Compromiso total XI (3ª parte)


Autor: William MacDonald

Cuando hablamos de la crisis del compromiso, nos referimos a la primera vez que una persona entrega su vida al Señor para hacer lo que Él desee. Puede haber una lucha respecto a dejar sus planes y ambiciones personales. Por eso las palabras entrega y rendición describen muy acertadamente la crisis del compromiso.


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PE2242 – Estudio Bíblico
“Compromiso total” XI (3ª parte)



¿Cómo están amigos? Permítanme compartir algunos puntos que han sido útiles para mí en el área de la dirección divina:

Cuando busque la guía del Señor y no aparezca, la voluntad de Dios para usted es que se quede en donde está. O para ponerlo de otra manera: “La oscuridad adelante, es luz en el lugar actual.”

Resista la tentación de crear su propia dirección: “He aquí que todos vosotros encendéis fuego, y os rodeáis de teas; andad a la luz de vuestro fuego, y de las teas que encendisteis. De mi mano os vendrá esto; en dolor seréis sepultados” (nos dice el Señor en Is. 50:11). También resista la tentación de actuar impulsivamente, como nos advierte el Sal. 32:9: “No seáis como el caballo, que han de ser sujetados con cabestro y con freno”. Si realmente está confiando en el Señor, no tiene por qué apurarse: “el que creyere, no se apresure” (nos dice Is. 28:16).

Espere hasta que la dirección sea tan clara que una negativa signifique desobediencia. Si desea sinceramente conocer la voluntad de Dios, jamás se la perderá.

Mientras espera, haga lo que le venga a la mano hacer. Un capitán dirige un barco cuando se está moviendo. Un ciclista conduce su bicicleta cuando se está moviendo. Por tanto Dios dirige a sus hijos cuando están cumpliendo con sus deberes.

Cuando enfrentaba un cambio importante de dirección en mi vida, le pedía al Señor que confirmara la dirección de dos o tres maneras diferentes. Para esto me baso en Deuteronomio 19:15: “Sólo por el testimonio de dos o tres testigos se mantendrá la acusación.” Si recibía sólo un indicio de la voluntad de Dios, podía llegar a perdérmela. Pero cuando tenía dos o tres, la dirección era inconfundible.

A menudo sucede que cuando viene la palmadita divina, aparecen otras alternativas atractivas. Llegan como un tipo de ruta de escape, una salida de emergencia. Puede ser una táctica satánica para desviarlo del camino de la obediencia total. Pero, probablemente no funcione. Usted ha pedido la voluntad de Dios. Él se la ha dado. Lo ha preparado para que la desee. Por tanto otras opciones no tendrán atracción duradera.

Durante toda la vida deberemos estar abiertos a un cambio de dirección. La dirección de ayer no necesariamente es la de hoy. Disfrute la emoción de nuevas aventuras con Dios.

Eso nos deja la pregunta de cómo el Señor revela Su voluntad. Él tiene una infinita variedad de maneras. Permítame mencionar sólo algunas.

Él dirige a través de la Palabra de Dios. Primero que nada, las Escrituras proveen una línea general de Su voluntad. Pero Él también habla por medio de un pasaje específico, que sin lugar a dudas es una respuesta a la oración. Otros pueden no verlo, pero para la persona que busca dirección, es la inconfundible voz de Dios. Una mujer de cincuenta y ocho años fue invitada a enseñar en un orfanato cristiano en Alaska. Ella tenía dudas respecto a aceptar o no debido a su edad. Pero una mañana el Señor le habló a través del Salmo 39:5: “Mi edad es como nada delante de ti.” Empacó y partió hacia Alaska.

Él habla por medio del consejo de cristianos maduros. Los líderes de la congregación local tienen que ser consultados. Ellos pueden ver los pro y los contra que pueden haber pasado inadvertidos por usted.

Él habla a través de otros. A veces un comentario aparentemente arbitrario de alguien que no conoce lo que hay en su alma, lo golpea como una indicación de que el Señor le está hablando.

Él habla por medio de la maravillosa convergencia de las circunstancias. El tiempo perfecto en que llega una carta escrita meses antes, por ejemplo.

