionó su nombre Jahvé, que quiere decir “YO SOY EL QUE SOY”. Él es el que es eternamente, que existe por sí mismo, y de quien depende la totalidad de la creación. En Su argumentación sobre la resurrección, también Jesús aprovecha el hecho de que Jahvé es conocido como el “Dios de Abraham, Isaac y Jacob”, al decir en Mt. 22:31 y 32: “Pero respecto a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que os fue dicho por Dios, cuando dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos”. La palabra “Dios” no es un nombre, sino un término de género, aplicable a todo dios. Por eso, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob nos proclama Su nombre que es “Jahvé”. Con éste, Él se diferencia de todos los demás dioses de las religiones del mundo.

Por diversas razones, Dios no es Alah el Dios del Islam, ya que el carácter de los dos es totalmente diferente. No obstante, los más altos representantes de la iglesia católica romana declararon, entre otras cosas, en resoluciones tomadas en el 2doConcilio del Vaticano, que el Dios de los musulmanes y el de los cristianos sería el mismo. Incluso hay cristianos evangélicos que intentan mostrar una cierta tolerancia y una postura ecuménica, al declarar que musulmanes y cristianos estarían adorando al mismo Dios. ¡Pero nada podría estar más lejos de la verdad que este intento de explicación! Una mejor comprensión del rol de Israel, sin embargo, explica este asunto. Es seguro que Alah no es el “Dios de Abraham, Isaac y Jacob”, porque Alah les ha jurado enemistad a estos hombres y su objetivo es la aniquilación de los descendientes de ellos. El nombre Alah es un nombre propio, que existe hace mucho tiempo, antes de que Mahoma fundara la religión del Islam, que es hostil hacia Israel y el cristianismo. Alah era el nombre del dios luna, representado por la imagen idólatra más importante en la Kaaba, en La Meca. Éste también es el origen de la medialuna, como símbolo. El Islam, no obstante, rechaza todo tipo de idolatría, pero Alah mismo tenía una larga historia como deidad pagana, historia que llega hasta muy adentro del tiempo pre-islámico. Lo que es seguro, es que él no es el Dios de la Biblia.

Los dioses de los gentiles, que eran representados por imágenes, una y otra vez son denunciados públicamente. Aquellos que los adoran, de la misma manera, son condenados por los profetas de Jahvé. En ninguna parte se encuentra tan siquiera el indicio más pequeño de que una de esas deidades paganas pudiera ser una representación de Jahvé. Y Pablo, también, enfatiza que aquellos que adoran imágenes, en realidad estarían adorando a los demonios que se esconden detrás de esas imágenes.

Aun entre los cristianos reina un creciente desacuerdo en cuanto a si Israel aun tendrá un lugar especial en el plan de Dios. Esta controversia va acompañada por un rechazo cada vez más marcado de la doctrina bíblica que dice que la Tierra de Israel pertenece a los judíos. Algunos cristianos opinan que la elección de Israel habría sido una preferencia no justificada por parte de Dios, ya que, según ellos, la Biblia dice, en Hch. 10:34, que Dios no mira a la persona. Este amor imparcial de Dios ya era difícil de entender hasta para Pedro, ya que para los judíos (y los primeros cristianos eran judíos también) ningún gentil, es decir ningún no-judío, tenía esperanza alguna de salvación, según las exigencias de la ley mosaica. Pedro sólo se dejó convencer a través de un milagro de que el evangelio no era sólo para los judíos, sino también para los que no lo eran.

En el cristianismo actual, aún hay grandes grupos de cristianos a quienes les cuesta creer que Dios ama de la misma manera a todas las personas, y que según Su voluntad todos deben ser salvos. Aun cuando la Biblia enseña claramente: “Porque de tal manera amó Dios al mundo… el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad… que el Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundo” (esto podemos leer en Jn. 3:16; 1 Ti. 2:4; y 1 Jn. 4:14).

¿Cómo es posible que este amor imparcial de Dios sea compatible con la idea de un pueblo escogido? Dios nos dio a entender varias veces que Él no escogió a Israel por “miramiento de persona”. La elección de Israel sucedió a pesar de que el pueblo no era digno de la misma, y que no era mejor que otros pueblos. Al contrario. Por su actitud rebelde, el pueblo de Israel merecía el juicio. A través de este pueblo indigno, sin embargo, Dios quiso demostrar Su amor, Su gracia y Su misericordia al mundo.

Dios hizo que Sus profetas anunciaran lo siguiente a Israel: “No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos; sino por cuanto Jehová os amó, y quiso guardar el juramento que juró a vuestros padres (Abraham, Isaac y Jacob, nota del editor), os ha sacado Jehová con mano poderosa, y os ha rescatado de servidumbre, de la mano de Faraón rey de Egipto” (así dice en Dt. 7:7 y 8). Y en Is. 30:9 y 10, dice: “Porque este pueblo es rebelde, hijos mentirosos, hijos que no quisieron oír la ley de Jehová; que dicen a los videntes: No veáis; y a los profetas: No nos profeticéis lo recto, decidnos cosas halagüeñas, profetizad mentiras”. Y, finalmente, en Ez. 2:3, dice así: “Y me dijo: Hijo de hombre, yo te envío a los hijos de Israel, a gentes rebeldes que se rebelaron contra mí; ellos y sus padres se han rebelado contra mí hasta este mismo día”.

