Preciosas piedras bíblicas, a la luz del cielo


Autor: Gusztáv Fodor

La Biblia habla de piedras preciosas terrenales y celestiales. Ella testifica que el cielo y la tierra están llenos de piedras preciosas.

 


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PE2165 – Estudio Bíblico
Preciosas piedras bíblicas, a la luz del cielo



Estimados amigos: La Biblia habla de piedras preciosas terrenales y celestiales. Piedras preciosas de la gloria celestial, e Israel como valiosa piedra preciosa del Señor.

La Biblia testifica que el cielo y la tierra están llenos de piedras preciosas: las piedras preciosas de Tiro en Edén (Ez. 28:13), las placas de zafiro a los pies del Dios de Israel (Éxodo 24:10), las dos piedras de ónice del Efod con los nombres de los hijos de Israel grabados en ellas (Éx. 28:8 al 12), las doce piedras preciosas en el pectoral con los nombres de las doce tribus de Israel (Éx. 28:17 al 20; y 39:10al 14). Y los fundamentos de los muros de la nueva Jerusalén, adornados de piedras preciosas (mencionados en Ap. 21:19 y 20). Las piedras preciosas son objetos especiales y “hablantes” del cielo y la tierra, en el mundo creado por Dios.

En la Biblia, cuando el Señor revela algunos misterios del cielo, en la trasmisión de los profetas de este panorama inigualable, nos encontramos a menudo con piedras preciosas u objetos parecidos a ellas. En estas descripciones, a menudo notamos que el vocabulario limitado del profeta no es suficiente.

Cuando Moisés, Aarón, Nadab, Abihu y los setenta ancianos subieron a la montaña, ellos “vieron al Dios de Israel; y había debajo de sus pies como un embaldosado de zafiro, semejante al cielo cuando está sereno” (así leemos en Éx. 24:9 y 10). El Señor mismo, “que estaba sentado era semejante a piedra de jaspe y de cornalina; y había alrededor del trono un arco iris, semejante en aspecto a la esmeralda” (Ap. 4:3). En la visión de Ezequías 1:26, estaba sobre las cabezas de los seres celestiales “la figura de un trono que parecía de piedra de zafiro; y sobre la figura del trono había una semejanza que parecía de hombre sentado sobre él”.

En la descripción de la nueva Jerusalén, el fulgor de la gloria de Dios “era semejante al de una piedra preciosísima, como piedra de jaspe, diáfana como el cristal” (Ap. 21:11). “El material de su muro era de jaspe; pero la ciudad era de oro puro, semejante al vidrio limpio” (Ap. 21:18). Allí se cumple la profecía de Isaías 54: “Pobrecita, fatigada con tempestad, sin consuelo; he aquí que yo cimentaré tus piedras sobre carbunclo, y sobre zafiros te fundaré. Tus ventanas pondré de piedras preciosas, tus puertas de piedras de carbunclo, y toda tu muralla de piedras preciosas”. Las piedras del fundamento del muro de la ciudad, en Ap. 21, están adornadas con todo tipo de piedras preciosas: “Y los cimientos del muro de la ciudad estaban adornados con toda piedra preciosa. El primer cimiento era jaspe; el segundo, zafiro; el tercero, ágata; el cuarto, esmeralda; el quinto, ónice; el sexto, cornalina; el séptimo, crisólito; el octavo, berilo; el noveno, topacio; el décimo, crisopraso; el undécimo, jacinto; el duodécimo, amatista”.

La descripción de la Jerusalén celestial es la parte más deleitosa y brillante de la Biblia: la descripción de la tierra que, con su riqueza, con su hermosura brillante, con su pureza, con su perfección y con su incomparable valor, nos espera. El redactor intenta con el máximo esfuerzo poder describir la perfección de la ciudad.

En los muros de la ciudad brillan los nombres de las tribus de Israel y de los apóstoles como piedras de construcción celestiales en el incomparable brillo de la gloria de Dios. La ciudad es el resultado de la obra de Dios, que Él ha realizado en el proceso de la historia de salvación a lo largo del Antiguo y del Nuevo Testamento. ¡Cuál gracia de Dios, que todo esto nos espera! Aquellos que saben a donde viajan, van confiados por su camino en dirección a su meta. Aquellos que saben lo que les espera, ya se preparan aquí y ahora. – Por eso: Preparémonos con fe y seriedad, porque la siguiente promesa de Ap. 22 pronto se hará realidad: “El que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo en breve. – Amén; sí, ven, Señor Jesús. La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros”.

Ahora veremos a Israel como piedra preciosa de mucho valor para el Señor.

A pesar de que en Israel no existe ningún yacimiento natural de piedras preciosas, en la actualidad, durante excavaciones en la Tierra Santa, una y otra vez se encuentran algunas. En la antigüedad, puede que Egipto haya sido el principal proveedor, ya que se descubrieron más piedras preciosas en las excavaciones en el sur de Israel. La presencia de piedras preciosas en Israel indica que hubo comercio con otros países: con Aram (1 R. 10; Ez. 27), con Ofir (1 R. 10) y con Etiopía (Job 28).