Él habla a través de los obstáculos. Pablo y su equipo tenían prohibido por el Espíritu Santo predicar la Palabra en Asia. Más tarde intentaron ir a Bitinia, pero el Espíritu tampoco les permitió (como leemos en Hechos 16:6 y 7). Dios quería a Pablo en Troas donde recibiría la visión de cruzar Europa.

Él guía por medio del ejemplo de Cristo. “Dios nunca nos guiará hacia un camino que no se adecue al carácter y enseñanzas de Cristo.” Él nunca nos pide que actuemos irracionalmente.

Él habla, también, a través del testimonio subjetivo e interno del Espíritu Santo. Pablo dice en Colosenses 3:15: “Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones…” Cuando nos estamos moviendo en la dirección correcta y tomamos las decisiones correctas, la paz aflora en nuestros corazones. Si no tenemos paz respecto a cierta acción, entonces debemos dudar si es la voluntad de Dios. Uno de nuestros grandes escritores cristianos, J. Oswald Sanders, dijo: “Es un disparate actuar cuando la paloma de la paz se ha ido volando del corazón.”

Una última palabra de advertencia. Aunque los sentimientos están involucrados, no deberíamos tomar una decisión basados solamente en ellos. Los sentimientos tienen que ser confirmados por otros factores.

Pero, cuando se toma una decisión, hay que actuar!!

El pueblo de Israel había hablado acerca de hacer rey a David. Sus intenciones eran buenas, pero ellos nunca las llevaron a la acción. Finalmente, como leemos en 2 S. 3:17 y 18, Abner les dijo a los ancianos de Israel: “Hace ya tiempo procurabais que David fuese rey sobre vosotros. Ahora, pues, hacedlo”.

Ésa es la palabra de Dios para muchos de sus hijos hoy. “Hace tiempo procuraban coronar al Señor Jesucristo como Rey de su vida. Y hasta han cantado: ‘Rey de mi vida hoy te corono’. Han pensado en renunciar como monarcas y otorgar los derechos del trono a Cristo. Ahora, ¡háganlo!”

El tiempo ha llegado. La decisión determina el destino. Sabemos que esto es verdad respecto a la salvación. Cuando recibimos al Salvador a través de un acto definido de fe, nuestro destino eterno en el cielo está asegurado. Pero hay más. Cuando decidimos aceptar incondicionalmente Su voluntad para nuestras vidas, se nos asegura una vida en la tierra en la que se cumplirá Su plan para nosotros.

Hemos visto que es una decisión ambigua. Primero es una crisis; luego se transforma en un proceso. Es un comienzo determinado, que es seguido de una práctica continua. Siempre hay una primera vez en que renunciamos a ser los directores de nuestras vidas y le entregamos las llaves a Él. Pero, cada día tenemos que confirmar esa decisión original.

Piense en los puntos críticos que están involucrados en la decisión. Nos salva del tiempo gastado fuera de la voluntad de Dios, tiempos de vagar en un desierto espiritual, tiempo que no cuenta para Dios. Nos salva de una existencia monótona, de la trivialidad, del aburrimiento y de la nada.

Por otra parte, un compromiso constante nos asegura el lujo de saber que estamos viviendo en el centro de Su voluntad. Nos asegura una vida que cuenta para la eternidad.

Nos garantiza la vida más significativa que la sabiduría de Dios puede concebir para nosotros. ¡Recuerde! “Él hace lo mejor por aquéllos que lo dejan elegir a Él.”

Significa que al final de la jornada, el Arquitecto celestial desplegará Su proyecto para nosotros, comparará nuestra vida con Él, pondrá su mano sobre nuestro hombro y dirá: “Justo como estaba planeado. Bien hecho, mi buen siervo y fiel.” No hay nada mejor que eso.

La vida es como una moneda. Podemos gastarla de la manera que queramos. Pero podemos usarla sólo una vez.

Nuestras intenciones pueden ser buenas. Queremos hacer algo bien. Pero eso no es suficiente. Nosotros decimos: “Algún día”, pero Dios dice: “Hoy”. Hemos estado escuchando nuestras dudas, temores, excusas, y vacilaciones por mucho tiempo. Ahora escuchemos a Dios.

Luego, repitamos esta razonable afirmación, hoy y todos los días:

Amor tan maravilloso, tan divino,
Tendrá mi corazón, mi vida, mi todo.