Así que vemos que ésta es: La gracia inexplicable de Dios

Pues, en la Biblia leemos una y otra vez que los judíos, al igual que el resto de la humanidad, viven en rebeldía contra Dios y que, en definitiva, no se merecen otra cosa sino el juicio divino. Aun así, Dios bendice al pueblo de Israel en base a Su gracia y a Sus promesas hechas a Abraham, Isaac y Jacob, ya que el pueblo no tiene mérito propio que mostrar. Además de eso, esa gracia fue adquirida a través de la muerte del Mesías. La contradicción entre la Biblia y el Corán no podría ser más clara en este punto. A pesar de que Alá es denominado como “misericordioso”, él muestra esa misericordia sólo a unos pocos. Su manera de proceder con la mayoría de las personas es sin gracia, y no ofrece ninguna posibilidad de perdón de pecados. Contrariamente al evangelio bíblico de la gracia de Dios, en el Islam, la salvación es por obras, y ganadas al cumplir la ley. El Corán no conoce los términos gracia ni misericordia divina, ni la idea de un pago completo de la culpa humana a través de un Salvador. Según la enseñanza del Corán, el musulmán recibe la bendición divina no por gracia, sino a través de sus propias obras: “Vosotros sois el mejor pueblo que jamás haya surgido entre la humanidad. Vosotros ordenáis sólo lo que es justo y prohibís la injusticia y creéis en Alá” (así dice en Sura 3:111). En el mismo verso, los judíos son llamados “sacrílegos”, y en Sura 4:53 dice que Alá los ha maldecido: “A éstos Alá ya los ha maldecido, y a quien Alá maldice, ése no halla ayudador.”

En la actualidad se escucha decir, también, aun a cristianos evangélicos, que el regreso de varios millones de judíos a la tierra de sus padres habría sido tan sólo un acontecimiento histórico accidental, y no tendría ningún valor profético. Se dice que no habría sido Dios quien habría llevado a los judíos de regreso a Israel, ya que ellos no serían dignos de ello. Que un gran porcentaje del pueblo judío estaría compuesto por ateos y agnósticos, ya que casi todos todavía rechazan a su Mesías. Que muchos de ellos serían humanistas, materialistas y seguidores de la Nueva Era. Y que, además, Israel no siempre habría sido ejemplo para los palestinos y sus vecinos árabes. Si un registro de pecados de ese tipo fuera hasta muy entrado el pasado, sería imposible que Israel pudiera disfrutar de la bendición especial de Dios.

 

El Universo Nuevo (4ª parte)

El Universo Nuevo
(4ª parte)

Autor: René Malgo

 En Apocalipsis 21:1 dice así: “Viun cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierrapasaron, y el mar ya no existía más”. Nuestra meta final no es el cielo actual, a dondeiremos cuando muramos, sino un universo nuevo. Eso es lo que añora la creacióncon vehemencia. Escuchemos más acerca de este apasionante tema!

 


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PE1946 – Estudio Bíblico
El Universo Nuevo (4ª parte)



Queridos amigos, tratando este tema: “El universo nuevo”, hemos visto que se habla de ello en distintos pasajes de la Biblia, por ejemplo en Is. 65:17: “Porque he aquí que yo crearé nuevos cielos y nueva tierra; y de lo primero no habrá memoria, ni más vendrá al pensamiento”. En 2 P. 3:13: “Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia”. Y en Ap. 21:1: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más”.

La Biblia comienza con el paraíso y termina con el paraíso. La Biblia comienza con la creación del cielo y de la tierra, y termina con la creación de un nuevo cielo y una nueva tierra

Tal como Dios creó el universo en el comienzo de los tiempos, así Él creará un nuevo universo en el fin de los tiempos. Así como “el mundo de entonces” fue destruido, durante el diluvio, a través del agua, “los cielos y la tierra que existen ahora” serán destruidos por el fuego, como explica el apóstol Pedro (en 2 P. 3:6 y 7, y 10 al 12). Y así como el Fénix resurgió de las cenizas, de este universo quemado por el fuego surgirá un nuevo universo. Ésa es la gloria futura que esperamos. Ése es el paraíso que añoramos.

¡Y la nueva tierra de la nueva creación será más magnífica, más variada, más hermosa, más pintoresca, más espléndida, más gloriosa, más imponente y más emocionante que la tierra que conocemos ahora! El universo purificado con fuego, en cierto sentido, dará a luz uno nuevo, un universo purificado del pecado. Así, el ferviente anhelo de la creación antigua se habrá cumplido totalmente.

