Sea Conocido por su Amor (2ª Parte)

Sea Conocido por su Amor 
(2ª parte)

Autor: William MacDonald

    La palabra discípulo ha sido por demás utilizada, y cada usuario le ha dado el significado de su conveniencia. El autor de este mensaje nos lleva a examinar la descripción de discipulado que presentó Jesús en sus enseñanzas, la cual se halla también en los escritos de los apóstoles, para que aprendamos y descubramos más acerca de este concepto.


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PE1848 – Estudio Bíblico
Sea Conocido por su Amor (2ª Parte)



¿Cómo están amigos? Decíamos en el programa anterior que: Su amor hacia nosotros no tiene ninguna razón y no ha sido provocado. Nuestro Señor no vio algo digno de amar o meritorio para poder dirigirnos su afecto, sin embargo nos amó. Lo hizo porque así es Él. Nuestro amor hacia otros, a menudo se basa en la ignorancia. Amamos a las personas porque, en realidad, no sabemos cómo son. Cuanto más les conocemos, más nos damos cuenta de sus faltas y errores y menos parecen atraernos. Pero Jesús nos amó incluso sabiendo todo lo que nosotros podríamos ser o hacer. Su omnisciencia no canceló su amor.

Mas, existen muchas personas en el mundo, más de seis mil millones. ¿Puede el Soberano amar a cada uno personalmente?

Con esta pregunta habíamos finalizado el programa. Y ahora queremos decir: Sí, puede hacerlo, para Él no existe siquiera un “don nadie”. Nadie es insignificante para Él. Su afecto fluye hacia cada individuo del planeta. Su amor es incomparable. La mayoría de las personas ha conocido el amor de una devota madre. O el amor fiel de una esposa bondadosa. David experimentó el amor de Jonatán. Jesús el amor de Juan. Pero nadie, jamás, experimentó algo que se pueda comparar al amor divino. Como dicen las palabras de un viejo himno: “¡Oh, qué amigo nos es Cristo!”.

En Romanos 8, Pablo explora el universo para encontrar algo que pueda separar al creyente del amor de Dios, pero no lo encuentra. Ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las potestades, ni las cosas presentes o futuras, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada puede separar al creyente del mismo.

Es asombroso comprobar que el Omnipotente no puede amarlo o amarme más de lo que lo hace en este momento. Su amor está completamente disponible y sin reservas.

En un mundo de cambios permanentes el alma encuentra gran seguridad al hallar algo inmutable, es decir el amor de Cristo.

Nuestro amor se mueve en círculos. Es como una montaña rusa emocional. No sucede así con nuestro Señor. Su amor nunca se cansa ni varía. Es un amor puro, completamente libre de egoísmo, de injusticia, o de motivos ulteriores.

Al igual que su gracia, su amor es gratuito. Por eso, deberíamos ser unos eternos agradecidos, ya que nosotros somos mendigos y pecadores en bancarrota. E, incluso, si poseyéramos todas las riquezas del mundo, no podríamos jamás pagar siquiera una de las cuotas de un amor tan preciado.

Aquí tenemos un amor maravillosamente imparcial. Un amor que hace que el sol brille sobre el justo y el injusto. Que manda la lluvia sin discriminación. Y, quizás, lo más asombroso es que es un amor que se sacrifica. No mide el costo. Ese amor condujo al Santo Hijo de Dios al Calvario, para ofrecer allí la demostración más grande.

En la cruz, vemos un amor más fuerte que la muerte, un amor que ni siquiera la ira de Dios pudo ahogar.

Este amor único sobrepasa todo conocimiento y desafía todo poder. Es sublime y sin igual. Es el Everest de todos los afectos. Podríamos buscar en toda la tierra para encontrar un mejor vocabulario, o un idioma que pudiera describir mejor el amor del Señor. Pero, sería en vano. No será hasta que lleguemos al cielo y contemplemos el amor encarnado, que veremos con mayor claridad y entendimiento el amor de Cristo Jesús nuestro Señor. ¡Apresura el día, oh bendito Señor Jesús!