Hagamos ahora nuestras las palabras de Avis B. Christiansen:

Sólo una vida para ofrecer – Jesús, mi Señor y Rey;
Sólo una lengua para alabarte y cantar de Tu misericordia (por siempre);
Sólo la devoción de un corazón, Salvador, que sea
Consagrada sólo a Tu gloria sin par,
Rendida completamente a Ti.

Sólo esta hora es mía, Señor – que sea usada para Ti;
Que cada momento que pase valga para la eternidad (mi Salvador);
Las almas mueren por ahí, mueren en pecado y vergüenza;
Ayúdame a llevarles el mensaje de la redención del Calvario,
En Tu glorioso nombre.

Sólo una vida para ofrecer – tómala, querido Señor, es mi oración;
Sin retener nada de Ti, Tu voluntad obedezco ahora (mi Jesús);
Tú que has dado absolutamente todo por mí,
Toma esta vida como Tu propiedad, para ser usada, mi Salvador,
Cada momento para Ti.

Compromiso total VIII (2ª parte)


Autor: William MacDonald

Debemos movernos hacia un caminar diario de entrega completa al señorío de Cristo. Necesitamos enfrentar algunos hechos y considerar su lógica. Cada muestra del plan de Dios para la redención trae consigo un deber. Debemos maravillarnos con las verdades que fluyen del Calvario y decidir lo que vamos a hacer al respecto.


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PE2233 – Estudio Bíblico
“Compromiso total” VIII (2ª parte)



Existe una cuarta razón sobre por qué la entrega total es la cosa más razonable, racional y lógica que podemos hacer. Y es que el amor de Cristo nos obliga. Pablo nos habla, en 2 Co. 5:14 y 15, sobre cómo este amor nos mueve: “Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos”.

Permítame desglosarlo en una serie de enunciados simples:

  • Todos estábamos muertos en delitos y pecados.
  • El Señor Jesús murió por nosotros para que podamos vivir.
  • Pero Él no murió para que vivamos vidas egoístas y egocéntricas.
  • En lugar de eso, quiere que vivamos para Él, Quien murió por nosotros.

Tiene sentido, ¿no?

Tomemos un momento para pensar sobre ese amor.

Es eterno, el único amor que no tiene origen. Abarca todas las edades y no tiene fin. Nuestras mentes se esfuerzan por comprender un amor que sea interminable e incansable.

Es inconmensurable. Su altura, profundidad, longitud y anchura son infinitas. En ninguna otra parte encontramos tal extravagancia. Los poetas lo han comparado con las mayores expansiones de la creación, pero las palabras siempre parecen quedarse cortas ante semejante idea.

El amor de Cristo por nosotros no tiene causa y no es provocado. Él no podría ver nada digno de ser amado o meritorio de Su afecto en nosotros; mas aun así Él nos ama. Lo hace porque Él es así.

Nuestro amor por otros a veces se basa en la ignorancia. Amamos a las personas porque realmente no sabemos cómo son. Los juzgamos por su apariencia, pero cuanto más llegamos a conocerles, más nos damos cuenta de sus faltas y fallas, y entonces nos resultan menos agradables. Pero el Señor Jesús nos amó aun sabiendo todo lo que seríamos o haríamos. Su omnisciencia no canceló Su amor.

Pero hay muchísima gente en el mundo – unos seis mil millones. ¿El Dios soberano puede amar a cada uno personalmente?

Entre tanta gente, ¿puede ocuparse de alguien?

¿El amor especial puede estar en todas partes?

Sí, con Él no hay menospreciados. Nadie es insignificante. Su afecto fluye a cada individuo del planeta.

Semejante amor es incomparable. La mayoría de las personas conocen el amor de una madre dedicada. O el fiel amor de una esposa o un esposo. David conoció el amor de Jonatán. Jesús conoció el amor de Juan. Pero nadie jamás ha experimentado nada humano que se pueda comparar con el amor divino. Como nos recuerda un himno: “Nadie cuidó de mí mejor que Jesús.”

En Romanos 8 Pablo escudriña el universo buscando algo que pueda separar a un creyente del amor de Jesús, pero no hay nada. “Ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente ni lo porvenir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada podrá separarnos del amor de Dios.”

