Los caminos de Dios con Israel y la Iglesia


Autor: Samuel Rindlisbacher

Israel rechazó la pretensión de poder de Dios. Por lo tanto, fue puesto a un lado, y el dominio de Dios pasó a la iglesia de Jesucristo. Pero, este dominio de Dios – a través de la iglesia de Jesucristo – está llegando a su fin. Dios ha retomado el hilo con Israel. Así que: ¿Cuál será el punto final de este tiempo?

 


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PE2162 – Estudio Bíblico
Los caminos de Dios con Israel y la Iglesia



Estimados amigos: La pregunta acerca del dominio, ya se planteó en el paraíso. Dios le había transferido al ser humano el dominio sobre la creación: “Dios les dijo:… llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra”. Este dominio tuvo un fin abrupto, a causa del pecado del hombre. El ser humano le cedió su área de dominio al diablo. Entonces, se presentó la siguiente pregunta: ¿Quién gobernará en el futuro y, por ende, será el vencedor? Cuando Dios llamó al pueblo de Israel, se trataba de exactamente de esa pregunta.

“Cuando salió Israel de Egipto, la casa de Jacob del pueblo extranjero, Judá vino a ser su santuario, e Israel su señorío” (nos dice el Sal. 114:1 y 2). A través de Israel, la pretensión de poder de Dios debía extenderse a través de toda la tierra: “Vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. ¡Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa!” (leemos en Éx. 19:5 y 6). Lamentablemente, Israel desechó la pretensión de Dios, como muy bien lo explicó nuestro Señor Jesús en una parábola (en Mt. 22:1 al 7).

Israel rechazó la pretensión de poder de Dios. Lo desechó a Él, de modo que Él finalmente murió en la Cruz del Gólgota. Como consecuencia, se hizo realidad lo que Jesucristo señaló en Su parábola: “Al oírlo el rey, se enojó; y enviando sus ejércitos, destruyó a aquellos homicidas, y quemó su ciudad”. En el año 70 d.C., Jerusalén fue conquistada y reducida a cenizas, juntamente con el templo. Más de un millón de personas encontraron la muerte. El resto fue llevado a cautiverio. De este modo, el dominio de Dios a través de Su pueblo de Israel encontró un final pasajero. Sucedió aquello que el profeta Oseas había dicho siglos antes: “Porque muchos días estarán los hijos de Israel sin rey, sin príncipe, sin sacrificio, sin estatua, sin efod y sin terafines” (Os. 3:4).

Mientras que Israel fue puesto a un lado, el dominio de Dios pasó a la iglesia de Jesucristo. El dominio de Dios en el tiempo actual, se encuentra en la iglesia de Jesús. Pero, tomemos nota de una importante diferencia: mientras que Israel era una pretensión del poder de Dios visible y políticamente, la iglesia de Jesús es un dominio invisible en los corazones humanos. Es el dominio del cual la Biblia dice en Col. 3:15: “Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones”. Es un dominio de gracia: “… así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro” (Ro. 5:21). Es el dominio del Espíritu sobre la carne. Es la victoria del amor sobre el odio del mundo. Es más, es el triunfo de los corderos sobre los lobos voraces (¡Recordemos tan sólo los millones de mártires!). Es el dominio de Dios sobre los seres humanos débiles, que justamente en la debilidad ponen toda su confianza en Jesucristo.

Pero, este dominio de Dios – a través de la iglesia de Jesucristo – está llegando a su fin. Eso lo vemos en que Dios ha retomado el hilo con Israel (al que le había acontecido un endurecimiento en parte, hasta que hubiera entrado la plenitud de los gentiles). ¡El punto final de este tiempo será el arrebatamiento, el cual podemos esperar en cualquier momento! Una vez que el arrebatamiento haya tenido lugar, el dominio de Dios pasará a Israel. Entonces comenzará el tiempo del que los profetas del Antiguo Testamento profetizaron, diciendo: el reino mesiánico, el dominio visible de Dios en la tierra. El profeta Ezequiel habló sobre esto, diciendo: “Así ha dicho Jehová el Señor: He aquí, yo tomo a los hijos de Israel de entre las naciones a las cuales fueron, y los recogeré de todas partes, y los traeré a su tierra; y los haré una nación en la tierra, en los montes de Israel” (Ez. 37:21 y 22).

Si el reino de Dios tiene que revelarse a través de Israel, los judíos deben regresar a su tierra. Ése nuevamente es el caso desde el año 1882, cuando la primera ola de inmigraciones de regreso a Eretz Israel tuvo lugar. Entretanto, los judíos regresan, desde más de 145 países, a la tierra que Dios les ha prometido.

