Lo peligroso en los buenos tiempos… (2ª parte)

Lo peligroso en los buenos tiempos…
(2ª parte)

Autor: Wolfgang Bühne

Es sabido que para el hombre no hay cosa peor que un período de abundancia. ¡Y los creyentes no están exceptuados de esto!


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PE2079 – Estudio Bíblico
Lo peligroso en los buenos tiempos… (2ª parte)



Estimados amigos oyentes: ¿Cómo nos trata Dios cuando todos los bienes y bendiciones que recibimos de Él no producen en nosotros una actitud de humildad y agradecimiento?

Nuestro Señor tiene un remedio efectivo para poner nuestra cabeza otra vez en su sitio y librarnos de todo orgullo, engreimiento y altivez. Este medicamento es amargo, pero es capaz de curar a fondo y lo encontramos en 2 Cr. 32:31:

“Mas en lo referente a los mensajeros de los príncipes de Babilonia, …, Dios lo dejó, para probarle, para hacer conocer todo lo que estaba en su corazón”.

Cuando las bendiciones y muestras inmerecidas de la gracia de Dios dan lugar a que no demos a Dios la gloria, atribuyéndolas a nuestra fidelidad, obediencia y supuesta madurez espiritual, entonces muchas veces al Señor sólo le queda un remedio para llevarnos a una evaluación sana de nuestra persona y a una sobriedad necesaria: Se retira de nosotros por algún tiempo, de modo que somos entregados a nosotros mismos y a nuestra naturaleza envilecida.

Para nosotros no es difícil citar Romanos 7:18 y aceptar la doctrina del Nuevo Testamento sobre nuestra propia corrupción, y defenderla incluso. Pero otra cosa es, estar profundamente convencidos por propia experiencia de que en nosotros “no mora el bien.” Si esto realmente fuera así, entonces no podrían extenderse en nuestra propia vida, ni tampoco en nuestras iglesias, la presunción y la arrogancia.

Si en verdad creemos ser algo “no siendo nada” (como dice Gál. 6:3), el Señor tiene que retirarnos Su gracia y protección por algún tiempo, para que por propia experiencia echemos un vistazo al abismo de nuestra corrupción y reconozcamos, como Ezequías, lo que hay “en nuestro corazón”.

Siempre y en cualquier lugar somos capaces de cometer todo pecado, si Dios nos deja por un momento.
Spurgeon dio en el clavo cuando escribió:

“En los mejores creyentes hay suficiente pecado para hacer de él el peor transgresor, si Dios lo abandonara.
Alguien que se conocía a sí mismo muy poco, escribió que estaba tan lleno de Cristo que no había lugar para el diablo; pero a mí me pareció verlo asomarse en esas palabras tan jactanciosas. Queridos hermanos, espero que no sea necesario que Dios nos enseñe nuestra vanidad de la misma manera que se la enseñó a Ezequías … Probablemente no hay otra manera de enseñarnos tan a fondo la maldad de nuestro corazón, que cuando quedamos entregados a sus puñaladas. Quizás no reconozcamos nunca nuestra necedad, hasta que nos sea concedido actuar como necios, pero ¡que el Señor nos guarde, para que esto no tenga que ocurrir! ¡Es mejor aprender con dolor, que con el pecado! Es mejor estar en el calabozo de Dios, que darse la gran vida en el palacio del diablo.”

Ya hemos mencionado cómo Dios pudo utilizar a Jorge Whitefield (quien vivió entre 1714 y 1770) tan extraordinariamente para bendición y salvación de multitudes de personas en Inglaterra y América. Pero quizá el motivo fue que en su juventud reconoció muy profundamente los abismos de su propio corazón, lo cual se le quedó grabado de forma duradera. Siendo ya un evangelista, a los 25 años de edad, durante su viaje a América escribió en su diario:

“A Dios le ha agradado mostrarme un poco lo desechable que soy … Más y más he tenido que reconocer lo corrupto que soy… Un misterio de iniquidad, que había anidado en mi corazón, me ha sido revelado… Estoy ciego, lleno de orgullo y amor propio…”

En otro momento, escribió lo siguiente:
“Fui extremamente agobiado por sentir los pecados que he cometido, y por lo torcido de mi naturaleza; pero después irrumpió el conocimiento de la libertad de la gracia divina y Su amor eterno con tanta luz y poder en mi alma, que mi lengua me negó su servicio y caí delante de Dios en adoración muda…”

Al rey le llegaron: ¡Saludos desde Babilonia!