Es asombroso darse cuenta que el Omnipotente no puede amarlo a usted o a mí más de lo que nos ama ahora. Su amor no tiene restricciones ni reservas en lo absoluto.

En un mundo de constante cambio, es importante encontrar algo que sea invariable: esto es, el amor de Cristo. Nuestro amor se mueve en ciclos. Es una montaña rusa emocional. No es así con nuestro Señor. Su amor nunca desfallece ni varía. Es constante.

Su amor es puro, libre de egoísmos, de arreglos injustos, o motivaciones indignas. Es inmaculado y no tiene ni una sombra de deshonra.

Así como Su gracia, el amor de Jesús es gratuito. Por esta razón podemos estar eternamente agradecidos pues somos unos pobres pecadores en quiebra. Aun poseyendo toda la riqueza del mundo, jamás podríamos poner precio a un amor tan invaluable.

Este es un amor imparcial. Hace que el sol brille sobre justos e injustos. Ordena a la lluvia caer sin discriminación.

Su amor se manifiesta en el acto de dar. “Cristo amó a la iglesia y dio…” Puesto que es más bienaventurado dar que recibir, el Señor siempre tiene el privilegio de ser el más bendecido.

Una de las cosas más sorprendentes de este amor, es que es sacrificial. Lo llevó al Calvario, su mayor demostración. En la cruz vemos un amor que es más fuerte que la muerte, que ni siquiera las olas de la ira de Dios lo pudieron ahogar.

Este amor tan único sobrepasa nuestras capacidades de descripción. Es sublime, incomparable, el Everest del afecto. Nuestro diccionario actual no tiene términos adecuados para describirlo. No existen suficientes adjetivos – sencillo, comparativo y superlativo. Podemos seguir y llegar al punto de tener que decir lo que la Reina de Sabá dijo sobre la gloria de Salomón: “Ni aun se dijo la mitad.” Sobrepasa el idioma humano.

Podemos buscar en el universo entero un mejor diccionario, o un vocabulario más vasto, pero todo sería en vano. No será sino hasta que lleguemos al cielo y contemplemos al Amor Encarnado que veremos con una visión más clara, y entenderemos con un intelecto más agudo, el amor que el Señor Jesucristo tiene por nosotros. Y aun allí, no habrá acabado.

Éste es el tipo de amor que nos lleva a vivir para el que murió por nosotros.

Amor tan maravilloso, tan divino
Demanda mi corazón, mi vida, mi todo.

Y es que: No Somos Nuestros

Por eso, la quinta razón es que: la simple honestidad nos demanda que rindamos nuestras vidas a Él. Nuestro Señor Jesús nos compró en el Calvario. Él pagó un precio enorme -Su propia sangre. Entonces, si Él nos compró, nosotros ya no nos pertenecemos, le pertenecemos a Él. Es una de las dulces paradojas del cristianismo que, aunque todas las cosas son nuestras (como dice 1 Co. 3:21), nosotros no nos pertenecemos. Eso quiere decir que si tomamos nuestra vida y hacemos lo que queremos con ella, estamos tomando algo que no nos pertenece. Y hay una palabra para eso: robo. La entrega total nos salva de ser ladrones. Cuando C. T. Studd vio esto, escribió:

Supe que Jesús murió por mí, pero nunca había entendido que al haber muerto por mí, entonces yo no me pertenecía. La redención significa volver a comprar, así que si yo le pertenezco a Él, me queda la opción de ser ladrón y quedarme con lo que no es mío, o tengo que entregarle todo a Dios. Cuando me di cuenta de que Jesús había muerto por mí, no me resultó difícil dejar todo por Él.

La lógica es irrefutable, ¿o no? ¿Pero qué vamos a hacer al respecto?

El regreso de Jesús (2ª parte)


Autor: Rich Carmicheal – Wim Malgo – René Malgo

Hebreos 9:29 habla del regreso de Jesús y nos dice: “Así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan”.


