Navidad, la verdadera historia…

Navidad

la verdadera historia detrás de la misma

Sucedió en Navidad. El dueño de una tienda tenía una Biblia abierta en medio de la decoración de su vidriera, y había subrayado en rojo cierto versículo. Todos los que pasaban podían leer lo que allí decía, que era el resumen de la historia de Navidad: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn. 3:16).

Dos mujeres pasaron por dicha vidriera, descubrieron la Biblia y leyeron el versículo. Entonces, una le dijo a la otra: “¡Qué horrible, en todo meten la Biblia hoy en día! ¡Ahora también en la Navidad!”

Según encuestas, una de cada diez personas parece no saber con exactitud el por qué de la Navidad. Muchos, más bien conectan la Navidad con regalos, familia, invierno, coca cola y el Papá Noel, y no con la Biblia. Eso es lamentable y triste, ya que justamente es la Biblia la que muestra que detrás de la Navidad se encuentra el acontecimiento verídico más emocionante de todos los tiempos.
Según nos relata la Biblia, hubo una vez un profeta judío que vivía en Babilonia. Se llamaba Daniel. El rey babilónico lo había nombrado como jefe de sus sacerdotes de adivinación y astrología. Pero, Daniel no era adivino, sino un hombre que decía la verdad porque el Espíritu de Dios estaba en él. Este espíritu le daba la capacidad de hacer profecías e interpretaciones que sobrepasaban todo lo anteriormente visto. Él anunció a un redentor-rey divino proveniente de Israel. Daniel dejó huellas imborrables en Babilonia.

Seiscientos años después, una luz sobrenatural, que la Biblia describe como estrella, brilló sobre el pueblito de Belén en Israel. Algunos astrólogos de la lejana Babilonia observaron este fenómeno celestial. Probablemente se acordaron de los escritos de Daniel. Inmediatamente se pusieron en camino para encontrar al rey divino, un camino de unos 100 kilómetros.
Los astrólogos babilónicos – conocidos en la historia como los “Sabios de Oriente” – viajaron a Jerusalén, la capital de Israel. Por todas partes preguntaban: “¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle” (Mt. 2:2).

En aquel tiempo, el mundo estaba bajo el dominio del imperio romano. En Israel, los romanos habían puesto como rey a un cierto Herodes, quien no era israelita. Herodes se sobresaltó al escuchar de los astrólogos extranjeros, e hizo llamar a los escribas judíos.
Ellos confirmaron que sus profetas, en tiempos antiguos, habían anunciado a un redentor-rey. Hacía al menos 700 años, que el profeta Miqueas, incluso, había profetizado dónde nacería: “En Belén de Judá” (Mt 2:5). ´

Más extraordinario que esas circunstancias, no obstante, era que la madre de Jesús era virgen, su Padre era Dios el Espíritu Santo. Él mismo, sin embargo, el Rey de los judíos y el Salvador del mundo, nació en un pesebre. ¿Suena demasiado a fantasía?
El profeta judío Isaías, muchos cientos de años antes del nacimiento del redentor-rey, profetizó concretamente: “He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo…” (Mt. 1:23). El significado más profundo detrás de esto es serio, y muestra la necesidad del nacimiento virginal.

Dios creó a los primeros seres humanos, Adán y Eva, libres de pecado. Pero, ellos desobedecieron la ley de Dios y se convirtieron en pecadores. Desde entonces, todo ser humano nace en pecado, y por eso, por naturaleza, está perdido. Dios, sin embargo, no quiere que la gente se pierda. Él “cual quiere que todos los hombres sean salvos” (1 Ti. 2:4).
Se hizo necesario que naciera un hombre nacido sin pecado, que nunca hubiera desobedecido la ley de Dios, para así poder tomar sobre sí el castigo por el pecado y salvar al mundo. Por eso, Jesús vino a este mundo, no a través de la simiente de un hombre, sino la que el Creador mismo directamente puso dentro de María. El apóstol Pablo, dice al respecto: “Si por la transgresión de aquel uno murieron los muchos, abundaron mucho más para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo” (Ro. 5:15).
Y Dios no envió a Su Hijo como Salvador, a este mundo, simplemente en cualquier momento, sino en un tiempo específico por Él determinado, como dijo Pablo: “Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley” (Gá. 4:4).
A pesar de las intenciones, a menudo malignas, de los respectivos emperadores, imperios enteros contribuyeron a este tiempo determinado por Dios, e hicieron posible que la Navidad pudiera acontecer.

En el antiguo imperio de Egipto, por ejemplo, la estirpe de esclavos de Israel creció hasta formar un pueblo del cual procedería el redentor-rey. Cuando este pueblo, más adelante, fue cautivo en Babilonia, Dios usó esto para avivar nuevamente la casi olvidada añoranza judía por el anunciado redentor-rey. Luego, cuando Babilonia fue conquistada por los persas, Dios usó a éstos para llevar a Israel nuevamente a su patria, donde nacería el redentor-rey. El subsiguiente dominio mundial de los griegos, produjo una nueva lengua universal. El Biblia de los judíos, el Antiguo Testamento, fue traducido al griego, y más adelante se agregaron a esto los escritos del Nuevo Testamento, editados en griego. Y, luego, apareció en el escenario del mundo un imperio aun más poderoso: los romanos se encargaron de que hubiera paz, construyeron un nuevo sistema de calles, e hicieron decaer las fronteras entre los estados.
Ahora el tiempo estaba maduro para la primera Navidad, para la venida del Redentor del mundo – ya que las mejores condiciones estaban dadas para la rápida propagación de las buenas nuevas: que el Hijo de Dios se había vuelto hombre para salvar a los humanos de sus pecados y del castigo.
Existe en la historia del mundo solamente una persona, cuyo transcurso de vida ya fue descrito por los profetas judíos antes de su nacimiento. Existe en la historia del mundo, también, una sola persona a quien Dios envió al mundo a través del nacimiento virginal. Y existe en la historia del mundo una sola persona cuyo nacimiento fue preparado por imperios mundiales. ¿Puede todo esto ser coincidencia?

Las conexiones muestran un sentido demasiado claro, como para no ser realidad. Se trata de nuestra salvación eterna; Dios se esfuerza por nosotros. Con la Navidad, Él nos quiere decir que no existe ser humano alguno que esté demasiado alejado como para no poder llegar a Él.
A Jesús mismo, le preguntaron en qué se podía reconocer que Sus palabras eran verdad. A esto Él contestó con una invitación concreta: Quien se involucrara con Sus Palabras, tendría la experiencia de que las mismas no son de un ser humano, sino que provienen de Dios mismo. Cada uno, al igual que los astrólogos, puede examinar por sí mismo, y venir a adorar al Rey. En Jesús y en Su nacimiento, Dios viene a nosotros para obsequiarnos con el don de la gracia, el perdón de los pecados y la vida eterna con Él en el cielo. Eso es la Navidad.
Dios caminó un largo camino para salvarnos. Los astrólogos de oriente atravesaron una larga trayectoria para encontrarse con Jesús. Anímese usted a dar ese único paso de fe hacia Él.

¡Le deseamos una bendecida Navidad!

Norbert Lieth

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