El reino eterno del cielo, en el nuevo universo, tendrá un centro que lo sobrepasará todo: Será “el Señor Dios Todopoderoso, (…) y el Cordero” (así lo leemos en Ap. 21:22). Dios el Padre y el Cordero, en el trono de la gloria en la nueva metrópolis de la nueva tierra, serán el centro indiscutido del nuevo universo, y ya no reinará el poder del pecado, sino el poder el Altísimo.

En el nuevo universo sólo vivirán los redimidos, cuyos pecados fueron lavados por la sangre de Jesús y expiados por medio de Su muerte en la cruz. “Y no habrá más maldición” (nos dice Ap. 22:3). La maldición del pecado, que posa sobre nuestra presente antigua creación ya no existirá en el nuevo cielo y la nueva tierra.

En la nueva creación vivirán personas reales con cuerpos reales. Los que creen en Cristo, tienen la esperanza de que un día resucitarán libres de pecado. El “cuerpo de la humillación” de cada creyente será transformado “para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya (de Jesús)” (así leemos en Fil. 3:20 y 21).

Dios no prescindirá de la diversidad en el universo nuevo, pues ninguna persona es como la otra. Ningún redimido es como el otro. Todos nosotros somos diferentes miembros con diferentes tareas, nacionalidades y caracteres, en un cuerpo, el cuerpo de Cristo. Después de todo, la glorificación de nuestro propio cuerpo no borrará nuestro carácter, pero sí nuestra debilidad y nuestra pecaminosidad. En el nuevo universo habrá jerarquías, riquezas, actividades, cultura, comida y trabajo. Y todo esto durará eternamente.

Sin lugar a dudas, el nuevo universo será el lugar donde habrá vida en abundancia. Será el lugar donde Dios mostrará “las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús” (como nos dice Ef. 2:7) – y lo hará de “eternidad en eternidad” (como lo afirma Ap. 22:5).

En Apocalipsis 21:5, vemos que Dios el Todopoderoso, aquél que es “el principio y el fin”, promete: “He aquí, yo hago nuevas todas las cosas”. “Estas palabras son fieles y verdaderas” (nos dice el v. 6). ¿Está usted contento de saber que Dios hará todo nuevo? ¿Cree usted que habrá un cielo nuevo y una tierra nueva? ¿Cree que eso será mejor que lo más hermoso que usted pueda imaginar ahora?

El Rey David sabía de la vida en la presencia de Dios, y en el Salmo 16:11 dijo: “En tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre”. Nos espera la vida, y vida en abundancia. Eso el Señor ya lo prometió hace miles de años atrás. Y, como nos dice 2 Pedro 3:9: “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento”.

Esa longanimidad, paciencia, amor y misericordia de Dios también pueden ser vistos en los dos últimos capítulos de la Biblia. Dios no quiere llenar el lugar de la condenación, sino que quiere poblar el paraíso restaurado con personas como usted y como yo. En Apocalipsis 21:6, Dios nos hace un ofrecimiento increíblemente generoso: “Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida”. Aquí vemos el amor indescriptible de Dios y Su gloria. Su ofrecimiento está en pie. Jesucristo lo hizo todo por usted en la cruz del Gólgota. Él salvaguardó la salvación por completo. Tomar gratuitamente del agua de vida significa que usted, no importando lo culpable que pueda ser delante de Dios, ahora puede estar delante de Él completamente justificado y sin culpa, porque el Señor Jesucristo ya expió todos sus pecados en la cruz. Usted puede tomar gratuitamente del agua de vida – por la gracia sobreabundante de Dios y la fe en el Señor Jesucristo (acerca de esto podemos leer en Efesios 2:1 al 10).

El punto culminante y más importante en la historia, es la cruz. La cruz es el lugar del intercambio. Allí Cristo tomó sobre Sí nuestra injusticia pecaminosa y nuestra ineptitud para el nuevo universo, y en contrapartida nos dio Su perfecta justicia y aptitud (de lo cual se nos habla en 2 Co. 5:21; y en Ro. 5:15 al 19). En la cruz se decide quien puede disfrutar de las maravillosas promesas (mencionadas en Ef. 3:6) y de la eternidad en la nueva tierra (prometida en el Sal. 37:29).

¿Está usted pronto para cuando regrese el Señor Jesucristo resucitado, para cumplir todas las promesas? ¿Lo espera con gozo? Esta expectativa, ¿le anima a llevar una “santa y piadosa manera de vivir” (de la cual nos habla 2 P. 3:11)? ¡Su Redentor le dará una gloria que ni en sus mejores sueños usted podría imaginar! Y Aquél “que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo en breve.” Entonces, nuestra reacción no puede ser otra, sino las de las palabras escritas en Apocalipsis 22:20: “Amén; sí, ven, Señor Jesús”.