Evidentemente ya se había corrido la voz del milagro de la curación de Ezequías, aun más allá de las fronteras del país. Añadido a ello habrá sido un tema de gran interés y un enigma en Babilonia el milagro del reloj de sol (del cual leemos en 2 Re. 20:11). Sea como fuera, la razón principal por la que el rey de Babilonia, Merodac-baladán, de repente empezó a interesarse por Ezequías y el pequeño país de Judá, fue la victoria increíble sobre los asirios. Por eso envió a sus diplomáticos con una carta y un regalo a Jerusalén.

Las felicitaciones cordiales por la convalescencia del rey fueron, por supuesto, un hábil pretexto para indagar sobre Ezequías, su poder, su riqueza y el secreto de su victoria sobre la potencia mundial de Asiria. Pues, la Babilonia floreciente acababa de liberarse del dominio de los asirios y necesitaba aliados – y quizá también de las riquezas enigmáticamente grandes en las cámaras del tesoro del rey de Judá …

No era muy probable que tales diplomáticos de tan alto nivel aparecieran de repente e inesperadamente con su séquito delante de Ezequías. Los servicios secretos del rey hace tiempo que tenían a estos hombres en la mira, de modo que habrían preparado a Ezequías para esta visita sin aviso previo.

Pero, su reacción ante la llegada de los babilonios muestra que Dios lo había dejado. En lugar de consultar al profeta Isaías y entrar con él en la presencia de Dios – como lo hizo anteriormente – para pedir de Dios sabiduría y dirección, aquí se pone de manifiesto su ingenuidad e incapacidad de reconocer el peligro amenazador para su país.

Las riquezas y los honores aparentemente habían robado el sano juicio de Ezequías. Su temor de Dios, ausente en ese momento, le cegó para no ver las “minas” escondidas que el enemigo pudo colocar tan hábilmente y sin impedimentos.

Hubo: ¡Entusiasmo y alegría en la corte real!

En Isaías 39:2 leemos la primera reacción de Ezequías al llegar los enviados de Babilonia: “Y se regocijó Ezequías…”
¡Qué honor recibir una visita tan encumbrada y de tan lejos! Para Ezequías, que estaba tan halagado, no saltó la alarma al oír la procedencia de los diplomáticos: “¡Babilonia!”
¿Acaso no conocía él los juicios de Dios que Isaías había profetizado sobre Babilonia (que encontramos en Is. 13)? Aunque Babilonia en ese momento no representaba la potencia mundial a la que ascendió después, bajo el gobierno de Nabucodonosor, no obstante, “Babilonia” desde hacía generaciones era para todo israelita fiel sinónimo de orgullo, arrogancia y glorificación del hombre.

¡Qué oportunidad para Ezequías de dar, humildemente, testimonio del Dios de Israel, de Su grandeza, gloria y poder! Así hubiera dado importantes y nuevas informaciones a los diplomáticos babilónicos para que lo contaran en su patria.

Pero Ezequías fracasó miserablemente. Se “regocijó” no porque la visita le diera la oportunidad de testificar de la salvación y la ayuda por medio del Dios de Israel, sino de ensalzar su propia persona, como veremos en el último mensaje de esta serie.

¡Cuán necesario es tomarnos muy a pecho la oración de Spurgeon!:
¡Guárdame en todos mis caminos!
¡Guárdame en el valle, para que no murmure por mi baja condición!
¡Guárdame en la cumbre, para que no me maree por el orgullo de estar tan enaltecido!
¡Guárdame en la juventud, cuando las pasiones son fuertes!
¡Guárdame en la vejez cuando creo ser muy sabio, siendo un necio mayor que los mismos jóvenes!
¡Guárdame cuando esté en el lecho de la muerte, para que no te niegue al final!
¡Guárdame en la vida, guárdame en la muerte, guárdame en el trabajo, guárdame en el sufrimiento, guárdame en la lucha, guárdame en el reposo, guárdame en todo lugar, porque te necesito en todas partes, oh mi Dios!”

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