El dominio de Dios también significa una verdadera relación con Dios. Lamentablemente, por lejos, ése no es el caso en la actualidad. Si hoy miramos a Israel, encontramos allí un pueblo que es llamado por Su nombre, que en parte muestra celo por Dios, pero que está sin una verdadera relación con Dios. Israel no busca a Jesucristo, sino que se conforma con sus propias tradiciones. Busca la justicia propia. Aun así, Dios dice con respecto a su pueblo, en Ez. 37: “Los salvaré de todas sus rebeliones con las cuales pecaron, y los limpiaré; y me serán por pueblo, y yo a ellos por Dios. Mi siervo David será rey sobre ellos, y todos ellos tendrán un solo pastor; y andarán en mis preceptos, y mis estatutos guardarán, y los pondrán por obra. Habitarán en la tierra que di a mi siervo Jacob, en la cual habitaron vuestros padres; en ella habitarán ellos, sus hijos y los hijos de sus hijos para siempre; y mi siervo David será príncipe de ellos para siempre”.

Según las Escrituras, el dominio de Dios y los preceptos de Dios se harán efectivos, aun cuando hoy ése todavía no sea el caso. Dios establecerá a Su rey, Jesucristo, y lo hará en el momento del que habla la Biblia (en Is. 2:2 al 5). Y Ezequiel 37:26, nos enumera las consecuencias del dominio de Dios: “Y haré con ellos pacto de paz, pacto perpetuo será con ellos; y los estableceré y los multiplicaré”. Lo que hoy es un gran deseo, bajo el dominio de Dios se hará realidad, ya que Isaías dice de Jesús: “Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto”.
Dios establecerá Su santuario en la tierra: “Pondré mi santuario entre ellos para siempre. Estará en medio de ellos mi tabernáculo, y seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y sabrán las naciones que yo Jehová santifico a Israel, estando mi santuario en medio de ellos para siempre” (Ez. 26 al 28). El lugar de adoración, la forma de los servicios a Dios y los sacrificios, en este reino terrenal de Dios, están descritos en Ezequiel capítulos 40 al 48. A menudo, se escucha la opinión de que esos capítulos no pueden ser tomados literalmente. Más bien habría que espiritualizarlos, o considerarlos simbólicamente, o como ya cumplidos. ¡Pero, la Biblia aquí describe un templo de verdad! Vemos medidas claramente limitadas; un templo con puertas, portones y salas de verdad, al igual que ordenanzas y regulaciones para el servicio sacerdotal. Los sacrificios y los animales a ser sacrificados están descritos con suma precisión. ¡Eso no puede ser tomado simbólicamente, o como algo de ficción! ¡Ese templo, más bien, juntamente con su servicio a Dios, es componente de un futuro reino visible de Dios en la tierra! Es tan real, que el profeta Zacarías dijo: “Y vendrán muchos pueblos y fuertes naciones a buscar a Jehová de los ejércitos en Jerusalén, y a implorar el favor de Jehová. Así ha dicho Jehová de los ejércitos: En aquellos días acontecerá que diez hombres de las naciones de toda lengua tomarán del manto a un judío, diciendo: Iremos con vosotros, porque hemos oído que Dios está con vosotros”.

En aquel tiempo otra vez habrá sacrificios; y correrán ríos de sangre. En nuestro tiempo, tan crítico de la Biblia y con su teología liberal, donde el derramamiento de la sangre del sacrificio es rechazado como algo bárbaro y sanguinario, una idea de ese tipo es repugnante y chocante – ¡pero no para Dios! Dios le da a la sangre tal valor que, en Su reino terrenal, bajo Su dominio, otra vez hará que se derrame la sangre de los animales de sacrificio. Eso nos debe hacer recordar que Jesucristo dio Su propia sangre para nuestra redención.

“En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia” (nos dice Ef. 1:7). La carta a los hebreos, incluso, va un paso más allá y explica: “Y sin derramamiento de sangre no se hace remisión”. De este modo, todos los animales que son sacrificados en el reino de Dios y derraman su sangre, son un lenguaje sumamente claro y fuerte, imposible de pasar por alto para cualquiera. Esa sangre dirá: “¡Miren al Hijo de Dios, a Jesucristo, quien dio Su sangre y con eso Su vida! El Hijo de Dios, Jesucristo, murió por ustedes. ¡Él dio Su vida para redimirlos!” Y así, el dominio de Dios estará caracterizado por Uno, por Jesucristo, por la persona de la cual Juan el Bautista exclamó: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. El dominio de Dios vendrá. ¿Será que ya es una realidad en tu vida hoy?

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