El Señor, en el Antiguo Testamento, repetidamente comparó al pueblo de Israel con piedras preciosas. Los ejemplos más elocuentes de ello son el efod y el pectoral del sacerdote. Por orden de Dios, en Ex. 25, Moisés tuvo que hacer fabricar el efod, el pectoral y el equipamiento del tabernáculo, estrictamente según el diseño celestial. La existencia de un ejemplo celestial es confirmada varias veces por el Nuevo Testamento (p.ej. en Hch. 7:44). Según Hebreos 8:5, el tabernáculo y los sacerdotes del templo servían “a lo que es figura y sombra de las cosas celestiales”. El culto celestial continúa hasta el día de hoy (Ap. 4 y 5); y, por lo tanto, el Señor tampoco ha dejado de amar a Su pueblo Israel.

En las dos piedras de ónice del efod se grabaron los nombres de las tribus de Israel, según el orden de nacimiento. El sacerdote llevaba el efod sobre sus hombros, como expresión de traer todas las cargas del pueblo. Las doce piedras preciosas engarzadas en oro, del pectoral, que estaba unido al efod, el sacerdote las llevaba sobre su corazón. Hay cristianos que creen que el Señor ha rechazado a Israel, poniendo a los cristianos en el lugar del pueblo escogido. Aquellos que opinan así, no comprenden que las piedras preciosas sobre los hombros y el corazón del sacerdote, simbolizan el amor constante y eterno de Dios a Israel. Nuestro sumo sacerdote en el cielo considera como Su tarea más importante cuidar de Su pueblo y atarlo firmemente a Sí mismo, tal como el pectoral estaba unido con el efod por una cadena de oro. Esto se hace tanto más comprensible en cuanto el sacerdote no debía presentarse delante de Dios sin el efod ni el pectoral. ¡La vida, el destino y el futuro de Israel están en las mejores manos! Israel es importante y valioso para el Señor, Él es responsable por Su pueblo, Él lleva las cargas del mismo sobre Sus hombros y sobre Su corazón – grabado en piedras preciosas engarzadas en oro.

En el efod, los nombres de las tribus israelíes estaban escritos según el orden de su nacimiento, y en las piedras del pectoral, los nombres de Israel correspondían al orden de su campamento (como vemos en Nm. 2), dividido según los cuatro puntos cardinales. En esta diferencia se manifiesta el amor de Dios a Israel durante la dispersión: a pesar de que Israel fue dispersado hacia todos los puntos cardinales, el sacerdote celestial no ha olvidado a Su pueblo.

En su visión de la Jerusalén sitiada, Jeremías compara a los hijos de Israel con el oro oscurecido y con las piedras en las esquinas de las calles (en Lm. 4). A los nobles de Israel los describe de la siguiente manera: “su talle más hermoso que el zafiro”. Varios siglos antes, vemos a los nobles con las piedras de ónice para el efod y las piedras preciosas para el pectoral, que el pueblo había dado voluntariamente por ser de corazón voluntarioso (Éx. 35).

En el tiempo del Rey Salomón, en 1 Cr. 29, nos encontramos nuevamente con las piedras preciosas, cuando él comenzó a reunir con gozo y generosidad todo lo que necesitaba para equipar el primer templo: “Yo con todas mis fuerzas he preparado para la casa de mi Dios, oro para las cosas de oro, plata para las cosas de plata, bronce para las de bronce, hierro para las de hierro, y madera para las de madera; y piedras de ónice, piedras preciosas, piedras negras, piedras de diversos colores, y toda clase de piedras preciosas, y piedras de mármol en abundancia”. Las piedras preciosas eran entregadas a Jehiel gersonita, quien organizaba el trabajo con las mismas.

Las extraordinarias piedras preciosas, en la oscuridad son como pedregullo sin valor. Ni siquiera las piedras preciosas más extraordinarias tienen luz propia. Sin luz no puede verse su peculiaridad y su belleza incomparable. La belleza y la peculiaridad de Israel se encuentran en la luz de la presencia y de la gloria de Dios que brilla sobre el pueblo. Cuando se encuentran la luz de la gloria de Dios y las piedras preciosas de Israel, podemos observar algo extraordinario: en el Lugar Santísimo, las piedras preciosas comienzan a brillar y a vivir.

Las piedras no solamente son valiosas y hermosas, sino también duras. Justamente por eso le duele al Señor, cuando en la cabeza y en el corazón de Israel aparece la dureza: “Y pusieron su corazón como diamante, para no oír la ley” (Zac. 7). El pecado de Judá está “escrito con cincel de hierro y con punta de diamante; esculpido está en la tabla de su corazón, y en los cuernos de sus altares” (Jer. 17). Sólo el Señor, que creó el diamante, puede escribir en el corazón de diamante de Israel.

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