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PE2182 – Estudio Bíblico
El regreso de Jesús (2ª parte)



Hola amigos! Nos preguntamos, entonces: ¿Cuál es el fundamento de la segunda venida de Jesucristo? – Su amor. En base a este amor, Él ha comprado para Sí, con Su propia sangre, a Su Iglesia. ¡Qué grandioso es lo que leemos en Apocalipsis 1:5!: “Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre”. De acuerdo con nuestro pensamiento natural, el orden debería estar invertido: primero lavado y luego amado. Pero, el hecho es que es justamente al revés: ¡El Señor primero nos amó!
Él nos amó cuando aún estábamos en la suciedad del pecado, éramos Sus enemigos y actuábamos bajo la influencia del diablo.

El resultado de este gran amor inexpresable es algo que sobrepasa todo nuestro entendimiento: Después que Él nos lavó con Su sangre, nos convirtió también en “reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén” (como dice Apocalipsis 1:6). E inmediatamente después sigue la promesa: “He aquí que viene…”

¿Por qué, en realidad, después de convertirnos aún debemos quedarnos aquí en la tierra? ¿No sería lo mejor entrar enseguida a la gloria? El profundo sentido de nuestra presencia en la tierra, es que debemos hacer visible la victoria de Jesucristo, hasta que Él se revele personalmente.
Esta es nuestra tarea por un tiempo limitado, hasta que la cuestión del poder sea solucionada visiblemente por Él personalmente, en Su venida. Por eso tenemos, en Hebreos 2:8, esta aparente contradicción: “Todo lo sujetaste bajo sus pies. Porque en cuanto le sujetó todas las cosas, nada dejó que no sea sujeto a él; pero todavía no vemos que todas las cosas le sean sujetas.”

¿Por qué aún no lo vemos? Porque todavía estamos en la tierra. Sin embargo, somos los portadores de Su victoria, los que llevan el estandarte de Jesucristo. Pues en este tiempo entre Su primera y Su segunda venida, tenemos la responsabilidad de hacer uso de la victoria de Jesús.

Pablo lo expresó en forma magistral en 2 Corintios 2:14: “Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús, y por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento”. En otras palabras: Antes que Él se revele visiblemente, se revela a través de nosotros. Pablo utiliza aquí una imagen de la vida de los antiguos griegos. El vencedor de las competencias, las olimpíadas de aquellos tiempos, era llevado en marcha triunfal alrededor de la arena, acompañado por los estrepitosos aplausos de miles de espectadores. Dicho vencedor era, como lo dice Pablo, honrado con una corona pasajera. Continúa diciendo que, quien lleva a Jesucristo en el corazón, todo el tiempo es llevado en marcha triunfal, esparciendo así el olor de Su conocimiento. Esto significa que la realidad de la victoria de Jesucristo es esparcida en todo lugar.

¿Cómo están las cosas en este aspecto con usted, en su lugar de trabajo? No importa cuál es su profesión, si su posición es importante o no. Lo que realmente cuenta es que usted sea “llevado en marcha triunfal”, y que en todo lugar donde usted entre en contacto con personas, sea esparcido el olor de Su conocimiento. Pablo habla también de su propia experiencia: “Pero cuando agradó a Dios… revelar a su Hijo en mí” (nos dice en Gálatas 1:15 y 16).

El momento en que el Señor se revele personalmente ya no está lejos, y lo hará ante los ojos del mundo entero, como dice Apocalipsis 1:7: “He aquí que viene… y todo ojo le verá”. Esta revelación del Señor Jesús sucederá en rápida secuencia. Dice, por ejemplo, en Apocalipsis 1:1: “… las cosas que deben suceder pronto”, o en el capítulo 3:11: “He aquí, yo vengo pronto…”. En el último capítulo de la Biblia, en Apocalipsis 22, incluso encontramos esta expresión cuatro veces: “… para mostrar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto” (v. 6). “¡He aquí, vengo pronto!“ (v. 7). “He aquí yo vengo pronto” (v. 12). Y “Ciertamente vengo en breve” (v. 20).

Es importante entender que aquí, el Señor habla de dos cosas. En primer lugar, se refiere al transcurso de la historia de la salvación: Él viene en breve, ya que mil años para el Señor son como un día, y un día como mil años. ¡Ahora, entonces, ya hace “dos días” que Él se fue; de modo que volverá pronto! Luego, el texto también indica que la revelación del Señor Jesucristo ocurrirá repentinamente, o sea, los acontecimientos se sucederán a gran velocidad, cuando el tiempo del fin haya comenzado a correr.

