¿Será que Dios realmente oye nuestras oraciones?


Autor: Wim Malgo

Nuestra amarga experiencia es que contamos más con nuestros sentimientos, con la carne y la sangre, y con nuestras capacidades, que con las promesas de Dios. En algún momento debemos comenzar a tomarlas en serio. Pero, ¿qué garantía tenemos de que Dios verdaderamente escucha nuestras oraciones?


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PE2174 – Estudio Bíblico
¿Será que Dios realmente oye nuestras oraciones?



¿Cómo están amigos? En Números 23:19 dice así: “Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. El dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?”

Preguntémonos: ¿Qué garantía tenemos de que Dios verdaderamente escucha nuestras oraciones?

Debemos comenzar en algún momento a tomar en serio las promesas de Dios en la Biblia. Nuestra amarga experiencia es que contamos más con nuestros sentimientos, con carne y sangre, con nuestras capacidades, que con las promesas de Dios. Y esto produce dolor al corazón del Señor. “Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. Él dijo, ¿y no lo hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?” Si Jesús dice: “Pedid, y se os dará”, entonces Él quiere decir justamente esto. Lo que Él dice, no son frases vacías. En oración, podemos tomar para nosotros esas promesas y decirle: “¡Tú lo has dicho, oh Señor!” Y por Sus promesas, tenemos también la garantía de ser escuchados.

Es una verdad que Jesús nos ha recordado repetidamente: “Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo” (Jn. 14:13); “Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré” (v. 14). Y, ¿no es ésta una promesa clara?: “Todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido” (Jn. 16:23-24).

En estas tres afirmaciones de Jesús, vemos lo siguiente: Si pedimos al Padre en Su nombre, entonces Él, primero, lo hará, segundo, el Padre lo dará, y tercero, nosotros lo recibiremos. O sea, tenemos una triple promesa de repuesta a nuestra oración: hacer, dar y – nosotros – recibir. Por eso, hijo de Dios, aprendamos también la triple oración de creciente intensidad, a la que Jesús nos llama: “¡Pedid!” Pedir no es mendigar. “¡Buscad!” Esto es un apremiante persistir, un anhelo del cumplimiento de las peticiones. “¡Llamad!” Esto es un asedio impetuoso a las puertas del cielo.

Lo maravilloso de la oración es esto: Mientras oramos, Dios nos capacita para intensificar nuestra oración, ya que Él nos hace saber, en la oración misma, que es seguro que Él nos responderá cuando pedimos en el nombre de Jesús. ¿Y qué significa pedir en el nombre de Jesús? No solamente significa hacer efectivo el “cheque firmado”, que se nos pagará en su totalidad, porque está firmado por Aquél que es heredero de todas las cosas, sino que pedir en el nombre de Jesús también significa: confesar Su nombre delante de Dios. Digo Sí al nombre de Jesús, Sí al Redentor, Sí a Su cruz. Y porque Dios también dice Sí a este nombre, porque Dios acepta totalmente el sacrificio vicario de Jesús, mi anhelo se encuentra con Su cumplimiento. Mi voluntad se funde con Su santa voluntad. Eso es lo que Jesús quiere decir cuando, en Juan 15:7, dice: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho.”

¿Está usted dispuesto a permanecer en Él? ¿Está usted dispuesto a ponerse de lleno debajo de Su nombre? ¿Es su anhelo entrañable ser uno con Jesús? Si eso es así, entonces se le abre una nueva realidad, la cual pocos conocen, es decir: el actuar de la gloria de Dios en su vida, en respuesta a sus oraciones. “Lo que pidáis en mi nombre, lo haré.”

Hebreos 10:19 en adelante, nos invita a entrar en el Lugar Santísimo a través de la sangre de Jesucristo, porque tenemos un Sumo Sacerdote sobre la casa de Dios. Pero, antes de acercarnos a Dios, se nos advierte: “Acerquémonos con corazón sincero”.

¿Su corazón es sincero? Cuando usted le pide al Señor que le perdone un pecado, ¿está también dispuesto, en lo más profundo de su corazón, a romper con ese pecado? ¿O extiende una mano hacia el Señor para recibir el perdón, y con la otra sigue aferrado al pecado? Si es así, usted miente ante Su rostro santo. Cuando usted ora que el Señor envíe muchos obreros a Su viña, para que el mundo sea lleno del evangelio, y usted mismo no está dispuesto a ir y a sacrificarse, entonces su oración es una mentira, es una hipocresía.

Dios dice en Su Palabra, en Proverbios 2:7: “Él reseva Su ayuda para la gente íntegra” (NBD). Quizás usted se pregunte: ¿Cómo puedo saber si realmente soy íntegro y honesto en la oración, o si, quizás, con todo, sigo siendo mentiroso? Existe una señal infalible: ¡Usted es mentiroso si, en una actitud de autocomplacencia religiosa, tiene una buena impresión de sí mismo! Usted considera que siempre cumple con su deber, que vive como le agrada a Dios, que no le puede faltar nada ya que tiene una doctrina de fe ortodoxa y acreditada. Si usted está muy satisfecho consigo mismo, entonces sí es un mentiroso, un hipócrita delante de Dios, como dicen las Escrituras en 1 Juan 1:8: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros”.

Miles y miles de personas pertenecientes a las diferentes iglesias, actualmente viven y oran en esta hipocresía religiosa. Pero, cuando usted está convencido de su absoluta bajeza, cuando ha perdido la fe en sí mismo, entonces ha llegado a la correcta actitud de corazón: “Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados” (Is. 57:15).

Cuando usted llegue a ser una persona de oración, querido oyente, se conocerá más profundamente a sí mismo. Hay muchos que cada domingo van a la mesa del Señor, que practican en sus iglesias el bautismo bíblico, que conocen la clara y pura Palabra de Dios, pero a sí mismos no se conocen, y por eso mienten en la oración. El ser mentirosos es parte de nuestra carne y sangre, pero no hay nada más purificador y escudriñador del corazón que la oración persistente. Sólo en esta actitud, comienzo a ver mi pecado como Dios lo ve. Sólo en Su presencia, soy sacado del viejo carril religioso, de las formas muertas, y puesto en la realidad viva. ¡Recién entonces reconozco con mi espíritu (y no como hasta entonces, con mi mente) a Jesús, la verdad! Y Él dice en Jn. 8:32: “La verdad os hará libres”.

Todas las ataduras no soltadas, todas las preguntas no respondidas, todas las pasiones obstinadas y secretas que logran sostenerse en su vida de fe, vienen porque usted aún no ha reconocido la verdad sobre sí mismo. Por eso, le pido encarecidamente: ¡Comience a buscar al Señor con un corazón dispuesto y honesto como nunca antes, y tendrá la garantía de ser respondido!

El día del Señor (2ª parte)
Un ejemplo para nuestra vida de oración

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