No podemos ser semejantes a Cristo, a menos que tengamos amor. Se nos ordena que amemos a Dios con todos nuestros poderes afectivos, emocionales, intelectuales y físicos. Debemos amar a nuestro prójimo con la misma intensidad que nos amamos a nosotros mismos. Los esposos deben amar a sus esposas, y las esposas a sus esposos. El hogar de los fieles, el mundo con una humanidad perdida e, incluso, nuestros enemigos, todos deberían ser receptores de nuestro amor.

Amamos cuando nos entregamos en sacrificio a otros. Amamos cuando damos nuestro dinero a quienes están en verdadera necesidad. De hecho, Juan prueba nuestro amor en base a lo que hacemos con nuestro dinero, diciendo en su primera carta, cap. 3, vers. 17:“pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?”

También insiste, en el vers. 16, en que el amor genuino significa que debemos estar dispuestos a ofrecer nuestras vidas por los hermanos. Pues, según Jn. 15:13, no existe amor mayor que éste. Es el ejemplo de la cruz.

El amor de una madre es uno de los mejores ejemplos del amor del Señor hacia nosotros. Una madre cristiana tomó un avión desde Turquía para poder donar un riñón para su hijo que estaba por morir. Ella pensaba que esto podía llevarla a su propia muerte. Cuando los doctores le preguntaron: “¿Está segura que quiere darle un riñón a Kenan?”, su respuesta fue: “Estoy dispuesta a dar los dos riñones”.

El amor cubre multitud de pecados. Esto no significa que los pecados quedan expiados de esta forma, sino que el amor pone un velo sobre las faltas y los errores de otro.

Pero, el amor puede ser firme. No retiene la corrección cuando es necesaria (como vemos en Pr. 13:24). Cuando un recipiente con manzanas es ofrecido a diferentes personas, el amor elige la manzana machucada, para que otro no tenga que tomarla.

¿Qué otras cosas hace el amor?

El amor limpia la pileta y la bañera después de usarlas. El amor apaga las luces cuando no se usan. El amor busca las cosas que deben hacerse sin que se le pidan.

Recoge la basura del suelo. Saca la basura. Cambia el aceite y coloca gasolina cuando pide un auto prestado.

No hace que la gente tenga que esperar sino que es puntual en sus citas. Se asegura que quienes están en la mesa reciban suficiente comida. No se burla de otros, ni hace comentarios agudos y sarcásticos.

Saca de la reunión al bebé que llora para que no perturbe a otros. Trabaja para poder tener más dinero para dar (como exhorta Ef. 4:28). Habla en voz alta para que los sordos puedan escuchar.

El amor perdona y no guarda rencor. George Washington Carver no fue admitido en cierta universidad porque era negro. Años más tarde, cuando alguien le preguntó el nombre de la universidad, él respondió: “no importa”.

Alguien le preguntó a Clara Barton: “¿no se acuerda las cosas horribles que aquella mujer dijo de usted?”, y ella respondió: “No sólo no me acuerdo. Lo que recuerdo con claridad es olvidarme de eso”. No se goza con los pecados de otras personas (1 Co. 13:6).

El amor respeta y obedece a los padres, y se preocupa por ellos cuando son ancianos. No cae en la trampa de ser amable con los extraños, pero ser descortés con mamá y papá. El amor es considerado y cortés. Escribe notas de gratitud, y expresa el aprecio de diferentes formas. Envía obsequios a aquellos que han sido abandonados u olvidados.

¿Se da cuenta que el mundo muere por un poquito de amor? Como dicen estas líneas de un autor desconocido: Por todos lados les escuchas clamar por un poquito de amor. Por el amor que corrige lo incorrecto, por el amor que trae una canción; han esperado, ah, por tanto tiempo, por un poquito de amor.

 

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