Cambiemos ahora de escenario y pensemos en el cielo. Nosotros esperamos nuestra resurrección y el arrebatamiento, cuando Jesucristo nos lleve consigo. Pero, ¿qué pasa en el cielo en este momento, antes de que llegue ese día glorioso?

El cielo, donde Dios mora en Persona, en el Nuevo Testamento también es llamado paraíso (en 2 Corintios 12:4; y en Lucas 23:43). En ese paraíso se encuentran: el monte de Sión celestial, “la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial” (mencionada en Hebreos 12:22), y el “árbol de la vida” (Ap. 2:7). – Llama la atención en este contexto la palabra vida. El paraíso de Dios es el lugar de la vida, el lugar donde hay “vida en abundancia” (de la que Jesús nos habló en Juan 10:10). Porque allí reside el origen y la fuente de toda vida, el Dios vivo mismo.

En Apocalipsis 21:1 al 3, leemos que la actual Jerusalén celestial, un día bajará a la futura tierra nueva como la “nueva Jerusalén”. Esa ciudad tiene muros, puertas de perlas, por lo menos una calle, por lo menos un río, el “río limpio de agua de vida” (mencionado en Apocalipsis 22:1), y “a uno y otro lado” de la calle y del río, se encuentra “el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto” (vs. 2). Esta formulación permite suponer que el “árbol de la vida” no sea un solo árbol, sino un tipo de árbol celestial, que florece a lo largo del río del agua de la vida. Y nuevamente vemos aquí, en la ciudad del Dios viviente, el énfasis en vida.

Ninguna metrópoli de nuestro universo es tan viva y palpitante como lo es la ciudad del Dios vivo en el paraíso. Y con una altura, un largo y un ancho de aproximadamente 2.400 kilómetros, también es suficientemente grande para dar lugar a todos los redimidos de todos los tiempos. (Encontramos estas medidas en Apocalipsis 21:16 y 17).
El apóstol Pablo utiliza dos términos muy interesantes para describir a la “Jerusalén de arriba”, como él denomina a esta ciudad extraordinaria (en Gálatas 4:26). El primer término es “libre”. La Jerusalén celestial es una ciudad libre, sin la esclavitud de la ley o del pecado, o de alguna otra cosa. Es solamente la gracia gratuita de Dios que lleva a un ser humano a la “Jerusalén de arriba”. Es el lugar más libre en el universo y más allá de nuestras dimensiones. Cada persona que llega allí es libre, verdaderamente libre. El segundo término es “madre”. Esto expresa una ternura y familiaridad que uno no necesariamente relacionaría con una ciudad. Pero, la Jerusalén celestial es un lugar de seguridad. Es la patria de la familia de Dios. Es el lugar donde reina el amor porque Dios mismo reside allí.

El regreso de Jesús (1ª parte)


Autor: Rich Carmicheal – Wim Malgo – René Malgo

Hebreos 9:29 habla del regreso de Jesús y nos dice: “Así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan”.


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PE2181 – Estudio Bíblico
El regreso de Jesús (1ª parte)



¿Cómo están amigos? Esta primera parte del mensaje se titula: Jesús, el Señor que regresa.

Leemos nuevamente Hebreos 9:29: “Así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan”.

Cuando estudiamos la segunda venida de Jesucristo, tendemos a poner la mira más en los acontecimientos del tiempo final, en lugar de ponerla en la venida misma de Jesús. Y eso que no es tanto la intención de los apóstoles el enseñar a la iglesia el cómo, el qué y el cuándo, sino más bien Quién vendrá: Jesucristo…

JESÚS, que es “la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación” (Col. 1:15); Él es “el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia” (He. 1:3).

JESÚS, a través de quien “fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él” (Col. 1:16).

JESÚS, que existió antes que todo lo demás, y por medio de quien todo existe (como nos dice Colosenses 1:17); Él es “el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último” (Ap. 22:13).

JESÚS, a quien Dios enalteció y le dio un lugar incomparable y supremo y un nombre que es más importante que cualquier otro nombre (Podemos leer esto en Filipenses 2:9).

JESÚS, quien posee todo poder en el cielo y en la tierra (como dice Mateo 28:18) y “quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder” (He. 1:3).

JESÚS, “la resurrección y la vida” (Juan 11:25); el Primero y el Último y el que vive. Estuvo muerto y vive de eternidad en eternidad, y tiene las llaves de la muerte y del reino de los muertos (Compare Apocalipsis 1:17 y 18); porque Él venció a la muerte, y trajo a la luz la vida eterna a través del evangelio (Podemos leerlo en 2 Timoteo 1:10).

JESÚS, el “Rey de reyes y Señor de señores, […] el Fiel y Verdadero, y con justicia juzga y pelea. Sus ojos eran como llama de fuego, y había en su cabeza muchas diademas” (Ap. 17:14; y 19:11 y 12).

JESÚS, el Señor; el que aparece desde “el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo” (2 Ts. 1:7 y 8).

JESÚS, “el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mt. 16:16) y “la cabeza del cuerpo que es la iglesia” (Col. 1:18).

JESÚS, “el camino, la verdad y la vida” (Jn. 14:6) y “el autor y consumador de la fe” (He. 12:2).

JESÚS, quien nos ama y “se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos del presente siglo malo” (Gá. 1:4); “el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios” (He. 12:2).

JESÚS, “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn. 1:29); “el Cordero que fue inmolado” y es “digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza” (Ap. 5:12), y quien con su sangre compró a los seres humanos para Dios, gente proveniente de todo linaje, lengua, pueblo y nación (lo que leemos en en Apocalipsis 5:9).

JESÚS, “Pastor y Obispo de nuestras almas” (1 P. 2:25). “Él transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas” (Fil. 3:21).

JESÚS, “el Hijo del Hombre, vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras” (Mt. 16:27); Él, a quien todos los ángeles adoran, cuyo trono existe por la eternidad y cuyo cetro es justicia, “al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén” (como dice Hebreos 1:6 y 8; y 13:21).

Este JESÚS es el Señor que viene otra vez. ¡Qué día incomparablemente glorioso será cuando Lo vean aquellos que esperan con gozo Su venida y se preparan para ella!
JESÚS dice: “Sí, vengo en breve”, y nosotros decimos: “Amén. ¡Sí, ven, Señor Jesús!”

Apocalipsis 1:7 nos describe Su venida con estas palabras: “He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra harán lamentación por él. Sí, amén”.
Entonces los hombres se darán cuenta de que todo está en las manos de Jesús, ya que Él, después de haber solucionado, en Su primera venida, la cuestión de la culpa de la humanidad, al final de los tiempos, solucionará definitivamente la cuestión del poder.

Es un hecho maravilloso de que, para los hijos de Dios y a través de la fe, ambas cosas ya han sido solucionadas, es decir: El Señor Jesucristo nos ha purificado con Su sangre y redimido de la culpa del pecado, pero Él también nos ha redimido del poder del pecado. “El pecado no se enseñoreará de vosotros”, nos dice Romanos 6:14. De lo que aún no hemos sido redimidos, es de la presencia del pecado, del pecado dentro de nosotros, como sigue diciendo Romanos 7:18: “Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien”. Este hecho explica la razón por la cual, a veces, un creyente puede convertirse en un verdadero monstruo. Es que no se encuentra bajo el dominio del Espíritu de Dios. Sin embargo, ¡la victoria ya fue conseguida para nosotros! Pablo exclama en 1 Corintios 15:57: “Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo”.

¿Cuál es el fundamento de la segunda venida de Jesucristo? Su amor. En base a este amor, Él ha comprado para Sí, con Su propia sangre, a Su Iglesia. ¡Qué grandioso es lo que leemos en Apocalipsis 1:5!: “Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre”. De acuerdo con nuestro pensamiento natural, el orden debería estar invertido: primero lavado y luego amado. Pero, el hecho es que es justamente al revés: ¡El Señor primero nos amó!

Por eso decimos que el fundamento de la segunda venida de Jesucristo es Su amor. Porque en base a este amor, Él ha comprado para Sí, con Su propia sangre, a Su Iglesia. De esto seguiremos hablando en el próximo programa, porque el tiempo se ha acabado. Gracias por su atención y hasta nuestro próximo encuentro!